Capítulo Diecisiete
Max
—Me hackeaste —dijo Lexi como si mi oficio de toda la vida fuera un veneno que acabara de inyectarle en las venas—. Hackeaste mi bandeja de entrada y leíste mis correos privados.
No era una pregunta. Era una acusación. Y me quemaba las entrañas como una úlcera sangrante.
Cómo había logrado mantener la cordura durante esta conversación era un misterio hasta para mí.
Cuando Trev llamó para informar sobre nuestro último y más interesante botín hasta la fecha, aproveché para revisar el resto de mis hackeos. Fue entonces cuando hice el descubrimiento que me sacó de mis casillas. Y yo que pensaba que Lexi y yo íbamos por buen camino.
La mirada de Lexi incineró todas las buenas razones que había tenido para entrar sin permiso, todos los esfuerzos que había hecho para encontrar a los malos y salir con el botín.
También reavivó el dolor que me había atravesado el pecho en el momento en que descubrí ese correo que me destrozó el alma, apenas hacía treinta minutos.
Tenía los nervios a flor de piel. Mi mente no daba crédito. Leer ese correo me había dejado fuera de combate. ¿Lexi quería tener un bebé con otro imbécil?
Ni hablar. Por encima de mi cadáver.
Me clavé las uñas en las palmas e intenté respirar hondo para calmarme. No funcionó. El fuego en mis entrañas ardía fuera de control. ¿Cómo demonios iba a aceptar eso, y mucho menos vivir con ello?
—No puedes hacerlo —dije—. No lo harás.
—¿Hacer qué? —me desafió alzando la barbilla.
—La clínica de fertilidad, el donante... no vas a... no puedes seguir adelante con eso.
Se estremeció, pero mantuvo la barbilla en alto con obstinación.
—¿Por qué no?
—Porque no te lo permitiré.
Durante toda esta conversación, le había dado el beneficio de la duda, la había animado a decirme la verdad, a confiar en mí como yo quería confiar en ella. Pero no, no había obtenido ningún respiro, ninguna negación. Esto no era un terrible error ni un malentendido.
Y ahora iba a tener que abordar el asunto por las malas.
—Resumiendo —dije—: no harás esto mientras yo esté cerca.
Su boca se torció en una mueca indignada capaz de congelar las llamas del infierno.
—¿Quién demonios te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?
—Soy la persona que no te dejará tomar decisiones que destruyan tu vida. Nuestra vida, quería gritar. Soy tu hombre, quería gritar a pleno pulmón.
Cruzó los brazos y me fulminó con la mirada.
—Ah, así que ahora, de repente, sabes qué es lo mejor para mí, lo que quiero para mí misma y cómo debo conseguirlo.
—No sé una mierda —mascullé entre dientes—. Pero sí sé que el donante uno-cinco-seis-nueve no es la respuesta.
Inspiró con indignación.
—¿Porque crees que sería una madre pésima?
—¡Porque él no es el adecuado y este no es el momento!
—Estoy lista —escupió como una cobra a punto de atacar—. Llevo lista mucho tiempo. He soñado con ser madre toda mi vida.
—Entonces, ¿por qué no lo dijiste desde el principio?
—Porque... —se pasó los dedos por el pelo mientras iba y venía frente a las ventanas—. No lo entenderías.
Gruñí.
—Ponme a prueba.
—No me importa si crees que es un sueño estúpido —dijo—. No me importa si crees que estoy equivocada o si cumplir mi sueño acaba con mi carrera. Esta vez no voy a renunciar a ninguno de mis sueños.
El dolor que me aplastaba el pecho era casi insoportable. Hasta que leí ese correo, no tenía ni idea de que Lexi quisiera un bebé. En algún momento, se me había escapado por completo este detalle.
O quizás me lo había ocultado a propósito, sabiendo que yo no servía para ser nada más que un polvo de paso entre Nueva York y Los Ángeles.
Sabía que quería viajar y ver el mundo. Me había dicho que quería cambiar de vida.
Pero para un tipo como yo, que pensaba que a los niños había que ahorrarles este mundo de mierda, la revelación de que quería un hijo, ahora, no de mí sino de un donante anónimo, era un mazazo.
No tenía ni idea de qué hacer, qué decir.
—Lex, no puedo... no voy a...
Gruñó como una leona cabreada.
—Ahórrate las palabras vacías. Este es asunto mío, mi asunto privado. Y tú no quieres un hijo. Lo dejaste perfectamente claro.
Respiró hondo y no me dejó meter baza.
—¿Cuál es el sentido de traer un niño a este mundo de mierda?
—repitió de memoria, imitando mi tono sarcástico a la perfección—.
Yo, por mi parte, me niego a perpetuar el círculo vicioso.
Y mi favorita —añadió con amargura—: Toda esa mierda de la paternidad es solo una forma de que los megalómanos satisfagan su inagotable necesidad de adoración.
Mi furia se transformó en rabia. Tenía razón. Había dicho todo eso. Probablemente también me lo había creído. Pero eso era antes y esto era ahora.
¿Acaso pensaba que sería un padre de mierda como lo habían sido los míos? ¿Pensaba que éramos solo un lío pasajero? ¿Eso era todo lo que creía que éramos?
Mi visión se tiñó de rojo. Esto no era asunto suyo. Era asunto nuestro. Y tenía derecho a opinar porque ella era mía y yo era suyo. ¿Acaso no podía aceptar al menos eso?
—Leíste mis correos —me acusó de nuevo como si fuera el elemento más bajo y violento del mundo criminal—. ¿También entraste en mis redes sociales, revisaste mis cuentas bancarias, rastreaste mis huellas en internet, ese tipo de cosas?
—Lex, yo...
—¡Responde a mi pregunta!
Nunca la había visto tan enfadada. Tragué saliva.
—Sí.
Me miró boquiabierta como si me hubieran salido cuernos.
—Me hackeaste, Max. Invadiste mi privacidad. Entraste en mis archivos, mis cuentas, mi vida. ¡No tenías ningún derecho!
—Escúchame —respiré hondo e invoqué una paciencia que no tenía—. Monitorizar tus cuentas era necesario. Tenía que vigilar por si había intrusos. Necesitaba acceso a...
—¿En serio, Max? ¿Necesitabas leer mis correos y rastrear qué tipo de tampones pedía por internet para —hizo comillas en el aire— protegerme? ¿Necesitabas destruir mis límites y coger lo que te diera la gana? ¿Eso es lo que vas a argumentar?
—Así es como se hace.
—No, no es así como se hace —agitó un dedo rígido en el aire—. Es como tú lo haces.
—Es mi trabajo —dije a la defensiva.
—Ah, genial, ahora soy un trabajo para ti —levantó las manos al aire—. ¿Follarme también forma parte del trabajo?
—¡No! —¿Qué le pasaba hoy?—. No estás entendiendo. Lo que intento decir es que no necesitas...
—Podrías habérmelo pedido, ¿sabes? —me dio la espalda, con los hombros tensos, la mirada fija en las montañas lejanas—.
En lugar de eso, elegiste actuar a mis espaldas e invadir mi mundo privado.
¿Para qué, Max? —se giró para encararme, clavándome la mirada—.
¿Para manipularme? ¿Para controlarme? ¿Para apoderarte de mi vida?
—Te estás saliendo de tus casillas —mi paciencia había llegado a su fin y la furia me rugía en los oídos—. Esa no era mi intención en absoluto.
—Pobre Lexi —dijo, haciendo un puchero falso que solo añadía fiereza a su ceño fruncido—. Es demasiado tonta para entender. Es demasiado estúpida para saber lo que quiere.
—¡Solo intentaba protegerte!
—Vaya, gracias —de repente, se alejó de la ventana, se calzó las sandalias y metió el portátil en el bolso—. Puedes dejar de protegerme ahora.
Agarró la maleta de mano de la cama, la dejó en el suelo y, tras levantar el asa, se dirigió a la puerta arrastrándola tras de sí.
Un miedo gélido me atravesó las entrañas.
—¿Qué estás haciendo?
Abrió la puerta de golpe.
—No pienso quedarme aquí, eso seguro.
—¿Te vas? —el pánico que me oprimía el pecho era distinto a todo lo que hubiera sentido en mi vida—. Pero... ¿por qué?
—¿Por qué? —gruñó antes de salir de la habitación, esquivando por poco a un Troy sorprendido en el pasillo—. ¿Es que no has escuchado nada de lo que he dicho?
—Lo estoy intentando —ignoré la mirada inquisitiva de Troy y fui tras ella.
—Me voy porque me hackeaste —Lexi aceleró el paso cruzando el salón hasta los ascensores—. Porque aunque sabes lo mucho que me ha costado ser independiente, no tienes ningún respeto por mí ni por mi derecho a tomar mis propias decisiones. ¡Nadie lo tiene!
Pulsó el botón con tanta fuerza que temí que se hiciera daño en el dedo.
—Me voy porque confié en ti y traicionaste esa confianza.
—Eso no es verdad —dije, incapaz de reprimir la furia en mi voz—. Si alguien ha traicionado la confianza aquí, eres tú.
Se giró para encararme.
—¿Cómo?
—Quieres tener un bebé con un puto desconocido.
—¿Y quién coño eres tú para juzgarme?
No tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de Lexi, de por qué actuaba así, de por qué ignoraba la puñalada que acababa de asertarme.
¿Acaso no sabía que todo lo que hacía era por su bien? ¿Acaso no le importaba que el mero pensamiento de ella con un desconocido me destrozara hasta la médula?
El dolor y la rabia me dejaron el cerebro fuera de combate. Me quedé paralizado. Lo único que sentía era rabia, rugiendo en mis oídos.
Las puertas del ascensor se abrieron y Lexi entró. Hice ademán de seguirla, pero su mirada fulminante me detuvo en seco.
—Espera —escupí, con el cuerpo paralizado por otra oleada de pánico—. Tenemos que hablar de esto.
—No hay nada de qué hablar.
Alargó el brazo y golpeó el panel con el canto del puño.
—No necesito más Sandros en mi vida.
—¿Sandro?
Sacudí la cabeza, confundido.
—¿Qué demonios tiene que ver él con esto?
—Estoy harta de imbéciles controladores —dijo mientras las puertas comenzaban a cerrarse—. De ahora en adelante, tomo mis propias decisiones.
—Lex, yo—
Las puertas se cerraron y me dejaron con la palabra en la boca. Me quedé en el vestíbulo de mármol, aturdido y dolorido, como si me hubiera alcanzado otra vez un explosivo improvisado.
Lexi se había ido.
La vida se me escapó del cuerpo, dejando atrás un cascarón vacío, sin alegría ni propósito. Me desplomé contra la pared, intentando respirar, pero incapaz de llenar los pulmones.
Durante todas estas semanas, había sido mi roca, a mi lado en las buenas y en las malas. Pero ahora me había abandonado, me había dejado tirado cuando más la necesitaba.
Mi mente se quedó en blanco.
¿Qué iba a hacer ahora?
—Oye, ¿tío?