Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dos #3
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Capítulo Dos #3

Me recosté en el asiento y sonreí, disfrutando de la brisa que entraba por la ventanilla abierta, de la libertad de aquel momento.

Una amabilidad por una amabilidad. Era mi creencia fundamental. No era algo que la mayoría de la gente practicara en mi negocio, pero mi padre solía decir que la amabilidad molaba, que cambiaba vidas y, por tanto, podía cambiar el mundo.

Le creía.

Max estaba callado. Probablemente pensaba que estaba loca.

No tenía ni idea de lo que pensaba realmente, pero por razones que no podía explicar, me sentía cómoda con el silencio entre nosotros.

Disfruté de las vistas y del aire fresco en la cara.

Incluso me gustó la sensación de tener a alguien al volante, de viajar acompañada.

¿Cómo sería hacer un viaje por carretera con alguien como Max?

Venga ya, Lex. Baja de las nubes.

A veces tendía a soñar despierta.

No volvió a hablar hasta que giramos hacia una carretera asfaltada.

—Tiempo estimado de llegada: tres minutos —dijo, acelerando montaña arriba.

Se me encogió un poco el corazón. Lo había estado pasando tan bien.

Exactamente tres minutos después, Max anunció:

—Campo base.

No pude evitar reírme, pero tenía razón. El lugar estaba organizado en una cuadrícula perfecta con la precisión de un campamento militar. Un pequeño asentamiento se extendía sobre un prado alpino situado unos sesenta metros por debajo del pico rocoso de una montaña enorme.

Un grupo de tiendas de lujo albergaba un pequeño ejército de modelos, estilistas, maquilladores, fotógrafos y todo tipo de personal auxiliar y gorrones. Reconocí a algunos del séquito de Sandro entre ellos y suspiré.

Hora de volver al trabajo.

—Este es el centro de mando y control para la sesión de fotos de los próximos días —explicó Max mientras metía el remolque en una plaza de aparcamiento marcha atrás, con un giro fácil del volante—. Espero que todo sea de tu agrado.

Con estar aquí ya me bastaba.

La gente notó nuestra llegada. Un pequeño grupo se desprendió de las tiendas. Bajo y delgado, Sandro se adelantó al resto y avanzó hacia nosotros, con su traje de negocios oscuro y mocasines pulidos, ajeno a que estábamos en plena naturaleza.

Avanzaba hacia nosotros devorando la distancia con pasos furiosos, los labios finos torcidos en esa mueca de rabia que me revolvía el estómago. La sonrisa se me borró de la cara. Me agarré al asiento. Iba a echarme la bronca.

—¿Estás bien? —dijo Max, clavando en mí su ojo bueno.

—Nervios —murmuré—. Suena raro, pero siempre me pongo nerviosa antes de empezar una sesión.

Arqueó una ceja.

—¿En serio?

—Es como el pánico escénico en versión modelo.

El gruñido escéptico que le brotó de la garganta me dijo que no me creía.

—¿Así que ese pavo real que viene hacia nosotros no tiene nada que ver con tus nervios?

Miré a Max y le sostuve la mirada, pero solo un instante. En cuanto a intensidad, su mirada acerada de un solo ojo me atravesaba con una facilidad alucinante, arrancándome las capas protectoras. ¿Cómo podía saber lo que sentía si acababa de conocerme?

—¿Lexi?

—No le hagas caso —dije, aunque Max tenía razón. Sandro conseguía dispararme la ansiedad con solo aparecer. Pero como mi madre siempre me recordaba, Sandro era la única razón de mi éxito—. Tiene mal genio, pero es inofensivo.

—Ajá.

Cada sonido que Max emitía sobre mí destilaba escepticismo.

Accionó el freno, cerró mi ventanilla y bloqueó las puertas. Me sorprendió cuando alargó el brazo y posó su mano cálida sobre la mía.

—Todo va a ir bien.

Su contacto resonó en mi interior, fuerte y alegre, como el Big Ben dando la hora.

El cuerpo se me encendió y el pulso se me disparó hasta dejarme sin aliento.

Contemplé aquella mano grande y bronceada que descansaba sobre mis dedos más pequeños y cuidados, imaginando cómo se sentiría su cuerpo tendido sobre el mío.

Oh, no. No. Ni siquiera le gustas, Lex.

¿Qué me pasaba?

Aspiré hondo y clavé la mirada en aquel hombre al que acababa de conocer, sin entender por qué estaba dispuesta a creer todo lo que decía. En mi mundo, la gente mentía constantemente, fingía que le caías bien y luego te apuñalaba por la espalda sin pensárselo dos veces.

Pero Max era diferente. Yo no le gustaba, y sin embargo había sido amable conmigo.

Claro que era su trabajo asegurarse de que la sesión de fotos saliera sin contratiempos, pero por alguna razón inexplicable, la firmeza de su mano me infundió la confianza de que quizá podría encontrar la manera de arreglar todo lo que iba mal en mi vida.

Sucedió de forma natural, como un reflejo.

Giré la mano y me aferré a la suya sin motivo alguno.

Unos dedos romos y marcados por cicatrices se curvaron alrededor de los míos y me sorprendieron con un apretón que reverberó en mi cuerpo y me revoloteó en el vientre.

Su pulgar dibujó círculos suaves en mi piel, generando olas que se propagaron por todo mi ser.

No me atreví a mirarlo a los ojos por temor a que descubriera la soledad que había en mí, el anhelo profundo, poderoso y patético que su contacto había despertado.

—Gracias —murmuré—. Por todo.

Y entonces el mundo irrumpió.