Herencia Alday 29. EL PINAR
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29. EL PINAR

Llegamos al pinar a las cuatro.

Habíamos ido en el coche de Diego, sin hablar mucho durante el trayecto.

No era incomodidad; era la cualidad específica del silencio entre dos personas que han procesado juntas cosas muy grandes en poco tiempo y que ya no necesitan palabras para compartir el mismo espacio de manera significativa.

El tipo de silencio que antes me habría parecido vacío y que ahora me parecía lo contrario: lleno, asentado, del tipo que sostiene en lugar del que expulsa.

Aparqué en el arcén de la carretera de la sierra.

Los pinos empezaban a cuarenta metros del asfalto, con esa densidad que en verano sería sombra y que en enero era solo altura y silencio vegetal.

El viento de la sierra llegaba directo aquí sin que nada lo detuviera.

El frío que no negocia, que entra por el cuello del abrigo y por los puños, aunque los lleves abrochados y que esa tarde tenía algo apropiado, honesto, de un clima que no finge.

Diego había traído dos linternas, aunque todavía no hicieran falta. Yo había traído la carta de Sofía en el bolsillo interior del abrigo, no porque necesitara releerla sino porque desde hacía días era el objeto que llevaba conmigo cuando iba a lugares que iban a importar.

El equipo forense había terminado por ese día.

El perímetro de la zona ampliada seguía acordonado con la cinta amarilla, pero los técnicos se habían ido y el pinar estaba en silencio excepto por el sonido del viento entre los pinos, que es un sonido específico, más alto y más continuo que el viento en los olivos o en los chopos, como si los pinos tuvieran más que decir.

Diego llevaba algo en la mano. Una bolsa pequeña de plástico con tierra adentro y algo más que yo no había preguntado qué era.

Cruzamos la cinta por debajo y caminamos hacia el punto que el forense había marcado con una estaca de madera.

El camino de tierra entre los pinos era el mismo camino que Sofía había tomado aquella tarde de septiembre de 2006 cuando Irene se había separado de ella en el cruce de la carretera de la sierra.

El mismo camino que yo había tomado a los dieciséis años muchas veces sin saber que algún día volvería a tomarlo por estas razones.

Caminamos despacio. El suelo de tierra tenía raíces que cruzaban el camino a ras de tierra y que en la penumbra del pinar se notaban antes con los pies que con los ojos.

Diego iba a mi derecha, con la linterna orientada hacia el suelo para que la luz no llegara más allá de lo necesario.

Había algo en esa manera de caminar —atento, sin prisa, con la luz exacta para no tropezar pero sin iluminar más de lo que el momento pedía— que me pareció la actitud correcta para ir adonde íbamos.

A veces los gestos dicen más sobre cómo alguien entiende una situación que cualquier cosa que pudiera decirse en voz alta.

A doscientos metros, el muro norte del hotel La Dehesa asomaba entre los pinos con su piedra gris, silencioso desde que Blanes lo había cerrado al iniciarse las diligencias.

Pronto ese edificio sería otra cosa también: el lugar que el proceso judicial convertiría en prueba, en expediente, en referencia en documentos que tardarían años en cerrarse.

Eso también era una forma de que el lugar dejara de ser lo que había sido.

Los pinos no recordaban nada de ese modo.

Eso era lo que los hacía buenos guardianes.

Sofía lo había dicho a los doce años, en aquellas tardes de verano cuando veníamos a buscar piñas.

Que los pinos eran los mejores guardianes de los secretos porque nunca hablaban con nadie.

Tenía razón. Y también tenía razón en lo que no dijo: que ser guardián de algo no es lo mismo que ser su cómplice.

Nos detuvimos frente a la estaca.

El suelo estaba removido en un radio de dos metros: la intervención forense de la mañana.

No había nada visible que indicara lo que había estado allí hasta hace pocas horas, excepto la tierra más oscura y suelta que la que la rodeaba, la tierra que ha sido desplazada y devuelta pero que conserva la memoria de haber sido movida.

Estuvimos un momento en silencio.

—¿Qué hay en la bolsa? —pregunté.

Diego la abrió. Un arbusto pequeño, de romero, con las raíces envueltas en tela de vivero. Lo había comprado esa mañana, me dijo, en el mercadillo del pueblo. Lo sostuvo un momento en la mano.

—El romero crece en suelos difíciles —dijo—. Y huele igual en invierno que en verano. —Una pausa—. No sé si es lo correcto traer esto aquí. Pero no supe qué otra cosa traer.

Cogí la bolsa y me arrodillé en la tierra del pinar.

El suelo estaba frío y húmedo bajo las rodillas.

Con las manos hice un hueco junto a la estaca, del tamaño suficiente para las raíces del romero.

Con ese movimiento que ya me era familiar después de haberlo hecho con los geranios y que no tiene mucho que aprender.

Solo abrir la tierra lo suficiente, colocar lo que va a crecer y volver a colocar la tierra alrededor con cuidado.

El romero olía al contacto. Ese olor específico que existe igual en invierno que en verano, que no necesita la estación correcta para ser lo que es. Diego lo había sabido cuando lo eligió aunque no lo hubiera explicado con esas palabras.

Diego se arrodilló a mi lado.

No dijo nada durante el tiempo que tardé en plantar el romero y en apretar la tierra alrededor y en quedarme quieta con las manos sobre el suelo.

El viento movía los pinos sobre nosotros con ese sonido alto y continuo que tenía algo de constante y algo de indiferente, el sonido de algo que sigue siendo lo que es independientemente de lo que ocurra debajo.

Luego Diego dijo, en voz muy baja y sin apartar los ojos del suelo:

—Lo siento. Por todo el tiempo. Por no haber estado cuando tenía que estar.

—No sabías que tenías que estar —dije.

—Lo sé. Pero lo siento igual.

Era la definición correcta. La culpa y el dolor son cosas distintas, aunque a veces se parezcan. La culpa necesita haber podido hacer algo de otra manera, el dolor no necesita nada para ser real. Diego no tenía culpa. Tenía dolor, que era suficiente y honesto.

No respondí con palabras porque no hacían falta más. En lugar de eso puse la mano en la tierra junto al romero recién plantado, sobre la tierra oscura del pinar que había guardado lo que guardaba durante dieciséis años, y me quedé así el tiempo que hizo falta.

Sofía tenía una frase en su carta sobre el tiempo: quédate ahora . Dos palabras. La instrucción más simple y exigente al mismo tiempo. Quedarse en el lugar donde duele hasta que dejar de quedarse sea una elección y no una huida.

Me quedé.

**********

Cuando volvimos a la carretera, el sol había terminado de bajar y los pinos eran siluetas contra el cielo último de la tarde, ese azul oscuro que en los pueblos del interior precede a la noche limpia y fría.

Diego habló mientras caminábamos.

—El expediente dice que tenía quince años.

—Lo sé.

—Fue un año y cuatro meses después del nacimiento de Vera. —Una pausa—. El informe forense tardará semanas en estar listo. La identificación oficial todavía no es definitiva.

—Lo sé.

—Clara.

Me giré.

Diego estaba parado a tres metros, con la linterna encendida, aunque no hiciera falta, con esa expresión que yo había aprendido a reconocer como la que pone cuando necesita decir algo que ha estado midiendo cómo decir.

—¿Cómo estás?

—Estoy donde tengo que estar —dije—. Eso no significa que no duela. Solo significa que es el lugar correcto para que duela.

Diego asintió.

—¿Y Vera? ¿Cómo crees que está procesando todo esto?

—Mejor de lo que cualquiera de los dos procesaríamos algo así a su edad —dije—.

Tiene una base que no sabíamos que tenía cuando empezamos esto.

La construyó sola, con los materiales que le dieron.

Pero va a necesitar tiempo. Y va a necesitar que la gente que la rodea no espere que lo procese de ninguna manera específica.

—¿Se lo vas a decir?

—No hace falta. Ella ya lo sabe. —Miré los pinos—. Sofía también lo sabía, a su manera. Era una de esas personas que entienden las cosas antes de que alguien se las explique. Vera heredó eso.

Diego no respondió. Pero asintió, despacio, con ese movimiento que no es acuerdo sino reconocimiento —el gesto de alguien que recibe algo que le llega a un lugar donde las palabras no tienen acceso directo.

—Gracias por traer el romero —dije.

—Gracias por plantarlo.

No hacía falta más que eso. Hay momentos que se sostienen solos y que añadirles palabras sería restarles algo que no se puede reponer.

Lo que habíamos venido a hacer aquí estaba hecho.

No todo; nunca estaría todo hecho, el proceso judicial iba a durar años, los archivos del sótano iban a tardar meses en procesarse, habría preguntas que nunca tendrían respuesta y heridas que nunca terminarían de cerrarse del todo.

Pero lo que se podía hacer hoy estaba hecho. Y eso, por sí solo, era suficiente.

Caminamos de vuelta al coche con el sonido del viento en los pinos detrás de nosotros.

Diego llevaba la linterna encendida, aunque la luz no fuera del todo necesaria todavía.

Había algo en ese gesto, el halo de luz que avanzaba con nosotros por el camino de tierra, que me pareció la imagen correcta para lo que habíamos venido a hacer aquí.

No iluminar algo que estaba escondido, sino simplemente no dejar que fuera de noche mientras caminábamos.

La noche del pueblo se veía desde el camino con sus luces pequeñas encendiéndose una a una en las ventanas de las casas de la gente que vive aquí y que mañana no sabrá lo que hemos hecho esta tarde en el pinar. Pero eso era mañana.

Esta noche era el romero en la tierra oscura y el cielo limpio de enero sobre los pinos.

Era el peso exacto que tiene saber dónde está alguien, aunque ya no puedas ir a buscarla de la manera en que habrías querido ir.

Era también lo que quedaba después de ese peso.

No alivio todavía, algo anterior al alivio, la quietud específica de quien ha hecho lo que había que hacer y que sabe que mañana habrá más que hacer y que eso no disminuye en nada lo que se ha hecho hoy.

Diego y yo llegamos al coche al mismo tiempo.

Los dos nos detuvimos un momento antes de abrir las puertas, con el frío de la noche y el sonido de los pinos detrás de nosotros, mirando las luces del pueblo al fondo.

No dijimos nada. Había momentos que eran completos sin palabras y que añadirles palabras sería añadirles algo que no pedían.

Lo que habíamos venido a hacer aquí estaba hecho. El romero estaba en la tierra. Y mañana comenzaría lo que venía después.