Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Catorce #4
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Capítulo Catorce #4

Había desaparecido la ira que impulsaba todo lo que hacía, la desesperación, el impulso aplastante de vencer, de demostrar mi valía, de prevalecer, poseer y controlar. También había desaparecido el deseo de vengarme de una vida cruel que me había puesto de rodillas.

En su lugar, esta nueva fuerza benevolente inundó mi corazón y convirtió cada caricia en algo tierno y extraordinario, cada beso en una declaración de triunfo, cada gemido mío en una oración de gratitud.

Cuando por fin llegaron nuestros clímax, viajamos juntos a un lugar especial al que solo acceden los amantes más entregados. Nunca había estado allí, pero en los brazos de Lexi descubrí el éxtasis.

***

Después de hacer el amor otra vez, Lexi se quedó dormida en mis brazos. Estaba en paz. Menuda emoción nueva para mí. Me tomé mi tiempo para acariciarle el pelo negro azabache.

Lexi no se movió. Seguramente estaba agotada de haber pasado la noche en vela cuidando de mí. A mí también me vendría bien dormir un poco más, pero antes de echarme una siesta matutina, necesitaba ir al baño.

Con cuidado de no despertarla, me escabullí de la cama. Una vez en el baño, hice lo que tenía que hacer y fui a lavarme las manos. Abrí el grifo, me enjaboné y las froté hasta hacer espuma. Cuando levanté la vista, me vi reflejado en el espejo.

Se me encogió el estómago. Di un paso atrás y me quedé mirando boquiabierto.

Hacía mucho que no veía al hombre que me devolvía la mirada.

El pelo me había crecido demasiado, una maraña desgreñada de mechones castaños y descuidados.

La barba estaba descontrolada. Espirales oscuras me cubrían las mejillas.

El ceño fruncido me daba aspecto de salvaje, de animal que debería estar enjaulado.

Pero nada de eso me impactó tanto como la ausencia del parche en el ojo.

No estaba.

Levanté una mano mojada y enjabonada hacia la cara, buscando el cuero negro, para confirmar que no estaba. Podría habérmelo arrancado anoche, en el punto álgido del dolor. O quizás Lexi me lo había quitado después de que me quedara dormido, para que estuviera más cómodo.

Me obligué a tragar saliva. El graznido seco de la garganta resonó en el baño. El parche había desaparecido. Solo me quitaba el maldito trasto cuando me duchaba. Y cuando lo hacía, nunca me miraba en el espejo. No quería. Me aseguraba de no hacerlo.

Y sin embargo, ahí estaba, contemplando mi imagen destrozada.

Una cicatriz blanca dividía la ceja izquierda por la mitad. El párpado de debajo estaba cerrado, la cuenca vacía. Otra cicatriz trazaba un camino torcido sobre el párpado, un pequeño garabato grotesco que nacía en el rabillo del ojo y se ramificaba hacia abajo en forma de rayo.

Un rayo.

Recuerdo haberlo visto cuando estalló la explosión, un destello de luz, justo antes de que el ojo izquierdo dejara de enviar señales al cerebro.

Lexi me había visto sin el parche. Todo ese tiempo, mientras hablábamos, llorábamos, hacíamos el amor, la cara había estado desnuda ante su mirada. Me había visto exactamente como era.

Me di cuenta de que a ella no le importaba que llevara parche, ni que tuviera la sonrisa torcida, ni las cicatrices que nunca iban a desaparecer.

Me había besado los labios, los párpados, la cara sin vacilación ni reservas. Me había mirado a los ojos cuando yo estaba encima y había contemplado mi rostro mientras me cabalgaba. Ni una sola vez había hecho una mueca de asco ni me había mirado horrorizada.

Me hizo el amor como si yo estuviera entero, y gracias a eso me sentí curado.

De pronto supe lo que tenía que hacer, cada paso, cada detalle. Era una lista larga, pero no me abrumaba. Haría lo que fuera necesario para asegurar la felicidad de Lexi. Se acabó la confusión. Se acabaron las dudas. Tenía trabajo por delante.

Salí del baño con paso decidido. Lexi dormía. Pertenecía a esa cama.

Nuestra cama.

Me incliné, le di un beso en la frente y la tapé con el edredón. Se me había metido en la cabeza encargar más muebles. Un sofá vendría bien. Uno grande, para ponerlo frente a la chimenea. Podríamos acurrucarnos en él. Y otras cosas.

Con una sonrisa de idiota, me puse el chándal, salí sigilosamente del dormitorio y me senté al escritorio. Reinicié todos los ordenadores y llamé a Trev.

Trev se había ofrecido a viajar a un par de lugares clave para investigar algunos de mis descubrimientos más alarmantes.

Su informe me bajó de la nube de golpe. El buen humor se evaporó.

Cuanto más hablaba, más negaba con la cabeza y apretaba los dientes.

Los hallazgos de Trev iban a requerir un seguimiento serio, al estilo Max.

—Vuelve aquí —le ordené—. Mantendremos todo esto entre nosotros por ahora.

Después de agradecer a Trev por el trabajo bien hecho, aparté sus hallazgos y di por cerrado ese cabo suelto. Pero quedaban otros cabos por atar. Además, había que conectar piezas y diseñar trampas.

Respiré hondo, entrelacé los dedos y, conteniendo mi furia, me hice crujir los nudillos preparándome para un asalto a gran escala en varios frentes. Luego posé las manos sobre el teclado virtual y me puse manos a la obra.

Raider andaba suelto.