Capítulo Once
Troy
Yacía junto a Marisol con el pecho pegado a su espalda, abrazándola tan fuerte como me atrevía, envolviendo su cuerpo pequeño y acurrucado con el mío. Todavía estaba aturdido, alucinado por lo que había sucedido entre nosotros, tratando de encontrar algo significativo que decir.
No todos los días un tipo tenía el honor de ser el primero de una mujer. Si lo hubiera sabido, quizás podría haberlo hecho mejor para ella.
Todavía estaba conmocionado. Había tenido una vida sexual prolífica, pero ¿esto? Esto nunca me había pasado. Nadie me había elegido como si fuera especial, digno. No podía mentirme. La confianza que me había dado grabó su nombre en mi alma.
Hablando de primeras veces —para ambos— tenía que estar al menos un poco dolorida.
—Espera aquí —le besé la oreja—. Vuelvo enseguida.
Obligando a mis piernas a responder, me levanté de la cama y caminé descalzo hasta el baño. Después de quitarme el condón, lo tiré, abrí el grifo y me lavé, sintiéndome mareado y débil, pero también purificado, pacificado, limpio de todo exceso y profundamente satisfecho.
¿Cuándo fue la última vez que me sentí así después del sexo?
Nunca, eso es cuándo.
Me sequé, agarré una toallita limpia y la empapé en agua tibia, mirando con cierto resentimiento mi polla agotada.
Le había causado dolor a Marisol y eso no era aceptable.
La próxima vez sería más cuidadoso. Compensaría mi ignorancia.
Con la toallita húmeda en la mano, volví descalzo a la cama y me dejé caer en el colchón junto a ella.
—Para ti.
Extendió la mano para coger la toallita, pero negué con la cabeza.
—¿Te importa si lo hago yo?
—Vale —murmuró, casi con timidez.
Deslicé la toalla tibia y húmeda bajo las sábanas y la presioné suavemente entre sus piernas.
—¿Está bien así?
—Sí, gracias.
Dejando la toallita tibia para que hiciera su trabajo, me estiré junto a ella y le apoyé la cabeza en mi hombro, acercándola más a mí, pasando los dedos por los suaves mechones de su cabello. Pensándolo bien, debería haberlo visto venir.
Solo si fueras telépata, machote.
Era tan sexy, tan atractiva, que no podía imaginar cómo había mantenido a otros hombres fuera de su cama durante tanto tiempo.
Podría haber tenido a quien quisiera, elegir a un hombre más adecuado para ella, quizás uno de sus eminentes colegas científicos, alguien extraordinario, digno de su belleza e inteligencia, y no un tipo salido del arroyo.
—¿Por qué yo? —pregunté, desconcertado—. ¿Por qué me elegiste a mí?
—Quería que mi primera vez fuera con alguien... especial —susurró tan bajo que apenas la oí—. Una vez que te conocí, lo supe. Solo podías ser tú.
Ella pensaba que yo era especial. Me había elegido para ser el primero. A mí y solo a mí.
Todavía estaba incrédulo, pero mi pecho se expandió con una ligereza que no había sentido antes. ¿Qué era esto? ¿Lujuria? ¿Alegría? ¿Felicidad?
Imposible.
Y sin embargo, algo hizo clic dentro de mí. Algo había cambiado, solo que no sabía qué.
Por primera vez en mi vida, sentí que era más que un piloto presumido con una polla grande que sabía cómo hacer disfrutar a una mujer. Era especial, elegido para recibir un regalo impresionante, quizás incluso merecedor de él.
Y de repente no podía imaginar mi mañana sin Marisol.
Quería explicarle a Marisol cómo me sentía, hacerle entender que apreciaba lo que había compartido conmigo.
Pero no tenía ni idea de por dónde empezar y temía que pensara que estaba loco si admitía esta cosa tan rara que sentía.
Me ganaba la vida argumentando, pero no encontraba las palabras, y mucho menos podía explicar la transformación que estaba ocurriendo en mi interior.
Me enfrenté a la verdad aterradora. Si Tee había enviado a Marisol para mí, no podría haber hecho mejor elección. Si no, entonces la providencia había traído a Marisol a The Lion, un regalo del universo. No tenía idea de qué era esto ni qué hacer al respecto, pero de algo estaba seguro:
No era un regalo que fuera a desperdiciar.
—Deberías habérmelo dicho, ¿sabes? —murmuré, acariciándole el cabello—. Habría planeado convertir esto en una experiencia extraordinaria para ti.
Me miró y sonrió, una sonrisa pequeña pero luminosa que me derritió por completo, convirtiéndome en un idiota enamorado.
—Fue extraordinario, Troy —me pasó los dedos por la barba incipiente y me trazó los labios con las yemas—. Me encantó acostarme contigo.
Esa extraña ligereza en el pecho volvió a invadirme. El corazón me aleteó. ¿Estaría sufriendo algún tipo de deficiencia cardíaca?
Lo dudaba.
Era perfectamente capaz de besar a Marisol, de sostener y prolongar el diálogo silencioso entre nuestras bocas y cuerpos, y de transformarlo en deseo otra vez.
Toda la sangre de mi cuerpo bajó de golpe y mi polla se endureció, demostrando que mi corazón funcionaba perfectamente y que el tiempo de recuperación habitual no iba conmigo.
Mi móvil vibró de nuevo. ¿De nuevo? ¿Cuánto tiempo había estado ignorando el zumbido?
Estaba tentado de ignorarlo un poco más, pero no estábamos atrapados en Le Chalet por casualidad. Reprimiendo un gruñido de frustración, solté los deliciosos labios de Marisol y cogí el teléfono.
—¿Dónde coño has estado? —exigió Max en cuanto contesté, con voz cortante y tono cabreado—. ¡Llevo una puta hora llamándote!
Había estado justo aquí, en la cama, con Marisol, pero no iba a decirle eso.
—Ya estoy despierto. —Aparté las sábanas y me senté en el borde de la cama—. ¿Qué pasa?
—Tienes once minutos para mover el culo —dijo Max—. Después de tantas idas y venidas, encontramos la forma de acelerar tu extracción y organizamos una recogida. Ve a la parte trasera del hotel y espera junto a los contenedores de basura.
—Voy para allá. —Colgué la llamada y me volví hacia Marisol—. Vístete, coge tus cosas, date prisa.
Agarré mis bóxers y pantalones de la alfombra y me vestí. Típico. Justo cuando empezaba a disfrutar de estar a solas con Marisol, todo se acababa. Había tanto que quería decirle, mostrarle.
Pero ahora no había tiempo.
Cogí la M9 de la mesilla, solté el cargador y comprobé la munición. Once balas. Era todo lo que me quedaba. Encajé el cargador de nuevo, me metí la pistola por detrás del pantalón, me colgué la bolsa al hombro y me volví hacia Marisol.
—¿Estás lista?
—¿Adónde vamos? —preguntó, contoneando ese delicioso trasero enfundado en morado para meterse en los vaqueros.
Al único lugar al que nunca, jamás había llevado a una mujer.
—A casa.
***
Marisol
Estaba a punto de ponerme el jersey cuando llamaron a la puerta. Troy se llevó un dedo a los labios, sacó la pistola y me indicó con un gesto que me pusiera junto a la puerta mientras miraba por la mirilla.
—Alice —articuló con los labios antes de bajar la pistola y entreabrir la puerta—. ¿Sí?
—Hola, guapo. —La voz de Alice sonó alta y estridente. Debió de ver la pistola en la mano de Troy, porque añadió—: Por favor, no me dispares. Rey me pidió que te diera esto y que te lo pusieras.
Troy se guardó la pistola por detrás del pantalón y aceptó un pequeño montón de ropa. —¿Dónde está Rey?
—Yo solo soy los preliminares, cariño. Por lo visto, ella es la que te lleva hasta el final. —Las risitas roncas y sensuales de Alice me irritaron hasta el extremo—. ¿Necesitas un rapidito antes de irte?
Me tensé tanto que me mordí la lengua.
—Estoy bien —dijo Troy.
—Qué pena. —Su suspiro exagerado fue tan sonoro que incluso desde detrás de la puerta percibí su dramática decepción—. Ah, casi lo olvido. También hay cosas ahí para tu juguetito.
Juguetito, y una mierda.
La Reina Zorra siempre conseguía sacarme de quicio. No podía verle la cara desde donde estaba, pero me apostaba lo que fuera a que había estado sacando pecho y pestañeando a Troy todo el rato. No sé qué me pasó, pero me subió tal calentón de rabia que exploté.
Asomé la cabeza por detrás de la puerta. —Gracias, Alice. Eso será todo. —Esbozando una sonrisa maliciosa, le cerré la puerta en las narices a la zorra.
Troy me miró boquiabierto, con las cejas arqueadas, mientras me pasaba una camiseta verde lima. —¿A qué ha venido eso?
—Esa mujer me recuerda a un Anopheles. —Metí la cabeza y los brazos en la camiseta enorme.
—¿Un qué? —Frunció el ceño mientras se ponía su camiseta.
—El Anopheles es una especie de mosquito repugnante. —Me bajé la camiseta de un tirón—. La hembra porta un Plasmodium unicelular que transmite la malaria.
—¿Malaria? —Me pasó una gorra a juego—. En Estados Unidos no hay malaria.
—Puede que aquí no haya malaria. —Me metí la coleta bajo la gorra y me la encasqueté—. Pero esa mujer es una chupasangre como la copa de un pino, y no pienso dejar que te infecte.
Se quedó sorprendido un momento y luego soltó una carcajada profunda y sonora. —Marisol Méndez, ¿detecto un puntito de celos en tu voz?
—¿Yo? ¿Celosa? Qué va. —El odio visceral que me ardía por dentro solo podía ser esa emoción traicionera. Pero no podía estar celosa, ¿verdad? Troy no era mío, nunca lo sería. Me había hecho un favor y punto. Se me revolvió el estómago solo de pensarlo.
—No tienes de qué preocuparte. —Esbozó esa sonrisa pícara que me dejaba fuera de combate—. Ya hablaremos de tu versión de la malaria más tarde.
Esas palabras inesperadas y el beso fugaz que me plantó en la cabeza me dejaron las piernas como de gelatina. Me costó mantener el equilibrio a pesar de que ahora llevaba las zapatillas nuevas de mi talla que Rey me había conseguido.
¿Qué demonios quería decir Troy con eso?
—Hora de ponerse en marcha. —Se caló la visera de la gorra y agarró el pomo de la puerta—. La extracción siempre es la parte más peligrosa de cualquier operación. Quédate a mi espalda. Ojos y oídos bien abiertos. Prepárate para cualquier cosa.
—Entendido. —Cogí mi bolsa, la apreté bajo el brazo y lo seguí.
En el último momento, me detuve en el umbral y eché un último vistazo a la Suite Roja.