Herencia Alday 28. VOLVER
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28. VOLVER

Salimos de la librería pasadas las tres de la tarde.

Habíamos estado cuatro horas en la trastienda de La Escucha , y cuando salimos a la calle de Lavapiés la luz había cambiado.

El gris de la mañana se había vuelto más oscuro, más definitivo, el gris de las tardes de enero que en Madrid se instalan a las cuatro como si quisieran recordarle a alguien que el año todavía es nuevo y frío y que no ha prometido nada.

Vera nos acompañó hasta la puerta. En el umbral se detuvo con las manos en los bolsillos del jersey de lana, sin abrigo, indiferente al frío con esa manera que tienen las personas que han aprendido a no gastar energía en las cosas que no pueden cambiarse.

—¿Cuándo tendremos noticias del proceso judicial? —preguntó.

—El fiscal se está moviendo deprisa. —Diego habló con la mesura de quien ha aprendido a calibrar las expectativas de las personas en estas cosas—.

Las primeras diligencias ya son firmes. Quiroga tiene los mejores abogados del país, así que el proceso va a ser largo.

Pero ya no puede frenarse desde arriba. El expediente existe y es público.

—¿Y los archivos del sótano? ¿Los expedientes sobre lo que les pasó a las niñas?

—Hay un equipo forense trabajando. —Diego la miró directamente—. Cuando haya algo sobre tu madre, Clara te lo dirá a ti antes que a nadie. Eso ya está acordado.

Vera asintió. Luego me miró a mí.

—La señora Carmen —dijo—. La del pueblo. ¿Murió sabiendo que yo la había querido?

La pregunta tenía la textura de las preguntas que llevan mucho tiempo sin hacerse: directa, sin adornos, con toda la carga de lo que significaba bajo la superficie.

—Lo sabía —dije—. Llevo veinte años sin estar segura de muchas cosas sobre mi madre. De eso sí estoy segura.

Vera asintió una vez, lenta, con la misma calma con que absorbía todo.

Marcos se quedó. Tenía cosas que hablar con Vera, me dijo. Cosas que no podían esperar más tiempo. Entre ellos dos había algo que llevaba más tiempo construyéndose que las horas que habíamos estado en la trastienda. Marcos había estado aquí antes.

La había visto dos veces, me había dicho. La había estado protegiendo, a su manera, desde que encontró el cuaderno de su padre y decidió que la historia que ese cuaderno contenía no podía quedarse ahí, guardada en una caja de cartón en el piso de un hombre que ya no estaba.

Había pasado dos años construyendo el camino para que esto ocurriera.

Diego y yo caminamos de vuelta al coche en silencio.

El barrio seguía con su vida propia alrededor.

Una mujer que arrastraba una maleta, tres adolescentes en la esquina, el olor de un restaurante que abría sus puertas para la cena.

Todo completamente ajeno y presente al mismo tiempo, que es como existe siempre la ciudad.

**********

En el coche, antes de arrancar, Diego se quedó un momento con las manos sobre el volante mirando al frente.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.

—Quedarme —dije—. Al menos un tiempo.

—¿En el pueblo?

—La casa de mi madre es mía ahora. —Una pausa—. Y hay trabajo que hacer. El proceso judicial va a necesitar personas que puedan acompañar a las familias que salgan de esto.  —Otra pausa—. Hay cosas que se me da bien hacer. Y aquí hay cosas que necesitan que alguien las haga.

Diego no respondió de inmediato. Arrancó y salimos del barrio por la calle estrecha hacia la ronda.

—¿Y Madrid? —preguntó.

—Madrid puede esperar. —Miré por la ventanilla cómo el barrio de Lavapiés iba quedando atrás con sus calles estrechas y sus colores mezclados—.

El Caso Herrera no va a resolverse pronto.

La suspensión sigue en pie. Pero hay un expediente que necesita ser revisado y yo voy a revisarlo cuando pueda hacerlo con la cabeza en su sitio.

Eso puede hacerse desde el pueblo igual que desde Madrid.

—¿Vas a abrir consulta?

—Algo así. Empezar por estar disponible. Por ser la persona a la que las familias que salgan de este proceso puedan llamar cuando necesiten a alguien que no sea abogado ni fiscal ni periodista. Alguien que sepa leer lo que hay debajo de lo que se dice y de lo que no se dice.

—El pueblo va a necesitar eso —dijo Diego—. Lo que viene después de que algo así salga a la luz no es solo el proceso judicial. Es todo lo que el proceso judicial no puede hacer —el duelo, la rabia, las preguntas que no tienen respuesta jurídica. Eso necesita a alguien.

—Sí.

Diego condujo un rato en silencio.

—¿Eugenia? —dijo finalmente.

—Sigue en la calle del Molino con su cuaderno.

Marta va a publicar el artículo esta semana.

La alcaldesa tiene que gestionar lo que viene después de que se publique.

El médico ha pedido declarar voluntariamente, lo que significa que su declaración puede ampliar lo que ya sabe el fiscal.

—Hice una pausa—. Hay mucho que consolidar en los próximos meses.

Alguien tiene que estar ahí para hacerlo.

Diego asintió.

—Tengo que hablar con mi superior mañana —dijo—. La Comandancia va a mandar a alguien para supervisar el proceso desde dentro. —Una pausa—. Ibáñez sigue libre, pendiente de investigación. Lo que significa que seguirá intentando hacer daño desde donde pueda.

—Lo sé.

—¿No te asusta?

—Me asusta menos de lo que me asustaba hace dos semanas —dije—. Entonces no sabía lo que había. Ahora lo sé. Y lo que se sabe ya no puede usarse de la misma manera contra ti.

—¿Vera va a estar bien?

—Vera lleva veinte años construyendo su propia vida con los materiales que tenía.

—Miré el horizonte, la llanura de la meseta abriéndose ante nosotros con su extensión sin límites visibles—.

Lo hará mejor con más materiales. Pero la columna vertebral de la estructura ya la tiene. Esa la construyó ella sola.

Diego asintió en silencio. La carretera seguía extendiéndose delante de nosotros con su geometría recta e impasible.

Había algo en conducir de vuelta al pueblo, después de los últimos quince días y de las últimas cuatro horas en la trastienda de La Escucha, que tenía una cualidad diferente a todos los viajes anteriores.

No el peso de lo que iba a ocurrir sino el de lo que había ocurrido, que es un peso diferente, más denso, pero más estable, el peso de las cosas que ya no pueden echarse atrás.

—¿Qué apellido tendrá Vera? —preguntó Diego después de un rato.

Era una pregunta que yo no había pensado todavía. Vera no tenía apellido oficial o tenía uno que no era el suyo, el que le habían asignado cuando la pusieron en el sistema sin historia, sin padre conocido, sin nada que la conectara a lo que era de verdad.

Lo que tenía de verdad era el nombre que mi madre le había elegido, un nombre que era un homenaje y una deuda y una promesa, pero sin el apellido que lo ancla a una familia y a una historia que ahora existía y que antes no había sido visible.

—Eso lo decide ella —dije—. Cuando quiera y si quiere. Hay tiempo.

—¿Alday? —dijo Diego. Solo el apellido, como pregunta.

—Si quiere. —Miré la carretera—. No tenemos que decidirlo hoy.

Diego no dijo nada más sobre ese tema. Pero en su silencio había algo que era consideración, no acuerdo o desacuerdo, solo la actitud de quien entiende que hay cosas que maduran solas.

La autovía fue dejando paso a la carretera comarcal, luego a la pista entre colinas, y finalmente a la curva pronunciada detrás de la cual el pueblo aparecía con sus luces encendidas contra la noche clara de enero.

**********

Llegamos al pueblo de noche.

Las calles estaban vacías con la soledad de siempre, la que yo ya no leía como hostilidad sino como lo que era: el silencio de un lugar pequeño que se recoge al oscurecer.

El farol de la esquina de la calle del Pozo seguía en su sitio, con su luz amarilla sobre el adoquín mojado y el muro del cementerio al fondo y la maceta de los geranios muertos junto a la puerta de la casa de mi madre que todavía seguían allí, esperando, porque yo todavía no había podido hacer lo que había que hacer con ellos.

Aparqué frente a la casa de mi madre. Diego paró detrás de mí.

—Mañana seguimos —dijo.

—Mañana —confirmé.

Entré. Encendí las luces. La casa olía igual que siempre, aunque cada día un poco menos a ella y un poco más a mí, que era lo que tenía que ocurrir, aunque no resultara fácil.

Fui directamente al patio.

Los geranios muertos estaban en el mismo sitio de siempre. Los cogí con cuidado. Vacié la maceta de la tierra vieja, que estaba dura y polvorienta, sin vida. Fui al cobertizo del patio a buscar la tierra nueva que mi madre guardaba siempre en sacos.

Planté dos esquejes nuevos de geranio que compré en la ferretería al día siguiente.

El ferretero me los vendió sin preguntar nada, con esa cortesía de los pueblos donde la gente sabe cuándo no hay que hacer preguntas.

Los planté en la maceta del patio con la tierra nueva y los regué y me quedé un rato mirándolos antes de entrar.

Había algo en ese gesto —tierra nueva, plantas nuevas, maceta de siempre— que era lo más pequeño y concreto que yo podía hacer para decirle a la casa que me quedaba.

Que alguien iba a seguir dando vida a los geranios.

Mi madre lo había hecho durante cuarenta años como una pequeña resistencia, la última cosa que se soltaba porque era la que más fácilmente podía soltarse y no soltarla era la prueba de que todavía había algo que merecía ser sostenido.

Yo iba a hacerlo por otra razón. No como resistencia sino como presencia.

Como la señal más sencilla posible de que este lugar ya no estaba solo.

Los esquejes eran pequeños todavía. Tardarían en crecer. En la primavera, quizás, tendrían color.

**********

La llamada del fiscal llegó al día siguiente mientras yo estaba plantando los esquejes con las manos metidas en la tierra del patio.

El fiscal no me llamó directamente a mí. Llamó primero a Diego, que después me llamó a mí.

—Han identificado un expediente en los archivos del sótano —dijo Diego—. Una menor ingresada en el sistema en octubre de 2006. —Una pausa—. El expediente tiene nombre, Clara. Tienen nombre y tienen una descripción y tienen una última entrada con fecha de enero de 2008.

Me quedé con la mano en la tierra y el teléfono en la oreja.

—¿Qué dice la última entrada?

Diego tardó un momento.

—Dice —traslado definitivo. Destino. Dehesa del Pinar, parcela norte. —Una pausa más larga—. El equipo forense ha ampliado el perímetro de búsqueda esta mañana. Han marcado tres puntos nuevos. —Una pausa final—. Uno de esos puntos coincide con las coordenadas del expediente.

Cerré los ojos. Los abrí.

—¿Cuándo? —dije.

—Esta tarde, si quieres. Antes de que empiece a oscurecer.