Capítulo Diez #3
Uno de los postes del pabellón detuvo mi retirada. La columna de madera me sostuvo aunque las rodillas amenazaban con derretírseme bajo la abrasadora mirada de Max.
Se quedó allí, con los pies separados, la barbilla baja, la mirada fija en mi rostro.
El terror que vislumbré en sus ojos igualaba el mío. Ambos estábamos demasiado asustados, demasiado dañados para intentar algo como esto.
Esto era lo más extraño, esta atracción que no se marchitaba bajo la lógica ni el rechazo, esta necesidad de estar con Max incluso cuando sabía que era peligroso para mi alma.
Esto era una elección temeraria, abrazar el deseo en favor de lo desconocido, poner en riesgo la seguridad de mi corazón y aceptar lo inaceptable por una oportunidad de... ¿qué?
Tenía que averiguarlo.
Di un paso hacia él, y luego otro. Respiraba entrecortadamente y las fosas nasales le temblaban con cada exhalación. Aun así, a estas alturas, seguía luchando contra lo que fuera aquello.
Ojalá seas paciente, había dicho Troy. Muy paciente.
Ha pasado por mucho. La voz de Emme resonó en mi cabeza. Vale la pena el esfuerzo.
Un favor por otro favor. ¿Verdad? ¿Puedo ser fuerte y amable al mismo tiempo?
Me cayó como un mazazo.
¿Esto?
Dependía de mí.
Me planté frente a Max. Las manos me temblaban al posarlas a ambos lados de su rostro. Su mirada atormentada se encontró con la mía. Contemplé sus rasgos demacrados, el terror y la esperanza que chocaban en su iris pálido, el parche negro que me ocultaba la mitad de su alma.
—Max —susurré, con el corazón rebosante de lo que fuera que era esto—. No sé qué te pasó. No puedo fingir que entiendo lo que ocurre en tu cabeza, pero voy a ser sincera: tu actitud me hizo daño.
—Joder, Lex. —Hizo una mueca—. Soy un maldito idiota, pero tienes que creerme, lo último que quiero es hacerte daño...
—Sé que no eres cruel, Max —lo interrumpí con voz decidida y tono firme—. No estaría aquí, hablando contigo, si creyera que de verdad eres un idiota.
—Gracias a los dioses —murmuró entre dientes, y su boca se relajó un poco.
—Pero tiendo a culparme por todo lo que sale mal con la gente que me rodea —confesé—. Me cuesta defenderme, y es algo que estoy intentando superar. Por eso tengo que ser sincera contigo, aunque me duela herirte.
—Lo entiendo. —Tomó una de mis manos y me besó los dedos con dulzura—. Quiero que seas fuerte por ti misma. Puedes decirme lo que sientes. Puedo encajarlo.
Respiré hondo y me armé de firmeza.
—No puedo aguantar mucho más al Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Simplemente... no puedo.
—Sí, no te culpo —murmuró Max—. Yo tampoco me aguanto mucho más así.
—No sé dónde estaré mañana, ni física ni emocionalmente —continué, esforzándome por afrontar esto de hacerme cargo de mi vida como una adulta—. Así que no nos digamos las mentiras de siempre ni nos hagamos promesas que quizás no podamos cumplir.
Asintió con la cabeza, serio.
—Me parece justo.
—¿Y si simplemente aceptamos lo que nos está pasando y dejamos que siga su curso? —propuse—. ¿Y si nos conocemos, recorremos juntos esta parte del camino y vemos adónde nos lleva?
—Sí, exactamente. —Asintió con más énfasis y su ojo brilló de esperanza—. No podría estar más de acuerdo. Voy a esforzarme mucho por ser el tío estable que te mereces. No más Jekyll y Hyde. Te mostraré quién soy, aunque no sea agradable de ver la mayoría de los días.
—Me vale. —Sonreí y le pasé la mano por el hombro, intentando aliviar la tensión que le agarrotaba los músculos.
—Pero hay más que quiero intentar contarte —dijo—. Mostrarte.
—Y lo harás —dije—. Pero primero tenemos que quitarnos de encima un problemilla.
Le rocé con los dedos la cicatriz irregular que asomaba bajo el cuero y le tracé la línea de la mandíbula sobre la barba incipiente. Respiré hondo para darme valor y, desafiando la distancia entre nuestras bocas, presioné los labios contra los suyos.
El muro entre nosotros se derrumbó. Me devoró la boca con un hambre que me levantó del suelo. Sus brazos me atraparon en un abrazo aplastante. Sus manos estaban por todas partes: en mi espalda, en mi trasero, acunándome la cabeza para besarme más hondo, con más fuerza.
Su lengua se enredó con la mía, inundando mi mundo con su sabor a whisky. Sus dientes me rozaban los labios mientras su boca exigía satisfacción, robándome el aliento hasta dejarme sin aire en los pulmones.
La desesperación de su cuerpo se contagió al mío. Apreté los pechos contra su torso, frotando los pezones doloridos contra sus pectorales. Deslicé las manos bajo su camiseta y me deleité palpando la textura firme de sus músculos esculpidos.
Frotando el vientre contra la hebilla de su cinturón, le agarré el trasero y presioné mi entrepierna contra su bulto bajo los vaqueros. La humedad me empapó entre las piernas. El aroma de mi propia excitación se mezcló con el almizcle sexual de Max, alimentando la locura.
—Necesito... —jadeó Max entre besos—. Quiero...
Los Battleson se expresan mejor con cierta parte de su cuerpo, había dicho Emme.
—Sí. —Ya resolveríamos el resto después—. Hagámoslo. Ahora.
Apoyé la espalda contra el poste del cenador, le enganché los brazos alrededor del cuello, levanté una pierna y le enganché la rodilla sobre la cadera. Estaba ansiosa, dispuesta, necesitada, incapaz ya de negar la urgencia que chispeaba entre nosotros.
Sin dejar de besarme, me subió el vestido y forcejeó con mi otra pierna hasta que tuve ambos pies en el aire y las piernas enganchadas alrededor de su cintura.
Siseé cuando presionó su entrepierna bajo mi sexo.
Sus vaqueros me rozaron la tanga y su erección se hundió entre mis pliegues.
Sus caderas giraron, enviando descargas de placer directamente a mi clítoris.
Eché la cabeza hacia atrás y gemí.
—Te necesito dentro de mí.