Epilogo
Un año después.
El sonido de las olas rompiendo suavemente contra los acantilados de la costa de Sicilia se había convertido en mi banda sonora favorita.
Lejos del ruido caótico de la ciudad, del olor a pólvora y de las sirenas policiales, el aire aquí sabía a sal y a una libertad que nunca creí que un hombre con las manos manchadas de sangre pudiera reclamar.
Estaba de pie en la terraza de nuestra villa, observando cómo el sol de la tarde teñía el mar Mediterráneo de un oro líquido y profundo.
Llevaba una camisa de lino blanco con las mangas arremangadas, una prenda que jamás habría usado en mis días de paranoia en los distritos portuarios.
El imperio seguía bajo mi control, por supuesto —un Don nunca deja de ser un Don—, pero ahora las operaciones se manejaban con la precisión invisible de un reloj suizo.
Johnson se encargaba del terreno en la ciudad, reportando solo lo estrictamente necesario.
Habíamos limpiado las filas. Ya no había espacio para traidores ni para psicópatas como Romero.
Sintí unos brazos cálidos rodear mi cintura desde atrás, y mi cuerpo se relajó instantáneamente, respondiendo a un código que solo ella poseía.
—Estás pensando demasiado otra vez, Vivaldi —murmuró Beth, apoyando la mejilla contra mi espalda.
Me di la vuelta dentro de su agarre y la rodeé con mis brazos, atrayéndola hacia mi pecho.
Beth lucía radiante. El año de paz había borrado las ojeras y la palidez del trauma; sus ojos verdes brillaban con la intensidad de siempre, y las marcas de sus muñecas ahora eran solo líneas casi invisibles, mudos testimonios de una tormenta que no logró romperla.
—Pensaba en lo jodidamente afortunado que soy —admití, hundiéndome en su mirada. Le aparté un mechón de cabello rebelde que el viento marino le había puesto en la cara—. Y en que todavía no me acostumbro a este silencio.
—Te acostumbrarás —sonrió ella, poniéndose de puntillas para darme un beso rápido en los labios—. Además, el silencio no va a durar mucho tiempo más.
Fruncí el ceño ligeramente, observando la chispa traviesa y el ligero temblor de emoción en sus labios. Esa era la mirada que Beth ponía cuando estaba a punto de cambiar las reglas de mi juego.
—¿De qué estás hablando, nena? —pregunté, mi corazón dando un vuelco inesperado, una sensación completamente diferente al peligro al que estaba acostumbrado.
Ella tomó mi mano derecha y la guió lentamente hacia abajo, posándola con delicadeza sobre su vientre, plano bajo el suave vestido de verano.
—Hablé con el médico esta mañana, antes de que regresaras de tu reunión con Johnson —susurró, con los ojos empañados por una felicidad pura—.
Vamos a tener que empezar a construir una habitación más en la villa.
Un heredero, o tal vez una niña con mi mismo carácter indomable.
.. Tendrás que prepararte para eso, Don Vivaldi.
Me quedé congelado por una fracción de segundo.
El hombre que había gobernado el submundo criminal con puño de hierro, el que no parpadeaba ante las amenazas de muerte, sintió que las piernas le flaqueaban.
Miré su vientre y luego sus ojos. Una oleada de una calidez abrumadora, una devoción que amenazaba con desbordarse de mi pecho, me inundó por completo.
Me arrodillé ante ella en la terraza, sin importarme el orgullo ni los títulos, y presioné mis labios contra su vientre con un respeto reverencial. Un nuevo comienzo. Vida naciendo de las cenizas de un pasado violento.
—Voy a protegerlos con mi vida —prometí, levantando la vista para mirarla, sintiendo por primera vez que mi alma estaba completamente en paz—. A los dos. El mundo puede intentar venir por nosotros, pero ya aprendieron lo que pasa cuando intentan tocar lo que es mío.
Beth se agachó y entrelazó sus dedos con los míos, obligándome a ponerme en pie para quedar a su altura.
Nos miramos mientras el sol terminaba de ocultarse en el horizonte, cobijados por la sombra de un imperio que habíamos rediseñado juntos.
Los monstruos de nuestra historia finalmente habían encontrado su propio paraíso, y esta vez, nada ni nadie nos lo iba a arrebatar.
FIN