Troy Capítulo Uno
Troy
La mujer que irrumpió por las puertas de The Thirsty Lion disparó mis sensores como un blanco en el radar. Algo en ella no encajaba.
Quizás eran sus hombros rígidos y la mandíbula apretada.
O tal vez era cómo iluminaba la sala, un rayo ardiente de sol atravesando las nubes en un día de tormenta.
Lo más probable es que tuviera que ver con las enormes gafas de estrella de cine que le ocultaban los ojos y al menos la mitad del rostro.
¿Quién demonios llevaba gafas de sol de noche?
Con el pelo oculto bajo un gorro de punto y las gafas de sol en las que se reflejaba la multitud, recorrió la sala con la mirada. La ansiedad le tensaba los labios y le aceleraba el paso, pero un atisbo de duda la detuvo al borde del salón, donde vaciló sobre unos tacones rojos impresionantes.
Me obligué a rebajar mi nivel de alerta.
Los tacones rojos eran atractivos, además de todo un espectáculo visual, pero la mujer que los llevaba parecía bastante inofensiva: baja, menuda y bien abrigada.
No había espacio en su ajustado abrigo rojo para ocultar un artefacto explosivo ni un AK-47.
En cambio, el ceñido abrigo le abrazaba la figura de reloj de arena, revelando una perfección exuberante y menuda.
Así que Caperucita Roja había crecido y desarrollado unas curvas de infarto y un par de piernas espectaculares.
Sonreí para mis adentros. El vaivén de sus caderas al caminar despertaba mi lado más travieso.
Aun así, parecía bastante joven, quizás de unos veintipocos, sin duda demasiado joven para mi ecuación, que requería una variable femenina de treinta o más.
Ese era yo, siempre afilado hasta el extremo más racional.
Una segunda mirada reveló que el abrigo estaba algo raído de tanto uso.
No había nada malo en ser pobre. Cristo sabía que yo había sido pobre la mayor parte de mi vida hasta que Battle Brothers Inc.
despegó. Y aun así, algo en Caperucita Roja me roía las entrañas.
No debería disparar mis alarmas. Pero lo hacía.
Últimamente andaba tenso como la cuerda de un arco.
Culpo a mis años de piloto de helicópteros de ataque de mis instintos afinados. Puede que ahora no esté en servicio activo, pero el Night Stalker que llevo dentro nunca se rinde. Hay quien llama a la hipervigilancia un síntoma de TEPT. Yo no.
No había sobrevivido a una infancia miserable, a una adolescencia de mierda atrapado en el llamado sistema de justicia juvenil, ni a guerras en algunos de los puntos más violentos del planeta sin un agudo sentido de autopreservación.
La vida civil no había hecho más que confirmar mi necesidad de conciencia situacional. Mi carrera como litigante implacable potenciaba mis reflejos naturales. La sala del tribunal no era más que otra zona de combate, y sangrienta, además.
Por si todo eso no bastara para mantener a un tipo alerta, mis hermanos y yo estábamos en el punto de mira de un enemigo misterioso que nunca perdería la oportunidad de eliminarnos.
Ya había hecho dos intentos y casi lo perdimos todo.
Con un apellido como Battleson, el éxito solo llegaba tras batallas encarnizadas y la supervivencia era una ocupación a jornada completa.
Lo que podría explicar por qué mis indicadores seguían disparados.
Tranquilo, piloto.
Me aparté de la luz de la lámpara Tiffany y, oculto en la penumbra, estudié a la mujer un poco más.
No era una habitual, de esos tipos de alto copete del mundillo legal que poblaban el juzgado de enfrente y se reunían en el pub después del trabajo para rumiar los últimos cotilleos.
Tampoco era de aquí. Ningún habitante de Colorado que se preciara se arriesgaría a romperse la cadera llevando tacones en una noche helada de noviembre como esta.
Una forastera, entonces.
¿Nueva en la escena?
Con el enorme bolso aferrado bajo el brazo, sacudió la cabeza y desprendió parte del aguanieve congelado que brillaba en su gorro de punto. La energía nerviosa chispeaba de su pequeña figura, electrificando el aire. Era un manojo de nervios como no había visto otro.
Abrazaba un sobre contra el pecho como si le fuera la vida en ello. Di un sorbo a mi cerveza y sonreí. Ah, ser ese sobre manila, tan íntimamente pegado a la única parte de ella que mostraba algo de abundancia.
Imbécil.
Achaqué mi reacción juvenil al largo y agotador día. La presión me estaba pasando factura.
Mi necesidad de desahogo explicaba por qué me había quedado esta noche. Echar un polvo en The Lion no era cuestión de si, sino de cuándo. Los abogados litigantes éramos un gremio lujurioso, y como Battleson de pro, llevaba el deporte en la sangre.
Me recordé que no todo el que cruzaba esas puertas venía a comprar en el mercado de carne de The Lion. El pub era donde todo el que era alguien en la escena legal de Denver venía a cerrar todo tipo de tratos: legales, de negocios, sexuales.
Por alguna razón, sabía que ella no estaba allí por lo último. Por eso destacaba. Eso, y la etiqueta del precio que aún le colgaba por detrás de lo que tenía que ser un abrigo de segunda mano.
¿Qué hacía el cordero en la guarida del león?
Se acercó a la barra abriéndose paso entre la multitud y se puso de puntillas para llamar la atención del camarero.
Imposible. Tenía agallas, pero los abogados hacía tiempo que habían abandonado sus túnicas de civilidad y las bebidas fluían sin parar.
La apartaron de la barra a codazos a la velocidad de un rotor a plena potencia.
La frustración le cerró los puños y le marcó dos pequeñas arrugas entre las cejas. Se subió las enormes gafas de sol por el puente casi inexistente de la nariz y se quedó allí, con cara de no saber dónde meterse.
Entonces me di cuenta de que, abrigo aparte, temblaba como una hoja de álamo en el viento. Esta mujer tenía frío. O estaba estresada. O muerta de miedo.
Olía a problemas con P mayúscula.
Fruncí el ceño al reconocer la turbulencia en mis entrañas. No tenía ni idea de por qué, pero su apuro despertaba un instinto protector que no sabía que tenía hasta ese momento. Y no ayudaba que los tiburones de la sala empezaran a rodearla, olfateando carne fresca.
Un abogado particularmente desagradable se le acercó por detrás, se inclinó hacia su oído y le murmuró algo.
Por el rubor oscuro que le encendió las mejillas, debió de ser un comentario lascivo o una proposición directa.
Ya estaba dándose la vuelta cuando el desgraciado le dio una palmada en el trasero.
A la mierda. Me levanté de un salto.
Necesitaba un amigo. O una copa. O ambas cosas.
Con la mandíbula apretada, me dirigí a la barra y me interpuse entre la mujer y el hijo de puta borracho. Lo agarré por las caras solapas y lo levanté hasta mi metro ochenta y tres. Las puntas de los pies apenas le tocaban el suelo. Arriesgándome a emborracharme solo con su aliento, le gruñí.
—Las manos quietas. La señorita no quiere que la manosees, imbécil. ¿Me has entendido?
El pedazo de mierda estaba tan sumido en su coma etílico que lo único que pudo hacer fue balbucear incoherencias. Hice un gesto con la cabeza y los gorilas se apresuraron a quitarme al imbécil de las manos. Me metí los puños en los bolsillos, separé las piernas y lo vi marcharse.
Limpiar la escoria era uno de los pocos privilegios de ser dueño de The Lion. En treinta segundos, el idiota estaría en un Uber, camino a casa con su pobre y desafortunada esposa.
Alpha Mike Foxtrot: adiós, hijo de puta.
—Iba a ponerlo en su lugar —anunció una voz melodiosa detrás de mí—. Pero gracias de todos modos.
Me volví hacia el origen de aquel sonido tan agradable.
Caperucita Roja se quitó las gafas de sol y me deslumbró con el resplandor de un par de grandes ojos marrones, brillantes como turmalinas.
La coronilla apenas le llegaba a mi barbilla, pero alzó el rostro para encontrar mi mirada.
Levantó esa barbillita obstinada, dejando a la vista las largas líneas de su garganta expuesta y su pulso, que latía demasiado rápido en la base del cuello.
—Eres alto, muy alto. —Su mirada luminosa se deslizó hacia arriba en una trayectoria de sur a norte: pecho, cuello, rostro—. Casi me entran ganas de preguntarte qué tiempo hace allá arriba.
—¿Pero lo harás?
—Nah. —Agitó la mano en el aire y dejó caer las gafas de sol en el bolso—. Apuesto a que te lo han preguntado un millón de veces.
—Te agradezco que no sea un millón y una. —Le dediqué una sonrisa y clavé en ella mi mirada descarada—. Pero por si te interesa saberlo, las vistas desde aquí arriba son estupendas.
—Alto, moreno, guapo y buen pico. —Sacudió la cabeza; sus ojos se oscurecieron con irritación—. Debe de ser mi noche de suerte. Lo siento, soñador, no tengo tiempo para tonterías.
¿Tonterías?
¿Quién demonios decía «tonterías» hoy en día?
Se alejó de mí, ofreciéndome una buena panorámica de su espalda recta como una vara, las curvas de su generoso trasero y las puntas tiesas del cabello rubio platino, que desentonaban con los tonos cálidos de su piel.
¿Una peluca?
Sin prestarme la menor atención, inspeccionó el lugar con un barrido decididamente clínico. No estaba acostumbrado a que me dieran calabazas de entrada. Ni en ningún momento, caí en la cuenta de pronto.
Desde luego, no era de las que solían frecuentar The Lion.
—Oye, guapa —me acerqué a ella—. ¿Por qué tengo la sensación de que no encajas aquí?
—Porque no encajo. —Su pecho se hinchó con una bocanada de aire valiente—. Tuve que venir, pero tienes razón. Esto no es lo mío para nada.
Un destello de determinación le iluminó la mirada. Esos ojos luminosos cambiaban como camaleones según su estado de ánimo. Habían pasado del caramelo al chocolate y vuelta en un instante.
Me ignoró y cruzó los brazos en gesto protector sobre el sobre que apretaba contra el pecho. Su mirada siguió recorriendo la multitud. Estaba enganchado. Era una pista de algún rompecabezas que tenía que resolver.
Hora de cambiar el ángulo de aproximación.