Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Lexi

El temerario que tenía delante había sido en su día la definición de la belleza masculina. Lo sabía porque la belleza era mi negocio.

No es que no fuera un bombón en el presente.

Su constitución atlética enfundada en cuero exhibía las proporciones masculinas ideales: hombros anchos que invitaban a abrazarlo, cintura estrecha que daban ganas de apretar, y una sutil definición muscular que habría hecho que los mejores modelos masculinos del mundo se murieran de envidia.

Pero el parche que le cubría el ojo izquierdo me desconcertó, al igual que la fina cicatriz que asomaba desde debajo del cuero negro y trazaba un mapa de violencia en su rostro.

Sus rasgos llamativos, combinados con su chaqueta de cuero con calavera y tibias cruzadas, le daban un aspecto atrevido de chico malo. Comparado con el estilo pulido y ultrapeinado de los modelos con los que trabajaba, la apariencia de Max resultaba refrescante.

Su melena despeinada estaba recogida en una coleta baja y desordenada que le llegaba hasta el cuello.

Este tipo no había pisado una barbería en mucho tiempo.

Y le daba igual, además. Si a eso le sumabas la barba oscura que le cubría la mandíbula, transmitía un aire de pícaro; un estilo Miami Vice mezclado con Piratas del Caribe que vendería toneladas de revistas.

Acostumbrada a estar rodeada de perfección física, la personalidad que irradiaba su rostro me pareció extraordinaria. ¿Qué le había pasado? ¿Cómo se había herido? ¿Cómo había logrado recuperarse de sus lesiones y lucir tan en forma y apetecible como ahora?

Delicioso, sí, y ardiente como un meteorito surcando el cielo.

Maldita sea.

El calor me subió a las mejillas de nuevo. Todavía me estaba dando de cabezazos por eso. Solo alguien tan torpe como yo podía conseguir insultar a alguien con un cumplido. Debería haberme quedado callada.

Sandro tenía razón. Era una patosa de cuidado fuera de la pasarela. No podía preguntarle por el parche ahora. Sería de mala educación. ¿No?

La forma en que inclinaba la cabeza como un halcón y me observaba con su acerada mirada de un solo ojo me disuadió del impulso. La intensidad de su rostro me sacudió los sentidos y me aflojó las rodillas. Estrictamente hablando, no era guapo. Más bien era enigmático e intrigante.

Y no le caía bien.

Su actitud gélida y el sarcasmo que teñía su voz sexy y ronca me pusieron sobre aviso. Su iris gris pálido brillaba con suspicacia. Podía agradecerle al agresivo contrato de Sandro y al reality show el haber perpetuado mi reputación de diva caprichosa.

Max ya me había echado en cara las ventajas del contrato. No hacía falta ser un genio para saber que pensaba que era una arpía con todas las letras. Intenté ignorar el revoltijo de mi estómago. Ese era el legado de Alexandra en mi vida.

Sin decir otra palabra, se quitó la chaqueta. Debajo llevaba una camiseta negra que decía Pregúntame si me importa una mierda.

No. No iba a preguntarle ahora mismo, no cuando necesitaba su ayuda. Tenía la sensación de que ya conocía la respuesta de todos modos.

Cruzó la carretera con paso decidido, plantó las botas bien separadas y examinó el pedregal amontonado en la pendiente. Con movimientos gráciles y precisos, seleccionó una piedra grande y plana, la cargó hasta el remolque atascado y la encajó bajo la rueda trasera.

—Quizá deberíamos llamar a la grúa —sugerí cuando volvió a cruzar la carretera.

—No hace falta —murmuró—. Yo me encargo.

Esta vez, apiló dos piedras una encima de la otra y las llevó al otro lado.

Admiraba la autosuficiencia en todas sus formas —por no hablar de cómo se le marcaban los bíceps— pero llegaba tarde, y no iba a dejar que hiciera todo el trabajo pesado. Además, no podía soportar su condescendencia silenciosa ni un segundo más.

Fui con paso decidido hasta el borde de la carretera, recogí una piedra y, después de llevarla hasta donde él se arrodillaba junto al remolque, la dejé caer a su lado.

—¿No has oído lo que he dicho? —me lanzó una mirada hosca—. Yo. Me. Encargo.

—Te he oído —dije, alejándome.

¿Cuál era su problema?

Su voz me siguió de cerca, queda y áspera, como el roce de guijarros.

—No soy completamente inútil, ¿sabes?

Me detuve en seco. La afrenta en su voz me hizo darme la vuelta.

Lo que vi oculto detrás del gruñido amargo y la fachada hosca me impactó.

Dolor. Una pena de las que no podía comprender.

Y algo más, algo que no podía resumir en una sola palabra: quizá odio, tal vez incluso autodesprecio que me recordaba a cómo me sentía yo misma algunos días.

Este bombón, esta versión poco común de belleza masculina estaba teniendo problemas para aceptar su nueva versión de sí mismo.

Entrecerré los ojos mirándolo.

—¿Quién ha dicho que eres inútil?

Para un tipo que acababa de saltar una moto por encima de la carretera y ahora estaba intentando sacarme del atolladero, «inútil» no era precisamente la palabra que le pegaba.

Me agaché para recoger otra piedra.

—Simplemente no estoy dispuesta a dejarte hacer todo el trabajo.

—Retírate —ordenó—. Tu columna se va a partir como una ramita, justo después de que te rompas ese cuello multimillonario con esos tacones.

Me di la vuelta, puse las manos en las caderas y le sostuve la mirada.

—Si crees por un momento que mi columna es tan frágil, no sabes nada de mí.

No tenía ni idea de lo duro que trabajaba, las largas horas, los días interminables, los viajes agotadores cruzando husos horarios para cumplir plazos en todo el mundo.

No sabía que mi cuerpo era el pilar de mi mundo, la base de mi carrera y la principal fuente de sustento para quienes dependían de mí.

Con la cara ardiendo y los dientes apretados, agarré otra piedra. No era ninguna maldita debilucha. Era capaz de valerme por mí misma. Crucé la carretera con paso decidido, dejé caer la piedra junto a Max y volví a por otra.

Estaba cansada de que la gente me tratara como si fuera inepta, estúpida e incapaz de cuidar de mí misma.

Estaba harta de quienes hacían suposiciones sobre mí basándose en mi imagen pública.

Estaba hasta las narices de que las personas más cercanas a mí insistieran en «gestionarme» a mí, mi carrera y mi vida hasta el punto de no tener vida en absoluto, ni tiempo libre, ni amigos, ni espacio para simplemente ser yo misma.

Por eso había aceptado la oferta de Battle Brothers. Para hacerme un hueco de tiempo para mí, para demostrarme que podía estar sola y para averiguar qué quería a partir de ahora.

Llevaba modelando sin descanso desde niña. Había estado en el top diez durante más de quince años consecutivos. No era ningún secreto que me estaba haciendo mayor. Treinta y tres años equivalía a ser una anciana en el mundo del modelaje.

Había tenido una carrera más larga que la mayoría, pero miles de modelos más jóvenes y guapas me pisaban los talones, ansiosas por ocupar mi lugar en las pasarelas y en los anuncios. El negocio se estaba volviendo más duro, más frío, más cruel.

Pero yo era más que un simple cliché, más que una maniquí envejecida y sin cerebro, más que una celebridad quemada de reality show, destinada a perder mi belleza y morir de depresión y adicciones.

Sí, esa no iba a ser yo.

Cuando llegara el momento de dejar el mundo del modelaje, lo haría a mi manera. Todavía no tenía claro qué ni cómo iba a hacerlo, pero era lo bastante lista como para saber que debía analizar mis opciones y tomar buenas decisiones.

Era difícil tomar esas decisiones con Sandro ladrándome al oído y mi madre recordándome constantemente que su sustento y el de las personas que trabajaban conmigo dependían del mío.

Ella, Sandro y su equipo —que también hacían las veces de elenco conflictivo del reality show— se habían puesto furiosos cuando decidí tomarme un descanso de la grabación. Ninguno de ellos me dirigía la palabra.

Pero, sinceramente, si eso significaba estar lejos de las cámaras, me parecía bien.

Con las cámaras lejos y Sandro al margen, tenía la oportunidad de hacer lo mío. Quería bajar el ritmo y viajar por el país, ver los lugares que había entre LaGuardia y LAX. Necesitaba tomarme tiempo para pensar con claridad y tomar mis decisiones profesionales.

Y una cosa más.

Sonreí para mis adentros.

Quería cumplir un sueño muy personal, secreto, que llevaba toda la vida acariciando, y nadie, ni siquiera Sandro, podría detenerme una vez que me decidiera.

Con un gemido apagado, levanté otra piedra. El peso suponía un desafío para mi cuerpo, uno que podía afrontar. Me había hecho tanta ilusión conocer a los hermanos Battleson. Tee me los había puesto por las nubes. Pero Max ya se había formado una opinión antes de conocerme.

Ahora tenía algo que demostrarle. No era ninguna diva, ni tampoco una muñequita de porcelana.

Me esperaba de pie junto al remolque, con las manos metidas en los bolsillos, golpeando la grava con la punta de la bota mientras su mirada iba y venía entre el suelo y mi cara. El brillo desdeñoso había desaparecido de sus ojos.

—Para —dijo, sin rastro de la arrogancia de antes.

Señaló con la barbilla el surco en el suelo, donde la tierra estaba cubierta de losas.

—Ya está.

Me detuve en seco, muy consciente de cómo me miraba. Vio mi enfado, o más bien lo percibió. La expresión de su rostro transmitía algo diferente. ¿Compasión? ¿Comprensión? ¿Una disculpa?

No estaba segura de qué era.

O tal vez pensaba que estaba loca, impresión justificada dado que estaba acarreando piedras por el camino como una excavadora humana.

Me quitó la piedra de las manos y, sin apartar la mirada de mí, la dejó en el suelo.

—Siento haberte cabreado —se irguió cuan alto era y separó los pies—. A veces puedo ser un cabrón malhumorado.

—No me digas —dije, sorprendida por su admisión. Sí que parecía gruñón y hosco—. No eres tú... —dudé, luego rectifiqué y me obligué a decir lo que sentía—. Bueno, sí eres tú —tu actitud es un asco—, pero no eres solo tú.

Hice una pausa, conteniendo el impulso de seguir parloteando y disculparme por lo que sentía.