Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

Contemplé la alfombra peluda, la gran cama revuelta que probablemente aún conservaba el calor de nuestros cuerpos, las paredes de espejo que reflejaban el solitario banco erótico en la esquina. Suspiré, ya no intimidada por aquel extraño artilugio, sino más bien intrigada.

Esta vez no, amigo.

Resultaba chocante, pero iba a echar de menos este lugar, o más bien la intimidad de tener a Troy solo para mí, de dormir a su lado cada noche, de hablar con él, provocarlo y besarlo, la dicha de fundirme con él en la seguridad de su abrazo.

Al menos conseguiste lo que querías y necesitabas de él.

Y ahora tenía que seguir adelante. Lo que significaba dejar a Troy atrás para siempre. No debería ser tan difícil, pero lo era.

¿Por qué me dolía tanto el corazón?

—¿Sol?

La voz de Troy me sobresaltó.

Estaba junto a la salida de emergencia, recorriendo el pasillo con la mirada mientras me hacía señas para que me acercara.

—¿Qué te dije? No te separes de mí.

Asentí, pero mi mirada se demoró en la bola de cristal que colgaba del techo.

Las luces estaban apagadas, aunque el resplandor de una farola se colaba por la ventana alta y besaba el globo plateado.

Miles de pequeños mosaicos centelleaban bajo el haz, diminutos conspiradores que me guiñaban el ojo, recordándome que ya no era la de antes.

Con un suspiro quedo, cerré la puerta y dejé atrás a la que había sido.

***

Troy

—No te muevas —susurré antes de escabullirme por la salida de emergencia y examinar la calle trasera.

Era una noche tranquila en Le Chalet y solo había un par de coches aparcados en las plazas de empleados. Cuando pasó una vieja furgoneta, retrocedí hacia las sombras. Después, la calle quedó en silencio y los únicos testigos de nuestra huida fueron las estrellas que asomaban sobre nosotros.

A juzgar por los logotipos de gestión de residuos «Think Clean» estampados en nuestras camisetas y gorras, me hacía una idea de lo que mis hermanos habían tramado. No era mala idea.

Examiné la entrada trasera de la cocina. Bajo el resplandor blanco de las farolas, tres contenedores industriales se alineaban junto a la pared del fondo. Ese era nuestro destino. Miré el reloj. T menos cinco minutos.

—En marcha.

Pegados a las sombras, cruzamos el aparcamiento, pasamos junto a la puerta de la cocina y nos refugiamos en el callejón entre la pared y los contenedores.

El primero contenía unos diez metros cúbicos de basura apestosa.

Los otros eran de tamaño similar, pero rebosaban de escombros de alguna obra de reforma en Le Chalet.

En cuanto Marisol captó el hedor, arrugó la nariz. Di gracias de que fuera una noche fresca de noviembre y no una calurosa noche de verano.

La puerta trasera de la cocina se abrió de golpe. Me pegué a la pared, con el cuerpo en tensión y los sentidos alerta.

—¿Troy? —el susurro de Alice llegó con la brisa—. ¿Dónde estás? Ha llamado Rey. Cambio de planes.

Alargué el brazo y tiré de Alice hacia el callejón, detrás del contenedor.

—¿Qué pasa?

—¡Jesús, Troy, me has asustado! —se metió las manos temblorosas en los bolsillos del abrigo y se tomó un momento para recuperar la compostura.

—Dijiste que había un cambio de planes —me giré, me agaché y eché un vistazo desde detrás del contenedor, recorriendo el aparcamiento con la mirada—. ¿Cuál?

—Este.

Un golpe resonó a mi espalda, seguido del impacto de un cuerpo contra el suelo. Me levanté de un salto, giré y me encontré con la Colt que Alice me apuntaba como una profesional.

—Manos arriba —Alice esbozó una sonrisa burlona que me paralizó cuando iba a echar mano de mi arma—. Y no intentes nada. No quiero ser yo quien te mate.

Quien te mate.

Las palabras me calaron hondo, aunque luché contra la incredulidad y la oleada de adrenalina que me aceleró el corazón. Levanté los brazos y entrecerré los ojos ante la Colt de Alice. Sí. No era un farol. El seguro estaba quitado.

Deslicé la mirada hacia Marisol, que yacía detrás de Alice, desplomada en el suelo. Se me encogió el estómago. ¿Estaba herida?

Apreté los dientes y volví a centrarme en Alice.

—¿Me vas a contar por qué haces esto?

—Tenía dos formas de triunfar —esbozó una sonrisa despreocupada—. Número uno, cazar a un Battleson y tener la vida resuelta. Pero por mucho que lo intenté, nunca quisiste cooperar. Con un bebé tuyo, lo habría tenido todo.

¿Un bebé? Joder. Era una zorra manipuladora. Menos mal que no había caído en su trampa. Lo juro, había días en que me preguntaba si atraía a las brujas como un caldero maldito.

Guárdate las quejas para después, céntrate.

Tenía que encontrar una salida, y rápido.

—Entonces —dije, pensando sobre la marcha—, cuando no mordí el anzuelo, ¿pasaste a otra cosa?

—No te lo tomes a mal, chico de ensueño —dijo Alice—. Es algo reciente. Dada tu reticencia, tuve que plantearme otras opciones.

—¿Opciones? —pregunté, buscando el ángulo de ataque adecuado para quitarle el arma.

—No todos los días un ruso corpulento con una polla enorme y mucho dinero llama a mi puerta y me ofrece una salida de aquí —dijo Alice—. Como habrás notado, me van los altos, guapos y bien dotados.

—Ajá —mejor escuchar que hablar, sobre todo cuando Alice estaba tan dispuesta a soltar prenda.

—Así que —dijo Alice, pavoneándose—, cuando el ruso me ofreció pasta por entregarte y vender a tu juguetito a otro tío, acepté al ruso y la pasta. Así que, chico de ensueño, aquí estamos.

—¿Esperando a tu ruso? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Su sonrisa burlona se ensanchó.

No creía en las coincidencias. Sabía exactamente quién era el ruso de Alice y por qué se había tomado la molestia de liarse con ella.

Vladimir Drozdov —nombre operativo Orlov— era un enemigo declarado de los Battleson y el empleado del año de Zero Tango. Orlov había liderado los ataques tanto contra Jax como contra Max.

Nos había costado lo suyo averiguar quién demonios era el ruso, pero después de muchas horas de investigación y un hackeo masivo de Max, habíamos descubierto que Orlov era un ex Spetsnaz con un entrenamiento de élite, un francotirador excepcional que había sido expulsado de las fuerzas especiales rusas por matar a civiles y a sus propios compañeros durante la toma de Crimea.

De algún modo, Orlov había escapado de la justicia, se había escabullido de Rusia y se había vendido al mejor postor. En los últimos años, había acabado trabajando para algunos de los señores de la guerra más despiadados del mundo.

Sí, todo un encanto.

Orlov no era un enemigo cualquiera. Se nos había escapado dos veces.

El muy cabrón era una víbora en la arena y tenía más vidas que un gato.

Llevaba tranquilo los últimos meses, probablemente escondido en su madriguera, dejando que su rastro se enfriara, sin duda a la espera de órdenes de Zero Tango.

No teníamos ni idea de por qué Zero Tango iba a por nosotros ni por qué estaba invirtiendo tanto en nuestra destrucción.

Pero dada mi situación actual, no me sorprendía que Zero Tango hubiera elegido atacar ahora, poniendo a Orlov de nuevo en juego cuando yo tenía las manos ocupadas intentando mantener a Marisol fuera del punto de mira de Rivera.

Y ahora, en nombre de su misterioso jefe, Orlov volvía a por nosotros, esta vez a por mí.

Para colmo, si todo lo que Alice había dicho era cierto, Orlov planeaba ponerse en contacto con Rivera y venderle a Marisol a esa bestia asesina. Lo cual no dejaba de ser irónico, ya que eran los matones de Rivera a quienes yo había estado esperando.

¿Por qué no estaba Orlov aquí, ahora mismo? ¿A qué esperaba?

Entonces caí. Orlov había preparado una emboscada. Quería cargarse a más de un Battleson esta noche.

Maldito hijo de puta. Escudriñé los tejados a nuestro alrededor. ¿Dónde coño estás, cabrón?

No podía estar muy lejos. No pensaría que Alice podría plantarme cara, ¿verdad?

Volví a mirar a Alice.

—El ruso es peligroso, Alice.

—Es mi tipo de peligroso.

Me moría por borrarle esa sonrisita de la cara. Mi mente iba a mil por hora.

—¿Rey lo sabe?

—Esa zorra mojigata —Alice resopló—. Se cree muy lista. Cree que soy demasiado tonta para darme cuenta de lo que hace fuera de aquí. Lástima que nunca sabrá qué te pasó.

Por el lado bueno, Rey no estaba metida en este desastre. Por el lado malo, Marisol no se movía, Alice sujetaba el arma con firmeza, y el ruso estaba de camino. No podía dejar que Orlov me capturara, como tampoco podía dejar que Rivera se llevara a Marisol.

Menuda mierda de situación.

Y entonces vi un rayo de esperanza.