HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 11
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Capítulo 11

Cuando los Federales Cierran el Cerco

—¿Cuánto tiempo exactamente pretendes que nos quedemos escondidos en este lugar? —preguntó Elizabeth mientras se apoyaba en la encimera.

Me tomé un par de segundos, saboreando el sorbo de café cargado antes de ofrecerle una respuesta.

—Hasta que la situación vuelva a ser completamente segura, Beth.

—¿Y cuánto maldito tiempo se supone que mide eso? —inquirió con un tono notablemente irritado y defensivo.

No pude evitar que una ligera sonrisa se dibujara en mis labios ante su impaciencia.

—Supongo que, por ahora, solo te queda confiar en mi criterio.

Elizabeth soltó un largo suspiro de frustración, pero terminó por cruzarse de brazos, rindiéndose momentáneamente al silencio. Estábamos sentados en la pequeña cocina de la cabaña; ella se negaba rotundamente a probar bocado de la cena.

—Al menos tómate una taza de café caliente, yo me encargaré de ordenar el resto —le sugerí, extendiéndole la taza humeante.

Tomó el recipiente entre sus manos y se puso de pie, buscando marcar distancia física. Me mantuve sentado mientras la observaba servirse un poco más de azúcar.

—Todo esto es una soberana ridiculez —murmuró de nuevo entre dientes.

Me resultó extrañamente divertido notar lo profundamente fastidiada que se encontraba por las limitaciones del refugio.

—Relájate, mi amor. Te aseguro que todo este infierno terminará mucho antes de lo que te imaginas.

Ella resopló con desdén antes de darle un sorbo largo al líquido amargo.

—Sencillamente no puedo creer que me las haya ingeniado para terminar atrapada en el fin del mundo contigo otra vez.

—¿Y qué tiene eso de malo, Beth? —indagué, arqueando una ceja.

—¿De verdad me lo preguntas? Porque eres un hombre destructivo, Dimitri. Un asesino despiadado, un maldito criminal que rompió mi vida en pedazos... —soltó las palabras como dagas, desnudando el resentimiento que aún le quemaba el pecho.

El reproche me golpeó directo en el orgullo, dejándome un sabor amargo en la boca. Intenté abrir la boca para defenderme, pero las palabras parecieron atascarse en mi garganta. Clavé mis ojos en los suyos; se veía endemoniadamente hermosa e imponente bajo la luz tenue de la cocina.

—Yo... sé perfectamente el enorme daño que te causé en el pasado, Beth... —admití con una vulnerabilidad que me costaba horrores procesar—, pero me haría inmensamente feliz que tuvieras el valor de darnos una oportunidad real para reconstruir lo nuestro.

—Lo sé, Dimitri... soy consciente de eso —respondió ella en un susurro esquivo.

Una duda punzante me asaltó la mente en ese mismo instante. Había algo que necesitaba averiguar de inmediato si pretendía avanzar con ella.

—Dime una cosa, Beth... ¿Acaso confías verdaderamente en mí en este refugio?

Elizabeth me miró fijamente, pero su expresión denotaba una fijeza perdida, como si su mente estuviera analizando un laberinto de pensamientos completamente ajenos a mi pregunta.

—Sí —respondió finalmente de forma escueta antes de ponerse de pie. Cogió su taza de café y caminó con paso firme hacia la sala de estar, dándole fin a la conversación.

Caminé hacia el fregadero y vacié el resto de mi taza con un gesto frustrado.

Era evidente que toda esta travesía sería infinitamente más complicada si ella se negaba a otorgarme un voto de confianza real.

No tenía la menor certeza de si su afirmación era genuina o una simple mentira táctica para apaciguar mis impulsos, pero no me quedaba más remedio que creerle.

De pronto, la violenta vibración de mi teléfono satelital sobre la mesa interrumpió el silencio de la cabaña.

Al mirar la pantalla, noté que se trataba de la línea cifrada de Johnson.

El estómago se me contrajo; aquello definitivamente no presagiaba nada bueno, ya que mi mano derecha tenía órdenes estrictas de comunicarse únicamente en escenarios de extrema urgencia.

—¿Johnson? ¿Qué novedades tienes? —contesté al instante, pegando el aparato a mi oído.

—Hola, Dimitri —resonó una voz arrastrada, pastosa y asquerosamente familiar al otro lado de la línea.

Romero.

La sangre se me congeló en las venas, reemplazada al segundo por una furia criminal que me encendió la piel.

—¿Qué carajo quieres, Romero? ¡¿Cómo demonios conseguiste interceptar este maldito teléfono?! —bramé entre dientes, apretando el aparato con tal fuerza que los nudillos se me tornaron blancos.

—Oh, digamos simplemente que me encontraba dando un paseo por el barrio de tu antigua mansión y quise tomarme el atrevimiento de hacerles una pequeña visita de cortesía a ti y a tu encantadora esposa —se mofó el infeliz con un sadismo nítido—E imagina cuál fue mi absoluta sorpresa cuando entré a tus instalaciones y solo me encontré a tus hombres.

.. armando un patético plan de contingencia para venir a matarme.

La mención de mi propiedad me desbordó de rabia; más le valía a ese bastardo no haber puesto un solo dedo encima de Johnson o de mis guardias personales.

—Por favor, tómate la molestia de saludarlos, Dimitri —añadió Romero con frialdad.

Acto seguido, a través del altavoz, el eco ensordecedor de los gritos agónicos de al menos tres de mis hombres me desgarró los tímpanos. El desgraciado los estaba sometiendo a una tortura brutal en tiempo real.

—No van a revelarte una sola palabra de mi paradero, Romero. Pierdes el maldito tiempo —le espeté con tono gélido, intentando sostener la fachada de control.

—¿Estás verdaderamente seguro de eso, Dimitri?

Porque, para ser honesto, me hacía falta un poco de práctica de campo.

No había tenido el placer de quebrar psicológicamente a nadie desde los días de.

.. bueno, supongo que desde que tuvimos bajo nuestro control a la hermosa Elizabeth.

Por cierto, ¿cómo se encuentra ella? —soltó la provocación con una malicia que me nubló la vista.

Aquello fue la gota que derramó el vaso. Perdiendo los estribos por completo, arrojé el teléfono satelital con todas mis fuerzas contra la pared de piedra de la cocina, provocando que se hiciera mil pedazos en el suelo de baldosas.

Elizabeth entró corriendo a la cocina, alertada por el estruendo del impacto.

—¿Qué pasó, Dimitri? ¿Qué fue ese ruido? —preguntó alarmada; sus hermosos ojos castaños reflejaban una profunda preocupación.

—Romero localizó nuestra base principal y capturó a mis hombres de confianza —le revelé con crudeza, tratando de normalizar mi respiración—. Estamos completamente solos en esto, Beth.

—Espera... ¿Cómo que estamos solos? —ella parpadeó, desconcertada—. ¿Acaso no tienes a cientos de guardias y soldados trabajando bajo tus órdenes directas en la organización?

—No exactamente en esta región, Beth. Precisamente porque mi estrategia era mantener un perfil bajo ante el resto de las familias criminales, decidí operar con un número sumamente reducido de elementos —expliqué con frustración.

—Mierda... —masculló entre dientes, asimilando la gravedad de la situación.

—Elizabeth —me acerqué a ella, la tomé de las manos con firmeza y la obligué a mirarme directo a los ojos—, necesito con urgencia que confíes en mis decisiones ahora más que nunca.

Romero nos quiere muertos a los dos; no va a detenerse hasta borrarnos de la faz de la tierra.

Estamos completamente solos en este refugio.

No tendré la menor capacidad de garantizar tu supervivencia si te niegas a acatar cada una de mis órdenes directas.

Ella bajó la vista un instante, sopesando el peligro inminente, antes de volver a clavar sus ojos fijos en los míos.

—Lo entiendo perfectamente, Dimitri. Te seguiré el paso —asintió con una madurez decidida.

Aquella declaración era absolutamente todo lo que necesitaba escuchar para ponerme en marcha.

—Prepara las maletas de inmediato, tenemos que desalojar esta cabaña ahora mismo —le ordené a paso rápido mientras me dirigía hacia el armario empotrado bajo la escalera. Saqué mi arma reglamentaria y verifiqué el cargador.

—¿Adónde demonios se supone que vamos a huir ahora? —inquirió Elizabeth mientras bajaba las escaleras con los suministros básicos.

—No vamos a huir, Beth. Vamos a cazar a Romero y a matarlo antes de que ese infeliz encuentre la forma de hacernos lo mismo a nosotros —sentencié con una frialdad criminal.

—¡Pero ese hombre tiene a un maldito ejército de sicarios bajo su control! —argumentó ella con desesperación—. ¿Cómo carajo pretendes abrirte paso y llegar hasta él estando solos?

Metí la mano en el fondo del compartimento de emergencia, saqué una bolsa táctica de lona y extraje una pistola compacta de nueve milímetros de calibre, extendiéndosela directamente. Sus ojos se abrieron de par en par al contemplar el metal negro.

—Con tu valiosa ayuda, por supuesto, mi amor —respondí con una sonrisa indescifrable.

Elizabeth sostuvo el peso del arma entre sus manos, mirándola fijamente durante unos segundos antes de levantar el rostro para encarándome.

—Si acepto involucrarme en esta locura contigo... ¿me darás tu palabra de honor de que me dejarás marchar libre en cuanto todo este infierno termine de una vez por todas? —negoció con una frialdad que me caló los huesos.

¿De verdad me lo estaba pidiendo en medio de esta crisis?

—Debes ser consciente de que absolutamente cada movimiento que hago en este submundo es por ti, Beth. Por proteger nuestro futuro —le repliqué, sintiendo una punzada de dolor en el pecho.

Ella se mordió el labio inferior con notable frustración. —Lo sé, Dimitri, soy consciente de tus intenciones... pero exijo mi libertad de vuelta, por favor.

—Te propongo un trato justo —le sugerí, dando un paso al frente.

—Como siempre en tu vida, todo tiene que ser un maldito negocio —articuló ella, poniendo los ojos en blanco con fastidio.

—Nos encargaremos de discutir los términos de tu partida en cuanto Romero esté bajo tierra, ¿de acuerdo, cariño? —concluí, cerrando la maleta.

—De acuerdo —accedió de mala gana antes de apresurar el paso para terminar de empacar sus pertenencias.