Capítulo Catorce
Marisol
Me eché hacia atrás en la silla, me levanté e hice un gran esfuerzo por parecer decidida. —Si me dices adónde ir, puedo llegar sola.
—Puedo hacerlo mejor —Troy se levantó también—. Te llevo.
—No hace falta —me colgué el bolso del hombro, ignorando las miradas curiosas que iban y venían entre Troy y yo—. Solo dime hacia dónde.
—Te quedarás conmigo, en mi cabaña —igualó mi tono seco y directo con exactitud—. No está lejos, justo subiendo la colina.
Me tomó del codo y, guiándome hacia la puerta con esa manera concluyente, exasperante y segura tan suya, dijo por encima del hombro: —Buenas noches a todos.
—Sí... eh... buenas noches —murmuré—. Y... eh... gracias.
Sentía perfectamente las miradas que nos seguían mientras salíamos de la cocina. No se me escaparon las miradas preocupadas que intercambiaron Emme y Lexi. Esperé a estar fuera de la vista del grupo para soltarme de Troy.
—No quiero quedarme en tu cabaña.
Se detuvo en seco, con las cejas negras fruncidas sobre la nariz. —¿Por qué no?
—Porque...
No había forma de que admitiera el efecto que tenía sobre mí.
Ni el hecho de que temía abalanzarme sobre él si se acercaba un centímetro más.
Tenía que mantenerme alejada de él, especialmente después de haberle prometido que lo nuestro había sido cosa de una sola vez, y sabiendo que tenía que irme, y pronto.
—Simplemente no quiero. ¿Vale? —mis palabras sonaron más bruscas de lo que pretendía—. ¿Por qué no puedo quedarme aquí?
—Aquí no hay sitio para ti —dijo—. Jax se gastó una fortuna en acondicionar este lugar para que Emme pudiera estar a salvo del sol, así que ella, él y los niños se quedan aquí siempre que venimos. Los demás tenemos nuestras propias cabañas, a solo unos pasos.
—Puedo dormir en el sofá —miré hacia la amplia sala de estar, donde cualquiera de los cómodos sillones serviría.
—No vas a dormir en el sofá —Troy me estudió el rostro—. Si te preocupa tu seguridad, tranquila. Todo el valle está protegido por tecnología avanzada capaz de detectar intrusos a kilómetros de distancia. El rancho es seguro.
Estaba preocupada por mi seguridad, claro.
La de mi corazón.
Los ojos oscuros como la medianoche de Troy me taladraron. —¿Qué pasa, Sol?
—No creo que debamos... eh... dormir juntos... otra vez.
—Ya veo —el ceño fruncido de su rostro se convirtió en una mueca de enfado—. ¿Por qué?
—Porque... bueno...
¿Cómo podía responder a esa pregunta sin delatar mi deseo o mi intención de huir?
—Dijiste que te gustó —dijo Troy. Era una afirmación, no una pregunta.
Dios mío. Tragué saliva con dificultad, como si tuviera una piedra en la garganta. —Sí, pero...
—¿Pero qué?
—Sé que antes no estabas cómodo, y, bueno, no quiero que sientas que nosotros... o sea... no tienes que... —hice una pausa y tomé aire, armándome de valor—. Tu parte en esto ha terminado.
Ya está. Eso debería dejarlo todo claro.
—¿Mi parte en esto? —cada línea de su rostro se endureció al apretar la mandíbula con fuerza—. ¿Quién te nombró juez, fiscal y verdugo de esta relación?
—¿Relación? —se me secó la boca tanto que no tenía saliva que tragar—. No, mira, esto no es una relación. Solo fue...
—¿Un polvo de una noche? —plantó los pies separados y cruzó los brazos—. ¿Era eso lo que tenías en mente?
Su uso de esa palabra cruda solo hizo que mi deseo se disparara. Su ira era palpable. El silencio vibraba entre nosotros, peligroso y amenazante.
—Te voy a decir una cosa, Sol —dijo—. Por si no te has dado cuenta, yo no hago nada que no quiera hacer. Así que si me acosté contigo, fue porque quise. No siento que tenga que hacer nada contigo. Pero no voy a mentir, quiero.
Todo mi cuerpo se tensó con tanta fuerza que casi gemí en voz alta. ¿Cómo podía avivar así mi deseo con solo unas cuantas palabras?
—Por lo que a mí respecta —continuó, imparable—, esto no es un polvo de una noche.
Mi sexo estuvo de acuerdo con una contracción húmeda que casi me dobló las rodillas.
—No pongas esa cara de sorpresa, Sol. Al fin y al cabo, me sedujiste para que fuera tu primero. ¿Por qué no el segundo, el tercero y así sucesivamente?
—Yo no...
—Sí que lo hiciste, y tendrías tus razones, supongo. Yo seguí el juego porque también te deseaba. Y ahora creo que puedo hacerlo mejor. Así que sí, quiero la revancha.
Santa madre, ayúdame. Apreté los muslos y le ordené a mi entrepierna que dejara de secuestrarme el cerebro. ¿Por qué no podía pensar con claridad?
—Por otro lado, si no me deseas, dilo. —Su hermosa boca se torció en una mueca cruel—. ¿No te parezco atractivo? ¿No me deseas? ¿Odias lo que ves? Dilo y lo aceptaré como hechos. ¿No es eso lo que tú me dijiste a mí?
Sí, eso era, o algo muy parecido.
—Bueno, lo que es bueno para uno es bueno para el otro. —Hizo una pausa y clavó su mirada en mí, sus ojos de obsidiana escudriñando mi rostro en busca de algo que no supe identificar—. Siempre puedes recurrir a la palabra más poderosa del vocabulario, que es el gran y rotundo no.
Hizo una pausa y esperó mi reacción, que reprimí, aunque a duras penas.
¿Quería decirle que no a Troy?
No, no quería.
¿Tenía que decirle que no a Troy?
Sí, tenía que hacerlo, aunque me matara por dentro.
—Si dices que no —continuó Troy, sin darse cuenta de que sus palabras me partían en dos—, aun así te quedarás conmigo. Pero te lo juro. No te molestaré. Puede que sea escoria a tus ojos, pero no fuerzo a ninguna mujer. Nunca.
Dios mío. Le había herido el orgullo. Y el honor. A lo grande. Todo porque dudaba de poder controlarme cerca de él y porque tenía algo vital que hacer que no podía posponer más.
—Así que te quedarás conmigo —declaró en un tono que no admitía réplica—. Mi trabajo es mantenerte a salvo, y eso haré. Ha sido un día duro, así que tendrás una ducha caliente, una cama segura y ocho horas de sueño ininterrumpido. El resto lo resolveremos después.
Suspiré, sabiendo que esa noche no iba a escapar de Troy. Pero tampoco iba a acercarme a él, ni a conseguir lo que mi cuerpo ansiaba.
Mientras lo seguía hasta su cabaña, supe que salía perdiendo pasara lo que pasara.
***
Troy
El amanecer me pilló yendo de un lado a otro por el porche delantero de la cabaña, vestido con un forro polar y pantalones de correr, intentando no mirar por la ventana a Marisol, que dormía profundamente. En mi cama, nada menos.
Sentía una losa en el pecho. Al menos ella estaba descansando. A diferencia de mí. Había pasado toda la noche en vela, pensando sin parar, o quizás debería decir, deseando sin parar.
Sí, desear era la palabra correcta. Y anhelar también. A ella.
Ya había amanecido y, si conseguía dejar de pensar guarradas y centrarme, quizás podría hacer algo productivo.
Acababa de terminar una llamada con mi segundo en la oficina.
Nos habían presentado diez nuevas demandas frívolas contra los productos de Battle Brothers en la última semana.
Diez. Olía a Zero Tango de lejos, solo que no podíamos identificar un demandante común.
Mantenernos a la defensiva era exactamente su estilo.
Sin duda quería distraerme y enredar a mi equipo en trabajo inútil, obligarnos a hundir nuestras energías y recursos en un agujero negro de litigios mezquinos.
Pero no iba a pillarme desprevenido. Había ordenado a mi equipo que tramitara las demandas y les di instrucciones de investigar a fondo a cada demandante y buscar conexiones.
Mientras tanto, tenía las prioridades claras. Tenía que neutralizar a Rivera.
Por eso estaba al teléfono tan temprano con mi amiga Jodie Sterns, la fiscal federal del Distrito de Colorado, intentando convencerla de que procesara a Rivera con las pruebas que Max le había dejado en la bandeja de entrada.
—No hay duda de que tenemos suficiente para emitir una orden de arresto contra Rivera —dijo Jodie—.
Los documentos que me enviaste bastarán.
Pero no puedo ejecutar la orden, arrestarlo ni procesarlo.
Rivera tiene inmunidad diplomática y su gobierno, por corrupto que sea, lo respalda. Me temo que no puedo hacer nada.
—Rivera es un hijo de puta —gruñí entre dientes—. Hay que sacarlo de circulación.
—A mí no tienes que convencerme —dijo Jodie—. En cuanto me entere de que Rivera ya no está protegido por la inmunidad diplomática, iremos a por él. Te lo prometo.
—En ese caso, espera mi llamada pronto. —No tenía ni idea de cómo iba a conseguirlo, pero tenía que hacerlo.
Colgué, me guardé el móvil en el bolsillo y me eché la mochila al hombro. Cogí ritmo, bajé los escalones de tierra a la carrera y subí hasta el inicio del sendero, intentando controlar mi rabia.
Maldita inmunidad diplomática. Demasiados criminales se salían con la suya gracias a ella.
Pero la ley funcionaba en ambos sentidos.
Las mismas reglas que protegían a los diplomáticos de ser procesados en Estados Unidos protegían a nuestros diplomáticos en el extranjero.
Tenía que trabajar dentro de esas restricciones.
Mis hermanos ya me esperaban en el inicio del sendero, con las mochilas a la espalda.
—Llegas tarde —dijo Kass—. ¿Qué te ha entretenido?
Max sonrió con suficiencia mientras se ajustaba el parche. —¿Las operaciones nocturnas te han quitado el sueño?
—Cierra el pico, marine. —Pasé corriendo junto a él y enfilé el sendero—. Llevo dos horas al teléfono. Vamos.
—¿Qué te tiene tan alterado? —Jax me alcanzó y se colocó a mi izquierda.
—Piénsalo. —Aceleré el paso—. Zero Tango. Orlov. Rivera. La trinidad del mal, echándosenos encima.
—Lo fácil quedó atrás —murmuró Jax.
—Ahórrate los eslóganes de SEAL —espeté—. No estoy para lemas. Soluciones, eso sí me vendría bien.
Miré por encima del hombro y le grité a Kass.
—¿Alguna noticia sobre Orlov?
—Ni rastro del cabrón —Kass se colocó a mi flanco derecho—. Estamos persiguiendo fantasmas.
Maldito Zero Tango y su secuaz. Orlov se había esfumado. Otra vez. Y yo había perdido la mejor oportunidad hasta la fecha de atrapar al desgraciado.
—¿Qué hay de Alice? —pregunté.