22. DECÍRSELO A DIEGO
Marcos se quedó en la casa.
No se lo pedí exactamente, pero tampoco necesité pedírselo.
Cuando me levanté para coger el abrigo él no se movió de la silla, como si supiera que todavía no había terminado lo que había venido a hacer.
Irene le puso otro vaso de agua. Marta abrió la libreta.
Nadie habló mientras yo marcaba el número de Diego.
Cogió al segundo tono.
—Necesito que vengas —dije—. No es sobre el caso. Es sobre otra cosa. Trae tiempo.
Hubo una pausa.
—¿Estás bien?
—Sí. —Hice una pausa—. Tú también lo estarás. Pero necesito contarte algo en persona.
Llegó en doce minutos, lo que significaba que estaba cerca o que había conducido deprisa o las dos cosas. Cuando abrí la puerta y vio a Marcos Serrano sentado a la mesa de la cocina, su expresión cambió de una manera que no pude clasificar del todo.
No era sorpresa exactamente, sino el reconocimiento de quien lleva mucho tiempo con la misma pregunta sin respuesta y acaba de entender que la persona que tiene delante es parte de la respuesta.
Los dos se miraron durante un momento que tenía el peso de dos vidas que se habían estado acercando en paralelo sin haberse cruzado todavía —el hijo del guardia que había visto lo que había visto y había cargado con ello hasta el último momento, y el hombre que había pedido el destino en este pueblo para preguntar lo que ese guardia nunca había podido seguir preguntando.
—Sé quién eres —le dijo Diego a Marcos.
—Y yo sé quién eres tú —respondió Marcos.
—Siéntate —dije.
Diego se sentó en la silla que le indiqué. Marta e Irene salieron al salón sin que nadie se lo pidiera, con esa discreción de quien entiende que hay conversaciones que necesitan el mínimo de testigos posible. Marcos se quedó porque era parte de lo que había que decir.
—Diego —empecé—. Lo que voy a contarte tiene dos partes. La primera es sobre Sofía. La segunda es sobre una persona que existe y que está en Madrid y que tiene veinte años.
Diego me miró con los ojos verdes que tenían esa mañana algo que no había visto antes en ellos. La quietud de quien siente que se acerca algo que va a cambiar la forma en que entiende su propia vida y que ha decidido recibirlo sin moverse.
—Dime.
—La segunda parte implica a alguien que tú conociste.
Alguien que trabajó allí en el verano de 2004.
—Hice una pausa, y en esa pausa vi cómo Diego procesaba esa referencia, cómo la cronología le llegaba y cómo su expresión cambiaba de una manera casi imperceptible antes de que él la controlara—.
No te lo voy a contar mal. Te lo voy a contar todo, en orden, y necesito que lo escuches hasta el final antes de decir nada.
Diego asintió.
Le conté lo que Petra me había contado. Lo que el registro del hospital de enero de 2006 decía: una menor sin identificar, doce años, ingreso de urgencias, alta a los cuatro días, médico firmante el mismo médico que el fiscal tenía en su lista.
Lo que Marcos sabía del cuaderno de su padre.
Lo de la niña con los ojos de Sofía que había llegado a esta casa en 2011 y que se había ido de ella en algún momento posterior que yo todavía no conocía del todo.
Lo del nombre que mi madre le había dado.
Vera.
Le conté todo en el orden en que yo lo había ido sabiendo, porque ese orden tenía su propia lógica y saltarse partes habría dejado huecos que su cabeza habría rellenado con cosas peores que la verdad.
La verdad era bastante peor de lo que cualquier persona debería tener que recibir sobre alguien a quien había querido, pero al menos era la verdad.
Y había algo en la manera en que Diego la recibía.
Sentado en la misma silla de la misma cocina de los últimos doce días, con las manos quietas sobre la mesa y la expresión que tenía, esa quietud que no era distancia sino al contrario, la atención total de quien escucha con todo el cuerpo.
Eso me mostró que era la manera correcta de decírselo.
No porque lo hiciera más fácil. Porque lo hacía real.
Antes de llegar a la última parte me detuve un momento. No porque dudara de si decírselo. Porque lo que venía a continuación era lo que Diego iba a cargar el resto de su vida de una manera diferente a todo lo anterior, y merecía un segundo de pausa antes de que cambiara.
Diego lo notó. Me miró sin presionar.
—Hay algo más —dije.
—Dime.
Diego escuchó sin interrumpir. Las manos sobre la mesa, quietas, con esa quietud que yo había aprendido en estos días a distinguir de la frialdad —no era indiferencia sino contención, el esfuerzo de quien procesa sin moverse porque si se mueve, algo se rompe.
Cuando terminé la primera parte, el silencio duró lo suficiente para que el reloj de la cocina marcara los cuartos.
—¿Sofía estuvo viva después de septiembre de 2006? —preguntó.
—No lo sé con certeza. El registro hospitalario es de enero de 2006, ocho meses antes de la desaparición oficial. Lo que pasó después de septiembre está en los archivos del sótano, que el fiscal tiene ahora. —Hice una pausa—. Marcos tiene algo más.
Marcos abrió la mochila y sacó una carpeta de plástico. Dentro, unas hojas. Las puso sobre la mesa con cuidado, como si el papel fuera frágil, aunque no lo era.
—Cartas —dijo—. Las encontré con el cuaderno de mi padre.
Sofía las escribió entre 2004 y 2006. No sé cómo llegaron a manos de mi padre.
Puede que se las hiciera llegar a través de alguien de confianza, puede que las encontrara en algún traslado.
Lo que sé es que las guardó. Y que en ninguna de ellas hay una dirección de remitente porque Sofía no tenía dirección —tenía el número de una habitación y el nombre de un lugar que ya no existe con ese nombre.
Diego miró las cartas sin tocarlas.
—¿Cuántas hay?
—Seis. —Marcos hizo una pausa—. La última está dirigida a ti.
Diego tardó un momento en procesar eso. Luego extendió la mano despacio, con el cuidado de quien toca algo que lleva mucho tiempo esperando ser tocado, y cogió el sobre del final del montón.
Su nombre en el sobre, escrito con la letra de una chica de doce o trece años que había aprendido a escribir bien porque escribir bien era lo único que nadie podía quitarle.
Diego mantuvo el sobre en la mano cerrada sin abrirlo. Lo miró durante un momento largo.
—Necesito leerlas solo —dijo.
—Lo sé. —Me levanté—. Hay una segunda parte que tienes que saber antes de que lo hagas.
Le conté lo de Vera. Lo que Marcos sabía.
Lo de Madrid y la librería y los tres años viviendo en Lavapiés con el peso de una historia que no terminaba de cuadrar.
Lo del nombre. Que mi madre lo había elegido con intención, que en ese nombre había una deuda y un homenaje y quizás también una manera de pedir perdón a alguien que ya no podía responder.
Lo que Vera llevaba tiempo buscando sin saber exactamente qué.
Y luego, con cuidado y sin adornos, lo que Marcos me había dicho sobre Vera: que había nacido dentro, que la habían separado de Sofía a los pocos días, que el padre no estaba identificado y no lo estaría nunca.
Diego no dijo nada durante mucho tiempo después de que yo terminara.
Las manos sobre la mesa, quietas, con el sobre de Sofía entre los dedos.
No pestañeó de más. No se movió. Solo estuvo con eso durante el tiempo que necesitó para que pasara de ser una información a ser algo que formaba parte de él.
Cuando habló, lo hizo con la voz de quien ha llegado al final de un recorrido muy largo sin saber todavía en qué lugar se encuentra.
—Estuve allí —dijo—. En el verano de 2004, tres meses. Algo no encajaba y no supe nombrarlo. Me fui sin hacer lo que tendría que haber hecho.
No había respuesta para eso. Era la descripción de lo que hace la mayoría de las personas cuando se encuentran delante de algo que el sistema ha construido para que parezca invisible. No lo absolvía. Pero tampoco era lo mismo que participar.
—Quiero estar contigo cuando vayas a buscarla —dijo.
No lo había esperado. O quizás sí lo había esperado, en algún nivel más profundo del que la cabeza opera.
Diego había pedido el destino en este pueblo sabiendo que algo había ocurrido allí.
Había construido nueve años de investigación sobre una deuda que no podía articular del todo.
Ahora esa deuda tenía un nombre y una dirección y una joven de veinte años que llevaba tres años buscando los bordes de la misma historia. Claro que quería ir.
—De acuerdo —dije.
Marcos recogió la mochila. En la puerta se giró.
—Mi padre te recordaba —le dijo a Diego—. Decía que eras el único que preguntó lo correcto en el momento equivocado. —Una pausa—. Creo que ahora ya no es el momento equivocado.
Diego asintió sin decir nada. Y en su cara, en ese silencio, había algo que yo no había visto en todos los días anteriores.
No alivio todavía, no alegría, algo más parecido a la quietud específica de quien ha encontrado el lugar exacto donde depositar algo que llevaba tiempo sin saber dónde depositar.
Me quedé mirándolo un momento más. En doce días habíamos pasado de la sala del cuartelillo donde yo era persona de interés en el posible homicidio de mi madre a esta cocina donde éramos dos personas que habían encontrado el mismo punto desde recorridos distintos.
Eso no nos hacía aliados de la manera en que se es aliado cuando se elige serlo desde el principio.
Nos hacía algo más parecido a dos personas que han llegado al mismo lugar porque era el único lugar al que se podía llegar siguiendo lo que cada uno seguía.
Era menos romántico y más sólido que la elección.
Marcos salió.
Diego se quedó en la cocina con las cartas de Sofía en la mano y el sobre con su nombre encima de todo.
Antes de salir me giré una última vez. Estaba mirando el sobre con la misma expresión con que se miran las cosas que llevan mucho tiempo esperando y cuya espera termina con la fragilidad de todo lo que ha tenido que durar demasiado para llegar a donde tenía que llegar.
Salí al salón y cerré la puerta de la cocina sin hacer ruido, porque hay cosas que necesitan hacerse sin testigos. Y leer por primera vez una carta de alguien que apreciabas y que ya no está era, sin duda, una de ellas.
Irene me miró desde el sofá. Le gesticulé con la cabeza que era suficiente. Las dos nos quedamos en silencio esperando, a que del otro lado de la puerta terminara lo que tenía que terminar.
Estuvimos cuarenta minutos así. Irene con el portátil, pero sin mirarlo del todo.
Yo con el cuaderno de notas abierto en la última página, pero sin escribir nada.
A veces las esperas importantes no se pueden llenar con ninguna actividad, no porque el tiempo no exista sino porque llenarlo sería una manera de no estar presente en lo que ocurre al otro lado de la puerta.
Cuando Diego salió tenía los ojos secos y la expresión de alguien que ha llorado por dentro.
Me miró. Yo asentí. Los dos sabíamos lo que contenían esas cartas y los dos sabíamos que lo que Diego se llevaba consigo esa tarde iba a tardar meses en integrarse, que iba a cambiar la forma en que él entendía los últimos nueve años de su vida y el motivo real por el que había vuelto a este pueblo y lo que iba a encontrar en Madrid en breve. Todo eso iba en el sobre con su nombre.