Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Troy

Volví en mí con un jadeo. El dolor llegó primero, irradiándose desde mi cráneo hasta los rincones más remotos de mi cuerpo.

Los recuerdos empezaron a gotear, ninguno coherente.

Lentamente, empecé a recordar. El helicóptero, cayendo en espiral hacia la tierra.

El suelo que se me venía encima demasiado rápido.

Ah, sí. Me había estrellado.

Nunca había hecho eso antes. Siempre hay una primera vez para todo.

Parpadeé para despejar la vista borrosa. Tardé un momento, pero cuando logré enfocar, encontré el rostro de Apollo sobre mí, con sus ojos verdes escrutando los míos.

—Tengo que decirte, matasanos —hice una pausa para aclararme la garganta—. ¿Esas arrugas en la frente? Te hacen parecer un anciano. Y desde este ángulo, ¿tus fosas nasales? Enormes.

—Está despierto —anunció Apollo mientras me enfocaba una luz brillante directamente en la pupila—. No puedo responder por su cerebro, pero por trágico que sea, su extraño sentido del humor sigue intacto.

—Tío —aparté la linterna de un manotazo y parpadeé para quitarme el deslumbramiento de los ojos, solo para encontrar al resto de mis hermanos a mi alrededor.

Excepto Apollo, que lucía elegante como siempre con su uniforme médico, el resto llevaba chalecos tácticos y uniformes de combate.

La larga noche les había marcado el rostro con agotamiento y preocupación.

—¿Por qué coño ponéis todos esas caras de funeral?

—Tienes suerte de estar vivo —escupió Kass, cabreado como siempre.

—Es como dicen los Night Stalkers —me incorporé lentamente sobre los codos, tanteando el cuerpo.

El dolor me apuñaló la cabeza y me escoció el costado, pero no era tan malo.

Moví los dedos de los pies para asegurarme de que las piernas me respondían—.

Cualquier aterrizaje del que puedas salir andando es un buen aterrizaje.

—No te atrevas a bromear con esto —gruñó Kass—. ¡Te has estrellado, imbécil!

—Corrección —me senté con una mueca de dolor—. No me estrellé. Me derribaron y logré un aterrizaje forzoso.

—Viene a ser lo mismo.

—Negativo —dije—. Lo primero es un insulto. Lo segundo es la verdad.

—O una cuestión de prestar atención —Kass no estaba dispuesto a perdonarme el susto que le había dado—. Para mí, esto fue un clásico EPT, Error de Piloto Tonto —le dio una palmada en la espalda a Jax—. Este marino estaba a punto de cagarse en los pantalones.

—Eh, G.I. Joe, habla por ti —Jax le lanzó a Kass una de sus miradas asesinas de mentira—. Casi tengo que cambiarte el pañal.

Empecé a reírme, pero los recuerdos de todo lo que había pasado me cayeron encima como una losa. Se me revolvieron las tripas y se me secó la boca.

—¿Marisol?

—A salvo —informó Kass—. En el Taj.

Una ola de alivio me invadió. Me llevé la mano a la herida vendada del costado y, con un gruñido, saqué las piernas por el borde de la cama. Los puntos aguantaron. Más buenas noticias. Si no estaba sangrando y las tripas y el cerebro seguían intactos, estaba listo para largarme.

Apollo arqueó una ceja con gesto profesional.

—¿Adónde coño crees que vas?

—Al Taj, por supuesto —planté los pies en el suelo frío, me levanté y, apoyándome en la cama, luché contra una oleada de vértigo.

—Te quedas aquí en observación las próximas cuarenta y ocho horas —decretó Apollo.

—¿Cuarenta y ocho horas? —me apoyé en su hombro para estabilizarme—. ¿Tienes una tuerca suelta detrás del cíclico?

Apollo puso los ojos en blanco.

—Ahórrame tu humor de helicópteros, aviador. No estoy loco, soy tu médico, y tienes que seguir mi protocolo de conmoción cerebral. Te diste un golpe fuerte en la cabeza. Vale, tienes el cráneo de kevlar y el cerebro te sigue funcionando a su manera tozuda, pero sufriste una conmoción.

Hice un gesto circular con la mano.

—Sí, ¿y qué?

—Te hice unas suturas finas en el cráneo y también te sacamos ese trozo de metal que te sobresalía del costado.

La buena noticia es que era superficial, y aunque sangró como un hijo de puta, no te tocó los riñones ni otros órganos vitales.

La mala noticia es que te toca quedarte aquí hasta que te dé el alta.

—Bueno, gracias por el parte, tirano de la medicina, pero no, gracias, no me quedo.

Pasé junto a Apollo y, apoyándome en la pared, me dirigí a la cómoda.

—¿Dónde coño puede uno encontrar unos pantalones por aquí? —abrí un cajón y encontré mi ropa metida en una bolsa de plástico enorme. La camisa cara estaba para tirar, pero los pantalones podían servir.

—Quieto —dijo Apollo—. Hasta un cachorro malcriado entiende esa orden.

—Lo siento, hermano —sacudí los pantalones en el aire y, luchando por mantener el equilibrio, metí una pierna y luego la otra—. Tengo cosas que hacer, sitios a los que ir, gente a la que joder.

Apollo cruzó los brazos y plantó los pies en el suelo.

—¿Hace falta que te inmovilicemos?

Él y los demás gorilas parecían dispuestos a intentarlo.

—¿Quién te ha nombrado Dios y emperador? —me subí la cremallera y me arranqué la inútil bata de hospital—. Me doy de alta yo mismo. Intentad detenerme y destrozo este lugar y le echo la culpa a la conmoción.

—¿En serio? —Apollo me fulminó con la mirada—. ¿Vamos a tener esta discusión horas después de que te hayas convertido en la prueba viviente de que los helicópteros necesitan asientos eyectables?

—Vale, puedes hacer tu observación en el Taj —me dirigí hacia la puerta—. Es lo mejor que vas a conseguir, matasanos, así que acéptalo.

Apollo y los demás me siguieron al pasillo. Y mira tú, el resto del equipo estaba allí, sentados en la sala de espera. Lexi y Emme se levantaron de un salto, con los ojos como platos.

—¡Estás despierto! —Lexi me plantó un beso sonoro en la mejilla.

Emme me estampó otro en la otra mejilla. —¿Adónde vas?

—A casa.

Dejando atrás a Lexi y Emme, empujé la puerta de emergencia y bajé las escaleras a la máxima velocidad que puede alcanzar un tipo tambaleante con conmoción cerebral.

Todavía no me fiaba de mi equilibrio, pero me las apañé. A mis espaldas se armó cierta discusión, una reunión familiar improvisada, sin duda del tipo qué-demonios-hacemos-con-el-imbécil-de-Troy.

Salí al aparcamiento. No iba lejos. Tenía... ¿qué? ¿Tres manzanas como mucho?

Ignorando el dolor de cabeza y apretándome los puntos que me ardían en el costado, llegué a la acera y eché a andar calle abajo, con los pies descalzos golpeando el asfalto frío.

Era más de medianoche y el aire frío me despejaba las telarañas de la cabeza.

Una brisa helada arrastraba jirones de niebla que brillaban como halos alrededor de las farolas.

A esas horas había poca gente por la calle, pero los que me cruzaba se me quedaban mirando boquiabiertos, como si fuera una aparición.

—¡Troy! —me llegó la voz de Lexi desde atrás.

—¡Espéranos! —dijo Emme al darme alcance. Se volvió y gritó hacia atrás—: ¿Puede alguien traer un coche, por favor?

—Muñeco Ken, escúchame —Lexi se puso a mi lado—. Te estrellaste hace solo unas horas. Estás herido y has estado inconsciente un buen rato. Hace frío y, por si no te has dado cuenta, vas descalzo y sin camiseta.

—No tengo frío, no pasa nada —seguí calle abajo haciendo eses, vagamente consciente de que mis hermanos se habían sumado al séquito.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Emme.

—Necesito ver a Marisol.

—Marisol, claro —murmuró Kass desde algún lugar a mis espaldas—. La zorra esa tan borde que hizo que te derribaran y casi te mataran.

Me di la vuelta y lo agarré del chaleco táctico. —Como vuelvas a llamar zorra a Marisol, te parto todos los dientes uno a uno.

—¿Qué coño te pasa? —Kass se zafó de mi agarre—. No pienso pegarle a un idiota con conmoción cerebral.

—Qué lástima —siseé, plantándome delante de sus narices—. Porque a este idiota con conmoción cerebral le encantaría hacerte pedazos.

—¡Eh, eh! —Jax se metió entre Kass y yo y nos separó—. Vosotros dos, payasos, necesitáis que os echen un cubo de agua fría.

—A lo mejor así recupera el cerebro —murmuró Kass.

Fulminé al capullo con la mirada. —¿Y eso qué significa?

—Que esa mujer es un problema —espetó Kass—. No te conviene.

Emme le puso una mano en el brazo a Kass. —Kass, cariño, no hagas esto, ahora no.

—Alguien tiene que cantar las cuarenta por aquí —Kass no pensaba parar—. Te mintió. Te tomó el pelo. Y luego intentó largarse y dejarte tirado lidiando con el cabrón de Rivera.

Me tensé tanto que el gruñido me salió como un siseo. —No tienes ni puta idea de Marisol.

Apreté el paso y doblé la esquina, pero Kass se me pegó como una lapa. —Sé lo suficiente para tener claro que no la quiero para ti.

Su voz me paró en seco. A esas alturas ya estaba al pie de la escalinata de El Taj, pero me volví despacio, apretando los puños con tanta fuerza que me dolían los nudillos.

El silencio que me recibió me hizo fulminar a cada uno de mis hermanos con la mirada. La farola iluminaba la preocupación en sus caras.

—¿Estáis todos de acuerdo en esto?

—Troy, cálmate —dijo Jax, cambiando el peso de un pie a otro—. Kass está preocupado por ti.

—¿Y tú, Jax? —Lo miré a los ojos—. ¿Piensas lo mismo?

—Sinceramente, Rogue, puede que Ice no se equivoque en esto —Jax dejó caer la mano—. Emme podría estar muerta por culpa de Marisol. No sé si podré perdonárselo nunca.

—Oye, Jax —Emme se irguió a mi lado—. Marisol no me pidió que fuera tras ella. Fue decisión mía, y cuando llegó Troy, no tuve que seguir adelante. Tengo sentido común y libre albedrío. ¿Te acuerdas?

—Sentido común y libre albedrío, y una mierda —Jax alargó la mano hacia Emme—. Yo mismo habría matado a Marisol si te hubiera pasado algo.

Emme le apartó la mano de un manotazo. —Ya estás otra vez sacando al cavernícola que llevas dentro.

—Vale, llámame neandertal si quieres, pero dime, Emme. ¿Cómo se supone que voy a seguir adelante sin ti?

—Jax... —Emme soltó el aire con un suspiro—. No me pasó nada. Ni siquiera llegué a salir...