Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

—Lo siento. Se me olvidó. Blue. —Kass me observó un momento antes de continuar—. Quiero que sepas algunas cosas.

—¿Kass? —Apollo lanzó a su hermano una mirada de advertencia—. Puede que no sea el mejor momento.

—Sí, lo entiendo —dijo Kass—. Pero llevo mucho tiempo esperando para cumplir con Leo.

Yo también, solo que no había tenido la oportunidad.

—Quiero que sepas que no tienes de qué preocuparte —empezó Kass—. Leo quería que te encontráramos, y ahora que lo hemos hecho, tú y tu hermano tenéis un hogar con nosotros si lo queréis.

—¿Un hogar? —graznó mi voz.

—Sí, un hogar, y dinero —continuó Kass, ajeno a las emociones que me desgarraban—. Todos estuvimos de acuerdo. Leo dejó una buena suma en sus cuentas y algunas excelentes inversiones de alto rendimiento. Todo es tuyo.

—¿Dinero? —Me quedé boquiabierta.

—Oficialmente eres una mujer rica —Kass esbozó una sonrisa que me atravesó como un puñetazo.

La oferta de Kass me avergonzó. Me recordó mis pérdidas, destrozó lo poco que quedaba de mi dignidad y me despojó de mis últimas defensas. Llevaba mucho tiempo cayendo, pero ahora había tocado fondo.

La única emoción que acudió en mi ayuda fue la ira. Se había convertido en mi reacción automática ante todo. Junto con una buena dosis de desconfianza, la ira me había mantenido con vida en el infierno de Ray. Un año de terror y represión se aliaron para transformar mi ira en rabia.

—¿Queréis que acepte dinero? —murmuré, viéndome a mí misma a través de los ojos de esta gente y detestando a la mujer que veían—. ¿El dinero de Leo?

Kass inclinó su rubia cabeza.

—Él habría querido que lo tuvieras.

—¿Y cómo lo sabes? —pregunté con una calma engañosa que contrastaba con las turbulentas emociones que pugnaban por salir de mi pecho—. ¿Te lo dijo Leo?

—¿Y si dejamos esto para más tarde? —intervino Apollo, extendiendo la mano hacia la mía.

—Más tarde no. Ahora —rechacé el contacto de Apollo, me puse de pie y, aferrándome al vaso, me acerqué a Kass—. ¿Te dijo Leo que estábamos juntos?

Kass frunció el ceño, desconcertado.

—No, pero...

—¿Le dijo a alguno de vosotros algo sobre mí? —desafié a los demás mientras mi mirada iba de un hombre a otro—. ¿Admitió siquiera que yo existía?

Silencio. Nadie dijo nada.

Max se aclaró la garganta y dio un paso adelante, con el rostro tan sombrío como si fuera a ofrecerse voluntario para una misión suicida.

—Blue, yo estaba con Leo cuando él...

—No te atrevas a decir nada —le clavé el dedo en el pecho—. Estabas con él cuando murió. Él murió, pero tú viviste. De ti no quiero oír ni una palabra.

Un músculo en la mandíbula de Max se contrajo y un destello de angustia brilló en su mirada. Su agonía reverberó en mi pecho. No estaba precisamente en mis cabales, pero de alguna manera sabía que había herido profundamente a aquel hombre. La herida que le había infligido solo se sumaba a mi dolor.

Les di la espalda y fui a situarme frente al ventanal que iba del suelo al techo. Clavé la mirada en las Rocosas. Fuera lo que fuera lo que Max quisiera decir, no podía con ello, no ahora, quizás nunca.

—Leo era un buen hombre y lo amaba —fijé la mirada en las montañas y contuve un sollozo—. Pero está muerto. Lo que significa que no tenéis nada que ver conmigo. Nada en absoluto.

Apollo se levantó del sofá y se acercó a mí.

—Te lo estás tomando mal...

—Sé cómo funciona el mundo —di un paso atrás para poner distancia entre nosotros—. Pensáis que ahora que sé que Leo era rico, voy a ir a por vosotros e intentar sacar tajada.

—No —Apollo negó con la cabeza—. Eso no es lo que pensamos...

—O tal vez pensáis que era la puta de Leo y debería cobrar por los servicios prestados.

—Joder —espetó Kass—. ¿Qué coño te pasa?

—¿Kass? Para —Apollo lanzó a su hermano una mirada fulminante—. Mide tus palabras.

—Lo siento —Kass se frotó la cara, luego dejó caer las manos a los costados y me miró a los ojos—. Solo intento hacer lo correcto.

—Te creo —levanté la barbilla, desafiante, impulsada por una furia inexplicable, una necesidad de arremeter que me impedía darle un respiro a Kass ni a nadie, especialmente a mí misma—.

Entonces pasamos a la opción número tres.

Me tenéis lástima. Habéis decidido que soy un desastre tal que necesito vuestra magnánima caridad.

—Eh, eh, para el carro —dijo Kass—. Eso no es lo que quiero decir.

—Bien —mi voz se endureció hasta convertirse en un sonido tan frío y arrogante que ni yo lo reconocía—. Porque no quiero el puto dinero de Leo.

Kass se quedó boquiabierto.

—¿Por qué coño no?

—Amaba a Leo, no a su dinero —mis uñas arañaron el vaso mientras lo apretaba con más fuerza—. Tampoco quiero vuestro dinero. Ni vuestra ayuda.

—Blue, cariño —Apollo extendió la mano y tomó la mía—. Vamos a calmarnos...

—¡No me toques! —aparté su mano de un manotazo.

Sus ojos se abrieron de par en par y su mandíbula se tensó, pero simplemente se quedó allí con esa calma vacía que me sacaba de quicio.

En ese momento, odié su autocontrol, su capacidad para dominar sus emociones y su infinita paciencia conmigo. Él era perfecto. Y yo estaba rota.

¿Por qué no podía simplemente abofetearme, empujarme, gritarme o algo?

No quería su amabilidad. Ni su comprensión. No merecía nada de esa mierda. No lo merecía a él tampoco. Mi pecho se hinchó con una presión insoportable ante ese pensamiento. Tenía que salir de allí.

—Quiero ver a mi hermano —exigí con esa voz fría y distante que pertenecía a la zorra en la que me había convertido.

—Podemos arreglarlo —dijo Apollo, manteniendo más de un metro de distancia entre nosotros.

—¡Ahora! —grité, incapaz de contener la voz o la furia—. ¡Quiero ver a mi hermano ahora!

El vaso se me escapó de las manos. Salió disparado de entre mis dedos, o quizá lo lancé al suelo, y estalló en un millón de fragmentos que brillaban como diamantes sobre el suelo pulido.

Nadie se movió. Las miradas críticas que me lanzaron dolieron, pero ninguna tanto como la de Apollo. Me miraba como si estuviera presenciando un desastre.

Y lo era.

Oh, Dios. Un gruñido brotó de lo más profundo de mi garganta y me dolían los nudillos de apretar los puños. ¿Acabo de hacer eso? ¿Qué me está pasando?

Con la mirada fija en los zapatos, me pasé los dedos por el pelo y me clavé las uñas en el cuero cabelludo. Entumecida, temblando y helada, el silencio de la habitación solo magnificaba mi miseria.

—Por favor —susurré, forzándome a mirar a Apollo a los ojos—. Sácame de aquí.

Apollo apretó los labios e hizo un gesto hacia los ascensores.

—Por aquí.

Las miradas que intercambió con sus hermanos me quemaron como absenta en la boca del estómago. Todos me observaban con expresiones impasibles, sin duda preguntándose si alguna vez había estado cuerda. Giré sobre los tacones de mis Doc Martens y salí de la sala, dejándolos con la duda.

Seguí a Apollo manteniéndome erguida solo por pura fuerza de voluntad. El mundo parpadeaba. No recordaba haberlo visto llamar al ascensor, pero las puertas se abrieron. Entré con paso decidido hasta el rincón más alejado y me planté lo más lejos posible de Apollo.

El calor de su presencia atravesaba el espacio y derretía mi ser helado. Sus brazos me llamaban. Lo único que deseaba era derrumbarme contra su cuerpo y aferrarme a él.

Pero si lo hacía, quizá no volvería jamás. Podría disolverme en la nada y dejar de existir.

Sofoqué el sollozo que me subía por la garganta. Quizá me estaba volviendo loca, después de todo.

—Estás en estado de shock —dijo Apollo—. Puedo ayudarte con eso.

—No quiero que me traten —me abracé a mí misma—. No estoy loca. ¡No lo estoy!

—No dije que estuvieras loca —respondió él—. Dije que estabas en shock. Son dos cosas diferentes.

Abrí la boca para responder, pero el ascensor emitió un pitido y las puertas se abrieron, dejando ver un elegante vestíbulo.

—Hemos llegado —Apollo puso la mano en la puerta para mantenerla abierta.

—¿Aquí es donde está Robby? —salí del ascensor con cautela, observando la acogedora sala de recepción, los suelos relucientes y el elegante mobiliario—. ¿En el mismo edificio donde vives?

—Los Battleson somos gente pragmática —Apollo salió del ascensor detrás de mí y dejó que las puertas se cerraran—.

En los últimos años hemos concentrado la mayoría de nuestras operaciones en la Torre Battle Brothers.

Es muy práctico, y tiene sentido tanto económicamente como en términos de seguridad. Este edificio es nuestra fortaleza.

—¿Así que vives aquí, pero también trabajas aquí?

—Sí, aquí vivimos y trabajamos cuando estamos en la ciudad —dijo—.

La torre BB alberga nuestra tienda insignia en la planta baja, las oficinas corporativas y nuestro ático.

También hay apartamentos para nuestra gente y la clínica donde ejerzo.

Mis colegas y yo atendemos a los residentes de la residencia asistida, así que era lógico construirla justo debajo de la clínica.

Era muy consciente de que usaba su sonrisa y sus explicaciones para calmarme y tranquilizarme. Y estaba funcionando. Más o menos. Pero seguía al límite.

—Este centro está diseñado especialmente para atender a militares heridos y veteranos jóvenes con lesiones cerebrales traumáticas —explicó—. Dado el perfil de edad de los residentes, pensé que sería el lugar perfecto para Robby.

Había pensado en todo.