Capítulo Quince #3
—Un momento —Apollo cruzó la sala y saludó a la enfermera del mostrador de recepción.
Lo seguí como una autómata. Mantuvo una conversación amable con la enfermera mientras nos registraba, pero yo solo podía mirar boquiabierta y absorber todo lo que me rodeaba.
El lugar estaba impecable. Cada superficie relucía.
El personal en los puestos de trabajo tras el mostrador era profesional y atento.
Un guardia de seguridad vigilaba una pared de pantallas que mostraban las amplias instalaciones: centro recreativo, piscinas, gimnasios, comedores, sala de cine... de todo.
Robby vive aquí.
Incluso en mi estado, fui capaz de entender que allí estaría seguro y bien atendido, que había tomado una buena decisión al aceptar el plan de Apollo.
Me di la vuelta, obligándome a respirar mientras contemplaba aquel lugar maravilloso. Mi mirada tropezó con el cuadro colgado en la pared del fondo. Me llevé una mano temblorosa a la boca mientras todo el aire abandonaba mis pulmones de golpe. Por mucho que intentara inhalar, no volvía.
Un retrato de Leo me dedicaba su sonrisa contagiosa. En la imagen llevaba el uniforme de gala del Ejército: camisa blanca impecable, corbata negra y chaqueta azul medianoche que lucía sus insignias de rango, cintas de servicio y medallas.
Nunca lo había visto de uniforme. Era como conocerlo de nuevo. Estaba guapísimo. Sus grandes ojos marrones brillaban como si estuviera vivo y feliz de verme. Mi mirada se deslizó hacia la placa dorada bajo el retrato.
Centro Conmemorativo Leo Battleson
Porque los héroes tienen tu rostro
Un sollozo escapó de mis labios. Al mirar a Leo, la ansiedad regresó y la adrenalina volvió a correr descontrolada por mis venas.
Ya no estaba enfadada con él. La verdad era que llevaba dos largos y dolorosos años llorando su ausencia. Pero al contemplar su retrato, este hermoso centro que era un digno homenaje a su legado, lo definitivo de su muerte —lo definitivo de lo nuestro— me golpeó en pleno pecho.
Estaba muerto. No era justo, pero se había ido.
Aparté la mirada del retrato de Leo y la dirigí hacia Apollo. Él me sostuvo la mirada, con los ojos velados de dolor.
Dolor. Era una emoción que conocía bien.
Leo está muerto. Se ha ido para siempre. Nunca volverá. Pero Apollo... él estaba aquí, ahora, vivo, conmigo.
Solo lo conocía desde hacía poco tiempo, pero su valentía, la pura intensidad de nuestro tiempo juntos y los recuerdos de nuestros apasionados momentos de intimidad me hacían sentir como si lo conociera de toda la vida.
La cuchilla que me había partido en dos cuando descubrí que Apollo era el hermano de Leo volvió a golpear. Una oleada de emociones contradictorias me desgarró por dentro. Un golpe de culpa me oprimió el pecho y me costaba respirar.
¿Cómo podía haber amado a Leo con todo mi corazón y a la vez sentir tanto por Apollo?
¿Acaso yo, que había acusado falsamente a Leo de traicionarme, ahora lo traicionaba al desear a su hermano?
Y peor aún, ¿por qué debería tener yo una segunda oportunidad en la vida y en el amor cuando Leo no la había tenido?
No tenía respuestas para ninguna de mis preguntas ni piedad para conmigo misma.
Me sentía miserable. Perdida. Merecedora de nada más que tristeza.
La confusión me nublaba los sentidos. Lo que sentía por Apollo no podía ser amor.
Era solo una atracción, una poderosa química sexual fortalecida por el peligro que habíamos enfrentado juntos.
¿Estás segura de eso? —preguntó una vocecita en el fondo de mi mente.
Sí. No. Que Dios me ayudara, ya no estaba segura de nada. Pero fuera lo que fuera esto, no podía permitir que continuara.
Una profunda rabia existencial acudió a llenar el vacío en mi interior. El mundo a mi alrededor se fragmentó, un espejismo de mi yo destrozado. No lograba entender mis sentimientos. Tampoco podía enfrentarme a Apollo en ese momento.
—¡Robby! —grité a todo pulmón y corrí hacia la puerta de seguridad que dividía la sala de recepción del resto del centro. Aporreé la madera de nogal con golpes fuertes que me lastimaron los puños y resonaron en el vestíbulo—. ¡Robby! ¿Dónde estás?
—Señorita, por favor, es tarde, baje la voz —dijo un auxiliar mientras abría la puerta.
Lo aparté de mi camino y corrí por el pasillo mientras gritaba el nombre de Robby y escudriñaba entre lágrimas las placas grabadas en las puertas a lo largo del corredor.
—¡Señorita, espere! —El auxiliar trotó detrás de mí, acompañado por varios otros—. No está autorizada para entrar. ¡Deténgase!
—Déjenla. —La voz de Apollo resonó en el pasillo, serena y firme como siempre—. Yo me encargo de esto.
Doblé al final del pasillo, luego volví a girar y estaba casi al final cuando lo encontré. Robby Weber. Ahí. A mi derecha. En la puerta.
Agarré el picaporte, lo giré y entré en la habitación.
—¿Blue? —Apollo estaba plantado frente a mí, con los brazos apoyados a cada lado del umbral, su poderoso pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración agitada—. ¿Estás bien?
—No. —Le cerré la puerta en la cara.