Capítulo Siete
Emme
El placer recorrió mi cuerpo en descargas eléctricas que irradiaban desde los dedos de Jax. Me deshice entre sus manos, sin importarme ya si estaba siendo autocomplaciente, lasciva o imprudente. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por las oleadas de placer que inundaban mi cuerpo.
Tras mis párpados cerrados, mi mente proyectó la última imagen de él: su rostro hundido entre mis piernas, sus ojos verdes brillando con pasión y picardía mientras me llevaba al éxtasis.
Y vaya placer: dulce, cautivador y liberador a la vez. Me arrasó solo con su boca y sus dedos.
¿Qué os parece como experiencia alucinante?
Solo había estado con otro hombre en mi vida. Había sido mi único «amigo con derecho a roce». No estaba orgullosa de nuestro acuerdo puramente utilitario, pero él estaba dispuesto y yo no tenía muchas opciones. Llamadme lasciva, pero me negaba a irme de este mundo con el himen intacto.
Pero ahora, gracias a Jax, tenía una idea bastante clara de lo que podía pasar cuando la necesidad y el deseo se encontraban en mi cuerpo.
En ese momento, no habría podido moverme aunque lo intentara.
Mis huesos se habían derretido y mi sangre se había evaporado, pero, al parecer, mis labios funcionaban a la perfección.
Esbozaban la sonrisa más amplia de mi vida.
La voz sensual de Jax se deslizó sobre mí junto con sus labios, que revolotearon por mis mejillas en pequeños besos ligeros.
—Me encanta esa sonrisa tan sexy.
Abrí los ojos y me sumergí en el mar de su mirada, las brillantes aguas verde esmeralda y las profundidades de sus pupilas negras. Se tumbó de lado, con un brazo enroscado posesivamente alrededor de mi cadera y la cabeza apoyada en la almohada junto a la mía.
Tenía un millón de cosas que quería decirle, como vaya, gracias, y más, por favor.
Pero lo primero que salió de mi boca fue:
—¿Dónde demonios aprendiste a hacer esa maravilla con la lengua?
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Me acojo a mi derecho a no declarar.
Arqueé las cejas con picardía.
—Porque la práctica hace al maestro, ¿no?
—No pienso entrar en eso, cariño.
Esbozó una sonrisa aún más traviesa.
—Pero te diré una cosa: considero el sexo oral una habilidad básica para la vida. Ninguna mujer mía se quedará sin él si lo desea.
Madre mía.
Mi sexo aprobó su filosofía con un apretón entusiasta. El resto de mí sintió un resentimiento automático hacia todas las mujeres que se habían beneficiado de su experiencia.
¿Qué me pasaba?
Acababa de tener un orgasmo increíble, y ahí estaba, celosa de personas que nunca había conocido y deseando más de Jax, más de sus labios expertos y sus caricias asombrosas.
Le planté un beso en el puente torcido de la nariz.
—Hay que reconocer el mérito cuando corresponde. Gracias, Jax.
—De nada.
Me devolvió el beso, mucho más intenso y duradero. Cuando me hubo robado todo el aliento, se apartó y sonrió.
—Debo añadir que la gratitud es mutua, Emme. ¿Verte llegar al orgasmo?
Negó con la cabeza y amplió la sonrisa.
—Ha sido el mejor, el más magnífico espectáculo que he visto en mi vida.
Estaba agradecido.
Conmigo.
Porque le gustaba verme alcanzar el clímax.
Mi corazón se expandió hasta duplicar su tamaño, estirando los límites de mis costillas con cada respiración asombrada. Él no había llegado al orgasmo, pero había encontrado placer al presenciar el mío. Su generosidad me deslumbró. Nunca había conocido a nadie como él.
¿Jax como amante?
Extraordinario.
Renunciar a él iba a ser un auténtico infierno. El pensamiento me desinfló el pecho y me recordó el vacío que llevaba dentro.
—Eh, ¿adónde se ha ido esa sonrisa tan bonita?
Jax me recorrió los labios con las yemas de los dedos.
—Da igual adónde se haya ido. Quiero que vuelva. ¿Qué te parece si pasamos al plato fuerte?
¿El plato fuerte?
Se dio la vuelta, alcanzó la mesita de noche y rebuscó en el cajón, regalándome una vista fantástica de su impresionante trasero musculoso. Luego volvió a tumbarse boca arriba, exhibiendo la enorme erección que sobresalía entre sus piernas.
Se me desencajó la mandíbula.
¿Yo había provocado eso?
Tuve que reprimir una sonrisilla.
Oh, Dios mío, sí. Yo había provocado eso.
Jax rasgó el pequeño envoltorio con sus poderosos dedos.
—Me das una noche, la aprovecho. Y me refiero a toda la puñetera noche.
Pues vale.
Una sonrisa perversa se adueñó de mi rostro. Ya me había hecho llegar una vez. ¿Para qué discutir con una lógica tan perfecta?
Jax sacó el preservativo del envoltorio y lo desenrolló por su miembro.
El látex pareció desplegarse eternamente sobre su erección.
Al mirarlo, la cobarde que había en mí debería haber querido salir corriendo.
Pero no, mi instinto de huida no se activó.
Al contrario. La temeraria apostaba a todo o nada.
Esta era mi oportunidad. Mi única oportunidad. Y no pensaba echarme atrás. Que el mundo se preparase. La Emme perversa andaba suelta.
Mi cuerpo lánguido cedió ante él como plastilina en sus manos. Mis piernas ya estaban separadas, pero las recolocó alrededor de su cintura antes de inclinarse sobre mí y apoyar los codos a ambos lados.
—Emme, preciosa Emme.
Me rozó los labios con los suyos, dejando un rastro de mis propios sabores en mi boca.
—Te necesito. Si supieras cuánto.
Presionó la punta de su polla enfundada en látex contra mi sexo.
—¿Me dejarás entrar?
Como si fuera a rehuirlo, a dejarlo con las ganas, o a encontrar la fuerza de voluntad para marcharme. Como si fuera a escuchar la razón, a prestar atención a las alarmas que destellaban en el fondo de mi mente, o a desperdiciar esta preciosa oportunidad de estar con él.
—Te tomaré, Jax —dije. Solo por esta noche.
Su sonrisa le iluminó los ojos y le marcó más el hoyuelo. Los labios se le tensaron en un gesto de concentración sincera. Contuve la respiración. Se abrió paso en mi cuerpo con un largo y dichoso deslizamiento, una caricia de puro placer que me recorrió entera.
Dios santo, era enorme y tan duro que apenas podía albergarlo. Y sin embargo lo sentía increíble, magnífico dentro de mí. Cerré los ojos y suspiré. Llena de Jax, el vacío en mí cedió. Me sentí plena, viva, completa.
Era increíble. Jamás había imaginado un universo donde alguna de mis tontas fantasías tuviera la más mínima posibilidad de hacerse realidad. Hasta ese preciso instante.
Jax me sostuvo el rostro entre sus grandes manos cálidas, besándome profunda, minuciosamente. No podía creer que tuviera su lengua y su sexo hundidos tan adentro de mí.
Qué subidón. Qué emoción. Nuestros cuerpos conectados vibraban acompasados, estremeciéndose mientras luchábamos por asimilar el efecto devastador que teníamos el uno en el otro.
—Joder, Emme —jadeó, con el cuerpo tenso y los ojos en llamas—. ¿Lo sientes?
—Lo siento —respondí. Cada nervio de mi cuerpo chispeaba de pura sensación y mi sexo ardía de forma sorprendente—. Te siento a ti.
—Tu coño —jadeó—. Es el puto paraíso.
Si él pensaba que mi coño era el paraíso, entonces su polla era un cohete a las estrellas. Solté un gemido ahogado de puro éxtasis cuando se retiró y volvió a hundirse.
—¿Sabes cómo quiero follarte ahora mismo? —susurró, con la mirada fija en la mía y las pupilas contraídas en diminutos puntos—. Quiero hacerte el amor duro, con todo lo que tengo.
El corazón se me hinchó ante su honestidad. Mi cuerpo ansiaba todo lo que quisiera darme. Tenía una noche con él, y pensaba aprovecharla al máximo.
—Entonces ámame, Jax, duro y con todo lo que tienes. Tú me diste placer. Quiero devolvértelo.
Giré las caderas y me deslicé arriba y abajo por su sólido miembro, un movimiento que me dejó sin aliento y temblando de gozo.
Gruñó, un sonido salvaje que resonó en mi coño y me hizo empaparme de deseo. Meció las caderas, despacio pero a fondo, deslizándose tan adentro que jadeé cuando tocó fondo.
—Tres semanas —su aliento me acarició el rostro—. Te he deseado desde la primera vez que te vi. He anhelado tenerte, he soñado con tenerte en mi cama durante tres putas semanas.
Madre mía.
Sus ansias habían igualado las mías. Sus sueños habían sido un reflejo de los míos. Yo también lo había deseado desde el primer día, un anhelo puramente físico que había evolucionado en algo mucho más poderoso y complejo, además de confuso.
Y ahora iba a tomar todo lo que me diera.
Le mordisqueé el labio inferior, hundí la lengua en su boca y la enrollé alrededor de la suya, cautivada por la danza de su sexo en mi interior, ávida de su intensidad.
Mantuvo la mirada fija en mi rostro mientras bombeaba más hondo, observándome al aumentar el ritmo, alcanzando nuevo territorio con cada embestida.
—Sí —lo animé alzando las caderas con desesperación—. ¡Sí!
Me sacudía con sus embestidas, estremeciéndome con ráfagas de placer que me iluminaban el cuerpo. Me susurró palabras sucias y obscenas al oído, palabras que hicieron que mi coño se contrajera y se aferrara aún más fuerte a su polla.
Tenía las manos llenas con las dos mitades tensas y trabajadoras de su trasero. En el carril bici, una vez me había preguntado cómo se sentirían esos glúteos bajo mis palmas mientras él bombeaba dentro de mí.
Ahora lo sabía.
Jodidamente fantástico.
Embistió duro y rápido, construyendo capas y capas de dicha sedosa y onírica en una confección oscura y suntuosa que prometía llenarme hasta el borde.
Así que esto era hacer el amor con un hombre en lugar de con un chico. Esto era arder de deseo, anhelar a alguien dentro de mí con cada fibra de mi ser, entregar la hembra absoluta que había en mí a la masculinidad absoluta que era él.
—Dime que eres real —le hundí los dedos en los hombros para asegurarme de que estaba hecho de carne y hueso—. Dime que no te inventé y que esto no es un sueño.
—Soy real, ya lo creo —jadeó, demostrándolo con una embestida vigorosa que le iluminó los ojos con la misma oleada de placer que se derramó por mi cuerpo—. Nosotros somos reales, Emme, tú y yo.
No había forma de negar que Jax era real, que su corazón latía con fuerza contra mi pecho y que su sexo palpitaba como un segundo corazón en mi cuerpo.
No había forma de refutar que sus besos lo consumían todo, que su boca me llevaba a lugares donde nunca había estado, que su aliento parecía esencial para respirar.
No había forma de negar que éramos una maraña ardiente de extremidades, bocas y carne, una unión frenética y febril que no podía detenerse ni contenerse.
La revelación me alcanzó al mismo tiempo que el orgasmo, surgiendo de mis profundidades en una marea ardiente de placer: en los brazos de Jax, yo era tan real como jamás lo sería.
El placer que desató en mí abrió de par en par mi pequeño y oscuro mundo. La coraza que había construido con tanto esmero para mantenerme a salvo se agrietó.
Su luz brillante se filtró por las fisuras e inundó el espacio tras mis párpados cerrados, deslumbrándome las retinas, provocando una lluvia de estrellas fugaces que surcaban la oscuridad aterciopelada de mi mente.
Su calor me abrasó con la fuerza de un sol de verano. Grité de pura dicha ante su llama.
Jax gimió mientras las caderas se le curvaban en una embestida final. Muy adentro de mí, se puso rígido y liberó su semilla, reclamando mi cuerpo.
Mi cuerpo también se aferró a él con un agarre obstinado que no soltaría ni al hombre ni al placer. Lo poco que quedaba de mi viejo y pequeño mundo se desmoronó mientras yo gritaba en éxtasis.
Pareció pasar mucho tiempo. Y aun así, seguíamos suspendidos en el punto más alto del placer, aferrándonos el uno al otro, flotando en un estado de gozo carnal que se negaba a menguar.
Entonces sucedió lo más extraño. Cuando el orgasmo finalmente cedió, me encontré sollozando en sus brazos. Las lágrimas me quemaban las mejillas y me resbalaban por el rostro.
No había forma de contener las emociones que me asaltaban desde todas direcciones: dicha, terror y éxtasis.
Una nueva Emme se erguía entre las astillas de mi viejo mundo.
Un universo completamente nuevo me contemplaba de frente.
No tenía ni idea de lo que vendría después, solo sabía que mi vida, tal como la conocía, jamás volvería a ser la misma.
El retumbar de la voz de Jax me devolvió de aquella magnífica destrucción de mi cuerpo.
—No llores, Emme. Por favor, no llores.
Me acunó el rostro con exquisita delicadeza. Sus labios depositaron dulces besos entre mis lágrimas. Tenía los ojos muy abiertos, llenos de empatía.
—Lo siento —susurró, acariciándome el rostro—. ¿Fue demasiado?
—¿Demasiado? —sorbí—. No, no fue demasiado, Jax. Perfecto. Simplemente perfecto.
Las arrugas de su frente se relajaron con alivio, pero solo por un instante antes de volver a contraerse.
—Entonces, ¿qué pasa? —las comisuras de sus ojos se fruncieron de preocupación—. Si estás triste por tu casa, no lo estés. Te prometo que lo voy a arreglar.
—Estoy destrozada por haber perdido mi hogar. Pero ahora mismo no lloro de tristeza.
La confusión acentuó su ceño fruncido.
—Entonces, ¿por qué lloras?
La verdad brotó de mí sin más.
—Lloro porque apareciste en mi vida. Tú. Esto. ¿Lo que acabamos de hacer? Fue hermoso y lo recordaré para siempre.
La preocupación de su mirada se disipó. Sus iris brillaron con la calidez de un océano tropical, centelleando en cien tonos de verde. Sus ojos reflejaban todos los sueños imposibles que había albergado.
Por fin, después de todos aquellos años, después de tanto soñar, el vacío en mi interior rebosaba de dulce placer y satisfacción física. Pero había algo más, el inicio de una conexión que se parecía mucho a la lujuria y el afecto entrelazados en un nudo apretado y exuberante.
No tenía nombre para esta nueva y poderosa emoción que me embargaba, pero de algo estaba segura: nuestra conexión era verdadera. Era real. Ajax Battleson había irrumpido en mi vida y, pasara lo que pasara después, había grabado su firma en mi alma.