Capítulo veintiocho
Jax
Pisé el acelerador a fondo y lancé el Jag montaña arriba, devorando las últimas tres millas hasta Res, cabalgando el mayor subidón de Mayhem.
Lo había logrado.
Me había vengado del doctor Marvin y había avanzado la causa de la justicia para Emme.
Max, sentado a mi lado, lucía su sonrisa torcida estirada al máximo. No solo me había respaldado a la perfección durante nuestra pequeña incursión. También la había disfrutado.
Tenía que admitirlo. Yo también la había disfrutado.
Después de la agonía de los últimos días y la pura miseria de mi intento a la desesperada de sincerarme con Emme, que no había servido para nada, la misión había sido pan comido.
Nada como infiltrarse en la mansión dorada del doctor, forzar su caja fuerte y robar sus memorias USB para recuperar mi mojo. Joder, hasta nos hicimos amigos de sus caniches.
Con los registros del negocio paralelo de Marvin en nuestro poder y tras la rapidísima identificación que hizo Max de las cuentas secretas del cabrón en Panamá, pasamos a un almuerzo de negocios con el fiscal del distrito y su novia, que resultaba ser la jefa del IRS.
Ambos eran viejos amigos míos y parte de nuestra red de BB. La reunión fue productiva. Selló el destino del doctor Marvin.
Tuve la satisfacción de decírselo al cabrón en persona cuando pedimos más favores y acompañamos a la policía.
Ahora mis dedos se apretaron en el volante. Ese hijo de puta de Marvin iba a pagar por lo que le hizo a Emme. Con intereses.
Confiscar todas sus cuentas en el extranjero también haría posible una indemnización sustancial para Emme, una vez que presentara su demanda civil.
Pasara lo que pasara, iba a darle la vida que merecía. E incluso si decidía expulsarme de su vida —un golpe que me llegaría en cualquier momento—, iba a hacerla rica.
No más dificultades para Emme. No más penas, necesidades ni problemas.
La conmoción en la cara de caballo de Marvin cuando le dije que iba a pasar las próximas décadas de su vida en una prisión federal fue sorprendentemente satisfactoria. Por el bien de Emme, había usado un método de venganza civilizado en lugar de mis puños o mis armas.
¿Y presenciar la sonrisa en la cara de Max después de volver a unirse a la lucha?
De puta madre.
El Jag ronroneó al tomar la última curva. En la cima del paso, mi móvil recuperó la señal y pitó. Un mensaje prioritario parpadeó en mi pantalla.
—Revisa eso, ¿quieres? —dije, sin apartar los ojos de la carretera—. ¿Es de Trev?
—Es Trev —confirmó Max, desplazándose por mi pantalla—. Te perdiste una llamada suya. Y hace segundos, envió un mensaje codificado.
—¿Un mensaje codificado?
—Joder. —La sonrisa de Max se evaporó de su cara—. FPCON Delta.
—¿Me estás jodiendo? —Me atraganté con mi propia saliva—. ¿Ataque en curso?
—Afirmativo. —Max comenzó a teclear en su móvil a toda velocidad—. Activando plan de defensa de emergencia. Solicitando refuerzos en El Taj.
Se me encogieron las tripas. Pisé el acelerador a fondo y empujé el motor al máximo. Nunca, jamás habíamos activado FPCON Delta en Res.
Me agaché, saqué mi Sig Sauer de la funda sujeta a la pantorrilla y metí una bala en la recámara.
Si Trev estaba usando el código, estábamos en problemas.
Peor aún, Emme también.
***
Emme
Estaba a mitad del túnel cuando la voz de McVeigh reverberó por las paredes. —¡Detente! —gritó—. ¡He dicho que te detengas ahora mismo!
Inspiré desesperadamente y aceleré hacia el almacén. Una lluvia de balas repiqueteó a mi alrededor. Una de ellas me quemó la pierna y dejó un rastro de sangre goteando del muslo.
No iba a llegar al almacén.
Esquivé la siguiente ráfaga de balas, me desvié del túnel principal y me lancé al pasadizo más cercano.
Tropecé con las rocas que cubrían el suelo, pero mantuve el equilibrio, siguiendo las paredes que se estrechaban.
Una sensación creciente de pavor se expandió en mi pecho.
Como era de esperar, en pocos minutos llegué a un callejón sin salida.
Atrapada otra vez.
El crujido de zapatos sobre la grava me llevó a refugiarme detrás de un montón de rocas. Con la espalda pegada a la pared, tenía pocas esperanzas de escapar.
McVeigh estaba cerca, muy cerca. Los tonos nasales de sus jadeos pesados lo delataban.
Intenté contener la respiración y mantenerme callada. Sabía lo que pasaría si me alcanzaba. Me usaría para atrapar a Jax. Y sin embargo, no tenía adónde ir, ninguna manera de escapar. Con las manos atadas a la espalda, no tenía forma de defenderme.
Se encendió una luz, un delgado haz de luz roja que se proyectaba directamente desde la parte superior del arma de McVeigh. Un punto rojo bailó sobre la pared rocosa, brillando en las vetas plateadas.
Me encogí, acurrucándome en una bola.
—Sal, sal, dondequiera que estés —se burló McVeigh, rastreándome con un barrido de su haz—. Vamos, cariño, ven con papi.
Dios, por favor, ayúdame. Conocía el terror que siente la presa cuando el depredador acecha.
El haz rojo desapareció. La oscuridad regresó para adormecer mis sentidos. Desde mi escondite, escuché con atención. Para cuando detecté la presencia maligna cerniéndose sobre mí, era demasiado tarde.
Las garras de McVeigh se cerraron alrededor de la garganta.
***
Jax
Pisé los frenos y detuve el Jag con un chirrido frente a El Taj. Abrí la puerta de un tirón, salté del coche y subí corriendo la escalinata de entrada.
—¡Jax, espera! —Max me agarró de la chaqueta y me estampó contra la pared—. Cálmate, hermano. Podría ser una trampa. Tenemos que esperar refuerzos.
—Que le den al refuerzo. —Me solté de su agarre y empujé las puertas exteriores—. Emme está ahí dentro.
—No voy a dejar que te maten. —Max sacó su Glock de la cinturilla trasera y me siguió—. Despacio y con cuidado. ¿De acuerdo?
Levanté el arma y pegué la oreja al segundo par de puertas dobles.
Nada.
Giré el pomo y empujé la puerta lentamente, abriéndola un par de centímetros.
Sin balas. Sin clics.
Barrí el espacio con la Sig Sauer y eché un vistazo. Desde este ángulo, el vestíbulo estaba despejado.
Con la punta de la bota, empujé la puerta un poco más. La luz mortecina del atardecer iluminaba un charco de sangre que manchaba el suelo de mármol.
Se me revolvió el estómago y me invadió el pánico. Más valía que esa no fuera la sangre de Emme.
Inspeccioné la escalera. Los agujeros de bala acribillaban las paredes de yeso y un montón de casquillos cubría las baldosas. Allí se había producido un tiroteo feroz.
Un movimiento me llamó la atención. Entrecerré los ojos para ver mejor la figura ensangrentada que se arrastraba escaleras abajo.
Trev bajaba a duras penas, arrastrando las piernas, sin la silla de ruedas a la vista. La mitad de la cara era un enorme hematoma. Tenía el ojo izquierdo casi cerrado de la hinchazón, pero aferraba el arma.
—¡Trev! —Max subió los escalones corriendo y lo sostuvo en brazos mientras yo barría visualmente los pisos superiores, cubriéndolos a ambos—. ¿Qué demonios ha pasado?
—Me quedé sin putas balas. —Trev levantó el arma y le lanzó una mirada de asco.
—Lo hiciste bien. —Max le examinó las pupilas—. Estás vivo y los ahuyentaste.
—No lo suficiente. —Inspiró con dolor y clavó los ojos en mí—. Tres hostiles. Los hijos de puta nos engañaron a Emme y a mí, nos hicieron creer que eran otros. Intentaron llevársela, pero huyó escaleras abajo.
Apreté el arma hasta que el metal se me clavó en la palma.
—¿McVeigh?
—McVeigh es uno de ellos. —Trev vaciló, pero luchó por mantenerse consciente—. Fue a por Emme. Un segundo tango está abatido. El tercero se llevó al segundo y se largó. Ojo. Podrían estar en cualquier parte.
Los ojos se le pusieron en blanco. Se quedó inerte, pero el arma no se le cayó de la mano.
Apreté los dientes, con la sangre hirviéndome de rabia. No podía creerlo. McVeigh, en Res, el lugar que había designado como el más seguro de todos. Trev herido. Emme desaparecida.
—Sé lo que está pensando —murmuré mientras bajaba las escaleras a la carrera.
Emme había bajado a los túneles en busca de la seguridad que ofrecía la oscuridad, pero también para alejar a los mercenarios de Trev y darnos la oportunidad de atraparlos.
—Max, cuida de Trev. Espera los refuerzos. Despliega nuestras defensas para cubrir todas las salidas. No dejes que esos cabrones salgan de Res.
—Jax, detente —me gritó Max, sosteniendo el cuerpo inerte de Trev—. No puedes enfrentarte a esto solo y necesitamos a McVeigh vivo. Solo él puede decirnos quién es su jefe. ¡Jax, espera!
—No puedo esperar.
No pienso esperar.
Emme estaba en peligro y Mayhem iba de camino.