Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Troy

Las alarmas me estallaban en la cabeza. Tee había enviado a Marisol a buscarme. Tee.

No podía quitármelo de la cabeza.

Si hubiera sido piloto de caza, quizás habría pulsado el botón de eyección.

Pero era piloto de helicópteros. Volaba sin paracaídas a la espalda.

Cuando los pilotos de helicóptero nos estrellábamos, íbamos a dar contra el suelo amarrados a nuestros pájaros.

Y ahora mismo, la cabeza me daba vueltas como si estuviera atrapado en una barrena y me precipitara hacia un laberinto de cables de alta tensión.

Mantén el morro arriba y los pies en los pedales.

Tee era una de mis mejores amigas, una persona inteligente y estable que llevaba en mi vida desde que salí del reformatorio hacía ya muchos años.

Pero también era una conspiradora y maquinadora consumada que últimamente había logrado domar a dos de mis hermanos, emparejándolos con astucia con las mujeres que ahora eran el amor de sus vidas.

Mientras miraba fijamente a Marisol, observando sus largas pestañas que aleteaban y el pequeño puchero perfecto que formaban sus labios carnosos, un escalofrío de inevitabilidad me recorrió la columna, como una araña ágil, y me recordó la monumental capacidad de Tee para tejer intrincadas telarañas.

—Ni hablar —di un paso atrás, luchando por ejecutar maniobras evasivas—. ¿Tú y yo? No vamos a liarnos. No estoy buscando mujer ahora mismo, y lo mío no son las relaciones a largo plazo.

Marisol levantó la cabeza de golpe, como si le hubiera dado una bofetada.

Sus ojos se volvieron del color del humo.

Me fulminó con la mirada con total incredulidad, un reproche que me dio una patada en los huevos.

Un rubor intenso le encendió las mejillas y soltó un resoplido agudo entre los dientes, el siseo de una gata realmente cabreada.

Uy. Reprimí el impulso de tirarme al suelo. Proyectil en camino.

—¿Estás borracho o estás jodidamente loco? —se plantó el puño en la cadera, me clavó la mirada desafiante y tomó aire indignada—. ¡Por supuesto que no vamos a liarnos! ¿Quién coño te crees que eres? ¿El regalo de Dios a las mujeres?

Intenté meter baza, pero me arrolló, escupiendo palabras más rápido que las ametralladoras de un Cobra.

—Que te quede claro —levantó el feroz dedito índice en el aire como si fuera el árbitro de la justicia universal—.

Tee no mencionó ni una palabra sobre ese cuerpo tuyo.

No tenía ni idea de que ibas a ser un hijo de puta tan guapo.

Así que vale, estás bueno, y te crees el rey de este antro lleno de imbéciles.

Pero no he venido por ti, y a pesar de tu ego colosal, no eres la última Coca-Cola del desierto. ¿Te enteras?

Madre del amor hermoso.

Sí. Lo pillaba perfectamente.

Era una gata salvaje con carácter, rebosante de un fuego que seguiría ardiendo aunque de mí solo quedaran cenizas y un montón de fuselaje en llamas.

En el lado positivo, pensaba que estaba bueno. En el negativo, su desprecio me había devuelto algo de sentido común de una bofetada. Me lo merecía. ¿Qué coño me pasaba hoy?

Esta mujer me hacía cosas raras en la cabeza. Si a mi confusión le sumabas una mención de Tee, entraba en modo pánico.

Que conste que tenía buenas razones para temer a Tee y su reciente afición como casamentera de los Battleson. Me encantaban las mujeres. Me fascinaban. Las buscaba y ellas a mí, siempre de forma satisfactoria para ambos y sin ataduras.

¿Pero relaciones?

Ni de coña. No iban conmigo.

La capacidad de confiar me la habían arrancado de cuajo desde muy joven. Mi historia personal me había curado de la necesidad de esa dolencia que volvía completamente majaras a dos personas.

¿Atracción?

Claro.

¿Sexo?

Bien y necesario.

¿Amor?

Gilipolleces.

Por un momento me había sentido emboscado, volando en medio de una tormenta de arena con un arma invisible apuntándome. Ahora tenía que retomar el rumbo y volar recto.

Atento a los patrones, atento a los cables. Era mi lema personal, la regla que marcaba la diferencia entre volar y estrellarse, entre vivir y morir. Lo aplicaba a cada faceta de mi existencia, personal y profesional.

Por necesidad, los pilotos de helicópteros de combate éramos un grupo pesimista. Nos entrenaban para burlar las probabilidades y anticipar los peores escenarios. Así había sobrevivido tanto tiempo. Así vivía.

Y por eso, cuando miraba a esta mujer, se me disparaban todas las alarmas.

Ya, claro. Tee no se iba a salir con la suya conmigo.

Me aclaré la garganta y obligué al cerebro a funcionar. —¿Qué tal si rebobinamos al principio de esta película y me cuentas por qué estás aquí buscándome?

Respiró hondo —con suerte para calmarse— y controló su genio.

Uf.

Para ser una astillita delicada de ser humano, llevaba mucha dinamita dentro.

—He venido a darte esto —me tendió el sobre manila que antes había mirado con tanta envidia.

Cuando dudé, me agarró la mano y me estampó el paquete en la palma.

—Ahí tienes —se frotó las manos como si se sacudiera la mugre que le había quedado de tocarme—. Tee dijo que sabrías qué hacer con esto. Pues hazlo. Gracias y adiós.

Con la espalda recta y la mano cerrada en torno a la correa de su enorme bolso, me lanzó una última mirada fulminante y se dio la vuelta. Sus sexis tacones rojos repiquetearon sobre las tablas del suelo mientras se dirigía hacia las puertas.

¿Vas a dejar que esa incendiaria vaya a prender fuego a otro bar?

Mi lado imprudente sopesó la pregunta, pero el racional se impuso.

Adiós y buen viento. Hasta la vista, baby.

Veía las señales escritas en el cielo. Era una trampa demasiado perfecta.

Mi móvil decidió vibrar en el peor momento. Aparté la mirada del trasero bien formado de Marisol y saqué el teléfono del bolsillo. El nombre de Tee me deslumbró como un letrero de neón.

Acepté la llamada.

—¿Quieres explicarme qué coño es este follón?

—Hola a ti también —dijo Tee con su habitual tono entrecortado—. Supongo que ya has conocido a Marisol.

—Ahora mismo —dije—. ¿De qué va esto?

—Mira los documentos que tienes en las manos y te harás una idea.

—Espera.

Me volví hacia mi reservado, sujeté el móvil entre la oreja y el hombro y abrí el sobre. Saqué los documentos y los extendí sobre la mesa. Una pequeña memoria USB rebotó en la madera. El corazón se me aceleró mientras hojeaba las primeras páginas.

—¿Qué coño es esto?

—Marisol tiene un par de ovarios —dijo Tee—. Es increíblemente lista. Consiguió sacar de contrabando pruebas que condenarán a Alfonso Rivera por asesinato, blanqueo de dinero, tráfico de drogas y armas, y otros tantos crímenes internacionales.

—¿Estamos hablando de Alfonso Rivera, asesor principal del dictador que actualmente es el presidente ilegal de ese pobre y oprimido país sudamericano que no nombraremos? —pasé las páginas, buscando los detalles principales.

—Sip —dijo Tee—. Como siempre, has bordado el examen de asuntos globales.

—Joder —era mucho que digerir y no sabía por dónde empezar—. Estás hablando de algo muy gordo. Ese nombre es peligroso de cojones. Espera —el pulso se me disparó—. ¿Cómo coño te has metido en esto?

—No importa —su tono no admitía discusión.

—¿Tee? —aventuré, sabiendo que entraba en territorio delicado—. Kass se va a cabrear muchísimo cuando se entere. Lo sabes, ¿verdad?

—Entonces no se lo digas —espetó—. Tienes las pruebas. Tienes los medios y los contactos. Marisol sabe el resto. Haz que la información llegue a quien corresponda. En cuanto a Marisol, tiene que quedarse en Resurrection hasta que esto acabe, donde estará a salvo de Rivera.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Acabas de decir que Marisol tenía que quedarse con nosotros en Res?

—Ese es el plan —dijo Tee—. ¿No te lo ha dicho?

Marisol no había mencionado nada de eso.

Y eso sin contar con que yo había sido un completo imbécil y había dado por sentado algo que probablemente la había espantado tanto como asustado.

Si alguna vez había tenido intención de pedir refugio, la había disuadido con mis gilipolleces y mi actitud de mierda.

—Sé que es mucho pedir —Tee siguió—. Pero si Rivera la encuentra, está muerta. Es un milagro que llegara viva a Denver. Seguramente olvidó mencionar que su hermana estaba casada con Alfonso Rivera.

Si Tee seguía bombardeándome con información así, me iba a estallar la cabeza.

—Le dije a Marisol que la ayudarías —siguió atropellándome sin importarle que no pudiera asimilar todo lo que me soltaba—.

Te lo pido como favor personal. Vosotros sois las únicas personas en el mundo a las que confiaría su vida.

Y ni se te ocurra llamar a las autoridades.

Rivera ha comprado a todo el mundo en la cadena de mando, de arriba abajo.

FBI, policía estatal, local... tiene informantes por todas partes.

—Vale, vale —murmuré, intentando procesar toda aquella avalancha de información—. Entonces, ¿está metida en un lío y no es un señuelo?

—¿Un señuelo?

—Sí, ya sabes, no quiero ser borde, pero tengo que preguntarlo. No me has enviado a Marisol como enviaste a Emme para Jax y a Lexi para Max, ¿verdad?

—Oh, por el amor de Dios, Troy —el bufido de Tee me retumbó en el oído—. ¿De verdad crees que sería tan atrevida y descarada como para intentar eso precisamente contigo?

—Hum —tuve que pensármelo—. Eres atrevida y puedes ser descarada cuando quieres algo. Si no recuerdo mal, por eso te llamábamos Tee-Titán.

—Puede que sea verdad, pero te conozco —dijo—. Sé perfectamente lo que pasaría si tan siquiera te sugiriera quedar a tomar un café con alguien que conozco.

—¿Y qué sería?

—Mandarías esa idea tan lejos que saldría del estadio.

No se equivocaba, pero su respuesta me provocó un ardor de estómago. ¿Sabía que era un caso perdido? ¿Era tan obvio para todos, incluido para mí?

—Troy, deja de darle vueltas y escúchame —dijo Tee con tono urgente—. Dada la complejidad de la situación de Marisol, tú eres su única opción. ¿Me sigues?

Como la apisonadora sigue al asfalto ardiente.

—Procesando.

—Vale, ahora ya lo sabes —dijo Tee—. ¿Puedes pasarme a Marisol?