Capítulo Once
En cuanto termino de arreglarme, me reúno con él en la cocina.
Está apoyado en la encimera, mirando por la ventana mientras da pequeños sorbos a su taza.
Sin la chaqueta, con la corbata aflojada y las mangas de la camisa remangadas, está para comérselo.
¿De verdad solo estaba intentando impresionarme? No tiene ningún sentido.
—Siento haberme pasado antes —digo, posando la mano en su brazo—. Lo que dije también estuvo fuera de lugar.
Se gira y me entrega la otra taza.
—No, tenías toda la razón. Lo siento.
Cuando levanta la mano para apartarme un mechón de pelo húmedo de la cara, me quedo paralizada.
Sus ojos azules me cautivan y me hacen olvidar qué tengo en las manos y cómo lo sujeto. El calor abrasador de la taza me devuelve a la realidad y me obliga a cambiar de agarre.
—¿Nos sentamos? —Señalo el salón con la cabeza.
Me sigue y nos sentamos juntos en el sofá de cuero desgastado. Doblo las piernas, todavía heladas, debajo de mí, me giro para mirarlo y me echo una manta de lana sobre el regazo.
Con la taza en la mano y cuidado de no quemarme otra vez, intento pensar en cómo romper el hielo de nuevo.
—Por si no ha quedado claro todavía, y al contrario de lo que la gente pueda pensar... tu dinero me da igual.
Doy un sorbo de té y lo miro, esperando su reacción.
—Bueno, ahí va todo mi plan entonces.
Sonríe levemente antes de recostarse en el respaldo y apoyar la mano libre sobre el muslo. Me descubro mirándola fijamente, con unas ganas locas de tocarla. Me obligo a apartar la mirada cuando me doy cuenta de que, en el fondo, le estoy mirando la entrepierna.
—¿Qué te parece si —y sé que esto es raro y poco habitual— simplemente me cuentas más sobre ti? Dejaste tu trabajo, ¿por qué?
Quiero saberlo, de verdad. Pero también me recuerda dónde falló mi autocontrol la última vez que nos vimos. No fue el vino. Fue él. Su presencia tiene un magnetismo que me atrae hacia él. Ahora que lo vuelvo a sentir, me cuesta no perder el hilo.
Suspira y deja la taza sobre la mesa antes de juntar las manos.
Al principio me cuesta concentrarme en lo que me cuenta, pero pronto me dejo llevar por sus palabras.
Me importa lo que ha estado haciendo. De verdad quiero escucharlo todo.
Aunque la forma en que pronuncia cada palabra me hace fijarme en sus labios, tan carnosos y bonitos.
Empezando por el principio, me cuenta lo del día que salió de mi casa.
Enfrentarse a su mujer fue la parte fácil, porque ella también quería dejarlo.
Lo difícil fue resolver todo lo demás. La oportunidad de empezar de cero le abrió posibilidades que nunca habría considerado antes.
Poco después de separarse, decidió que lo que más quería era un cambio de carrera.
El dinero nunca le había importado demasiado; lo que buscaba era tiempo libre y felicidad.
Por desgracia, su contrato incluía un largo período de preaviso que cumplir.
—Entonces, ¿qué te gustaría hacer ahora? —pregunto.
Mi pregunta le arranca una sonrisa incómoda y un encogimiento de hombros.
—Esperaba tomarme un poco más de tiempo para averiguarlo.
Sin apartar los ojos de los suyos, no puedo evitar preguntarme por el enorme riesgo que está asumiendo.
Pasar página de todo lo que ha conocido durante la mayor parte de su vida adulta sin un plan real...
eso es drástico. Es el tipo de idea loca que a mí se me podría ocurrir si no tuviera facturas que pagar.
Pero las tengo. Y estoy segura de que él también.
Al inclinarme para dejar la taza sobre la mesa, siento sus ojos clavados en mí. Es una sensación agradable, aunque inmerecida. Ropa cómoda de felpa y el pelo mojado no serían mi elección si quisiera llamar la atención de un hombre. Y sin embargo, parece que tengo la suya.
Luego me pregunta por mí, que cómo he estado últimamente, y le menciono brevemente los despidos masivos en el trabajo y la consiguiente carga de trabajo extra que recae sobre los pocos que quedamos. Me responde con una mirada y una pausa. ¿Mi vida personal? Ahí no hay novedades.
Esto parece agradarle, y hay otro momento de silencio que disimula pasándose la mano por el pelo. Estoy empezando a pillarle estos tics.
—No quiero ser presuntuoso. Lo que pasó la última vez fue sobre todo cosa del momento. Pero desde que te vi con ese vestido, llevo luchando contra este impulso, y... me gustaría mucho besarte.
Así que... él también lo siente. A pesar de lo que pasó antes y de la discusión que vino después. Estoy lista para dejar todo eso atrás.
—Hay impulsos que no deberían ignorarse —le digo.
Se impulsa contra el respaldo del sofá y se inclina hacia mí. Es emocionante, igual de intenso o quizás más que la primera vez que hicimos todo esto. Pero aquello fue apresurado y terminó antes de tiempo para mi gusto. Quizás ahora podamos alargar esto más allá de una sola noche.
Su mirada, la suavidad de sus movimientos, todo contribuye a su atractivo. Igual que la última vez, me ha mostrado una parte de sí mismo, sus preocupaciones y vulnerabilidades, y me estoy dejando atraer sin remedio.
Hemos crecido y vivido en mundos muy distintos, como la experiencia de hoy ha dejado tan claro. Pero quizás podamos encontrar un terreno común, después de todo. Parece que los dos buscamos lo mismo. Solo un pequeño trozo de felicidad, compartido con la persona que elijas.
Su mano se desliza por detrás de mi cuello y se hunde en mi pelo, cuyas raíces parecen hormiguear de emoción.
Me siento atraída hacia él, incapaz de resistir y sin ganas de hacerlo.
Sus besos se graban en mí y me calientan hasta lo más hondo.
Le rodeo los hombros con ambos brazos, esos hombros tan increíblemente tonificados.
El algodón de su camisa es tan suave que no hace nada por disimular la tentación que hay debajo.
—Lo siento mucho —susurro entre besos.
Responde con más determinación, como diciéndome que no tengo nada de qué disculparme.
Olvidando cualquier apariencia de autocontrol, me acerco más y me siento a horcajadas sobre él mientras nuestros labios y lenguas continúan su pequeño baile.
Sus dedos recorren mi espalda y ambas manos acaban firmemente en mis caderas; parece disfrutar sujetándome ahí.
Se reclina en el respaldo de nuevo y yo lo acompaño, dejando justo el espacio suficiente para llegar a su pecho.
Mis recuerdos eran exactos, y no ha cambiado ni un poco. Es igual de guapo. Igual de tentador.
—Claudia —susurra Peter.
—¿Mhm?
—Espera —dice.
Me echo hacia atrás, desconcertada por la repentina interrupción.
—Antes de que hagamos nada más, quiero dejar claras mis intenciones.
Se pasa la mano por el pelo y me mira con una sonrisa algo incómoda.
—Vale, ¿cuáles son exactamente? —pregunto.
—A pesar de todas las tonterías que soltó Chris antes, para mí esto no es solo sexo. Aunque no te voy a engañar, me ha resultado imposible no obsesionarme con todo eso.
Le sonrío y espero a que continúe.
—Necesito que sepas que quiero…
Su mirada se desvía mientras me coloco bien la camiseta, que se me había retorcido.
—¿Sí? —digo.
—Eso también.
Sonríe, sin dejar de observar mis intentos por arreglarme un poco.
—Pero sentí una conexión inexplicable contigo, empezó casi de inmediato. Más allá de lo físico. Necesito saber si tú también la sentiste. Si la sientes.
—¿Te das cuenta de que puede que no tengamos mucho en común? ¿O nada?
—Quizás. Quizás no. Pero me encanta que me desafíes. Ya no quiero seguir siendo este tío aburrido...
—¿Pijo con el cochazo y los amigos estirados? —le sonrío.
Se ríe.
—Sí, algo así, aunque el coche me gusta bastante.
—Es razonable —digo—. A mí también me encanta el coche. Te pega.
—Supongo que lo que intento decir es que me gustas mucho, Claudia. Y me gustaría ver adónde nos lleva esto.
Le rodeo el cuello con los brazos de nuevo, buscando la verdad en el azul profundo de sus ojos.
Parece serio. Aunque tengo mis dudas sobre si somos compatibles, él parece querer reinventarse.
Y no creo que pudiera resistirme a él aunque lo intentara.
Hace cuatro meses, sentí esa misma conexión.
Sigue ahí, a pesar de los meses separados o de la bronca que acabamos de tener.
—Pues entonces, veamos adónde nos lleva esto…
Me inclino y le rozo los labios con los míos, provocándolo con un beso apenas insinuado. Su reacción es instantánea.
Me agarra justo debajo de las axilas y me levanta.
En un abrir y cerrar de ojos, estoy tumbada de espaldas en el sofá y él se cierne sobre mí, apoyándose en las manos a cada lado de mi cabeza.
Tras tomarse un momento para admirar su obra, baja hasta apoyarse en los codos.
Su rostro queda suspendido a centímetros de mi pecho.
—Eres especial, Claudia. Déjame mostrarte cuánto… —murmura.
Lentamente, me quita la camiseta, besando cada centímetro de piel que va quedando al descubierto.
Aunque el corazón me va a mil, no puedo dejar de sonreír. Estoy más que lista para una reconciliación intensa. Tal como me siento ahora mismo, ¿cómo voy a seguir preocupándome por lo que pueda o no pasar en el futuro? Aquí y ahora, todo está bien.
Con una mano enredada en su pelo, intento guiarlo hacia mi pezón, que hasta ahora evita con cuidado, besando y provocando solo la piel de alrededor. Impaciente, empiezo a desabrocharle la camisa antes de incorporarme y quitarme la camiseta del todo.
—¿Tienes prisa? —sonríe. Le lanzo una mirada que lo dice todo.
Se apoya sobre un costado y me toma la muñeca con la otra mano. Antes de que me dé cuenta, me lleva el brazo entero hacia atrás, por encima de mi cabeza, y luego el otro. Estoy indefensa, tumbada de espaldas. La sonrisa traviesa en sus labios sugiere que así es como le gusta.
—Quiero tocarte —suplico.