Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Lexi

Me desperté con los suaves sonidos de movimiento a mi alrededor.

Con los ojos aún cerrados, el cerebro medio dormido, me estiré en el sofá, desentumeciéndome la espalda y las extremidades.

Mis músculos doloridos me recordaron de inmediato la aventura bajo el agua de anoche.

Me froté la nuca, donde un bulto doloroso me recordaba el golpe que me había dado cuando la caravana se hundió.

El dolor de haber perdido mi caravana en el lago y el terror de quedar atrapada bajo el agua volvieron a oprimirme el pecho. Todo parecía una pesadilla. Y luego estaba la visita de Max a primera hora de la mañana.

Dios, las cosas que había dicho...

Bum.

Estaba de vuelta en la maldita montaña rusa y ni siquiera me había despertado del todo.

Me froté los ojos para quitarme las legañas y me obligué a abrirlos. Un par de enormes ojos color caramelo me miraban fijamente, sin parpadear.

Sobresaltada, me eché hacia atrás y observé la pequeña cara morena que se cernía tan cerca de la mía, los enormes ojos conmovedores y la pequeña boca rosada fruncida en gesto pensativo.

—¿Es verdad que eres la mujer más hermosa del mundo? —preguntó el niño con un perfecto acento británico.

—¿Yo? No, claro que no.

Me aparté el pelo de la cara, me sujeté las mantas contra el pecho y me incorporé apoyándome en un codo mientras miraba alrededor.

Estaba en el salón de Jax y Emme. Las cortinas seguían corridas. Recordé lo que Jax me había dicho anoche cuando Emme fue a buscar mantas para el sofá.

Emme tenía una rara enfermedad genética que impedía que su cuerpo procesara la luz solar. Jax había insistido mucho en mantener siempre a Emme alejada del sol. Más tarde, Emme había mencionado lo que ella llamaba su «alergia al sol» de pasada, como si no fuera para tanto.

Era única.

El niño que tenía delante ladeó la cabeza y me examinó con una intensidad temible. Tenía que ser el hijo que Emme me había enseñado con tanto orgullo en el monitor de bebés la noche anterior.

—Si no eres la mujer más hermosa del mundo —dijo—, ¿por qué te llaman así?

—Es un error, y de los gordos —expliqué—. Ni de lejos soy hermosa, pero trabajo en moda y me venden bien...

Me detuve a mitad de frase.

¿Por qué demonios estaba justificándome ante mi interrogador de bolsillo?

El niño me clavó sus ojos de búho.

—Tu pelo parece un nido de ratas.

Me pasé los dedos por el pelo, intentando alisar los rizos enredados.

—Perdona.

—¿Y sabes qué? —continuó el niño—. Babeas cuando roncas.

—¿Ronco?

La mano me voló a la boca e intenté limpiarme las pruebas del delito.

—Así es.

El sabio en miniatura parpadeó varias veces antes de volver a hablar con absoluta certeza.

—Mi mamá es más guapa que tú.

—Desde luego —asentí de todo corazón—. Sin duda.

Como para darme la razón, Emme irrumpió en la habitación con su espesa melena castaño rojiza recogida en una coleta despeinada.

Llevaba una camiseta verde de tirantes y pantalones de yoga de flores que la hacían parecer una diosa del hogar.

Era alta, pero no tan desgarbadamente alta como yo, y su cuerpo estaba mejor proporcionado y era más curvilíneo de lo que mi figura plana y larguirucha jamás sería.

Con una niña rebosante de energía en la cadera y una fiambrera de Black Panther en la mano, me dedicó una sonrisa que vendería miles de millones en detergente y productos del hogar.

—¿Ves? —El rostro del niño se iluminó—. Su pelo es bonito y rojo, y tiene diamantes en la piel.

—Joram, no son diamantes. Son pecas. ¿Recuerdas? —Emme dejó la fiambrera en la mesita, se pasó a la niña a la otra cadera, abrazó al niño contra su costado y me dedicó una sonrisa de disculpa.

—Siento que Joram te haya despertado —dijo—. Estabas durmiendo tan bien.

Me coloqué bien la camiseta prestada y me revisé las comisuras de los labios otra vez en busca de restos de baba.

—Sí, por lo visto estaba durmiendo de maravilla, roncando y babeando a la vez. Debería haberme levantado a entrenar hace dos horas.

—No hay prisa. El tiempo es horrible y la sesión se ha pospuesto oficialmente hasta mañana.

Menos mal. Teniendo en cuenta las observaciones de Joram, y después de pasarme la noche llorando, seguramente parecía un pez globo esta mañana. Me vendría bien un día para descansar y recomponerme.

Y vaya si necesitaba recomponerme. Sin la caravana, tenía que pensar en mis próximos pasos.

Emme se volvió hacia su hijo.

—Joram, cariño, ¿no te dije que dejaras dormir a la señorita guapa un poco más?

—Pero mami, si la dejamos dormir hasta tarde, llegará tarde al cole —explicó Joram, demostrando una capacidad de razonamiento impresionante para un niño de cinco o seis años—. Su profesora se enfadará y no podrá jugar en el recreo.

Emme le dio unas palmaditas en el hombro con una sonrisa.

—Lexi ya no va al cole.

—Oooh.

Joram asintió con aire de entendido.

—Es muy vieja, ¿verdad?

Emme me miró a los ojos con una mezcla de horror maternal y diversión en la mirada.

En el último minuto, su hijo me había llamado fea, babeante y vieja.

Se me crisparon los labios y, antes de darme cuenta, Emme y yo habíamos estallado en carcajadas.

La niña miró a su madre con una enorme sonrisa, riendo también.

—Eres gracioso, niño —le revolví los rizos oscuros entre risas—. Muy gracioso.

Miró a su madre y, dando palmitas, empezó a saltar.

—¿Has oído eso, mami? La señora vieja piensa que soy gracioso.

Emme le dedicó una sonrisa.

—De tal palo, tal astilla.

—Soy A-Dop-Ta-Do —me informó el pequeño Joram—. Pero mami y Yayax me quieren mucho, hasta el sol y de vuelta.

—Vaya —le sonreí—. Eso son millones de años luz de amor.

La puerta se abrió y Jax cruzó el umbral con paso firme: un hombre enorme, sudoroso y musculoso, con brazos y muslos gruesos como troncos. Llevaba pantalones cortos deportivos y traía una bolsa de gimnasio, que dejó caer al suelo antes de alzar los brazos y proclamar:

—¡Yayax está en casa!

Joram rodeó el sofá corriendo y saltó a los brazos abiertos de Jax. La bebé —Maya, recordé por mi conversación con Emme la noche anterior— chilló de alegría, extendió sus manitas regordetas e intentó tirarse de los brazos de Emme.

Emme corrió hacia Jax y le entregó a la bebé, que no paraba de retorcerse. Con un niño en cada brazo, Jax bajó el rostro y le plantó un beso en los labios a Emme.

—Buenos días, preciosa.

La alegría que irradiaba aquella familia feliz me bañaba por completo. El amor que llenaba la habitación me envolvía los hombros y me abrazaba mejor que la manta. Me sentí cálida por dentro al presenciar aquella escena íntima.

También me sentí como una intrusa.

Nunca había tenido nada así en mi vida. Mi padre había muerto cuando yo era pequeña, y mi madre, que nunca había sido muy expresiva, se quedó conmigo como una carga. Empecé a trabajar siendo apenas una niña, cuando Sandro se casó con mi madre y me convirtió en el motor financiero de la familia.

Un profundo anhelo me atenazó las entrañas: el deseo de tener lo que Emme tenía, la necesidad de experimentar el mundo desde otra perspectiva, las ganas de dar y recibir algo tan raro y puro como lo que había entre Emme y Jax.

—Mis queridas unidades parentales —dijo el precoz Joram, interrumpiendo mis reflexiones. Levantó la muñeca y dio unos golpecitos en su reloj del Capitán América—. Se está haciendo tarde.

—Ve a ponerte los zapatos —Jax señaló hacia los dormitorios y acomodó a Maya en el cochecito rosa que había junto a la puerta.

—Su obsesión con la puntualidad la aprendió del tío Kass, que le regaló ese reloj —dijo Emme mientras recogía del suelo un camión perdido y un osito de peluche—. Lo de las unidades parentales lo sacó del tío Max.

Por supuesto. —¿Dónde está el tío Max esta mañana?

—Todavía en ello —dijo Jax mientras abrochaba el cinturón de la bebé—. Está haciendo horas extras para averiguar quién está detrás de lo de anoche.

—¿Está... eh... está bien?

—Sobrevivirá —Jax intercambió una mirada críptica con Emme.

Joram volvió trotando a la sala y le pidió a su madre que lo ayudara a atarse los zapatos. Una vez listo, Jax señaló a su hijo. —Tú. Fiambrera. Colegio —se volvió hacia Emme—. Tú, a dormir. ¿Entendido?

—A la orden —Emme le hizo el saludo militar y luego besó a Jax y a los niños para despedirse.

Jax guio a Joram hacia la puerta y, cochecito de Maya en mano, salió para llevarlo al colegio. Emme se quedó mirándolo con una sonrisa boba en la cara, incluso después de que se cerró la puerta.

—¿Emme? —dije—. Jax ya se fue. ¿Qué miras?

—Ah, sí —fue rápidamente a la cocina y empezó a servir café—. ¿Has visto algo más sexy que un bombón con un trasero espectacular que empuja un cochecito rosa con volantes?

Se me escapó la risa. No todos los días conocía a alguien tan abierta y franca como Emme. De hecho, en mi profesión no conocía a muchas personas como ella: cálidas, divertidas, auténticas.

Sonreí aún más. —Vosotros dos estáis muy enamorados, ¿verdad?

—Estoy perdidamente enamorada de ese hombre —se encogió de hombros con gesto de impotencia—. Cada día que pasa, me enamoro más de él. ¿Crema y azúcar?

—Solo, por favor —dije—. No necesito añadir calorías.

—Claro —dijo—. La crema, el azúcar y las calorías son todas para mí. Solo, marchando.

Momentos después, me puso en las manos una taza humeante de café y, con la suya en equilibrio, se dejó caer en el sofá frente a mí y apoyó los pies descalzos sobre la mesa de centro.

Di un sorbo al café, agradecida por aquel calorcito. —Movidas, ¿eh?

—Las mañanas son una locura, pero me encanta.

Nunca pensé que podría ser madre —confesó con esa franqueza total que me sorprendía cada vez—.

Ya sabes, con mi alergia al sol y todo eso.

Pero Jax tenía razón. Nos las apañamos y nunca he sido tan feliz —exhaló un suspiro de satisfacción—.

Pero basta de hablar de mí. ¿Cómo estás tú, Lexi?

—Estoy bien.

—¿En serio? —Emme arqueó una ceja escéptica—. Porque si estás bien, no eres humana. Eres una especie de androide precioso al que le formatearon el disco duro anoche.