Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1)
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Ajax Capítulo Uno
Emme
Amaba la noche. La oscuridad era mi mejor amiga. La luna y las estrellas, mis compañeras de toda la vida. Al amparo de las sombras, podía explorar el mundo a mi manera, aventurarme y saciar mis sentidos con las vistas y los aromas del universo que se extendía más allá de mis paredes.
Por la noche, me sentía viva.
En la oscuridad, era libre.
Mi historia de amor con las sombras explicaba por qué corría mi circuito habitual de Cherry Creek en la madrugada del viernes, cuando la mayoría de la gente dormía plácidamente en sus camas.
No importaba que el sendero estuviera desierto.
Después de un turno largo, estaba encantada de estar al aire libre, estimulada por el aire fresco que me llenaba los pulmones y me alborotaba el pelo.
Daba la bienvenida al atardecer como la mayoría de la gente recibe el nuevo día: con asombro y una oleada de esperanza. En cuanto el sol se ocultaba tras el horizonte, podía abandonar el confinamiento de mi pequeño bungaló sin riesgo de acortar drásticamente mi esperanza de vida.
No, no era una vampira, ni un demonio, ni ninguna criatura mitológica que se marchitara bajo la luz del sol. Era una persona normal, de carne y hueso, con un corazón que latía desbocado cuando hacía falta.
Pero sí tenía mis peculiaridades.
A la tierna edad de dos años, los médicos me habían diagnosticado un trastorno genético raro derivado de una mutación aleatoria, lo que llamaban un gen «corrupto». Habían estimado mi esperanza de vida como «corta». Les encantaba el desafío de «gestionar» mi enfermedad.
Sí, claro. Enfermedad mis narices.
No estaba enferma y me negaba a llamar enfermedad a mi sensibilidad a la luz solar. Prefería referirme a ella como «alergia al sol», un término mucho más elegante y digerible que encajaba con mi visión del mundo. Al fin y al cabo, había nacido así.
Así era yo.
Así que no podía exponerme a la luz del sol. ¿Y qué? El más mínimo contacto con el sol me ampollaba la piel y desencadenaba reacciones autoinmunes capaces de sembrar el caos en mi cuerpo.
Pero todo problema tiene solución. La mía era quedarme en casa durante el día y no salir jamás sin mi equipo de protección. En mi opinión, la luz del día estaba muy sobrevalorada. ¿Quién demonios necesitaba el sol?
Miré el reloj inteligente y comprobé mi frecuencia cardíaca. Estaba en la zona. El reloj me guiñó un ojo. Las cinco y cincuenta y cinco. Mi incansable corazón aceleró el ritmo. La mejor parte de mi carrera llegaría en cinco minutos. Eché un vistazo por encima del hombro. El sendero estaba vacío.
¿Iba a tener suerte esta noche?
Eso esperaba. Toda mujer tiene derecho a sus placeres culpables, y yo no era la excepción. Y vaya si tenía un placer culpable, un auténtico festín para los ojos. Mientras me quitaba los auriculares, se me dibujó una sonrisa en los labios. Si aguzaba el oído, quizá podría oírlo llegar.
Un camión de construcción se detuvo delante de mí.
Un trabajador bajó y empezó a colocar conos naranjas en la calle, como si fueran a cerrar el sendero para hacer obras de mantenimiento.
Sin salirme del sendero, pasé trotando junto al diligente equipo mientras apretaba el llavero con los dedos y palpaba el pequeño bote de spray de pimienta sujeto a la cadena. Solo era una precaución.
¿Mi lema de vida?
Estar siempre preparada.
Una vez dejé atrás a los trabajadores, retomé mi ritmo relajado y avancé de farola en farola. Mis zapatillas golpeaban el pavimento, sumándose al murmullo relajante del arroyo. El aire seco y fresco me mordía las fosas nasales. La luna seguía en lo alto, bañando la ciudad con un brillo plateado.
Amaba Denver. Rocas rojas, llanuras extensas y las majestuosas Rocosas alzándose al oeste como gigantes dormidos que custodiaban la ciudad. Vale, Denver era el único lugar que había conocido, pero disfrutaba del paisaje.
Las montañas, como el océano, eran inaccesibles para mí.
Mi alergia al sol me mantenía cerca de casa.
Ni siquiera capas y capas de protector solar y ropa protectora podían garantizarme una salida sin riesgo de exposición.
Por mucho que anhelara conocer mundo, no estaba escrito.
Eso sí, un espíritu libre atrapado en tierra como yo sabía apreciar una buena vista.
Hablando de buenas vistas…
Volví a mirar el reloj. Alerta: bombón a la vista. Dos minutos. Aceleré el paso. Quería estar en la posición perfecta para disfrutar al máximo. Además, tenía que mantener el ritmo cardíaco.
El ejercicio era el eje de mi rutina diaria. Para mí, era una necesidad, no un lujo. Vigilaba lo que comía, hacía ejercicio, mantenía el estrés a raya y, por supuesto, evitaba la luz del sol.
Teniendo en cuenta que a mi madre le habían dicho que no sobreviviría mucho, algo debía de estar haciendo bien. En unos meses cumpliría treinta y dos. ¡Toma ya! Chúpate esa, agoreros.
Mi madre.
Un sollozo se me atascó en la garganta, pillándome desprevenida y rompiendo mi ritmo. Le debía mi supervivencia a sus cuidados. Hasta hacía dos años, había sido mi compañera de toda la vida.
La echaba muchísimo de menos.
Su pérdida aún me dolía en lo más hondo, pero parpadeé para contener las lágrimas. Mamá creía en convertir el dolor en acción. Ahora mi objetivo era que se sintiera orgullosa de mí.
Pero no lo conseguiría a menos que sacara a mi empresa de números rojos. Si quería mantener a mi equipo con trabajo y la empresa a flote, necesitaba que firmaran el nuevo contrato, y pronto.
Se me encogió el estómago y los hombros se me hundieron. El contrato distaba mucho de estar asegurado; a estas alturas, era más bien un tiro al aire.
Puede pasar. Me obligué a recuperar la postura y seguí corriendo. Voy a conseguirlo.
Hasta el año pasado, me había ganado la vida como agente de atención al cliente online. No era el trabajo glamuroso y emocionante que habría elegido de tener toda la libertad del mundo, pero ¿sinceramente? Me encantaba lo que hacía.
Hacía un año, había roto mi propio techo de cristal al fundar Midnight Solutions.
Reuní a un grupo de noctámbulos como yo y empecé a ofrecer servicios de atención al cliente en horario nocturno como contratista independiente.
Aposté todo lo que tenía por mi nueva empresa, hasta el último céntimo del seguro de vida de mi madre.
Sí, era una mujer con determinación.
Solo se vive una vez.
Poner en marcha la empresa había sido duro.
Al final del primer año, mi pequeña startup se tambaleaba al borde de la extinción.
Ahora mismo, mi futuro —y el de las trescientas almas que dependían de mí— pendía de un único contrato con ClickandDress.com.
Si firmaban, sobreviviríamos. Si no, estábamos muertos.
Solté un gruñido de frustración. ¿Era la supervivencia el único objetivo de mi vida?
El zumbido de las ruedas al girar me llegó desde atrás y dispersó mis sombríos pensamientos. Volví a mirar por encima del hombro, sonriendo con anticipación. Un haz de luz blanca apareció sobre la ligera elevación e iluminó el sendero, avanzando a gran velocidad.
El corazón se me aceleró y un aleteo de mariposas revoloteó en mi estómago. A esa hora exacta, solo podía ser él.
¡Bien!
Era él, mi demonio de la velocidad de ensueño.
El hombre de la bicicleta había irrumpido en mi mundo hacía tres semanas, cuando empezó a usar esta ruta con una elegante bicicleta negra de alguna marca italiana sofisticada.
Desde entonces, pasaba por este sendero más o menos a la misma hora cada mañana.
Su aparición era tan puntual que podía usarlo como reloj.
La emoción burbujeó en mí como el efervescente cosquilleo del champán. Contuve la sonrisa, me desvié hacia la derecha del sendero y me entregué a mi pequeña fantasía: que él me había visto correr por el sendero y, bam, se había quedado prendado al instante.
Claro, era una idea ridícula. Esas cosas no pasaban en la vida real. Pero yo vivía mucho en mi mundo interior y tenía derecho a mis fantasías.
¿No?
Imaginaba qué pasaría si una de esas noches mi demonio de la velocidad redujera la marcha. ¿No sería increíble que se detuviera y hablara conmigo?
—Hola, Emme —diría como si me conociera de toda la vida—. ¿Te importa si pedaleo a tu lado un rato?
Le diría que sí. ¡Por supuesto que le diría que sí!
Se mantendría en equilibrio sobre su bicicleta junto a mí durante unos gloriosos momentos, charlando de cualquier cosa. Coqueteando. Riendo. Compartiendo alguna insinuación romántica, o dos, o tres.
Si eso iba bien —si a) no era un imbécil, b) era tan inteligente como atractivo, y c) si era tan buena persona por dentro como guapo por fuera—, me armaría de valor. Le sugeriría que nos viéramos en la cafetería veinticuatro horas de cerca.
En mis sueños, hablaríamos un rato, coquetearíamos un poco más. Oye, quizá nos besaríamos un poco. O mucho. ¿Por qué no?
Cuando se me acabara el tiempo, actuaría rápido porque la vida me había enseñado que las oportunidades eran escasas y no había que desperdiciarlas. Pasaría de picante a atrevida. Lo invitaría a mi casa, donde el bombón me ayudaría a resolver un pequeño problemilla que tenía... en la cama.
Se me ensanchó la sonrisa, pero también me di un tirón de orejas mental. Las fantasías eran el refugio de los solitarios y los deprimidos. Yo no era ninguna de esas cosas.
Bueno, vale, quizá estaba un poco sola, sobre todo desde que murió mamá. Pero en general era feliz, independiente y autosuficiente.
—A tu izquierda.
El tipo pasó zumbando junto a mí sin dignarse a mirarme, y con eso se esfumaron para siempre las últimas de mis tontas fantasías.
Idiota.
Tenía que ir a cincuenta por lo menos.
Así que vuelta al plan A.
Me recreé la vista con el fenomenal trasero de mi demonio de la velocidad. El tramo llano que tenía por delante me regaló cuarenta y cinco segundos completos para admirar el panorama.
Y vaya vista.
Atacaba el sendero con los anchos hombros encorvados sobre el manillar rojo, en posición aerodinámica. Su rostro era solo un borrón de perfil, pero llevaba culotte negro y maillot amarillo neón.