Capítulo veintitrés
Max
Giré tan rápido que Carla no me vio venir.
—¡Lex! —ladré—. ¡Agáchate!
Con una secuencia de Krav Maga que había practicado mil veces, agarré la muñeca de Carla y le retorcí el brazo hacia abajo, desviando el arma de Lexi. Giré sobre mí mismo, le rodeé el cuello con el brazo y apreté.
Carla estaba en forma y era fuerte, pero en combate cuerpo a cuerpo no me superaba. Con ella atrapada en una llave al cuello, forcejé con su brazo, le subí la mano y apunté a Orlov. Después coloqué mi índice sobre el suyo y apreté el gatillo.
Los milisegundos se estiraron mientras la bala volaba. Lo ocurrido en los últimos minutos se reprodujo en mi mente. Desde que había recuperado la consciencia, había estado esperando y escuchando, aprovechando las maniobras dilatorias de Lexi, atando cabos que se me habían escapado hasta entonces.
Nuestro misterioso enemigo, Zero Tango, nos había declarado la guerra abierta.
Ahora tenía confirmación directa de que Chaos había estado trabajando para él.
Chaos estaba fuera de combate, lo cual era una maldita lástima porque yo estaba decidido a eliminarla con mis propias manos.
El mercenario ruso Orlov había vuelto, gracias a la traición de Carla.
Su traición iba a destrozar a Kass. Y también iba a cabrearlo como nunca.
Mientras estaba desplomado en el suelo con la cabeza martilleándome de un dolor cegador, había calculado nuestras probabilidades. Y no eran nada buenas.
Dos atacantes despiadados. Una, ex marine con experiencia en combate, armada con una Makarov silenciada. El otro, un mercenario competente, un operativo Spetsnaz entrenado, un hijo de puta brutal que mataba a sus compañeros a sangre fría.
Empuñaba una mini-UZI con supresor, el seguro quitado y una cadencia de fuego automático de novecientos cincuenta disparos por minuto.
Mucha potencia de fuego en un espacio reducido. Lexi en medio del fuego cruzado. Y un Raider maltrecho, medio cegado por el dolor y ardiendo de rabia.
Sí. No eran las mejores probabilidades que había tenido en mi vida.
Pero estaba entrenado para pensar bajo presión y funcionar a pesar del dolor.
Tumbado en el suelo, escuchando cómo Lexi intentaba sonsacarles información, estaba seguro de que Carla nunca había alertado a seguridad ni a mis hermanos.
Para colmo, mis comunicaciones estaban caídas, probablemente bloqueadas por la propia Chaos.
La caballería no iba a llegar.
Solo una cosa se interponía entre Lexi y la muerte.
Yo.
No iba a fallarle a Lexi. Esta vez, nadie a quien amara iba a morir estando yo presente. No. Eso no iba a pasar.
Mi primer disparo rebotó en el guardamanos de la UZI, no porque hubiera fallado, sino porque el arma de Orlov se sacudió hacia arriba.
Se me subió el corazón a la garganta cuando Lexi se tiró al suelo como le había dicho, solo que en la dirección equivocada. Se lanzó hacia Orlov, golpeó el arma con el hombro y lo placó por debajo de las rodillas con la determinación de un linebacker de la NFL.
Se me secó la boca. Podría haberla matado yo mismo.
Apuntando con más cuidado, mi siguiente bala se clavó en el hombro de Orlov. El mercenario cayó al suelo pero no soltó el arma. Lexi se aferró a sus piernas. Él se encogió sobre sí mismo y orientó el arma hacia la cabeza de ella.
Con un tirón brutal, le rompí la muñeca a Carla. Gritó, pero logró lanzar el arma lejos. Me moví rápido: solté la llave, la giré y le estrellé el puño en la cara.
Crac.
Un estallido de sangre brotó de donde antes estaba su nariz. Se desplomó mientras yo me lanzaba sobre Orlov y le agarraba el arma.
El cabrón se aferró a la UZI como si le fuera la vida en ello. Y así era. Las balas volaron en todas direcciones, rasgando las paredes de lona y rebotando en el mostrador de maquillaje, cada una más ruidosa que la anterior a medida que el supresor perdía eficacia.
—¡Sal de aquí! —le grité a Lexi mientras forcejeaba con Orlov por el arma.
El mercenario era fuerte, más fuerte que yo. Su cuerpo parecía de acero. Un rodillazo en el estómago ni lo inmutó. Mis puños doloridos debían de estar golpeando capas de Kevlar.
—¡Lex! ¡Vete! ¡Ahora!
Más que verla, sentí que se arrastraba para apartarse. Estaba enzarzado en una lucha a vida o muerte. La UZI quedó atrapada entre el mercenario y yo, y las balas seguían saliendo mientras lo golpeaba.
Rápido como una serpiente, Orlov liberó una mano y me la cerró en torno a la garganta. Le devolví el gesto: le rodeé el cuello con ambas manos e inmovilicé el arma bajo mi pierna.
El mercenario apretó más. Mi cuello cedió bajo la presión. Crujidos espantosos resonaron en mis oídos. La oscuridad empezó a invadir los bordes de mi visión.
Mierda.
Mi mirada se deslizó hacia su hombro, donde la sangre manchaba la camisa blanca bajo el esmoquin. Solté una mano y le clavé los dedos en la herida.
El mercenario gruñó de agonía. Por un segundo, aflojó la presa. Metí los antebrazos entre sus brazos y le rompí la sujeción.
El aire fluyó a mis pulmones y con él, una ráfaga de fuerza. De una patada, mandé la UZI deslizándose por el suelo. Pero mi triunfo duró poco.
Con un esfuerzo titánico, el mercenario me agarró del cuello y me estampó contra el suelo. Vi las estrellas. Y ahora era yo quien estaba debajo.
Su rodilla me martilleó el esternón. Algo se rompió bajo el golpe. El dolor me atravesó el pecho. Sus puños me llovieron encima como mazas.
Bloqueé algunos golpes, coloqué uno o dos, pero el dolor no paraba. El lado izquierdo de mi cara se fue entumeciendo, por suerte. Pateé y me revolví, golpeando a Orlov casi tan fuerte como él me golpeaba a mí. Tenía ventaja, pero rendirme no iba conmigo.
Así que seguí peleando.
Logré rodar sobre él una vez, luego otra, aunque el cabrón volvió a ponerse encima. Nos estrellamos contra los percheros. Se derrumbaron y nos cayeron encima prendas y zapatos.
Una percha me arañó la mejilla y casi me saca el ojo bueno. La agarré y la lancé a un lado, pero el mercenario aprovechó el hueco. Me agarró del cuello otra vez y me cortó el aire.
Mierda.
El cínico que llevaba dentro salió a relucir. O quizá era la falta de oxígeno en el cerebro lo que provocaba esos pensamientos que me hacían reír con autodesprecio.
Todo este tiempo había querido morir. Pero no, qué va. El universo me mantenía en juego, me mantenía sufriendo, me obligaba a aguantar.
Y ahora, cuando por fin había empezado a sanar, cuando había redescubierto la alegría de vivir y conocido a la mujer de mis sueños, ahora el universo se empeñaba en acabar conmigo.
¿El momento del universo?
Una puta mierda.
Mi rodilla impactó en los testículos de Orlov, pero las pelotas del hijo de puta parecían de hormigón armado. El tío tenía que ir hasta arriba de esteroides. Nada más podía explicar su fuerza sobrenatural.
Una forma oscura se alzó detrás de Orlov. El ángel de la muerte, sin duda, que venía a llevarme al infierno. Entorné los ojos, con la vista borrosa, para enfocar la aparición. Tenía el rostro de Lexi, manchado de lágrimas y salpicado de sangre.
No, espera.
El ángel era Lexi.
¿Qué coño seguía haciendo en la carpa?
Tenía los ojos desorbitados de terror, pero sostenía las armas de Orlov. Dio un paso adelante, apoyó el arma contra el costado del mercenario y apretó el gatillo.
Nada.
Era el sonido de la muerte, un arma sin munición.
Joder, genial.
Lexi seguía en esta carpa. Necesitaba acabar con esto.
Le solté un jab a la mandíbula de Orlov, seguido de un cruzado potente que aturdió al hombre por un segundo, el tiempo suficiente para lanzar el gancho que le hizo echar la cabeza hacia atrás. En ese momento, Lexi levantó la UZI en alto y la descargó con todas sus fuerzas.
El arma impactó de lleno en la sien del mercenario. Gruñó. Su cuerpo pareció absorber el golpe antes de desplomarse. Cayó al suelo cuan largo era, inconsciente.
Jadeando y todavía atrapado debajo de Orlov, no tuve tiempo ni de respirar. Lexi levantó la cabeza de golpe. Su mirada se endureció al fijarse en la esquina detrás de mí.
Seguí su mirada hasta el otro lado de la carpa. Carla. Había recuperado la conciencia y ahora alargaba la mano hacia el arma de Chaos, a menos de treinta centímetros de ella.
Aparté el cuerpo de Orlov, pero Lexi se me adelantó. Saltó al centro de la carpa y se abalanzó sobre Carla justo cuando la mujer rozaba la Makarov. Todavía sin aliento, me impulsé desde el suelo mientras las dos luchaban por el arma.
Un gemido. Un gruñido. Un estruendo.
El poste central de la carpa se vino abajo. El centro del techo de lona se derrumbó. La pesada lona cayó, dividiendo la carpa por la mitad y arrastrando la estructura. Un poste de aluminio me golpeó en la cabeza.
Caí de rodillas, aturdido por el golpe. Un nuevo estruendo resonó en el espacio derrumbado. Ignorando el dolor, avancé a gatas y me abrí paso entre una maraña de lona de poliéster, llegando al otro lado de la carpa justo cuando el mostrador de maquillaje se volcaba.
La encimera de mármol cayó sobre las mujeres que forcejeaban. Las luces de Broadway parpadearon y se apagaron cuando el espejo se vino abajo. Se hizo añicos, esparciendo astillas por toda la esquina donde Lexi y Carla seguían peleando por el arma.
Las dos mujeres chocaron contra el poste de la esquina. También se vino abajo, arrastrando el resto de la carpa. Forcejé con metros de lona asfixiante, tratando de abrirme paso, pero la tela me frenaba, pegándose a mí como una telaraña gigante.
Plink, plink, plink.
El arma se disparó.
Se me cayó el alma a los pies.
—¡Lex! —Me arrastré hacia la esquina donde la había visto por última vez—. ¡Lex, respóndeme!
Nada. Ningún movimiento. Ningún ruido. Solo silencio y mi respiración agitada mientras luchaba por liberarme de la carpa.
—¡Max! —La voz de Troy me llegó desde fuera—. ¿Dónde coño estás?
—¡Aquí! —Me incorporé a medias, jadeando bajo el peso de la carpa.
—Te tengo. —Los pasos de Troy crujieron hacia mí—. No te muevas.