Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Doce #2
30%

Capítulo Doce #2

—No creo que deba.

—¿Por qué no?

—Harina —dijo, una explicación insatisfactoria de por qué miraba el panecillo como si estuviera envenenado con arsénico—. No la como desde hace años. Si abro esa puerta, puede que no sea capaz de parar. Y mantequilla. Va directa a los muslos.

—La harina es un hito evolutivo.

Me metí el resto de la comida en la boca.

—La humanidad ha prosperado desde que aprendimos a moler semillas y hornear pan. Y una cucharada de mantequilla no le hará ningún daño a esos muslos tan preciosos que tienes.

—Me gano la vida con este cuerpo —dijo, removiendo la comida con el tenedor.

—Pero aún así tienes que comer. No creas que no me he dado cuenta. Comes muy poco. Seguramente llevas de mal humor por hambre desde los doce años.

—¿Hangry?

—Hambre más enfado igual a «hangry» —dije—. Últimamente hay mucha gente como tú por ahí.

—¡No estoy «hangry»!

—Admítelo —dije con una sonrisa burlona mientras me lamía las yemas de los dedos—. La vida sin comida es un suplicio. Sabes que eres guapa, ¿verdad?

Abrió los ojos de par en par. Se echó hacia atrás en la silla, como si la hubiera pillado desprevenida.

—No soy guapa de verdad —murmuró, frunciendo ligeramente el ceño—. Tengo los ojos demasiado separados, los huesos demasiado anchos y el culo demasiado grande.

Joder. ¿Iba en serio? ¿Cómo de jodido estaba nuestro mundo si una belleza como Lexi no podía ver la luz que irradiaba?

Dejé el tenedor sobre la mesa y la miré fijamente, alucinado por la imagen tan distorsionada que tenía de sí misma. Vaya manera de infravalorarse.

—¿De verdad te lo crees?

—El espejo nunca miente —se encogió de hombros—. Estoy bien vendida. Eso es todo.

Casi me atraganto.

—¿Bien vendida?

Esto era obra de Sandro. Seguro. Oyes la misma mentira todos los días de tu vida y acabas creyéndotela.

Algún día iba a machacar a ese hijo de puta hasta hacerlo polvo para vengar el asesinato deliberado de la autoestima de Lexi. Me ponía furioso que no pudiera ver la injusticia que se hacía a sí misma. Me cabreaba que no tuviera ni idea de sus méritos, de la bondad que irradiaba desde dentro.

Solté un resoplido de frustración.

—Vale, así que no sabes que eres guapa. Eso tiene que cambiar, y rápido. Me propongo decirte cada día lo preciosa que eres, y no tendrá nada que ver con la báscula.

Era flipante, pero se le llenaron los ojos de lágrimas.

¿Qué coño?

La había vuelto a disgustar.

—Eh, Lexilicious —alargué la mano y cogí la suya—. ¿Qué he hecho? Soy un hijo de puta despistado, pero si me dices cómo la he cagado, no lo volveré a hacer.

Se secó una lágrima del rabillo del ojo y suspiró.

—No has hecho nada malo, pero no espero que lo entiendas.

—Entiendo la presión por rendir en todas sus formas. Sé que vives en una realidad alternativa. En tu mundo, la gente espera que seas un perchero flaco para colgarte sus trapos encima y que tú los hagas quedar bien. ¿No te parece una expectativa irracional y absurda?

—Tengo que cuidar mi cuerpo si quiero trabajar.

—¿Cuidar tu cuerpo? Claro. Estoy cien por cien a favor. Solo tienes uno. Lo demás es ruido. Tienes que comer. Y no necesitas que ningún gilipollas te diga cuánto deberías pesar. Punto.

—Eso es fácil decirlo —me lanzó una mirada hosca—. Tú no tienes que pavonearte con tus hoyuelos por la pasarela.

—Digo lo que veo —aquí estábamos hablando de la salud de Lexi—. Con hoyuelos o sin ellos, eres guapa, siempre lo serás. Ahora, por favor, termina el desayuno. En algún lugar del cielo, mi abuela se está tirando de los pelos.

—Eres un tirano de la comida —dijo, haciendo pucheros—. Lo sabes, ¿verdad?

Sonreí con suficiencia.

—Me encanta comer.

—Vale.

Arrancó un trozo del bollo, lo mojó en la mermelada y lo mordisqueó con cuidado.

Se le dibujó una sonrisa enorme en la cara.

—Madre mía, qué maravilla.

Exhaló un suspiro de satisfacción y cerró los ojos como cuando tenía un orgasmo.

—Esto está tan bueno que debería ser ilegal.

La expresión de su cara hizo que mi polla empezara a planear todo tipo de maniobras ilegales. ¿Conseguiría llegar al final del desayuno sin arrancarle esa camiseta?

Abrió los ojos y sonrió, con los iris brillantes de placer. Esta vez mordió la corteza dorada con ganas.

—Esto me recuerda a un éclair que comí una vez.

—¿Éclairs? —tenía una receta increíble que solía preparar para los chicos—. ¿Te gustan?

—Son mi comida favorita del mundo, pero no puedo comerlos. Tienen como un millón de calorías por bocado —levantó lo que quedaba del bollo y brindó al aire—. Gracias, abuela de Max. Seguro que está cocinando para los ángeles.

—No me extrañaría.

—¿Te enseñó ella a cocinar? —Lexi atacó la tortilla con más entusiasmo.

—Más o menos —me recosté y la observé comer, disfrutando de los ruiditos que hacía mientras descubría los sabores que había escondido en aquella comida aparentemente sencilla—. Solía observar a la abuela cuando cocinaba. Una cosa llevó a la otra y acabé aprendiendo sus trucos.

—¿Y tu madre? —preguntó Lexi, mordisqueando una salchicha—. ¿A ella también le gustaba cocinar?

La pregunta borró el placer de observar los labios de Lexi deslizándose por la salchicha. Se me heló la espalda y busqué desesperadamente una forma de cambiar de tema.

Lexi debió de notar el cambio. Dejó de comer y arqueó las cejas, expectante.

Me eché hacia atrás en la silla.

—Hay cosas de las que no me gusta hablar.

—Oh —dejó el tenedor—. ¿Como yo y mis hoyuelos?

Cero cuartel con Lexi.

—Come un poco más —señalé su tenedor con la barbilla.

Si seguía hablando, quizá ella seguiría comiendo. Cuando volvió a coger el tenedor, respiré hondo y me obligué a hablar.

—Si tanto quieres saberlo, mi madre era yonqui, y mi padre también.

La heroína era lo suyo, pero se metían cualquier cosa.

Me abandonaron más veces de las que los servicios sociales pudieron contar.

Mi madre murió de sobredosis cuando yo tenía nueve años.

A mi padre lo vieron por última vez chutándose mierda debajo de un puente. Acabé viviendo con mi abuela.

Los ojos de Lexi se abrieron de par en par.

—No tenía ni idea.

—Sí, bueno, a la gente que comparte mi ADN habría que esterilizarla —dije con acidez—. ¿Qué sentido tiene traer un niño a este mundo de mierda cuando vas puesto hasta las cejas?

—Así que... eh... —vaciló un instante—. ¿Nunca quieres tener hijos, eso de ser padre, no sé, quizá encontrar a alguien, casarte, ese tipo de cosas?

—Ni de coña —solté con una risita despectiva—. El amor es un cliché de los gordos. El matrimonio es un contrato medieval, una transacción comercial sin sentido. ¿Y toda esa mierda de la paternidad? Es solo una forma de que los megalómanos satisfagan su necesidad infinita de adoración.

Tragó saliva.

—Eso es un poco duro, ¿no crees?

—Piénsalo —dije, incapaz de reprimir la amargura que traían mis recuerdos—.

¿No puedes conseguir afecto en ningún otro sitio?

Haz un crío. Al fin y al cabo, un niño pequeño es una máquina de dar cariño.

Quiere a sus padres aunque lo olviden en la sillita del coche durante horas en pleno verano o aunque se olviden de darle de comer durante días.

Lexi se mordió el labio inferior.

—¿Te pasaron esas cosas a ti?

Me encogí de hombros, apartando los recuerdos.

—Les pasa a niños en todo el mundo, constantemente.

—Pero seguro que hay gente por ahí que son padres estupendos —dijo—. Como Jax y Emme, por ejemplo.

—Jax y Emme son la excepción que confirma la regla. La mayoría de los padres no son como ellos —reprimí el impulso sádico de señalar cómo su madre y su padrastro eran la prueba perfecta de lo que decía—. Yo, por mi parte, me niego a perpetuar el círculo vicioso.

—Oh —volvió a hacer ese ruidito extraño.

Parecía conmocionada. El brillo de sus ojos se apagó con una emoción que no supe identificar. ¿Tristeza? ¿Decepción? ¿Arrepentimiento?

Muy bien, imbécil.

Había querido tener un desayuno agradable con Lexi. En cambio, la había dejado conmocionada y triste con mis patéticas historias. Me habría dado de bofetadas.

Con la mirada fija en el plato y los labios apretados, Lexi cogió la servilleta de su regazo y la dejó sobre la mesa. Había terminado de comer, y esta vez iba en serio.

Me levanté de la mesa y me tomé mi tiempo para servirme un vaso de zumo de naranja, intentando apartar los recuerdos de antros inmundos de heroína y de mis padres, tirados inconscientes en el asiento delantero de su tartana.

De espaldas a Lexi, serví muy despacio. Cerré los ojos y respiré hondo para aliviar la opresión que me apretaba el pecho. Cuando estuve seguro de tenerme bajo control, cogí el vaso, volví a la mesa y lo planté delante de ella.

—¿Qué tal un poco de vitamina C?

—Estoy llena —empujó el vaso en mi dirección—. Bébetelo tú.

Arqueé las cejas y gruñí.

—¿Lex?

—Vale, vale —cogió el vaso y dio un sorbo al zumo en un intento evidente de apaciguarme—. Si me bebo esto, ¿me hablarás de tu abuela?

Si hubiera encontrado la manera de salir pitando de esa conversación, lo habría hecho. Pero quería que Lexi tuviera algo de alimento en el cuerpo. Así que, en lugar de eso, di la vuelta a la silla y me senté a horcajadas.

—La abuela era una buena mujer —apoyé los antebrazos en el respaldo de la silla y me concentré en el puñado de recuerdos positivos que tenía, todos ellos centrados en la pequeña anciana regordeta que había sido el pilar de mi infancia—. Hizo lo que pudo con una situación muy jodida.

—¿Era friki de la tecnología como tú?

—¿La abuela? ¿Friki de la tecnología? —resoplé—. Qué va. Nunca tocó un ordenador. Éramos pobres de solemnidad. Te lo juro, tenía un teléfono de disco y una tele en blanco y negro.

—Vaya —Lexi me miró como si nunca me hubiera visto antes.

Se me revolvió el estómago. Seguro que no conocía a una sola persona tan pobre como lo habíamos sido nosotros.

—Si tu abuela era negada para la tecnología —dijo—, ¿cómo te metiste en ese mundo?