Max Capítulo uno
Max
Mi vida era una mierda con un vacío en el centro.
La adrenalina era mi droga preferida para lidiar con el lento tic-tac del tiempo.
Tres días seguidos de migrañas que me partían el cráneo no hicieron más que confirmar mi sombrío diagnóstico.
Así que aceleré a fondo mi moto y me lancé por el saliente rocoso, atravesando la ladera de la montaña como una bala en el cañón.
Equilibrando los neumáticos en el estrecho saliente, visualicé el salto que tenía por delante, la subida a toda velocidad ya en marcha, el planeo sobre el viejo camino forestal y el aterrizaje en la zona de grava. Peligroso, sí, pero qué más daba.
Mis hermanos se pondrían furiosos si supieran lo que estaba haciendo. Estaban empeñados en mantenerme por el buen camino, por no hablar de a salvo y con vida, dos palabras que últimamente me sacaban de quicio.
Mi pequeño desvío de esta mañana iba de conseguir mi dosis de adrenalina, claro, pero también de demostrarme algo a mí mismo. Un tío que no podía valerse por sí mismo era una carga para su equipo. Yo nunca iba a ser ese tío.
Pero bueno, nadie tenía por qué saber que estaba aquí.
Por lo que a mis hermanos respectaba, hoy me tocaba el marrón, lidiar con el tipo de cosas que odiaba: una sesión de fotos para la nueva línea de ropa deportiva femenina de Battle Brothers.
La sesión me cayó a mí por descarte. Ninguno de los otros gorilas quería encargarse. Cuando se trataba de asignar tareas, el marketing estaba en lo más bajo de la lista negra.
Me acerqué al punto de despegue, llevé mi Kawasaki a la velocidad máxima y salté. Mi corazón por fin se puso en marcha, rugiendo en mis oídos tan fuerte como el motor de la moto. Me elevé, desafiando las leyes de la gravedad, poniendo mucho aire entre el suelo y yo.
Joder, sí. Ahora lo recordaba. Esto era lo que se sentía al estar vivo.
El salto salió sin problemas. La decepción llegó en pleno vuelo. Demasiado fácil. Demasiado rápido. Demasiado poco. Demasiado tarde. La emoción había desaparecido casi por completo cuando decidí añadir un backflip a la mezcla.
Para ser un primer intento de una maniobra peligrosa, no salió tan mal. Incluso podría haber clavado el truco si mi rueda delantera no hubiera rozado la reluciente cúpula de aluminio de la caravana atravesada en mi pista de aterrizaje.
¿Pero qué cojones?
Los milisegundos se estiraron para darme una perspectiva a cámara lenta de mi situación de mierda. La rabia estalló. Que yo supiera, había estado solo en el bosque. Era una carretera privada, una cinta de muerte aislada y serpenteante. Una caravana no tenía nada que hacer ahí.
Y otra cosa.
¿Este aterrizaje?
Iba a doler.
Sonreí con sorna justo antes de golpear el suelo. La muerte sería el mecanismo de defensa perfecto para lidiar con una vida vacía. Mi último pensamiento fue para Leo.
Voy para allá, hermano. Justo detrás de ti.
Impacté.
Hubo un estallido de dolor, luego oscuridad.
Pero no morí.
No señor, no tuve esa suerte.
Me desmayé, desde luego, y luego mis sistemas volvieron a conectarse como si estuviera enchufado al generador de respaldo más fiable del planeta.
Volví en mí con un jadeo de mis pulmones hambrientos de aire.
Los cielos azules y nítidos de Colorado me dieron la bienvenida con un estallido de luz cegadora.
Hijo de puta. Lo había conseguido. Otra vez.
Me quedé allí tumbado, despatarrado sobre un lecho frío de grava y agujas de pino con el corazón latiéndome en los oídos, riéndome quedamente como un loco, el cadáver que se negaba a morir.
—¡Eh, tú, el de ahí abajo! —Una voz aguda y musical llamó desde arriba—. ¿Estás vivo?
No contesté. El poco aliento que me quedaba estaba dedicado a burlarme de mí mismo.
Unos pasos crujieron sobre la grava y la hierba. La voz se acercó, una letanía de «Dios mío» resonando colina abajo. Comprobando la integridad de mi cuello, giré la cabeza y miré hacia arriba a través de mi visera agrietada, todavía riéndome entre dientes.
El rostro de una mujer irrumpió en mi campo de visión, un conjunto impactante de pómulos altos, cejas notables y labios carnosos dispuestos sobre un lienzo de piel cobriza. Parpadeé varias veces, intentando despejar los puntos negros de mi vista.
¿Una mujer, aquí en medio de la nada?
Sospechoso.
Quizá me había dado una conmoción cerebral. ¿O tal vez el golpe había añadido alucinaciones a las migrañas?
Parpadeé una vez más para disipar la visión, pero cuando volví a mirar, seguía allí. Es más, se arrodilló a mi lado, envolviendo mis dedos en el cálido agarre de su mano.
Mis risitas se apagaron. El sarcasmo y el autodesprecio dieron paso al asombro. La perfecta simetría de sus rasgos desafiaba todas las nociones convencionales de belleza que había conocido y luego las superaba.
Pero fueron sus ojos los que me impactaron, enormes y muy separados, enmarcados por pestañas gruesas y rizadas. Sus iris brillaban con la luz azul verdosa más clara que había visto jamás, irradiando sobre mí como un par de exóticas piedras de larimar.
—Por favor, no te me mueras —Su mirada ansiosa recorrió mi cuerpo de arriba abajo mientras forcejeaba con su móvil y empezaba a marcar—. Llamaré pidiendo ayuda.
—No hace falta —logré decir con mi voz ronca—. Estoy bien.
Con un gruñido, me incorporé, ignorando la cacofonía de dolores y molestias que se propagaban en cadena por mi esqueleto.
—¿Seguro que estás bien? —Me miró con escepticismo, con los dedos aún sobre el teclado del móvil—. Suenas ronco. ¿Te has hecho daño en la garganta?
—Hoy no —dije—. Eso fue hace mucho.
«En otra vida, una que solía importar».
—Oh —Sus cejas se alzaron con sorpresa—. ¿Pero no deberías quedarte quieto o algo así?
—Estoy bien —repetí para su tranquilidad y la mía también—. No me gusta quedarme en el suelo mucho tiempo.
Desabroché la mentonera, me arranqué el casco y, pasando los dedos por el Kevlar negro, examiné la cosa.
Maldita sea.
La grieta que lo atravesaba de lado a lado significaba que el casco ya no servía para nada. Lo tiré por encima del hombro.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par al ver mi parche. Me ajusté la maldita cosa en la cara, apreté los dientes y gruñí como un pirata malhumorado.
—Ahoy, compañera.
Retrocedió y se enderezó de rodillas, con la mirada confundida y los labios apretados, oscilando entre una línea recta y el amago de una sonrisa.
Hacía tiempo que me había acostumbrado a las miradas, pero mi respuesta automática a quienes se me quedaban mirando persistía. Sin embargo, esta mujer no reaccionó con horror ni sorpresa. Se llevó la mano a la boca y dejó escapar unas risitas tímidas, convirtiendo mi sarcasmo en humor.
¿Ese sonido?
Me dejó un poco atontado.
O quizá era el golpe lo que me hacía dar vueltas la cabeza.
Me sacudí bien la cabeza e hice mi chequeo habitual, palpándome las partes esenciales. Cerebro, pelotas, cartera, puro.
Sí, todo estaba ahí.
Tampoco parecía haber nada roto.
Me puse de pie mientras combatía un mareo. Ella intentó ayudarme, pero la aparté con un gesto. La espalda me protestó y la columna me crujió, pero en general, no estaba tan mal.
Un vistazo rápido reveló que la moto no había salido tan bien parada. Me puse las manos en las caderas y caminé para sacudirme el golpe, dando vueltas alrededor de la mujer.
—¿Seguro que deberías estar levantado y moviéndote? —preguntó, con la ansiedad pintada en el rostro.
La verdad es que no, pero qué más daba.
—Estoy bien.
Con otra sacudida de cabeza, despejé los últimos puntos negros que me bailaban en la vista. Luego aminoré el paso y me detuve frente a ella.
Me resultaba familiar. Había visto esa cara tan llamativa antes. No tenía que mirarla desde arriba. De hecho, tenía que alzar ligeramente la vista para encontrarme con sus ojos. Demonios, un par de centímetros más y tendría que estirar el cuello para mirar a los ojos a aquella amazona.
Era tan alta como yo, un metro ochenta compuesto sobre todo de piernas largas y esbeltas. Tenía el cuerpo tan recto y estilizado que me recordaba a un abeto plateado, de esos que amenazan con caerse con la brisa fresca que susurra entre los álamos.
Un moño desaliñado en lo alto de la cabeza le recogía la espesa melena negra azabache y le añadía unos centímetros de altura.
Llevaba una chaqueta de ante con flecos sobre un body negro.
Ambas prendas lucían las dos Bs enfrentadas, el logotipo de nuestra marca Battle Brothers.
Pero lo que captó mi atención fue el par de botas de ante hasta el muslo con tacón alto.
No era precisamente ropa de montaña.
—Eres una de las modelos. —Era la única explicación posible, y si la vista no me estaba jugando una mala pasada, era la modelo de la que me habían advertido.
Oh, mierda.
Y yo que pensaba que me quedaban unos momentos más de libertad.
—Estás aquí para la sesión de fotos —dije.
Arqueó las expresivas cejas.
—¿Sabes lo de la sesión?
—Todos por aquí lo sabemos.
No tenía sentido retrasar lo inevitable.
Me quité los guantes de cuero, me los metí en el cinturón y le tendí la mano.
—Soy Max Battleson.
—Oh. —Pareció un poco sorprendida—. Eres uno de los hermanos Battleson.
Asentí mientras me estrechaba la mano con un apretón sorprendentemente firme, nada de esos apretones de pez muerto.
—No esperaba conocerte así —dijo mientras seguía estrechándome la mano, hablando atropelladamente, tartamudeando un poco—. Quiero decir, aquí fuera. En medio de la nada. No es que tenga nada de malo conocernos aquí fuera en medio de la nada. Solo ha sido inesperado, eso es todo.
La miré fijamente mientras asimilaba cómo el sol doraba el rubor que le florecía en las mejillas y arrancaba destellos a sus pendientes de aro. Me descubrí extrañamente cautivado por la chispa que le animaba los ojos y el tono alegre y rápido de su voz.
—Oh, Dios —hizo una pequeña mueca—. Da igual. Estoy divagando. A veces me pasa. Lo siento mucho.
No hacía falta que se disculpara. De hecho, podía seguir hablando todo lo que quisiera. Su voz me recordaba a pompas de jabón flotando en el aire y a campanas alegres que repicaban.