Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintidós #2
54%

Capítulo veintidós #2

—Pero podría haber pasado —dijo Jax, una verdad que dolía más que la cabeza—. Marisol os puso en peligro a ti, a los niños, a Lexi, a todos. ¿Y si Lexi se hubiera hecho daño y hubiera perdido al bebé?

—Oh, por favor —Lexi hizo un gesto desdeñoso con la mano—. Una caminatita no iba a hacerme daño ni a poner en peligro al bebé.

Jax se encogió de hombros. —Max tendrá algo que decir al respecto.

—Gracias por venderme, Mayhem, pero ya que lo sacas... —Max fulminó a Jax con la mirada antes de ladear la cabeza y clavar su único ojo en Lexi—. Deberías haberte quedado donde estabas. No quiero ponerme cavernícola yo también, pero llevas un bebé a bordo. Te arriesgaste sin necesidad.

—¿Un riesgo innecesario? —se burló Lexi—. Las mujeres llevan pariendo desde el principio de los tiempos. Para tu información, estoy embarazada, no enferma. Para esto estoy hecha. Asúmelo de una vez.

Todos se pusieron a discutir a la vez.

—¿Asumirlo? —graznó Max—. ¡Ese es mi bebé cocinándose en tu horno!

Lexi jadeó. —¡Pero es mi horno el que cocina tu bebé!

—Eh, parad un momento —dijo Apollo, haciendo la señal de tiempo muerto con las manos—. Estamos gruñendo todos como cavernícolas.

—Marisol es peligrosa —Kass me agitó un dedo acusador en la cara—. Es un vicio que tienes que quitarte.

—¡No soy una inválida! —Emme fulminó a Jax con la mirada—. Puede que tenga alergia al sol, pero también formo parte de este equipo.

—No me escuchas —Jax estaba a punto de perder los estribos—. ¡Lo único que intento es que sigas viva y sana!

Me apreté el puente de la nariz. Toda aquella discusión me dolía más que la conmoción cerebral.

—No hace falta matarse por esto —murmuré, pero nadie me oyó.

Todos estaban demasiado ocupados defendiendo sus propios argumentos. Ahí estábamos, montando una bronca familiar múltiple en plena calle en mitad de la noche. A Zero Tango le habría encantado ver aquello. Las disputas solo empeoraban mi dolor de cabeza.

—Callaos —sentía que la cabeza me iba a explotar—. ¡Callaos de una puta vez!

Mi voz retumbó en la noche, poniendo fin a las múltiples discusiones. Todos alzaron la vista, con la sorpresa grabada en el rostro. Se quedaron en silencio, excepto Kass, por supuesto.

—Marisol es un lastre —siguió con su argumento, el imbécil implacable—. Puso en riesgo todas nuestras vidas cuando desactivó la torre y cortó las comunicaciones con el rancho.

—Resulta que esa última parte puede que no sea verdad.

Me giré y encontré a Trev en su silla de ruedas, apostado junto a las puertas abiertas de El Taj. Nos miraba con el ceño fruncido, sus ojos marrones brillando con decepción.

—¿Qué has dicho? —exigí saber.

—Si insistís en montar una pelea en Main Street, allá vosotros —dijo—. Hay gente en este pueblo durmiendo, pero a vosotros, chimpancés escandalosos, parece que os da igual. Y ya que estáis discutiendo como hienas en la noche, me veo obligado a aclarar algo.

—¿Aclarar qué?

—Hiciera lo que hiciera, Marisol no desactivó la torre de comunicaciones del rancho.

Me invadió la sorpresa, junto con una sensación de alivio. —¿No fue ella?

—No —dijo Trev—. Lo hizo un dispositivo de interferencia: un inhibidor de señal grande, pesado y sofisticado, instalado de forma profesional en lo alto de la torre. Rastreé su número de serie.

Hizo una pausa, pero le urgí a continuar. —¿Y?

—El inhibidor lo compraron en una empresa llamada Security Services en Denver hace dos días —informó Trev—.

Un hombre alto y rubio con acento ruso y documentación falsa que respaldaba una tarjeta de crédito falsa se llevó el juguetito.

Y ahora, ¿podríamos trasladar esta discusión al interior para evitar una neumonía colectiva?

Subí las escaleras de el Taj arrastrando los pies y entré en el vestíbulo de mármol ajedrezado, avergonzado como todos los demás.

La presión nos estaba pasando factura. Nuestro equipo se tambaleaba, perdía el foco, malgastaba el tiempo repasando discusiones inútiles.

En algún rincón de mi cabeza, oí a Zero Tango carcajeándose.

Me froté la cara. El cansancio me pesaba sobre los hombros, sumándose a los dolores que despertaban por todo mi cuerpo. Me sentía como una mierda por haber pensado lo peor de Marisol cuando también había visto lo mejor de ella.

Nos reunimos al pie de la escalera monumental. Contemplé el atrio que se elevaba sobre nosotros, las elaboradas barandillas de hierro forjado, los relucientes azulejos que habíamos restaurado con esmero cuando renovamos el Taj.

El edificio era más que un montón de mortero y piedra resucitado con arte. Era un recordatorio de que nosotros también habíamos logrado reconstruir nuestros cimientos y rehacer nuestras vidas.

Había costado un montón de trabajo duro, determinación férrea y sudor a raudales que un puñado de desesperados jodidos saliera del agujero de mierda, desafiara al destino y se impusiera contra todo pronóstico.

Battle Brothers, Inc. era mucho más que un negocio.

Era un sueño, una causa y una misión, todo en uno.

Éramos un buen equipo, joder, uno inquebrantable.

No iba a permitir que nadie nos destruyera.

Trev cerró la puerta y giró la silla para quedar frente a nosotros. —No podemos permitirnos el lujo de pelearnos entre nosotros. Tenemos demasiados enemigos en el radar. ¿Queremos actuar como una manada salvaje despedazándonos por las sobras?

Se hizo un silencio avergonzado.

—Trev tiene razón —gruñí—. Tenemos que mantenernos unidos.

—Gracias por activar el cerebro —la mirada de Trev recorrió a los demás—. Quizá el resto hagáis lo mismo. He demostrado que Marisol no fue responsable de que nos quedáramos sin comunicaciones. De eso se encargó Orlov.

—¿Cómo demonios descubrió Orlov que estábamos en el valle? —me estrujé el cerebro buscando respuestas—. ¿Cómo supo dónde encontrar a Marisol y cómo anticipó que yo iría a por ella?

—La respuesta es sencilla —dijo Trev—. Orlov tenía información privilegiada.

—¿Alguien se lo contó? —la frente de Apollo se arrugó en tres pliegues profundos—. ¿Lo del rancho?

—No necesariamente —caí de repente—. Orlov supo dónde encontrarnos desde el principio: cuando huíamos de Le Chalet, en el rancho, incluso cuando Marisol se fue del valle.

Kass frunció el ceño. —¿Estás diciendo que la rastreó?

—¿De qué otra forma? —pensé en voz alta—. No puede ser una coincidencia.

El recuerdo me asaltó de golpe. Nuestra primera noche en Le Chalet. Estaba llevando a una Marisol achispada a la Suite Roja. Alice estaba en el pasillo. Salía de nuestra habitación, a traer un juego extra de toallas, según dijo.

—¡Fue Alice, maldita sea! —maldije entre dientes—. Debió de colocarle un micrófono a Marisol de alguna manera. Así es como Orlov supo cuándo y cómo encontrarnos. Por eso estaba preparado y equipado para derribarme.

—Joder, joder y rejoder —maldijo Jax—. ¿Cómo coño se nos pasó esto?

—No teníamos forma de saberlo —dijo Trev—. Hasta ahora.