Epílogo
Tee
Mi móvil vibró. Recorrí el callejón con la mirada, de arriba abajo, buscando señales de mi objetivo. El Gran Bazar de Estambul bullía como de costumbre, aunque el mercado acababa de abrir y era un gélido día de enero.
Vestida con chaqueta de cuero, vaqueros y zapatillas, pasaba desapercibida entre los turistas que recorrían las pequeñas tiendas de uno de los mercados cubiertos más antiguos del mundo.
Los aromas de especias exóticas, tés aromáticos y maderas recién talladas me llenaban los pulmones. Cualquier otro día habría disfrutado curioseando entre los coloridos puestos.
Pero hoy no.
Hoy estaba aquí por trabajo.
Mi móvil volvió a vibrar con ese zumbido intermitente tan característico que anunciaba un mensaje de alguno de los Battleson.
Se me aceleró el pulso. ¿Sería de Kass?
Si lo era, probablemente serían órdenes, como el mensaje de voz que dejó cuando me llamó desde el móvil de Jax. No le había devuelto la llamada. No era su subordinada y él no tenía derecho a decirme lo que debía hacer.
Además, no iba a pronunciar las únicas palabras capaces de tentarme a volver a casa.
Solté un suspiro desalentado.
Maldita sea. Lo habíamos echado todo a perder.
Y aun así, la posibilidad de tener noticias suyas me aceleraba la sangre y me revolvía el estómago con una mezcla de vieja irritación y nueva esperanza.
Liberty Rose, ya no eres una adolescente que suspira por amor, me reprendí. Ya creciste, ¿recuerdas? Así que contrólate y presta atención. Mi incursión en el Gran Bazar podría salvar muchas vidas hoy.
Examiné el puesto de enfrente, donde coloridas pashminas cubrían la pared del fondo y se apilaban en el mostrador delantero.
Nada todavía.
Miré el reloj. Llegaba con unos buenos diez minutos de adelanto. Saqué el móvil del bolsillo. Un vistazo rápido no haría daño. Pulsé en el mensaje. Era un mensaje de Jax. El corazón me dio un vuelco.
Me asaltó el recuerdo del chico brillante, exuberante y grandullón que había sido Jax el día que lo conocí.
Era el primer día de mi segundo año en el instituto y me aterraba ir a un colegio nuevo.
Se sentó a mi lado en la orientación y me contó un chiste tonto que me hizo reír.
Así, sin más, tenía un nuevo mejor amigo y el instituto ya no resultaba tan intimidante.
Luego me presentó a su hermano, Kass.
Mi mundo no había vuelto a ser el mismo desde entonces.
Sin perder de vista el puesto de pashminas, me apoyé en la pared y abrí el mensaje de Jax. La imagen que apareció en la pantalla me iluminó el alma.
Jax y Emme aparecían en primer plano, con la dulce Maya y el pequeño Joram entre los dos. La sonrisa de Jax me lo decía todo. Estaba radiante. El pie de foto me hizo reír. Gracias por el soplo.
Se me ensanchó la sonrisa. Quería a Jax como a un hermano. La alegría en su rostro me llenaba el corazón, pero era la sonrisa que iluminaba los ojos de Emme la que me hacía flotar hasta las bóvedas del mercado. Ella también parecía feliz.
Y lo más importante: era libre.
Puede que aún tuviera que huir del sol, pero había salido del encierro y ya no estaba sola. Estaba con Jax, donde debía estar. Con los niños que creyó que nunca tendría. Con los Battleson, las únicas personas del mundo a quienes confiaba su felicidad.
Ojalá pudiera reunirme con ella.
Pero estaba trabajando en ello, construyendo mi futuro al revés, de fuera hacia dentro.
Lo que significaba que necesitaba averiguar quién había atacado a Jax y por qué. En ese mismo momento, mis contactos estaban investigando el asunto.
Los Battleson también andaban tras la pista, claro. Eran ingeniosos y hábiles. Pero yo también lo era. Todos íbamos a la caza. Atraparíamos a ese cabrón de Zero Tango.
Volví a mirar la imagen. El resto de los chicos aparecían al fondo. Apollo y Troy tenían buen aspecto; aguantaban el tipo, al menos de momento.
¿Max?
No tanto.
Estaba más delgado que la última vez que lo vi, demacrado y atormentado de un modo que me encogía la garganta. Había percibido la miseria en su voz la última vez que hablamos, el arrepentimiento que lo consumía poco a poco.
Todos estaban preocupados por Max.
Yo también.
Mi mirada tropezó con Kass. Dolía mirarlo, tan distante en todos los sentidos. Amplié su imagen en la pantalla y recorrí su rostro con las yemas de los dedos.
Soñaba con él todas las noches. Incluso allí, de pie en el bullicioso mercado, a diez mil kilómetros de distancia, sentía sus labios obrando su magia sobre mi boca, recorriéndome el rostro, descendiendo por mi cuello, despertando partes de mí que solo él sabía complacer.
Dios, cómo echaba de menos al idiota.
El elegante traje le enmarcaba el poderoso cuerpo a la perfección. Joder, estaba para comérselo. Y sin embargo, quería arrancarle el traje, desnudarlo por completo y sentir cómo su carne se estremecía bajo mis palmas.
Quería liberarlo de todas sus pesadas cargas y estrecharlo contra mi cuerpo desnudo hasta volver a ser uno, inseparables, como cuando éramos jóvenes y estábamos estúpidamente enamorados.
Quería borrar la tensión de su rostro y sustituirla por una sonrisa, esa sonrisa franca que transformaba su mirada gélida en fuego azul, la sonrisa íntima que siempre había reservado para mí.
¿Seguía siendo así?
Se me encogió el corazón hasta el tamaño de un guisante. No tenía sentido recrearme en el terrible dolor que me partía en dos. Conocía los riesgos desde el día que me alejé de Kass.
Céntrate, Tee.
Era todo o nada.
Por el rabillo del ojo, vi a una mujer con burka azul. Guardé el móvil en el bolsillo y me concentré. Caminaba detrás de un hombre enjuto que avanzaba por el pasillo con el ceño fruncido.
La mujer iba cubierta de pies a cabeza. Incluso los ojos quedaban ocultos tras una rejilla azul. Pero el distintivo bordado plateado en los bordes de las mangas coincidía con el patrón que me habían mostrado.
Bingo.
La pareja se detuvo frente al puesto. Ella rebuscó entre las pashminas, cogió una morada y después una azul, y las comparó. Con un gesto brusco, el hombre la instó a darse prisa.
La mujer devolvió el pañuelo azul a la mesa y le entregó el morado al hombre. Él lo pagó y se marchó. Ella lo siguió.
Nunca miró atrás.
Esperé un rato. Esa mujer había puesto su vida en mis manos. No iba a fallarle.
Cuando estuve segura de que no había nadie vigilando, me acerqué a la pequeña tienda y rebusqué entre los pañuelos. Examiné varias pashminas, pero no perdí de vista la azul que la mujer había tenido en sus manos.
El corazón me dio un vuelco cuando pasé los dedos sobre ella. Oculta entre los pliegues, una fina hoja de papel crujió suavemente contra las yemas de mis dedos.
Lo juro, las mujeres eran la mayor esperanza en un mundo enloquecido.
Con el corazón aún acelerado, escogí otras tres pashminas y, después de meter la azul en el fondo de mi pequeño montón, las pagué. Con el pañuelo a buen recaudo en mi mochila, me dirigí hacia la salida, atenta por si acaso.
La mía era una pequeña parte en un plan complejo, pero vital. Y peligrosa. Casi podía oír la voz de Kass en mi cabeza, echándome la bronca por correr el riesgo. Pero Kass y sus hermanos no eran los únicos que querían construir un mundo mejor. Yo estaba decidida a poner de mi parte.
Y lo estaba haciendo.
Un sol sin calor me dio en la cara cuando salí del mercado. La niebla matutina se había disipado y los turistas entraban a cientos. Respiré aliviada y me encaminé de vuelta a mi hostal, donde me esperaba mi billete de avión.
¿Adónde?
No tenía ni idea.
Pero iba a ir.
Con mi última misión cumplida, centré mis pensamientos en Max. Se tambaleaba al borde del abismo. Sus hermanos intentaban ayudarlo sin éxito. Alguien tenía que hacer algo.
Ese alguien era yo.
Era una misión que estaba deseando emprender, una que contribuía a un futuro que me encantaba imaginar. Sonreí para mis adentros y seguí caminando con paso firme, atravesando un mundo en crisis.
Con Jax había terminado. Max era el siguiente.
Un Battleson menos. Cuatro más por delante.
Fin