Capítulo Doce
Max
Di la vuelta a la tortilla francesa y la dejé en la sartén unos minutos más mientras servía el café en las dos únicas tazas que tenía. Miré a mi alrededor. Todo estaba listo.
Por primera vez en mucho tiempo, mi cocina mostraba señales de vida.
Las mondas de verduras se amontonaban en el fregadero junto con las cáscaras de huevo rotas.
El aroma de los panecillos recién horneados se extendía por mi casa y una calidez tan reconfortante como la de mi horno me llenaba el pecho.
Me encantaba cocinar. Los recuerdos de una cocina cálida llena de aromas tentadores eran los únicos buenos recuerdos que conservaba de mi infancia. Pocas cosas me hacían más feliz que preparar una buena comida y atiborrar a la gente que me importaba hasta que no pudieran más.
El viejo libro de cocina manchado que en ese momento descansaba abierto sobre la encimera era mi única posesión preciada. Una vez había vuelto a entrar en un barracón en llamas para salvar aquellas páginas amarillentas.
Pero en los últimos dos años, había cocinado muy poco. Me había mantenido alejado de la cocina de última generación del piso de abajo, excepto los domingos, cuando mis hermanos insistían en que les preparara algo.
Nunca había entendido realmente por qué había renunciado a mis cosas favoritas. Pero mientras colocaba en el pequeño jarrón que había tomado prestado de Jax y Emme un puñado de aguileñas blancas, rosas y azules que había recogido del jardín, empecé a comprenderlo.
Desde la muerte de Leo, había extirpado de mi vida cualquier cosa que me diera placer con precisión quirúrgica. ¿Cocinar? Fuera. ¿Leer? No. ¿Sexo? Negativo.
Me había negado cualquier cosa que pudiera llegar a disfrutar mínimamente, limitando mis actividades al trabajo, el ejercicio físico y las actividades de riesgo que me acercaban al Final.
Pero eso había cambiado.
¿Qué había pasado?
Lexi.
Su llegada marcó mi punto de inflexión. De alguna manera se las había arreglado para colarse en mi vida y sumergir mi ser reseco en su manantial, devolviéndome algo de lo que fui.
Los últimos días los había pasado casi por completo con Lexi. Con la sesión de fotos terminada, había cambiado de prioridades. Trabajaba en mi rastreo informático cada noche después de que Lexi se durmiera, pero mis días estaban dedicados a darle las vacaciones que tanto anhelaba.
Tal como yo lo veía, la caravana de Lexi había sido destruida por mi culpa y se lo debía. Así que me propuse mostrarle todo lo que había para hacer en Res y sus alrededores, donde estaba a salvo.
Nuestros días solían empezar con un largo entrenamiento. Lexi era muy estricta con su rutina de dos horas y media y me encantaba entrenar con ella. Su pequeño trasero perfecto era la zanahoria ideal para este burro.
Después, solíamos ir a dar un paseo en moto. Como empezaba a chillar a veinticinco kilómetros por hora, conducía con calma. ¿Quién demonios necesitaba la adrenalina cuando Lexi me rodeaba la cintura con los brazos?
Añadía una actividad nueva cada día. Senderismo, ciclismo, escalada, rafting, lo que ella quisiera probar. Las noches las pasábamos en mi cama, reinventando el concepto de sexo.
Lexi había florecido con nuestras exploraciones, dentro y fuera de la cama.
Yo también.
Si me despertaba de mal humor porque algo me dolía, ella me lo hacía olvidar con su cuerpo.
Si pasaba demasiado tiempo frente al portátil o andaba preocupado o de morros, simplemente me arrastraba a la cama y me cabalgaba de todas las formas posibles hasta que no me quedaba ni una gota y mi capacidad de preocuparme quedaba frita.
Su apego hacia mí era incomprensible. ¿Por qué una mujer como ella querría estar con un currante como yo?
Tenía millones de admiradores en todo el mundo. Podía conseguir a cualquier hombre que deseara para que la complaciera como le diera la gana. ¿Y aun así elegía estar conmigo?
No podía entenderlo. Pero no iba a quejarme. Hasta un soldado de infantería machacado como yo sabía que no debía cuestionar la sabiduría de los dioses cuando era el cabrón afortunado que abrazaba a Lexi cada noche mientras se quedaba dormida.
Ladeé la cabeza y la oí moviéndose en el dormitorio. Me acerqué al dormitorio principal y la vi recostada en la cama con el portátil en el regazo, los ojos entornados hacia la pantalla.
El cabello le caía sobre los hombros y tenía la marca de la sábana en la cara, dibujando pequeños garabatos. Con solo mirarla se me escapaba una sonrisa.
Asomé la cabeza por la puerta.
—El desayuno está listo.
Dio un salto tan grande que casi se le cae el portátil. Con cara de ladrona pillada en pleno robo, cerró el ordenador de golpe.
—Dios, Max —jadeó—. ¿Por qué siempre tienes que aparecer así de repente?
—Si me hubiera acercado sigilosamente, aún no lo sabrías —la miré con los ojos entrecerrados—. ¿Qué estás haciendo?
—Oh... eh... nada —su mirada revoloteó por toda la habitación sin posarse nunca en mi cara—. Mirando el correo. Nada más.
Era la peor mentirosa de la historia. También andaba fisgoneando en internet. Mi instinto de ex oficial de inteligencia lo captó al vuelo.
¿Qué se traía entre manos?
—Tú. Cocina. Desayuno —ordené antes de ir hacia el pasillo, tomando nota mental de averiguar qué pasaba cuanto antes.
—¡Ya voy! —gritó.
A los pocos minutos, entró en la cocina dando saltitos, con los ojos aún entornados de sueño pero la sonrisa completamente despierta. Llevaba una de mis camisetas, la que decía Propiedad del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Debería haber dicho Exclusiva de Max Battleson.
—Buenos días —susurró pegándose a mi espalda, rodeándome la cintura con los brazos y besándome detrás de la oreja, desatando una oleada de ternura que me recorrió el cuerpo.
Me di la vuelta y la saludé con un beso. ¿Para qué malgastar palabras cuando mis labios y mi lengua podían encargarse?
La estreché entre mis brazos y devoré su boca hasta que su cuerpo se relajó contra el mío y mi polla hizo lo contrario. Deslicé las manos por sus costados y le apreté el trasero antes de apartarme para mirarla a los ojos.
Sus iris brillaban como el mar Caribe. La sonrisa le iluminaba la mirada.
—Lo juro —prometí, levantando la mano derecha—. No volveré a besarte en toda la mañana.
Frunció los labios haciendo un puchero.
—¿Por qué no?
Atrapé su suculento labio inferior entre mis dientes y lo chupé con avidez antes de soltarlo.
—Si te beso otra vez, no tendrás oportunidad de desayunar. Acabarás en ese colchón otra vez y ese coñito tan trabajador no tendrá el descanso que se merece.
Se rio con la cara pegada a mi cuello, derramando su alegría sobre mí como polvo de hadas.
¿Polvo de hadas?
«Estás perdiendo la puta cabeza, tío».
Lexi se asomó por encima de mi hombro mientras sacaba los panecillos del horno. Con las yemas de los dedos ardiendo, dejé caer un par en cada plato y los llevé a la mesa.
Lexi me siguió, pero se detuvo en seco al ver la mesa plegable que había montado en mi comedor vacío, las dos sillas que le había pedido prestadas a Apollo y las aguileñas en el pequeño jarrón.
—¿Tú... eh... siempre recoges flores para acompañar el desayuno?
—Primera vez en mi vida.
Le aparté la silla.
Se movió más rápido que un ninja, envolviéndome en un abrazo y hundiendo la cara en el hueco de mi cuello.
—Oh, Max.
—Oye, ¿Lexilicious?
Le besé la coronilla.
—Solo son flores.
—No, no lo son.
Me apretó aún más fuerte.
—Gracias.
¿Esta mujer?
Me entendía.
¿Cómo podía estar tan jodidamente feliz por haber montado una mesa plegable destartalada y haber cogido unas flores cutres del jardín?
Cosas tan pequeñas. Recompensas tan enormes.
—¿Max?
Se apartó y me miró a los ojos.
—¿Cómo me acabas de llamar?
—Lexilicious, porque eres deliciosa.
Sonreí.
—Te ganaste el apodo la primera vez que te besé. ¿Cursi?
—Me encanta. Suena como... hmm.
Se dio golpecitos en los labios con los dedos, algo que hacía a veces cuando pensaba.
—¿Suena como qué?
—Como un pintalabios que querría comprar, o un nombre genial para una marca de maquillaje.
—Bueno, ¿por qué no? —dije—. Te veo perfectamente lanzando una línea de maquillaje.
Se animó, sorprendida.
—¿De verdad?
—Compraría diez de cualquier cosa que vendieras, y eso que ni siquiera uso pintalabios.
Su risa resonó en cada rincón de mi ser.
—Ahora, come.
Señalé con la cabeza la silla que le había apartado.
—Antes de que me olvide del desayuno y te coma a ti.
Todavía riéndose, se sentó e inspiró hondo.
—Huele increíble. Creo que no he desayunado en años.
Ya me había dado cuenta. Era una de las razones por las que me había esmerado tanto esta mañana.
Corté mi panecillo por la mitad y lo cargué con un buen tenedor de huevos revueltos y una salchicha.
—El desayuno es mi comida favorita del día.
—Yo normalmente tomo café por la mañana, solo, cero calorías.
—Oh, mierda, el café.
Me levanté, fui corriendo a la cocina, cogí las tazas humeantes y las llevé a la mesa.
—Aquí tienes.
Me senté y me zampé la mitad del panecillo cargado de un bocado. Lo terminé con un segundo bocado voraz y ataqué el siguiente. Lexi, en cambio, aún no había tocado su comida.
—¿Pasa algo?
—pregunté, empujando la comida con un trago de café fuerte.
Me miró un momento antes de volver la vista al plato y se llevó una mano al vientre.
—No tengo mucha hambre por las mañanas, supongo.
—Qué raro.
Me metí otro bocado, me limpié los labios con el dorso de la mano y tragué.
—Puedo oír tu estómago rugiendo desde aquí.
Hizo una mueca.
—Qué maleducada. Lo siento.
—Nunca te disculpes por tener hambre —murmuré con la boca llena—. Dale de comer. Problema resuelto.
Lexi cogió el tenedor y se llevó una cantidad microscópica de huevos a la boca.
—Dios mío.
Saboreó el pequeño bocado.
—Esto está increíble. Mmmm.
Había hecho ese mismo sonido sexy cuando me di el festín con su coño anoche. Mi polla lo recordaba.
«Tranquilo, amigo. Estás de descanso».
Nunca mi cuerpo había estado tan ansioso por volver al trabajo.
—Prueba el panecillo.
Señalé su plato con el tenedor.
—Receta familiar de toda la vida.
Vaciló, mirando alternativamente el plato y a mí.