Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintitrés #3
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Capítulo veintitrés #3

Los ojos aguamarina de Lexi brillaron sobre mí.

—¿Seguro que estás bien?

Entonces caí en la cuenta. Estaba a salvo. Respirando. Hablando. Preocupándose. Por mí.

Y en ese instante, aprendí el verdadero significado de la palabra «alegría» destilada a su forma más pura. Estaba viva. Eso era lo único que importaba.

La estreché entre mis brazos y la apreté contra mi pecho.

El abrazo dolió como el infierno y tenía las costillas en llamas, pero me daba igual.

Hundí el rostro en su cabello y respiré, una inhalación dolorosa y difícil.

Lo único que podía hacer era sostenerla y dar gracias a los dioses responsables de cada segundo extra que conseguía pasar con ella.

Y a Leo. También le di las gracias a él. Había cumplido su promesa. Me había dado mi oportunidad de ser feliz. Ahora me tocaba a mí cumplir mis promesas.

—Max... —murmuró Lexi en ese tono que me calentaba el corazón y me derretía por dentro—. Por favor, no llores.

¿Estaba llorando?

Me sequé la cara y me quedé mirando la humedad en la mano. Estaba llorando. Y no era de pena.

—Lágrimas de felicidad —murmuré, mirando de mis hermanos sonrientes a Lexi—. Nunca pensé que tendría la suerte de derramar alguna.

Lexi sonrió, y aunque era tarde en la noche, el amanecer me alcanzó.

***

Lexi

Yacía en la cama del hospital, intentando asimilar todo lo que había pasado. Martha y Carla estaban muertas. No habían encontrado el cuerpo de Orlov entre los escombros. La búsqueda continuaba, pero el ruso había logrado escapar de algún modo, la maldita serpiente.

Kass no era de los que mostraban sus emociones, pero por la tormenta que le oscurecía la mirada se notaba que estaba furioso por el engaño de Carla, rabioso por haber caído en él.

Pero incluso mientras iba y venía por la habitación hablando por el móvil, entendía que habíamos progresado. Teníamos las huellas dactilares de Orlov en su arma, y eso era mucho más de lo que teníamos antes.

—¿Estás bien? —Emme me apretó la mano.

Todavía llevaba el vestido esmeralda que había lucido en el evento benéfico. El amanecer no podía estar lejos. No le quedaba mucho antes de tener que recogerse y, sin embargo, estaba aquí, pendiente de mí como una gallina clueca.

—Estoy bien —dije—. Pero me preocupa Max.

—Unos cuantos moratones y un par de costillas rotas no van a tener a Max fuera de juego mucho tiempo —dijo—. Jax me mandó un mensaje hace un rato. Troy y él están con Max en su habitación. Está durmiendo. Le dieron medicación suficiente para tumbar a un toro. Tú también deberías descansar.

—No me pasa nada —fulminé con la mirada hacia los pies de la cama, donde Apollo revisaba el ordenador de la mesilla, consultando mi historial médico—. Solo estoy aquí porque Apollo insistió en dejarme en observación y Kass dijo que tenía que hacerle caso.

—¿Por qué siempre tengo que ser yo el malo? —protestó Apollo.

Kass tapó el altavoz del móvil.

—Mejor tú que yo, hermano.

—Solo te quedas por hoy —dijo Emme, siempre la voz de la razón—. Es una precaución sensata tanto para ti como para Max. ¿No crees?

—Puede —admití—. Pero sinceramente, solo quiero irme a casa y que se me pasen estos moratones durmiendo.

La deslumbrante sonrisa de Emme hizo acto de presencia.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté.

—Si no me equivoco, acabas de llamar hogar al Taj.

Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios.

—Eso hice, ¿verdad?

—No te imaginas lo feliz que me hace eso, y a otras personas también, incluidos esos simios de ahí —señaló con la cabeza hacia Kass y Apollo, que asintieron con entusiasmo.

—Y hará especialmente feliz a cierto Max —añadió Emme—. Hablando del rey de Roma...

La voz ronca de Max me llegó desde el pasillo. Sonaba irritado. Al cabo de unos momentos, entró cojeando en la habitación, con manchas negras y moradas a lo largo de la mandíbula y moratones en prácticamente cada superficie visible de su cuerpo.

Empujaba un soporte de gotero y solo llevaba una bata de hospital, calcetines negros y su parche en el ojo. Tenía una pinta horrible y, sin embargo, era el hombre más guapo que había visto en mi vida.

Jax y Troy lo seguían, discutiendo por lo que parecía. Pero Max no les hacía caso. Iba directo a mi cama y sus hermanos no conseguían hacerle mella.

—Dejad de seguirme —les lanzó una mirada furiosa por encima del hombro.

—Créeme, quiero hacerlo —Troy mantuvo la cara seria—. La vista desde aquí atrás es feísima.

—Cierto —Jax fingió frotarse los ojos—. Se me han roto los ojos.

—Podéis cerrarlos, ¿sabéis? —sugirió Kass—. La pobre Lexi seguro que tiene que jugar al escondite con el culo de Max todo el rato.

—No está tan mal —dije entre risas.

—No les des cuerda a estos payasos —dijo Max—. No me van a dejar en paz nunca.

—Piensa en Apollo —intervino Troy—. Tiene que ver culos feos todo el día.

Apollo se encogió de hombros, impasible.

—Gajes del oficio.

—Ya está —dijo Troy—. Todos a favor de prohibir a Max caminar por ahí con esa bata de hospital que digan sí.

—¡Sí! —respondieron los chicos al unísono, convirtiendo mis risitas en carcajadas.

—Estáis todos despedidos, comediantes —dijo Max, señalando la puerta con el brazo, pero sin quitarme los ojos de encima—. Tú no. Tú te quedas. Venga, hazte a un lado.

Apartó las sábanas, se sentó a mi lado y metió las piernas debajo con un gruñido y una mueca de dolor.

—Vamos, preciosa —Jax le plantó un beso en los labios a Emme y le tomó la mano—. Es hora de irnos a casa, cerrar las cortinas y divertirnos un poco, ¿no? —dijo arqueando las cejas.

—Claro —Emme me dedicó una sonrisa de despedida, luego rodeó la cintura de Jax con el brazo y lo guio hacia la puerta—. Démosles espacio a estos tortolitos.

—Oye, Ice —llamó Troy—. Puedes seguir ladrando órdenes mientras vamos a desayunar.

—Muy gracioso, Rogue —Kass me hizo un gesto rápido de despedida y siguió a Troy hacia la puerta—. Al menos yo sé hacer algo más que poner cara bonita y soltar labia...