Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Max Capítulo uno #3
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Max Capítulo uno #3

—Perdón otra vez —siguió tartamudeando—. No quise decir que no estés bueno... o sea, que sí estás bueno, pero me refería a...

—El meteorito —dije, y esta vez se me escapó la sonrisa—. Lo pillo. Sé qué pinta tengo, así que no te preocupes. ¿Qué tal si le echamos un vistazo a tu caravana?

Se encogió un poco y me lanzó otra mirada de disculpa. —Sí, perdón, claro.

Extendí la mano para ayudarla a subir la colina, pero ya iba por la mitad del barranco, avanzando con pasos largos y elegantes, clavando los tacones de aguja de sus botas en el suelo con una destreza impresionante.

No podía apartar la mirada de ella.

Sus movimientos eran elegantes, equilibrados y precisos, y los largos flecos de su chaqueta se balanceaban en ondas que volvían su caminar francamente hipnotizante.

Pero fueron las curvas de su pequeño trasero respingón las que se llevaron todo el protagonismo, ofreciendo una vista de primera de sus nalgas perfectamente proporcionadas.

Podía estar flaca por todas partes, pero ¿su trasero?

Hashtag perfección.

Ahora entendía por qué estaba asegurado por veinte millones. La forma en que contoneaba las caderas mientras subía la colina era sexy de cojones. Vamos, que parecía que se estuviera follando el aire. Seguro que los tíos se empalmaban y las mujeres se mojaban cuando Alexandra pisaba la pasarela.

Mi polla se despertó, una sorpresa total. Me miré la cremallera tirante casi en estado de shock y no supe qué pensar.

Buenas noticias, pésimo momento.

Lo único que pude hacer fue quedarme embobado mirando a la aparición culona que había devuelto mi cuerpo roto a la vida.

Cuando llegó al borde de la carretera, se giró para mirarme. —¿Y bien? —arqueó esas magníficas cejas y se puso las manos en las caderas, dejándome ver por primera vez a la diva que llevaba dentro—. ¿Vienes?

—Sí, señora —dije—. Enseguida, señora.

Subí la colina a trote y me uní a ella, lamentando en secreto perder aquellas vistas. Al menos ahora entendía muy bien el poder físico que Alexandra ejercía en su profesión.

Y sobre mí.

Aborta, aborta, aborta.

Tenía que borrar esta línea de código antes de cagarla a lo grande.

Despierta, imbécil.

Como si ella fuera a interesarse por un imbécil medio ciego, hecho polvo y jodido como yo.

Pasé junto a Lexi y, obligándome a apartar la atención de ella, inspeccioné el Airstream atascado en la zanja. Era una belleza clásica, pequeña y reluciente, un Bambi vintage de un solo eje y unos cinco metros en perfecto estado.

Di unas palmaditas al costado de aluminio, admirándolo. —No se ven muchos de estos por ahí en tan buen estado.

—Perteneció a mi padre —dijo con una nota de orgullo en la voz—. Estaba en mal estado. Todo el mundo me dijo que debería haberla vendido como chatarra. Pero la mandé restaurar.

—Parece nueva —dije, admirando los detalles cuidados—. Hicieron un buen trabajo.

—Acabo de recogerla en Cheyenne hace un par de días —sus dedos llenos de anillos acariciaron el marco pulido con evidente afecto—. Me estoy acostumbrando a remolcarla. Estoy deseando salir a la carretera con ella.

Hice todo lo posible por no burlarme.

—¿Tú vas a salir de viaje?

—Sí, yo —levantó la barbilla y me lanzó una mirada que logró ser ardiente y nerviosa al mismo tiempo—. ¿Por qué no?

—¿Agua francesa? —levanté una ceja—. ¿Rosas frescas? ¿Asiento de váter nuevo? ¿Y quieres viajar por zonas remotas en una caravana diminuta?

—Oh —jugueteó con la maraña de gargantillas de cuero que llevaba al cuello, delatando su nerviosismo.

Para ser una mujer que caminaba como una diosa, que hacía que el mundo comprara cosas con su cuerpo y que usaba la barbilla con la fuerza de una emperatriz, era mucho menos segura de sí misma en todo lo demás.

—Yo... eh... probablemente no debería decírtelo, pero todo eso del contrato no es realmente para mí.

—¿No? —incliné la cabeza y la miré fijamente—. ¿Entonces para quién es?

—Los Red Bulls son para Sandro, mi mánager, que también es mi padrastro —explicó, acompañando todo lo que decía con sus expresivas manos—. Sandro no puede vivir sin eso. Yo sí bebo mucha agua, pero me conformo con lo mejor de Colorado.

—Ya veo —la miré con escepticismo—. ¿Y qué hay de los viajes en helicóptero a Denver?

—A Sandro le gustan los hoteles de lujo, lo que explica la necesidad de un helicóptero que lo lleve a Denver cada noche. Yo pienso quedarme en mi Bambi en el camping más cercano.

Hizo una pausa, mirándome nerviosa, los dedos tamborileando ahora sobre las cuentas de su cuello.

Me limité a mirarla y levanté mi ceja rota, diciéndome que no estaba dispuesto a dejarle pasar ni una a esta famosa chica de portada. La verdad era también que estaba extrañamente fascinado por el movimiento animado de sus expresivas manos y quería seguir escuchando su voz rápida y musical.

—A Sandro también le gustan las rosas —añadió, apresurándose a llenar mi silencio escéptico—. Dice que se ha ganado el privilegio. Personalmente, creo que las rosas están muy sobrevaloradas. Hay tantos tipos de flores distintas y geniales por ahí...

Se interrumpió, hizo una mueca y soltó un pequeño bufido que le torció la boca.

—Lo siento mucho —murmuró de nuevo—. Estoy parloteando, ¿verdad? Sandro dice que lo hago mucho, ya sabes, parlotear cuando no estoy en la pasarela...

Fruncí el ceño, entornando el ojo mientras la observaba, y transferí oficialmente mi enfado a su mánager barra padrastro. ¿Qué clase de imbécil querría impedir que esta mujer fuera... bueno... ella misma?

—Señorita, este es un país libre —y yo había luchado duro para que siguiera siéndolo—. Puedes decir lo que quieras, cuando quieras. Eso sí, quizá deberías dejar de disculparte.

—¡Maldita sea! —cerró los puños y dio un pisotón en el suelo, sorprendiéndome con un enérgico asentimiento—. Tienes toda la razón. Estoy trabajando en lo de no disculparme.

La observé de nuevo. Aceptaba sus propios defectos con demasiada facilidad, pero al menos era honesta. Y sin embargo, por razones que no acababa de comprender, necesitaba asegurarme de que esto no era una actuación.

—Si no querías todas esas cosas, entonces ¿por qué hacer sufrir a la gente con todas esas exigencias? —pregunté—. Costó bastante trabajo remolcar ese váter portátil extra hasta la montaña solo para ti.

—A mí también me parece una tontería —dijo—.

Pero lidiar con Sandro es más fácil cuando consigue lo que quiere, y él dice que la gente quiere una influencer superestrella, no una chica del montón que se conforma.

Cuanto más escandaloso, mejor. Todo es cuestión de apariencias y de causar impacto.

Los privilegios significan poder, el poder significa dinero y el dinero significa éxito.

Conocía bien el concepto. Battle Brothers Inc.

se había construido sobre una idea similar.

Mis hermanos y yo habíamos descubierto muy pronto el dolor y la humillación de estar en el fondo del pozo.

Habíamos decidido que no íbamos a ser pobres, débiles ni maltratados nunca más.

Para salir adelante, nos habíamos unido y creado un plan que a veces rozaba una línea muy dudosa.

¿Tenía realmente derecho a juzgar a Alexandra —quiero decir, Lexi— con un rasero diferente?

—Gracias por aclararme las cosas —rodeé el Airstream comprobando si había daños, con Lexi pisándome los talones—. ¿Por qué lo hiciste?

—Oh, no lo sé —alzó un hombro huesudo—. ¿Quizá porque no quería que pensaras que era una cabeza hueca con buen pelo?

Bizqueó y meneó la cabeza, haciendo que los rizos recogidos en lo alto se agitaran a propósito.

Casi me eché a reír. Casi. No era para nada lo que había esperado de una chica de portada: graciosísimo y sorprendentemente encantador.

—Buena idea —contuve la sonrisa—. Las cabezas huecas no me van mucho, la verdad.

Con un brillo travieso en los ojos, se apoyó en la caravana y cruzó los brazos.

—Me lo imaginaba.

¿Estaba coqueteando conmigo?

De ninguna manera.

Su sonrisa se ensanchó.

—O quizá quería aclarar todo eso porque vosotros los Battleson tenéis muy buena reputación, todos veteranos condecorados, pilares de la comunidad y todo eso.

Ya, claro. Por lo visto, nuestra imagen pública funcionaba.

Me agaché junto a la rueda izquierda y examiné el surco donde el vehículo estaba atascado. Aparté algo de tierra. Estaba bien encajado.

—La verdad es que —añadió— Tee dijo que erais de los buenos. No quería que pensaras que soy una niña mimada.

Joder. Eso era exactamente lo que había pensado.

Entonces mi mente hizo un rebobinado rápido.

—¿Tee? —Mis rodillas crujieron cuando me levanté de un salto—. ¿Conoces a Tee?

—Claro —dijo—. Me reclutó para el desfile benéfico de Feed the Children hace un tiempo. Fue quien me habló de la sesión de fotos de Battle Brothers.

Alerta de problemas.

¿Tee estaba otra vez en las suyas?