Hermoso desconocido (Encuentros fortuitos) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

Niega con la cabeza y me besa con más firmeza.

En ese momento de debilidad, me agarra las dos manos con una de las suyas, y quedo inmovilizada sin remedio.

Mi voluntad de resistirme se desvanece en cuanto su mano libre desciende entre nosotros, masajeándome los muslos desde fuera hacia dentro.

Cada vez más cerca de donde realmente quiero que me toque, pero sin llegar a satisfacer ese deseo.

Dejo escapar un gemido y él se inclina para saborearme más. Su lengua se desliza en mi boca justo cuando su mano se cuela bajo la cinturilla de mis pantalones.

—Qué mojada estás —gime contra mis labios.

Arqueo las caderas hacia arriba y una oleada de placer me envuelve cuando su dedo entra.

Es bueno: suave pero firme. También está duro como una piedra, presionando contra mi muslo.

Intento moverme, frotando la pierna contra su erección para poner a prueba su contención.

Cuando hace una pausa a mitad del beso y cierra los ojos, sé que lo tengo.

—Te necesito —susurro.

Frota su bulto contra mí con fuerza, pero luego se retira y me suelta.

Se arrodilla entre mis piernas y observo cómo se abre el cinturón y la bragueta.

Me deshago rápidamente de lo que me queda de ropa mientras él hace lo mismo.

Ahora los dos estamos desnudos, tal como siempre debimos estar.

Su mirada es oscura e intensa mientras se agarra el miembro y se acaricia unas cuantas veces.

No podría apartar la vista de él aunque quisiera.

Verlo tan excitado me inspira a tomar cartas en el asunto.

Me acaricio, trazando círculos sobre mi clítoris con la yema del dedo después de humedecerla con mis fluidos.

Mi actuación tiene el efecto deseado. En cuestión de segundos, está sobre mí de nuevo, mordiendo y chupando la piel suave de mi cuello mientras guía su polla dentro.

Dejo escapar un grito agudo en cuanto está dentro, llenándome por completo.

La idea de nosotros ahora tiene sentido.

Quizás podamos hacer que esto funcione. Quiero decírselo, pero las embestidas profundas y rítmicas que desata sobre mi cuerpo desprevenido me roban las palabras.

Está totalmente concentrado, como un depredador sobre su presa.

Pero esta caza no es solo para él. Su objetivo es dar, no tomar, igual que la última vez.

Siento cómo mi bajo vientre se contrae y se tensa. Tanta tensión, ira transformada en deseo, pero aún sin liberación. Podría llorar y reír al mismo tiempo, pero sobre todo solo quiero seguir moviéndome. Le clavo los dedos en la espalda y él responde acelerando.

Una vez más me toma las muñecas y las sostiene con firmeza sobre mi cabeza.

Sus movimientos son decididos y casi regulares, salvo por algún espasmo ocasional y la más mínima pausa.

Quiere tener el control, pero está perdiendo la batalla.

Siento la presión acumularse dentro de mí; olas de placer que aumentan en intensidad hasta que estoy a punto de estallar.

Gemidos y jadeos llenan la habitación, y sé que la mayoría son míos.

Sigue follándome más rápido, más fuerte. El sofá se sacude adelante y atrás y estoy acabada. Todo mi cuerpo se tensa y grito... no, chillo.

—¡Córrete conmigo, necesito sentirte!

Mis dedos se crispan pero no tienen nada a lo que aferrarse salvo el aire.

Sus manos me agarran con más fuerza, sin dejarme mover ni un ápice.

Bajo la mirada y veo su hermoso cuerpo, los músculos contrayéndose y relajándose en rápida sucesión; es hipnótico y abrumador.

¿Cómo he llegado a estar con este hombre?

¿Cómo es que parece quererme a mí, tan del montón, y no a alguien igual de esculpido y perfecto?

Embiste contra mí, desatando mi éxtasis hasta dejarme exhausta. Entonces se queda inmóvil con los ojos apretados.

Conozco ese ceño fruncido de la última vez. También recuerdo las respiraciones entrecortadas, las últimas sacudidas y réplicas. El dulce aroma de nuestra excitación mezclada. Todo es igual de bueno, o incluso mejor que antes.

Cuando se deja caer sobre mí, enseguida lo rodeo con mis brazos.

Ambos estamos cubiertos de sudor, pero nos lo hemos ganado.

Apoya la cabeza en mi pecho mientras trazo los contornos de los músculos de su espalda justo cuando empiezan a relajarse.

Sus dedos se entrelazan con los míos. Sonrío, recordando cuánto había deseado cogerle la mano antes.

—Yo también lo siento, ¿sabes? —digo—. Esta conexión profunda que trasciende lo físico.

—Es extraño, ¿verdad? Todo esto es totalmente irracional y, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo —suspira.

—Lo sé. No parece que solo nos hayamos visto dos veces. Me has gustado desde el principio.

Se incorpora para darme un beso en los labios.

—Deberías vestirte. No querría que te resfriases después de haberte calado con la lluvia —dice.

—Tengo una idea mejor —me incorporo y me estiro mientras lo observo levantarse del sofá y recoger nuestra ropa.

—¿Ah, sí? —dice.

Le cojo la mano y lo guío hacia el baño del dormitorio. Capta la idea enseguida y deja la ropa sobre el cesto junto a la ducha. Abro la mampara y dejo correr el agua mientras él se limita a observar.

—¿Te unes? —pregunto, y lo hace.

En poco tiempo volvemos a estar a escasos centímetros, dejando que nuestras manos hablen.

Acariciando, explorando, lavando, enjuagando.

Insiste en lavarme el pelo, un gesto de lo más tierno.

Nuestra ducha se prolonga con besos largos y perezosos que, de algún modo, saben mucho mejor bajo el agua caliente.

Cuando salimos, me envuelve en una toalla e insiste en secarme primero. Ni siquiera coge una toalla para él hasta que termina.

—Sabes que no soy tan frágil —me río.

—Aun así, no querría que te pusieras mala —insiste, y me seca unas gotas de la cara.

—Vale, vale. Oye, ¿tienes hambre? Acabo de darme cuenta de que nos hemos saltado el almuerzo.

—Claro —responde.