Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Trece #3
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Capítulo Trece #3

Un tipo con pinta de pirata y un parche de cuero sobre un ojo se inclinaba sobre la cocina industrial, sacando dos tartas del horno.

Alto, delgado y fibroso, llevaba el pelo castaño recogido en un moño de samurái en lo alto de la cabeza, con ambos lados rapados, en sintonía con el look vanguardista de Lexi.

Max, sí. Lo recordaba. Era el ex Marine Raider y uno de los mejores hackers del mundo.

Cuando Troy me contó la historia de Max y Lexi, me había costado entender cómo dos personas de mundos tan diferentes habían acabado juntas.

Pero ahora, al verlos, al percibir la poderosa conexión entre ellos, lo entendí.

Esos dos se pertenecían el uno al otro.

—Hola —Max dejó las tartas en la encimera y se limpió las manos en los vaqueros azules raídos—. Debéis de tener hambre. Dejad que os prepare algo de comer.

Se me cayó la mandíbula.

—¿El feroz Max cocina?

—Nuestro Max cocina de maravilla —la otra mujer de la habitación se levantó de la larga mesa y me tendió la mano; me había calado mejor que Lexi y me daba espacio para respirar—. Soy Emme.

Emme. Rebusqué en mi archivo mental. Era... ¿la esposa de Jax?

Sí. Troy había dicho que tenía una alergia genética al sol que la obligaba a quedarse en casa durante el día. Le estreché la mano y me fijé en su cálida sonrisa, en la melena lisa de color castaño rojizo que le caía sobre los hombros y en los ojos grises que brillaban en su rostro lleno de pecas.

Madre de Dios. ¿Es que todas las personas de esta habitación eran altas, atléticas y despampanantes?

—Sé que has tenido un día muy largo —la voz de Emme sonó suave pero clara, un sonido cálido y hermoso—. Pero ahora estás a salvo. Estás entre amigos.

Su bienvenida me envolvió como un segundo abrazo. No conocía a Emme ni a Lexi, pero me parecieron abiertas y cariñosas. La manera en que Emme me miraba me recordó a Desiree y me hizo sentir como si supiera cosas de mí que yo misma desconocía.

—Ese pedazo de bombón de ahí es mi Jax —Emme señaló al guaperas de pelo rizado y ojos verdes sentado a la mesa, con una adorable niña pequeña manchada de glaseado en el regazo.

—¿Tú eres Jax? —me quedé mirando el glaseado rosa que le manchaba la nariz ligeramente torcida—. ¿Jax el feroz, el boquirroto, el SEAL?

—Ese sería yo —deslizó la mirada hacia Troy y arqueó las cejas—. ¿Qué co...? —se contuvo justo a tiempo—. ¿Qué demonios le contaste de mí?

—La verdad —Troy sonrió con suficiencia y saludó a la niña en el regazo de Jax—. Hola, princesa.

La niña agitó los deditos pegajosos hacia él y le dedicó una sonrisa.

—Marisol, te presento a la princesa Maya. Aquí es ella quien corta el bacalao, junto con este buen mozo —Troy abrazó al niño que tenía al lado—. Este es mi sobrino, Joram.

—¿Eres la señora doctora? —Joram me miró con aquellos ojos marrones de búho brillantes de curiosidad—. ¿La novia del tío Troy?

¿Novia?

El corazón me golpeó las costillas y se me revolvió el estómago. Abrí la boca para negar lo evidente, pero Emme intervino rápidamente.

—Ahora no, Joram —Emme llevó al niño hacia la mesa con una sonrisa de disculpa que solo me confundió más—. Tenemos que terminar los cupcakes para mañana.

—¿Qué pasa mañana? —pregunté.

—Mañana es Día de Acción de Gracias —dijo Emme—. Estamos haciendo cupcakes para los niños del rancho.

Se me había olvidado la festividad.

—Ya conoces a Apollo —dijo Troy.

Apollo sonrió y me saludó con la mano.

—Este es Trev —Troy señaló con la cabeza al hombre de pelo castaño y ojos color caramelo sentado en una elegante silla de ruedas deportiva en un extremo de la mesa.

Trev me saludó con un gesto amistoso.

—Bienvenida, Marisol.

—Ese soldado de infantería blanquísimo de ahí es Kass —Troy señaló al dios nórdico que manejaba la manga pastelera con impresionante destreza, todo ello enfundado en un traje negro de corte impecable.

Me obligué a cerrar la boca y observé al gigante rubio, uno de los directores ejecutivos más astutos y exitosos del país, sentado a la mesa mientras decoraba los pequeños pasteles con pétalos de glaseado y una habilidad asombrosa.

—Kass Battleson está decorando cupcakes. —Negué con la cabeza, incrédula—. ¿Eso es normal por aquí?

Una carcajada general llenó la habitación. Seguramente pensaban que mi sorpresa era fingida. Solo que no lo era.

¿Esta gente?

Eran todo lo que Tee y Troy habían dicho, y sin embargo nada de lo que me había imaginado.

En mi experiencia, los grupos de élite con miembros muy competentes solían ser camarillas cerradas, compuestas por individuos reservados, aferrados a sus costumbres y hostiles con los extraños.

Pero aquí no percibía nada de eso.

Al contrario, los rostros alrededor de la mesa eran cordiales y acogedores. Bueno, excepto uno.

Kass entrecerró los penetrantes ojos azules y me escrutó.

—Quiero hablar contigo.

Me enderecé. Sonaba más a orden que a petición.

Troy gruñó con voz grave.

—Sé amable, Ice.

—Vale, de acuerdo. —Kass soltó un resoplido de frustración y lo intentó de nuevo—. Cuando estés lista, te cambio un cupcake por unos minutos de tu tiempo.

—Eh... claro. —¿Por qué demonios querría hablar conmigo el CEO de Battle Brothers?

Troy asintió hacia su hermano con aprobación.

—Mejor.

—Vosotros dos, sentaos. —Max plantó dos cuencos humeantes en un extremo de la mesa y volvió con un tercero, que colocó frente a Apollo.

Troy me apartó la silla y luego se sentó a mi lado. Lexi nos pasó las cucharas, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba saboreando un abundante estofado casero.

—Esto está increíble —murmuré entre bocado y bocado, lo que me valió una media sonrisa de Max y una sonrisa aún mayor de Lexi.

Mientras devorábamos la comida, Troy relató nuestras aventuras y respondió preguntas, evitando los detalles sangrientos, sin duda por los niños. Un ambiente sombrío se apoderó del grupo. A nadie le gustó lo que contó Troy.

Luego le tocó a Apollo, algo sobre recorrer el Nilo de arriba abajo buscando a alguien importante, una mujer, deduje.

Estaba relacionada con Leo, el difunto hermano mayor de Troy, y si lo había entendido bien, justo antes de morir, Leo les había encargado a los chicos, y en especial a Apollo, que la encontraran.

La verdad es que, para entonces, los párpados me pesaban y ya no era capaz de descifrar la historia real tras el lenguaje corporal de la conversación silenciosa que mantenía aquel grupo tan unido. Volvía a ser una extraña. Pero bueno, estaba acostumbrada.

Troy debió de notarlo.

—Estás cansada. Deja que te lleve a la cama.

Su elección de palabras, tan despreocupada, me prendió fuego, una reacción en cadena visceral que encendió un horno entre mis piernas.

A juzgar por el calor que me abrasaba las mejillas, la cara también me ardía.

Una mirada alrededor de la mesa confirmó que todos los demás también se habían dado cuenta.

Señor, ayúdame. En cualquier momento iba a arder en combustión espontánea de pura lujuria y vergüenza.

Pero no, no iba a permitir que Troy me llevara a su cama otra vez, aunque la comunicación ardiente entre nuestros cuerpos siguiera tentándome. Necesitaba distancia para escapar del hechizo que Troy había lanzado sobre mí. Si acabábamos en la misma cama, dormir sería lo último que haríamos.

Otra noche con él era más de lo que podía soportar en ese momento, no cuando mi cuerpo conspiraba para sabotear mi sentido común y era imperativo que me marchara, y pronto.

Seis días. Eso era todo lo que me quedaba antes de que se cumpliera el plazo.