Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Siete
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Capítulo Siete

Max

Sentado en mi escritorio, con la vista clavada en las ocho pantallas montadas en la pared que dominaban mi salón prácticamente vacío, tecleaba a toda velocidad, ignorando la conversación de mis hermanos a mi espalda.

Trabajando con las ocho pantallas a la vez, revisaba las grabaciones de las cámaras de seguridad del camping.

Cada pantalla mostraba un ángulo diferente de la caravana aparcada junto al lago.

Tras revisar las imágenes por vigésima vez, tenía la certeza de que nadie ajeno había estado presente cuando el coche arrancó y salió disparado.

Los dos operativos de seguridad desplegados en el campamento se habían quedado tan atónitos como yo. Podía justificar cada uno de sus movimientos. Si alguien se hubiera acercado físicamente al coche para interceptar la señal electrónica del mando, no había sido en el camping.

De eso estaba seguro.

Hackear un vehículo hoy en día no era nada del otro mundo para alguien con los conocimientos adecuados.

Había cientos de trucos baratos que permitirían a alguien como yo forzar las cerraduras, apagar el motor, bloquear los frenos y acceder al sistema de entretenimiento. Todo eso ya se había hecho antes.

Pero que yo supiera, nadie había logrado aún encender el motor y conducir un coche sin acceso al mando ni sin estar físicamente cerca del vehículo.

Y eso significaba que quien hubiera hackeado a distancia el coche de alquiler de Lexi y arrastrado el Airstream hasta el fondo del lago era bueno. Muy bueno.

—¿Max? —dijo Trev desde la estación de trabajo a mi derecha—. Tengo algo.

—¿Qué? —ladré, sin poder ocultar la frustración.

—Mira este fotograma.

Limpió la grabación y amplió la imagen en la séptima pantalla.

Entrecerré el ojo mirando el monitor. Joder, me dolía la cabeza. Y no veía una mierda. Cogí las gafas del escritorio y me las puse. Odiaba llevar esas putas gafas, pero algunos días la carga de luz azul era demasiado para mi único ojo.

Volví a mirar la pantalla y tuve que parpadear varias veces para poder enfocar.

—¿Un pájaro?

—No es ningún pájaro que yo conozca.

Trev tecleó para aumentar la resolución.

—Alas fijas. ¿Rotores diminutos?

—Joder.

Di un golpe en el escritorio.

—Es un puto dron.

—¿Un dron? —Jax se acercó y se puso a mi lado—. ¿En Resurrection?

—No podían entrar de otra forma.

Estudié la imagen.

—Buen ojo.

Troy le dio una palmada en el hombro a Trev.

—Sí, buen trabajo —murmuré a regañadientes.

No era muy dado a los elogios, pero Trev se lo había currado.

No era un Battleson de nacimiento, pero se había ganado su lugar el año pasado cuando ayudó a Emme a frustrar su secuestro.

A instancias de Jax, llevaba meses entrenándolo para que pudiera encargarse de las cibermisiones de Battle Brothers.

El tío era un genio y había pillado mis trucos enseguida. Puede que fuera en silla de ruedas, pero seguía queriendo luchar.

—Estos cabrones están usando lo último de lo último —gruñí—. No hay mucha gente con la pasta para comprar y tunear un juguete tan especializado. Además, tienen conocimientos de vanguardia. Apuesto a que el dron lleva tecnología inteligente que permite el control remoto. ¿Ves eso?

Señalé con el cursor.

—Eso es una puta cámara. No hay casos documentados de que hayan hackeado un coche a distancia con un dron, ni siquiera en la Dark Net. Pero era cuestión de tiempo que algún hijo de puta lo hiciera.

—Es un ataque sofisticado —dijo Trev mientras sus dedos volaban sobre el teclado—. Pero alguien tuvo que comprar o construir ese dron, y voy a averiguar quién.

—Hazlo —dije mientras me vibraba el móvil.

Descolgué y puse el altavoz.

—Adelante.

—Estamos en la cima del pico, elevación catorce cuatro —informó, todavía con la respiración entrecortada por la subida—. Hemos encontrado un nido de francotirador y marcas de un soporte. Tenías razón. Alguien montó un puesto de observación aquí arriba.

Mierda. Lo que había encontrado el jefe solo confirmaba lo sofisticado del ataque.

—Nada improvisado aquí arriba —continuó el jefe—. Ni aficionados. El reflejo que captaste era seguramente una lente, una potente, una cámara de vigilancia de largo alcance, probablemente de uso militar.

Jax soltó una de sus creativas retahílas de tacos.

—¿Algo más? —pregunté.

—Quien estuviera aquí arriba es bueno. Limpió a conciencia. La única razón por la que sabemos que estuvo aquí es porque nosotros somos mejores.

—Recibido. Documéntalo todo y volved a casa, jefe.

Colgué, giré la silla y me encaré con mis hermanos, que tenían cara de pocos amigos.

—Dinero. Habilidad. Sigilo —dije—. Zero Tango ha vuelto.

Un silencio pesado llenó la sala, una quietud que me recordó a la calma antes de la tormenta.

La furia caldeaba el ambiente. El otoño pasado, el rico y misterioso enemigo al que habíamos bautizado como Zero Tango había pagado una fortuna para contratar al despiadado equipo de mercenarios que había ido a por Jax y Emme.

Había estado en un tris.

Jax y Emme habían logrado burlar a sus atacantes. Estuvieron a segundos de descubrir el nombre del hijo de puta que quería destruirnos.

Pero justo cuando uno de los mercenarios estaba a punto de revelar la identidad de Zero Tango, otro mercenario lo había matado para proteger a su jefe, y luego había conseguido escapar.

Llevábamos buscando al asesino desde entonces. Sabíamos que su nombre en clave era Orlov y que tenía acento ruso. Gracias a nuestras cámaras de seguridad y a los testimonios, también sabíamos qué aspecto tenía.

Orlov era un astuto hijo de puta con habilidades impresionantes, dado que había logrado escabullirse en nuestro propio territorio. Tenía toda la pinta de francotirador entrenado. Mi instinto me decía fuerzas especiales rusas, pero aún no teníamos pruebas sólidas.

Llevaba un tiempo rastreando a Orlov en la red, igual que Trev y todo mi equipo cibernético. Pero las probabilidades de que Orlov operara con su verdadera identidad eran cero.

Su foto no dio ningún resultado, lo que prácticamente demostraba que era un operador de alto nivel y peligroso de cojones.

Para averiguar más sobre Orlov, Jax estaba moviendo sus contactos en la comunidad de operaciones especiales, Troy presionaba a sus fuentes en Interpol y Kass tanteaba a sus contactos en la embajada rusa.

Hasta ahora, nadie soltaba prenda.

Pero solo era cuestión de tiempo que lo desenterráramos. Cuando lo hiciéramos, iríamos a por Orlov con todo lo que teníamos para llegar hasta su misterioso jefe, Zero Tango.

En los últimos meses, Zero Tango no nos había atacado directamente, pero teníamos pruebas de que había intentado varias maniobras laterales.

Además de atacar nuestros servidores y socavar nuestras misiones, sospechábamos que también quería destruirnos en el ámbito empresarial.

Alguien estaba soltando pasta a espuertas para comprar artículos de prensa negativos, sabotear nuestros negocios y pagar a cretinos para que interpusieran demandas frívolas contra nuestros productos.

Todos estábamos pasando mucho tiempo luchando en estas escaramuzas menores y persiguiendo el fantasma de Zero Tango. Cada vez que nos acercábamos, el rastro del dinero se evaporaba como un maldito espejismo.

Era frustrante, por no decir exasperante. Nos enfrentábamos a nuestro enemigo secreto a diario y, sin embargo, no teníamos ni puta idea de quién era el cabrón ni por qué estaba tan empeñado en jodernos.

Intercambié miradas serias con mis hermanos. ¿El ataque del dron? Apestaba a Zero Tango y compañía.

Una alarma parpadeó en mi sistema, desencadenando una reacción en cadena. Giré en mi silla y tanto Trev como yo nos inclinamos sobre nuestros teclados. Mi pantalla se iluminó como trazadoras en la noche. Otro imbécil estaba intentando infiltrarse en nuestro servidor seguro de Battle Brothers.

Nuestro equipo de guardia estaba en ello, pero yo era más rápido y Trev se estaba volviendo casi igual de rápido. Tecleando y haciendo clic a la velocidad de la luz, perseguimos al intruso.

—Lo veo —dije—. ¿Lo tienes?

—Lo tengo —Trev tecleó como un maníaco—. Aislando la amenaza... ahora. En cuarentena.

Entré en el programa de aislamiento y, después de echar un vistazo rápido al código del malware, fruncí el ceño.

—Es un RAT bastante simple.

—Un troyano básico y corriente —coincidió Trev—. Alguien quería que lo encontráramos, y rápido.

—Espera —me aseguré de que el troyano estuviera correctamente contenido—. Echemos un vistazo más de cerca.

Trev rodó hasta el servidor aislado donde almacenábamos las ciberamenazas y, tras verificar todos los protocolos de seguridad, mostró el troyano en la tercera pantalla.

Apareció una imagen, una foto borrosa tomada a larga distancia que reconocí de inmediato. Lexi posaba en la cima de una montaña rocosa. Mis manos le rodeaban la cintura mientras ella me miraba.

Jax contuvo el aliento bruscamente, seguido de otra sarta de obscenidades.

—¿Qué coño?

—Eso explica por qué alguien instaló un puesto de observación en el pico —dijo Trev—. Para sacar fotos.

—¿De quién? —preguntó Apollo—. ¿De Max?

—De su próximo objetivo —Jax frunció el ceño profundamente.

Este puto desastre iba de mal en peor.

—Espera —Kass se frotó la cara y frunció el ceño—. ¿Por qué querría este cabrón revelar su objetivo antes de atacar?

—¿Fanfarronería, tal vez? —dijo Troy—. El hijo de puta está intentando intimidarnos.

—Quizás todo esto sea un intento de distraer o engañar —ofreció Trev.

—Podría ser —Jax lo meditó—. Pero necesitamos ir tres pasos por delante de él.

—De acuerdo —Kass iba de un lado a otro de la habitación mientras daba órdenes por el móvil—. Ajustaremos la seguridad y reforzaremos las medidas antidrones y antisatélite.

Ya estaba trabajando en eso. Comprobé el estado de mi equipo de ciberdefensa. Ningún dron enemigo iba a infiltrarse en nuestro espacio aéreo nunca más.

Troy se apoyó contra el alféizar de la ventana y clavó su mirada negra en mí.

—Tenemos que asumir que quien nos está atacando es un hacker experto y/o tiene acceso a tecnología de hackeo de vanguardia.

Resoplé.

—Hashtag obvio, cabeza de rotor.