Capítulo Cinco #2
No tenía ni idea de si habían estado muertos o vivos, pero sí sabía dos cosas aterradoras: Jax era letal, capaz de causar un gran daño. Y lo había hecho en mi beneficio.
Respondí a las preguntas de la policía lo mejor que pude. Troy le dio al detective amplio margen de maniobra, pero a cambio, Troy y Kass consiguieron respuestas a sus preguntas.
Los agentes habían acudido a mi llamada al 911, pero se habían topado en las afueras de una zona acordonada con un equipo del FBI que, según dijeron, estaba realizando una redada autorizada.
Los agentes habían tardado un rato en aclarar quién tenía jurisdicción. Para cuando el FBI negó tener una operación en curso, los culpables habían desaparecido, dejando atrás solo el camión destrozado y ningún cuerpo, ni muerto ni vivo.
Extraño, por no decir inexplicable.
—Fue un trabajo muy sofisticado —señaló el detective, tirándose del bigote—. Limpiaron la escena como profesionales. Nunca habíamos visto nada igual.
Kass y Troy intercambiaron miradas crípticas. Tragué en seco. ¿Quién demonios tenía el poder, el dinero y la audacia para orquestar un ataque tan complejo?
Y quizá lo más importante: ¿por qué?
Después de que el detective terminara de interrogarme, trabajé con una dibujante forense para crear una imagen del tal Mike McVeigh. Elaboró un retrato bastante preciso de Ojos Turbios, con su distintiva nariz ganchuda y sus pobladas cejas.
—Es él —dije—. Ese es el hombre que lideró el ataque contra Jax.
El detective frunció el ceño.
—No se parece a la foto que tenemos en el archivo de McVeigh. ¿Estás segura?
—Totalmente segura.
El hombre que nos había atacado era el del boceto.
En cuanto el detective se marchó, Troy, el de ojos negros, me dio una palmada amistosa en la espalda. La expresión pétrea que había mantenido durante la prolongada entrevista dio paso a una sonrisa capaz de derretir glaciares.
—Aguantaste el tipo muy bien hoy —dijo—. Jax tuvo mucha suerte.
Con una sonrisa así, seguro que había muchas chicas por ahí peleándose por los cumplidos de Troy.
Yo no, desde luego. Parecía haber desarrollado una preferencia repentina y exclusiva por cierto demonio de la velocidad de ojos verdes, pelo rizado y un solo hoyuelo que en ese momento no estaba por allí.
Acto seguido, Kass me condujo por un pasillo interior hasta una habitación con cortinas gruesas que tenía un baño adjunto. Una ducha me reanimó. Me puse unos pantalones de yoga nuevos y una camiseta gris holgada que Kass me proporcionó. La marca, Battle Brothers, confirmó la conexión, ahora obvia.
—Entonces, ¿los hermanos Battleson son los dueños de Battle Brothers? —pregunté.
El vikingo rubio me lanzó una mirada inquisitiva.
—¿No lo sabías?
Negué con la cabeza.
Me miró incrédulo.
—Todas las mujeres de Denver lo saben.
Me había guiado muy bien durante una mañana terrible. Y vale, preparaba un té excelente. Pero sus palabras sonaron mucho a... ¿qué? ¿Una acusación?
¿Estaba insinuando que era una cazafortunas?
—Deberías saber —dije entre dientes— que acabo de conocer a tu hermano hoy.
—¿En serio? —Levantó una ceja escéptica—. Porque según mis cuentas, lleva tres semanas escabulléndose de madrugada todas las noches. Supuse que se estaba tirando a alguna tía buenísima. Como tú.
No dignifiqué su acusación con una respuesta. En cambio, lo fulminé con la mirada. Estaba exhausta, y furiosa además.
Pero a decir verdad, también estaba un poco halagada. Me había llamado una tía buenísima. Y había dado por hecho que alguien tan increíblemente atractivo como Jax podría estar interesado en alguien tan común, corriente y defectuosa como yo.
¿Y la idea de que Jax había estado «escabulléndose» para verme durante las últimas tres semanas?
Tentadora.
Antes de que pudiera aclarar las cosas con Kass, apareció Apollo y el vikingo rubio no perdió tiempo en huir de la habitación.
—¿Jax? —pregunté.
—Está bien, y su pierna también —informó Apollo, para mi alivio—. Perdió algo de sangre, pero le hicimos una transfusión y lo cosimos, y ahora ha vuelto a ser el cascarrabias de siempre.
—Eso es bueno —solté el aire que había estado conteniendo—. Muy bueno. Bueno, excepto por lo de cascarrabias, supongo.
Apollo se rio.
—No te preocupes. Jax reserva su carácter discutidor casi exclusivamente para fastidiarnos a mí y a mis hermanos.
Dejó su maletín médico sobre la mesa baja entre nosotros, tomó asiento en la silla tapizada junto a la mía y, aún sonriendo, me miró fijamente.
—¿Qué tal si te echo un vistazo?
—Oh, no, no hace falta —me puse rígida en la silla, frotándome la parte superior del brazo, donde Ojos Turbios me había dejado cinco manchas moradas y amarillas—. Tengo algunos golpes y moretones, pero estoy bien.
Arqueó las cejas.
—¿Y esa preocupación que tienes con el sol?
Me removí bajo su mirada.
—No es algo de lo que me guste hablar.
—Soy médico, Emme. Todo lo que me digas quedará entre nosotros. Jax me pidió que cuidara de ti. ¿Me dejas intentarlo?
Oh, vaya, aquí estaba. Ese momento incómodo en el que pasaba de ser una tía buenísima a ser la pobre chica enferma con una genética pésima.
Habría preferido cerrar la boca y mantener la ilusión, pero Apollo cruzó el tobillo sobre la rodilla y esperó, dándome la impresión de que esperaría hasta el fin de los tiempos si hiciera falta.
—Te daré la versión rápida, pero queda entre nosotros, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
A grandes rasgos, le expliqué mi enfermedad. Me pidió ver mi pulsera médica y la estudió detenidamente. Era tan minucioso e intenso como Jax.
No mencioné la pequeña quemadura en el empeine, pero la encontró cuando insistió en examinarme. Aplicó un poco de pomada en las feas ampollas que asomaban donde el hueco entre el calcetín y las mallas había dejado mi piel expuesta.
—Así que me he enterado por Kass de que sois los dueños de Battle Brothers —intenté un poco de curioseo a la antigua mientras él trabajaba—. Pero hay más en vosotros que BB. ¿Me equivoco?
Levantó la vista hacia mí.
—¿Por qué piensas eso?
—Los empresarios no van por ahí armados hasta los dientes en Lamborghinis blindados.
Me dedicó una sonrisa críptica.
—Por aquí, cada hombre es responsable de limpiar su propio desastre, así que me voy a acoger a la quinta enmienda y voy a remitir todas tus preguntas a Jax.
Me enfrentaba a un equipo formidable. Conseguir mis respuestas iba a ser todo un desafío, pero yo no me rendía fácilmente.
Apollo cubrió la quemadura con una tirita grande.
—Ya está todo arreglado.
En realidad no, pero él no necesitaba saberlo. Por esa pequeña quemadura, por esa mínima transgresión, iba a pagar caro. Sabía lo que probablemente vendría después. Necesitaba retomar el control de mi vida, y lo necesitaba ya.
La adversidad era algo que afrontaba en privado, pero tenía algo de tiempo para organizarme, desde unas pocas horas hasta unas pocas semanas antes de sufrir de lleno una reacción autoinmune.
Apollo me instó a descansar y salió de la habitación. Era ya media mañana, así que tendría que esperar a que oscureciera para dar mi siguiente paso. Además, quería ver a Jax de nuevo, asegurarme de que estaba bien y obtener mis respuestas antes de irme.
Mientras tanto, también tenía una empresa que dirigir.
Levanté el auricular del elegante teléfono de la mesita de noche y llamé a Evelyn, mi segunda al mando, madre soltera de gemelos y mi roca en los negocios.
—¿Dónde te habías metido? —dijo en cuanto reconoció mi voz—. ¡Llevo horas llamándote!
Le di a Evelyn la versión resumida de los hechos. No le conté nada del ataque. Kass y Troy me habían advertido que guardara los detalles para mí, y francamente, temía que pensara que había perdido la cabeza si se lo contaba.
Sí le conté que mi casa se había incendiado.
—¡Dios mío! —el horror afiló la voz de Evelyn—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
—Aún no lo sé con certeza —dije, aunque mi mente se desvió hacia Jax—. Un cortocircuito eléctrico, quizá... ¿de mi cerebro?
—¿Necesitas un sitio donde quedarte? —preguntó Evelyn—. Siempre puedes quedarte con nosotros.
—Ya me las apañaré —dije—. Pero necesito que te encargues de Midnight Solutions mientras me pongo en pie.
—Por supuesto.
—Y por favor, estate pendiente de un contrato de Rebecca Lang, la directora ejecutiva de ClickandDress.com. Ya sabes lo importante que es. Si llama o envía un correo, llámame a este número de inmediato.
Evelyn me prometió que cuidaría del equipo y que todo funcionaría sin problemas durante mi ausencia. Después de hablar con ella, llamé a mi compañía de seguros y pasé una buena hora hablando con mi agente.
Cuando colgué, estaba convencida de que no volvería a pegar ojo en la vida. Me tumbé en la cama e intenté calmar mi ansiedad.
Pero cada vez que cerraba los ojos, veía a Jax luchando contra los asaltantes, orquestando nuestra huida, haciendo promesas que no entendía, sonriendo con esa arrogancia que le marcaba el hoyuelo y me dejaba las rodillas temblando.
En algún momento me quedé dormida y, a juzgar por el reloj de la mesita de noche, durante unas cuantas horas. No me sorprendió que mis sueños incluyeran a Jax de formas muy subidas de tono.
Y ahora era última hora de la tarde y, aunque no me atrevía a asomarme fuera, la noche se acercaba. Estaba despierta y tumbada junto a Jax, que definitivamente no había estado en mi cama cuando me quedé dormida.
Contemplé al hombre que había ocupado mis sueños durante las últimas tres semanas.
Su rostro bronceado y curtido contaba la historia de una vida dura bajo el sol que yo jamás habría podido sobrevivir.
Tenía la mandíbula demasiado recta, la nariz torcida a la altura del puente, y la barba incipiente de apenas unas horas, oscura y salvaje.
No era tan llamativo como Kass, tan atractivo como Troy, ni tan hermoso como Apollo. Pero para mí, Jax era más guapo que todos sus hermanos juntos.