Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

—Tengo algo que hacer, pero si te vistes y vas a la cocina con Apollo, él te preparará algo de cenar.

—¿Apollo?

Frunció el ceño, desconcertada.

—No, está bien. Puedo esperar hasta que vuelvas. Tú también deberías comer, y no quiero molestar a Apollo ni a nadie más.

Llámame idiota, pero me emocionó un montón que prefiriera quedarse conmigo.

—¿Qué tal si vas adelantándote y nos vemos en la cocina en un rato?

—Vale.

Me habría quedado solo por verla cruzar la habitación desnuda, pero me obligué a salir y cerré la puerta tras de mí.

El móvil de Apollo pitó. Lo levantó y me mostró la pantalla.

Era de Max. Ven YA.

Fui hacia el ascensor, dejando a Apollo en el pasillo esperando a que Emme saliera para llevarla a la cocina. Sin camiseta, descalzo y todavía envuelto en su embriagador aroma, subí a nuestro ascensor privado y pulsé el botón del piso del centro de operaciones de Max.

La buena noticia era que los puntos del muslo no me dolían nada. Quizá fuera por mi constitución robusta o por el subidón de endorfinas, pero era como si los puntos hubieran desaparecido.

¿Emme? Era mejor que cualquier analgésico conocido.

Quizá debería llamar a Tee y agradecerle el favor que me había hecho.

Liberty Rose, alias Tee, era una de las pocas personas que sabía algo de cómo estaba mi cabeza. Había tenido mucho que decir sobre mi plan de automejora, opiniones firmes que no siempre me hacían gracia.

La muy zorra me había sugerido que montar en bici por el sendero de Cherry Creek a cierta hora y en cierto lugar podría ayudarme con el insomnio. En cambio, descubrí a Emme.

No fue casualidad. Cuando le eché en cara a Tee su jugarreta, cantó. Vaya si cantó, me dijo todo lo que quería oír.

Añadí mi propia investigación a lo que Tee me había contado. Sí, ese era el nuevo yo: metódico, preciso y lógico.

A estas alturas de mi vida, no podía permitirme más errores. Estaba decidido a confiar solo en mi entrenamiento SEAL para esta misión, y a no sucumbir al caos interno que había dominado mi juventud. Esta vez, apostaba por la versión mejorada de mí mismo.

Todo era teoría, pero hasta ahora, todo encajaba. Emme era un ejemplo de persona intachable. Era líder. Tenía su propia empresa. Ni siquiera tenía una multa de aparcamiento en su historial.

También era valiente, amable, sexy e inteligente. Y por si todo eso no bastara, las últimas horas de mi vida habían demostrado que éramos explosivos en la cama y encajábamos a la perfección.

Vale, quizá tenía expectativas altas y me estaba precipitando, pero un operador como yo no se tomaba tantas molestias para acabar dándose de morros. Además, tenía objetivos ambiciosos y complicados, y encima una fecha límite.

Las puertas del ascensor se abrieron directamente al centro de operaciones de Max. Kass y Troy estaban allí, mirando la pantalla de pared junto con Max.

—Vaya, mira quién se digna a aparecer —dijo—. Gracias por honrarnos con tu presencia.

Giró la cabeza para fulminarme con su único ojo, cuya mirada resultaba aún más intimidante por el parche negro que le cubría el izquierdo.

Tenía la voz ronca, pero siempre me alegraba oír su carraspeo sardónico porque era la prueba de que había sobrevivido a algo que habría destruido a la mayoría de los hombres.

—¿Por qué coño has tardado tanto? —exigió, mirándome de arriba abajo—. Desde luego, no ha sido porque te entretuvieras vistiéndote.

—Según Apollo —dijo Kass, levantando la vista del móvil con una sonrisa lasciva—, parece que Romeo aquí estaba ocupado con ciertas actividades extracurriculares.

—¿En serio, imbécil? —Troy me clavó sus ojos negros y sacudió la cabeza, apartándose el flequillo—. ¿Que te apuñalen te pone cachondo?

Puse los ojos en blanco.

—Cállate, mono de palo.

—No vuelvas a hacer esa mierda de sangrar y desmayarte —dijo Kass, fulminándome con la mirada—. Casi le das un infarto a Apollo.

Pobre Kass, le había dado un susto. Era su forma de demostrar que le importaba. Le di una palmada en la espalda y me dejé caer en la silla junto a Max.

Kass todavía llevaba un traje de tres piezas, prueba de que lo habían sacado de alguna cena elegante de negocios. Seguramente había dejado plantada a alguna belleza forrada y sofisticada en uno de los bares más de moda de la ciudad, bebiendo un martini seco.

Troy también llevaba uno de sus trajes oscuros, lo que significaba que había estado en el juzgado hasta tarde o quizá rondando los bares de abogados en busca de información.

En cuanto a Max, llevaba su uniforme de siempre: sandalias Chaco, vaqueros azules raídos con agujeros en las rodillas y una camiseta negra a juego con el parche del ojo que decía «Me importa una mierda».

Observé a los tipos que me estaban dando la lata. Tres hombres muy diferentes, cuatro si contabas a Apollo. Cuatro exoperadores especiales en lo más alto de su carrera, expertos en sus respectivos campos.

¿Qué teníamos en común?

Eran mis hermanos. Mis hermanos de batalla. Y estos tres parecían cabreados.

—¿Es este? —preguntó Max, poniendo una foto en la pantalla.

Entrecerré los ojos para examinar la foto ampliada.

Desde el marco de su foto oficial reglamentaria, el Mike McVeigh que recordaba miraba a la cámara, con su uniforme de gala de la Marina. No hacía falta preguntarle a Max si había sacado las fotos del expediente personal de McVeigh. Max era, con diferencia, uno de los mejores hackers del mundo.

—Es él, de aquella época —dije—. Los ojos son los mismos, pero ahora tiene otro aspecto.

—¿Así? —Max tecleó y otra foto apareció en la pantalla.

El nuevo McVeigh posaba ante una densa selva, con uniforme de combate y un lanzagranadas pegado al pecho como si fuera un accesorio de moda.

Su nariz carnosa y sus rasgos redondeados habían desaparecido, sustituidos por un tabique ganchudo y lo que parecían implantes en las mejillas y el mentón que alteraban su apariencia.

Resoplé.

—¿El imbécil pagó por esa rinoplastia?

Kass y Troy esbozaron una sonrisa burlona, pero Max no.

—Esa nariz, combinada con los cambios de contorno que alteraron la forma de su cara, engañó a todos los programas de reconocimiento facial del mercado —los labios de Max se curvaron en una sonrisa torcida y presumida—. Excepto al mío, por supuesto.

—Buen trabajo, hermanito —le di una palmada en la espalda—. Nunca olvido una cara y aun así me costó identificar esta. Si no hubiera sido por los ojos, todavía seguiría dándole vueltas.

—Intentó cambiarse la cara, pero fracasó —dijo Max—. Te lo digo en serio: ese retrato que la mujer le dio a la policía fue increíblemente útil.

—Así es Emme.

Sonreí, recordando el asombro en sus ojos cuando se corrió, los pequeños gemidos que soltaba cuando me hundí en ella por primera vez...