Capítulo tres
Max
Cuando los golpes aporrearon su ventanilla, Lexi dio un respingo en el asiento. Apartó la mano de la mía como si la hubieran pillado haciendo algo malo.
Cerré el puño.
Un momento antes, su piel suave se había deslizado bajo mi pulgar, sus dedos se habían aferrado a los míos y su temperatura había subido a la par que la mía. Ahora su mano ya no estaba, y sus ojos brillaban de miedo.
Estaba cabreado.
No me lo había imaginado. Sentir su respuesta había sido un shock, experimentar esa atracción física que me atravesó cuando la toqué. Una descarga repentina encendió mis sinapsis, propagó la promesa de placer por cada rincón de mi cuerpo y cortocircuitó mi capacidad de razonar.
La sensación quedó grabada a fuego en mi mente. Estaba entrenado para observar las reacciones ajenas, para captar señales que otros pasaban por alto, para encontrar verdades en las emociones. ¿Pero esto?
Esto era algo insólito, una respuesta visceral que nacía de mis entrañas, una trompeta resonando en la tierra de los muertos.
Joder.
¿Qué coño me pasaba?
Tee sabía que estaba hecho polvo. Habíamos hablado largo y tendido hacía menos de un mes. Si había enviado a Lexi, era para alguno de los otros, no para mí.
Céntrate, marine.
Pero darme cuenta de eso no significaba que tuviera que aguantar al gilipollas que aporreaba la ventanilla de Lexi. Ni que el tipo tuviera que caerme bien.
Aplastó su nariz huesuda contra el cristal mientras zarandeaba el pestillo e intentaba forzar la puerta.
—¿Dónde demonios te habías metido? —gruñó, dejando ver una hilera apretada de dientes largos y puntiagudos—. ¿Te das cuenta de que llevo esperándote en esta maldita montaña una eternidad?
El cristal amortiguaba sus murmullos furiosos, pero podía leerle los labios. Llamó a Lexi mocosa malcriada antes de que su lenguaje degenerara en una letanía de insultos y palabrotas que me resultaban inaceptables.
Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes. Según el código Battleson, a las mujeres se las respetaba, pero este hombre trataba a Lexi como una mierda. Mi furia se disparó. Intenté con todas mis fuerzas mantener la calma.
—¿Siempre es así?
Se encogió de un solo hombro como respuesta.
Apreté los dedos en el volante.
—¿Cuánto tarda en calmarse?
Esta vez se encogió de ambos hombros hasta las orejas.
—Vale.
Solté un largo suspiro.
—Quédate aquí.
—Pero...
—Nada de peros. Quédate. Aquí.
Se irguió en el asiento y me fulminó con la mirada.
—¿Quién eres tú para darme órdenes?
—Estoy al mando de esta sesión de fotos y no tolero esta clase de mierdas en mis operaciones —dije—. Quédate en el coche hasta que te dé luz verde. ¿Entendido?
Me fulminó con la mirada, pero también asintió levemente. Un «sí, señor» habría estado mejor, pero tenía la sensación de que, por muy tranquila que pareciera, un «sí, señor» jamás saldría de la boca de Lexi.
A estas alturas, me conformaba con lo que me daban.
Sandro estaba tan furioso que ni siquiera se dio cuenta cuando quité el seguro del coche, salí por mi puerta y volví a cerrar con llave.
Un pequeño grupo de curiosos, en su mayoría personal de apoyo, se acercó mientras rodeaba el capó.
Mi equipo de seguridad también estaba allí, mezclado con los demás, observándome, a la espera de instrucciones.
Los saludé con un asentimiento y, por pura costumbre, barrí con la mirada el aparcamiento, el bosque y las montañas que nos rodeaban. No podía quitarme esa sensación de hormigueo en la nuca, como si alguien me estuviera vigilando.
A la mierda la paranoia. Sacudí la cabeza con fuerza. Podía ser que mi trastorno de estrés postraumático estuviera dando guerra otra vez.
Aunque el ataque a Resurrection había sido hacía meses, todavía andaba con los nervios a flor de piel. Cada vez que recordaba lo cerca que habíamos estado de perder a mi hermano Jax y a Emme, ahora su esposa, se me revolvía el estómago, por no hablar de la furia.
Tranquilo, marine.
Respiré hondo para serenarme.
Todos estaban a salvo.
Desde el ataque a Jax, no había habido asaltos directos contra nosotros ni contra nuestras propiedades, pero teníamos pruebas de sobra de que Zero Tango —también conocido como «El Jefe»— seguía intentando llegar hasta nosotros.
En los últimos meses, hackers de la Dark Net habían atacado nuestros servidores varias veces.
Llevábamos luchando contra un bombardeo diario e intentando rastrear a los cabrones.
Además, habíamos tenido que abortar tres misiones: dos porque nuestro equipo había sido saboteado en ruta, y una cuando un artefacto explosivo improvisado estalló en uno de nuestros puntos de aterrizaje tres minutos antes de que llegara nuestra gente.
Ninguno de nosotros creía que estas cosas estuvieran pasando por casualidad.
Zero Tango nos vigilaba con la misma intensidad con que nosotros lo cazábamos a él.
Nos habíamos comprometido a vivir al máximo y a seguir trabajando en nuestra misión de tres frentes.
Pero que quedara claro: todos operábamos en alerta máxima.
Lo cual explicaba por qué tener a una modelo de portada famosa en la ciudad no contribuía precisamente a mi tranquilidad. Mis sentidos estaban clavados en DEFCON 1. Tenía hombres vigilando el perímetro de la sesión de fotos y un equipo de seguridad completo desplegado.
Relájate, marine.
Al rodear el capó, Carla dio un paso adelante con la tableta en las manos y abrió la boca, sin duda para decirme qué hacer. Levanté una mano y la detuve antes de que empezara, luego di un toque en el hombro a Sandro.
—¿Disculpe, señor?
Me ignoró y siguió con su perorata como si yo no existiera.
Paciencia. Respiré hondo para serenarme. El mundo entero no giraba a mi ritmo.
Segundo intento.
—¿Señor? —me interpuse entre él y la ventanilla de Lexi—. Se lo pido por las buenas. Aléjese del coche.
El hombre se irguió cuan alto era, rondando el metro sesenta y cinco, quizá el metro sesenta y ocho.
Lo miré desde arriba y me encontré con un par de ojillos marrones que me apuntaban desde el fondo de sus cuencas hundidas.
Los capilares rojos brillaban en el blanco de los ojos de Sandro, presagiando una explosión inminente.
—Apártate de mi camino. —La tez morena de Sandro se oscureció y su rostro alargado se contrajo en una mueca que torció sus labios finos hacia abajo—. Esto no es asunto tuyo.
Intentó esquivarme, pero le cerré el paso con mi cuerpo.
—Señor, esto me concierne directamente y me gustaría hablar con usted.
—Estoy ocupado ahora mismo —escupió—. ¿No lo ves?
—Será mejor que deje lo que está haciendo y me preste atención —dije, intentando no perder la compostura.
—Quítate de mi maldito camino. —Agitó una mano en el aire como si yo fuera una mosca insignificante que pudiera espantar—. ¡Fuera!
¿Fuera?
Me reí a carcajadas y, con los pies bien plantados en el suelo, no cedí ni un centímetro.
—¿Quién demonios te crees que eres? —chilló Sandro con su voz aguda mientras me clavaba un dedo huesudo en el pecho—. Seas quien seas, me voy a asegurar de que nunca vuelvas a trabajar en la moda. Cuando termine contigo, acabarás pidiendo limosna en las calles de Los Ángeles.
—Menos mal que no trabajo en la moda —murmuré.
Mi equipo se rio entre dientes. Sabían que odiaba a los imbéciles que se aprovechaban de su posición para intimidar a quienes consideraban inferiores. Cuanto más hablaba Sandro, menos me caía. Pero era el mánager y padrastro de Lexi, así que tenía que intentar controlarme.
Apreté los puños y me preparé para un tercer y último intento.
—Señor, no se lo voy a pedir otra vez. —Avancé, obligándolo a retroceder—. Apártese.
Con los labios estirados sobre sus dientes largos, se me echó encima con todo lo que tenía, que no era mucho, pero aun así fue un error.
Ya había terminado de ser amable.
Le rodeé el cuello flaco con la mano y lo mantuve a un brazo de distancia sin apenas esfuerzo.
Con el cuerpo temblando de furia y los puños diminutos agitándose en el aire como molinillos de papel, siguió insultándome.
Y lo que era peor, siguió llamando a Lexi de maneras que ninguna mujer debería escuchar jamás, culpándola de su situación.
Me moría de ganas de estrangular al imbécil.
—Max, por favor, suéltalo. —Lexi se materializó a mi lado, aferrándose a mi brazo.
Mantuve al gusano bien sujeto mientras se retorcía.
—¿Te di el visto bueno?
—No, pero...
—Cuando tu seguridad esté en juego, seguirás mis órdenes —dije—.
En cuanto a esta pobre excusa de ser humano, en cuanto deje de ladrar como un chihuahua, se largará.
—Clavé la mirada en Sandro—. Y para que quede claro, si vuelves a llamar a Lexi con alguno de esos nombres, me veré obligado a recolocarte la nariz.
—¡Quítame tus sucias manos de encima! —gritó un Sandro indignado, en medio de una nueva retahíla de insultos—. ¡Espera a que le cuente a Kass Battleson lo que has hecho! ¡Considérate despedido!
—Adelante —dije—. Dile a Kass que tuviste un encontronazo con su hermano Max, quien, por cierto, está al mando de este puñetero tinglado.
Sandro se quedó boquiabierto.
—¿Tú eres un Battleson?
—Sí, lo soy. —Hice una pausa para ver cómo Sandro palidecía al darse cuenta—. Y como estoy al mando aquí, tienes prohibida la entrada a esta sesión de fotos.
El hombre siseó.
—¡No puedes hacer eso!
—Ya lo verás. ¿Jefe? —Hice un gesto con la cabeza y todo mi equipo se acercó, listo para entrar en acción—. Asegúrate de que este hombre vuelva a Denver cuanto antes, cueste lo que cueste.
Mi equipo se hizo cargo de Sandro. No paró de protestar y quejarse, jurando que Lexi nunca volvería a trabajar para BB. Incluso cuando el jefe lo arrastraba, ordenó a Lexi y a su séquito que abandonaran la sesión de fotos y lo siguieran, amenazando con todo tipo de represalias si no lo hacían.