Capítulo cuatro #2
—Policías —anunció Troy en voz baja—. A las doce. Justo delante.
Seguí su mirada y divisé a los agentes uniformados, que caminaban tranquilamente entre la pequeña multitud. Se me subió el corazón a la garganta. Solté la mano de Troy, giré sobre mis talones y tensé las piernas para echar a correr calle abajo.
De una zancada, Troy me alcanzó. Me rodeó la cintura con un brazo y me llevó bajo el toldo de un bar irlandés.
Él se plantó en la acera, pero a mí me subió al escalón alto que recorría toda la fachada del bar, reduciendo la diferencia de altura entre nosotros, al menos un poco.
Aunque seguía teniendo que mirarlo hacia arriba, no tenía que forzar el cuello para hacerlo.
—No los mires —murmuró mientras los policías se acercaban—. Mírame a mí.
Su mirada azabache me clavó en el sitio.
Cuando me miraba así, no tenía más remedio que perderme en sus ojos magnéticos.
Desafiando el pánico que me tamborileaba en el pecho, acercó el rostro hasta que vi mi reflejo en sus iris negros y sus labios quedaron a solo centímetros de los míos.
El pulso desbocado se me disparó y me retumbaba en los oídos. ¿Iba a...?
Me besó.
Al principio fue un contacto brusco, un encuentro firme entre sus labios seguros y los míos torpes. Me tensé, muy consciente de los ladrillos de la pared que se me clavaban en la espalda, y completamente aturdida por la presencia inesperada de su boca sobre la mía.
Un leve gemido escapó de mi garganta. No sabía qué hacer, qué pensar. Por el rabillo del ojo, divisé a los policías, que patrullaban y observaban con atención a cada persona en la calle. El miedo me sacudió las rodillas y me hizo temblar de pavor.
—Cierra los ojos —ordenó Troy, con el aliento cálido contra mi boca—. Solo estamos tú y yo. Nadie más.
Cerré los ojos y dejé fuera al mundo. La sensación de su boca acaparó todos mis sentidos.
Sus labios cálidos se movían sobre los míos, suaves pero firmes a la vez.
Su lengua recorrió la comisura de mis labios y el miedo a los policías se desvaneció, sustituido por otra emoción, una necesidad física de responder a la deliciosa exploración de su lengua.
En cuanto cedí, su lengua entró en mi boca y llenó mi mundo con su sabor fresco y un rastro lejano de cerveza. La calle se tambaleó bajo mis pies. Las luces del letrero se difuminaron y los sonidos de la multitud se apagaron.
El corazón me golpeaba las costillas, pugnando por salir. Su boca exigía y seducía, daba y tomaba, hasta que me quedé sin aliento y sin pensamientos, sin forma de resistir el loco intercambio que se producía entre nosotros.
Me atrajo hacia él en un abrazo que me envolvía por completo. Su cuerpo grande arropó mi figura menuda, envolviéndome en su calor y aislándome del resto del mundo. Encajaba en sus brazos como una carta en su sobre.
Las intensas sensaciones que me recorrían el cuerpo me bañaron en oleadas alternas de placer y deseo. Mi lengua danzó con la suya, explorando su boca con la misma avidez con que él exploraba la mía.
¿Este tío?
Sabía besar.
Y con él, podría sacarme un tercer doctorado.
—Tienes frío —murmuró entre besos alucinantes—. Demasiado frío.
Me cogió las manos y las guio bajo su sudadera. Se desabrochó algunos botones y luego deslizó mis manos por la abertura. Los músculos de su abdomen se contrajeron cuando mis dedos fríos tocaron su piel caliente. Su calor me atravesó como un rayo.
Fue un gesto tan generoso, inesperado y a la vez increíblemente tierno. Y funcionó. Su calor viajó desde mis dedos, subió por mis brazos y se extendió hasta mi centro, prendiendo la yesca acumulada en mi interior, de modo que ahora yo era fuente de calor radiante tanto como él.
Mis manos vagaron, confirmando con el tacto lo que mis ojos me habían estado diciendo todo el rato. Una fina capa de músculo ondulaba bajo mis palmas, tensa sobre una cintura estrecha que se ensanchaba en un pecho amplio que subía y bajaba con su respiración.
Deslicé las manos por su espalda, hundí los dedos bajo su cinturón y sentí la fuerza de sus glúteos firmes; el viaje prometía ser tan cálido como fascinante.
No sé qué me pasó, pero no podía dejar de tocarlo, de besarlo, de respirarlo. Impulsada por una especie de instinto primitivo, me apretujé contra él, froté el pecho y el vientre contra su cuerpo, me restregué contra su acero.
Oh, sí. Era evidente que estaba duro y excitado. ¿Y yo? Me derretía por dentro y ardía con tanta intensidad que temía prender fuego al bar irlandés.
Presa de una desesperación física como nunca antes había sentido, no me di cuenta del momento en que él interrumpió nuestra desvergonzada sesión de besos impulsada por Marisol.
Para entonces tenía las bragas empapadas y mi parte más íntima humeaba como una tetera silbante.
Me acarició la mejilla y se echó hacia atrás, dejando un gran vacío entre nuestras bocas.
—Ya se han ido —susurró, un rumor bajo e íntimo que me recorrió con un ronroneo delicioso.
—¿Qué? —No pude entender ni una palabra de lo que dijo.
—Los policías —dijo mientras aflojaba el abrazo—. Ya se han marchado.
—Oh.
Mi mente seguía atrapada en la novedad de sus besos. Mi boca suplicaba más. El breve experimento había confirmado mi hipótesis, y con creces. Me dejó confundida, intrigada y excitada.