Ajax Capítulo Uno #2
Unas pantorrillas bien torneadas machacaban los pedales con fuerza brutal. Unos muslos anchos como troncos se flexionaban con determinación feroz. Y su trasero. Menuda obra de arte.
El impresionante vaivén de sus glúteos me hizo sudar. Su presencia en el sendero me subía las pulsaciones, todo un optimizador automático del entrenamiento. ¿Cómo sería agarrar esos glúteos enfundados en licra mientras él bombeaba no sobre su bicicleta, sino dentro de mí?
Frena el calentón, chica.
En cualquier caso, la diversión estaba a punto de acabarse. Mi demonio de la velocidad se desvió del sendero y desapareció por la rampa que pasaba bajo el paso elevado.
Suspiré y aflojé el paso. En lugar de bajar por el sendero, seguí recto, reprimiendo el impulso de perseguir a mi ciclista sexy. No estaba tan desesperada. Tenía dignidad. Y orgullo.
Ah, sí, me gustaba mi orgullo.
No necesitaba un hombre para darle sentido a mi vida.
Tampoco necesitaba una pareja para ayudarme a criar hijos.
Lo de la familia estaba descartado. Mi cuerpo nunca sobreviviría al desgaste físico de tener hijos, y no estaba dispuesta a correr el riesgo de transmitir mi gen defectuoso.
¿Qué niño en su sano juicio querría vivir en la oscuridad como yo?
Así que no iba a tener hijos, ni familia, ni pareja que me abrazara al final de un día difícil, que me ayudara a pagar las facturas o a capear los temporales de la vida. La mayoría de los días lo llevaba bien, agradeciendo lo que tenía en lugar de suspirar por lo que no podía tener.
Pero había momentos en que el dolor en el pecho se avivaba, latiendo como una vieja cicatriz. La verdad era que mi alma probablemente parecía un dónut con forma de corazón y un gran agujero en el medio.
Luchaba por tapar ese vacío como quien cura una herida profunda. Lo atiborraba con largas jornadas de trabajo, horas y horas de voluntariado online y un apetito voraz por películas, libros y música.
Funcionaba... casi siempre.
Sin dejar de trotar en el sitio, cogí la botella de agua y me mojé los labios con un sorbo. Con mi demonio de la velocidad fuera de escena, la emoción se fue apagando y dejó un poso de decepción.
Alcé la vista al cielo. Una a una, las estrellas se iban apagando y un tenue resplandor púrpura teñía la noche negra. Muy pronto, esos peligrosos rayos UV empezarían a asomar por el horizonte.
Hora de entrar.
El sendero estaba inusualmente tranquilo.
Quizá los operarios de mantenimiento ya habían empezado a trabajar.
Miré al otro lado de la calle desierta. Mi pequeño bungaló de ladrillo se alzaba al otro lado del parque, el patito feo en una hilera de casas mucho más bonitas y reformadas.
No era nada del otro mundo: setenta y cinco metros cuadrados, dos dormitorios, un baño.
Pero había trabajado duro para convertirlo en un hogar. Era mi refugio.
Para una mujer que había empezado su vida sin futuro, ser dueña de mi empresa y mi casa demostraba al mundo que yo importaba y que había llegado para quedarme.
La luz del porche estaba encendida y bañaba mi casa con un resplandor cálido y acogedor. Pero volver siempre era la parte más difícil de mi día. Regresar a mi casa vacía me revolvía el estómago. Me imaginaba que un preso sentía el mismo pavor cuando lo condenaban a aislamiento.
Me despedí de la luna, las estrellas y mi libertad. Estaba a punto de cruzar la calle vacía cuando un fuerte estruendo rompió el silencio. El estrépito venía de debajo del paso elevado, donde, al amparo de las sombras, el carril bici giraba bruscamente junto al arroyo.
Ay, no.
La única otra persona en el carril bici era mi demonio de la velocidad. Era un ciclista hábil, pero a la velocidad que iba, una caída podía ser grave. Sin pensarlo dos veces, salté la barandilla, bajé corriendo hasta la loma de hierba y me lancé al sendero.
Llegué a la curva a toda velocidad. Al otro lado del paso subterráneo, la elegante bicicleta yacía en el suelo con las ruedas aún girando.
La luz destrozada de la bici iluminaba los restos de un móvil hecho añicos junto a un casco agrietado.
Un cable de acero cruzaba el sendero a unos treinta centímetros del suelo, casi invisible entre las sombras.
Un momento.
¿Un cable de acero?
Sacudí la cabeza, intentando asimilar lo que veía.
Mi demonio de la velocidad se erguía en medio del sendero, con las piernas separadas, los puños apretados a los costados y el rostro crispado en un ceño feroz.
Era alto, mucho más alto de lo que había imaginado.
La sangre le brotaba de un corte en lo alto de la frente, le pegaba los rizos castaños a un lado de la cabeza y le salpicaba la camiseta amarillo neón.
Por el lado positivo, estaba vivo y en pie. Por el lado negativo, lo rodeaban cinco hombres enmascarados que empuñaban lo que me parecían unas armas enormes, todas apuntándole.
Mierda.
Busqué mi móvil, guardado en el brazalete. Eran cinco contra uno. No, espera, había seis atacantes. El sexto hombre emergió de las sombras y me clavó el frío cañón de su arma en la sien.
—No te muevas —dijo con la voz amortiguada por el pasamontañas. Desvió la mirada hacia mi demonio de la velocidad—. Lo mismo va por ti. Si te mueves, ella muere.
El estómago se me contrajo en un nudo de miedo. La mano se me quedó paralizada sobre el brazalete. El móvil estaba tan cerca y a la vez tan lejos.
—Vamos a quitarte esto. —El matón me arrancó el brazalete y me dejó el brazo escociendo.
Con una maniobra a una mano que mantuvo el arma pegada a mi cabeza, sacó el móvil, se colgó el brazalete al hombro y se guardó el teléfono en el bolsillo.
Me froté el brazo dolorido. Llamar a la policía ya no era una opción.
—Déjala ir —gruñó mi demonio de la velocidad con voz baja y peligrosa, fulminando a mi captor con una mirada verde esmeralda—. Sea lo que sea lo que queráis, ella no tiene nada que ver con esto.
—Es mi garantía —dijo el hombre que me apuntaba a la cabeza—. Vienes con nosotros sin rechistar y ella estará bien.
—Sí, ella estará bien —convino mi demonio de la velocidad—. ¿Pero vosotros? No tanto.
El hombre del arma lo fulminó con la mirada. —Yo que tú, cerraría el pico y haría lo que te digo.
—Y yo que tú, saldría de aquí pitando. —Mi demonio de la velocidad esbozó una sonrisa burlona, una mueca que dejó ver un único hoyuelo en la mejilla derecha, un desprecio total por su vida y unas agallas de acero—. Si querías que fuera a vuestra fiesta, deberías haberme mandado una invitación.
—Aquí la tienes. —El pistolero me zarandeó como si fuera un trapo sucio.
—Si vuelves a hacer eso, morirás entre alaridos de dolor. —Mi demonio de la velocidad me miró a los ojos—. ¿Estás bien, preciosa?
Las rodillas me castañeteaban como panderetas y estaba a dos segundos de hacerme pis encima, pero la confianza que brillaba en sus ojos esmeralda me dio fuerzas para alzar la barbilla.
—Sobreviviré —dije.
—Oh, sí, lo harás. —El brillo en sus ojos transformó su mueca en una sonrisa genuina, una promesa—. Puedes contar con ello.
—¿Te recuerdo que esta arma está en mi mano? —Mi captor me golpeó la cabeza con el arma, un golpe que me resonó en el cráneo, la muerte llamando a mi puerta—. Bala. Cerebro. Splash.
Reprimí una oleada de náuseas y me mordí los labios, esforzándome por ocultar el miedo. Mi demonio de la velocidad apretó los puños. Los antebrazos musculosos se le tensaron al fulminar con la mirada a mi captor. La rabia que le ardía en los ojos le daba una expresión demoníaca.
—Y yo que estaba intentando ser buen chico —murmuró.
—¿Tú? ¿Un buen tipo? —Las risotadas del matón me recordaron el rebuzno de una mula—. Ve a contárselo a todos los cabrones cuyas vidas has arruinado. —Me pinchó de nuevo con el arma—. ¿Cómo te llamas, cariño?
Tenía el estómago hecho trizas y tuve que sujetarme las rodillas temblorosas, pero no dije nada. En lugar de eso, fulminé al matón con la mirada. Si las miradas matasen, estaría muerto.