9. LA MERCERÍA
La mercería del Puente llevaba más de cuarenta años en el mismo local, en la calle que bajaba desde el puente de piedra hacia el río.
Era el establecimiento que sobrevive en los pueblos pequeños no porque sea rentable sino porque la persona que lo lleva ha decidido que es su manera de estar en el mundo.
La propietaria, una mujer de unos setenta años a la que todos llamaban Paqui, nos saludó al entrar sin necesitar más explicación y desapareció a la trastienda dejando la puerta entornada y tres tazas de café sobre el mostrador, sin que nadie las hubiera pedido.
En esa economía de gestos había años de práctica.
Marta Vidal ya estaba allí, junto a la estufa de leña, con el portátil abierto y una libreta de tapas rojas cubierta de anotaciones en letra pequeña.
Era más joven de lo que yo había calculado desde el coche: treinta y ocho años quizás, cuarenta, con ese modo de llevar el cansancio que tienen las personas que trabajan durante mucho tiempo en algo que les importa demasiado.
El cansancio no las apaga, sino que las afila.
Sobre la mesa, junto al portátil, había un sobre con su nombre escrito a mano.
Lo vi durante un segundo ante de que ella lo cubriera con la libreta.
No con un movimiento brusco sino con la economía de quien protege sus materiales sin que se note.
La letra del sobre era pequeña y apretada.
La misma que la de los mensajes anónimos, aunque yo no podía estar segura desde esa distancia.
O quizás era precisamente eso lo que Marta quería que yo me preguntara.
Irene y yo nos sentamos. Paqui cerró la puerta de la trastienda al salir.
—Dos años —dijo Marta, sin preámbulo y sin mirar hacia la puerta cerrada, lo que indicaba que confiaba en Paqui de una manera que no era nueva.
—Llevo dos años en esto. Empecé con un artículo sobre los centros de menores en España durante los ochenta y noventa y terminé con algo que no me cabe en un artículo.
Giró el portátil hacia nosotras. En la pantalla, un documento lleno de recuadros conectados por flechas, nombres subrayados en distintos colores. Una estructura que desde la distancia parecía un organigrama pero que de cerca era algo más parecido a una genealogía del silencio.
—El Reformatorio de la Sagrada Familia no era un caso aislado.
Era uno de siete centros similares distribuidos en diferentes provincias, todos vinculados a la misma fundación, todos con financiación mixta público-privada, todos cerrados entre 1998 y 2006.
—Señaló los recuadros uno por uno. —La fundación tenía sede en Madrid y estaba presidida por un hombre que murió en 2019, a los ochenta y un años, con todas las condecoraciones y sin un solo proceso judicial abierto en vida. El comandante Marcos Ibáñez es su hijo.
Hizo una pausa y esperó a que el dato aterrizara.
—¿Cuántas desapariciones en total? —pregunté.
—En los siete centros, entre 1975 y 2006, tengo documentadas treinta y ocho.
—Marta lo dijo sin inflexión especial, como se dicen los números cuando uno lleva suficiente tiempo con ellos y ha aprendido que la única manera de no romperse es tratarlos como datos mientras se trabaja con ellos y romper después, en privado.
—Treinta y ocho que he podido documentar. No sé cuántas hay que no he podido.
—Heredó la estructura de protección —dije.
—Eso creo. No sé si el resto todavía opera activamente o si lo que queda son solo los hilos del silencio —las personas que saben y que mientras vivan van a necesitar que nadie hable.
Llevo dos años intentando distinguir entre las dos cosas.
Lo más que puedo decir con certeza es que la estructura de protección sigue activa: expedientes que se frenan, testigos que retiran declaraciones, periodistas que reciben avisos.
—Una pausa. —Yo recibí un aviso hace un año.
Me lo tomé en serio, ralenticé el trabajo y busqué una vía con más respaldo. Encontré a tu madre.
—¿O ella te encontró a ti?
—Sí. —Marta hizo una pausa. —Aunque en este asunto no estoy segura de que esa distinción importe tanto como parece. Alguien lo facilitó. El mismo alguien que nos manda los mensajes.
—Lo que significa que nos ha estado construyendo —dijo Irene.
—Construyendo la situación, sí. Conectando las piezas. Llevando a cada una hasta el punto en que las otras estuvieran en posición. —Marta cerró la libreta. —Lo que no sé es por qué ahora. ¿Qué ocurrió hace cuatro meses que activó todo esto?
—Los huesos —dije. —Los restos en el pinar. Alguien los encontró antes de que los encontrara la Guardia Civil. Y si alguien sabe dónde están esos dos cuerpos, probablemente sabe cuántos más hay.
El silencio que siguió a eso tenía un peso propio.
—Lo que significa —dijo finalmente Marta en voz baja— que quien orquesta todo esto quiere que los huesos se identifiquen. Quiere que el caso se abra. Quiere que salga. Y necesita que lo hagamos nosotras porque él o ella no puede hacerlo directamente sin destruirse.
Saqué la fotocopia del sobre y la puse sobre la mesa. Marta la leyó dos veces con la velocidad de lectura de los periodistas veteranos —rápida en los datos, lenta en lo que implican.
—¿De dónde ha salido?
—Deslizado bajo la puerta durante el entierro. —Hice una pausa. —No es la primera vez que alguien nos deja información así.
—A mí también me llegan. Empezaron hace un mes.
He intentado rastrear los números —SIMs prepago compradas en Madrid, señal rebotando entre antenas distintas.
Sin acceso a registros de operadores es imposible localizarlos de manera convencional.
—Marta tamborileó una vez sobre la libreta.
—Quien escribe conoce el interior de la estructura.
No desde fuera, no por investigación, sino desde dentro.
Y quiere que esto salga a la luz pero tiene razones de peso para no hacerlo directamente.
Necesita que seamos nosotras quienes demos los pasos visibles mientras permanece en la sombra.
—¿Por qué nosotras? —preguntó Irene.
—Por tu madre —dijo Marta, mirándome a mí.
Lo dijo con la calma de quien sabe que está entregando una pieza que va a reordenar todo lo que hay antes y después de ella. Irene me miró. Yo miré a Marta.
—Mi madre llevaba meses hablando contigo. Y también dejó un USB para mí, con diecisiete grabaciones. Y también buscaba a Irene. —Hice una pausa. —¿Hay algo más que no me hayas dicho todavía sobre lo que te contó?
Marta no respondió de inmediato. Recogió la libreta de tapas rojas y la sujetó entre las manos durante un momento, con ese gesto de quien todavía está decidiendo si la información que tiene pesa más en un sentido o en el otro.
—Sí —dijo finalmente. —Pero no es algo que pueda decirte aquí. —Levantó los ojos. —Hay un lugar al que necesito llevarte. No hoy. Mañana, si puedes salir del pueblo sin que nadie lo registre.
—¿Por qué sin que nadie lo registre?
—Porque lo que te voy a enseñar no existe en ningún registro, y la única manera de que siga sin existir es que no haya rastro del camino que lleva hasta ello.
Lo dije. Miré a Irene. Irene asintió una vez, con la economía de los gestos de quien ha aprendido que la prudencia y la prisa son la misma cosa disfrazada de maneras distintas.
—Tu madre me llamó hace exactamente cuatro meses —continuó.
—Me encontró a través de un artículo sobre los centros de reforma.
Me llamó desde un teléfono fijo, no desde su móvil.
Me dijo que tenía información sobre este reformatorio y que quería hablar.
Hablamos tres veces en esos cuatro meses.
La última vez, hace seis semanas, me dijo que ya casi estaba lista.
Que en cuanto te lo contara a ti no le importaría lo que pasara después.
En cuanto te lo contara a ti no le importaría lo que pasara después. Lo había dicho en serio. Y alguien lo había sabido y había actuado antes de que pudiera hacerlo.
—Tengo algo más que enseñaros —dijo Marta.
Abrió el portátil y buscó con la certeza de quien sabe dónde está cada cosa. La fotografía llenó la pantalla.
Imagen a distancia, con la pérdida de definición del teleobjetivo, pero con suficiente resolución para lo que necesitaba mostrar. El aparcamiento exterior de La Dehesa, la verja de hierro al fondo. Dos hombres de pie junto al Audi negro.
Uno era el Comandante Ibáñez. Alto, unos cincuenta y cinco años, el porte de quien sabe que el peso de la institución le cubre las espaldas.
El otro hombre era más bajo. El abrigo que yo había visto colgado en el perchero del cuartelillo, el pelo canoso que el viento movía ligeramente, la postura de quien lleva tantos años con uniforme que la mantiene aunque no lo vista.
Era Diego.
Me quedé mirando la fotografía sin decir nada. Irene tampoco dijo nada. Marta esperó.
—¿Cuándo la tomaste? —dije finalmente.
—Hace doce días. Dos días antes de que tú llegaras al pueblo.
Doce días atrás. Diego se había reunido con Ibáñez en el aparcamiento de La Dehesa dos días antes de que yo llegara al funeral de mi madre y Diego me citara en el cuartelillo como persona de interés.
Las posibilidades eran varias y todas eran incómodas.
Podía ser que Diego estuviera infiltrado, que se hubiera reunido con Ibáñez para mantener la cobertura de una investigación que llevaba años haciendo.
Podía ser que hubiera usado esa reunión para informar de que yo llegaría.
Podía ser que las dos cosas fueran ciertas al mismo tiempo.
Podía ser que ninguna lo fuera. Los mejores infiltrados y traidores se comportan de manera casi idéntica desde el exterior: los dos crean confianza con ambas partes, los dos retienen información, los dos toman decisiones que solo tienen sentido si se conoce la motivación real que ninguno de los dos revela.
La diferencia no está en la conducta sino en el objetivo final.
Y ese objetivo Diego no me lo había dicho todavía.
Confianza selectiva, me había dicho a mí misma en el cuartelillo. Seguía siendo lo más razonable que tenía.
—¿Qué vas a hacer con la foto? —preguntó Irene.
—Por ahora, nada. —Miré a Marta. —¿La tiene alguien más?
—Está en un servidor fuera de España. Por si acaso. —Marta cerró el portátil. —No es la única foto que tengo de ellos juntos. La de hoy es la más reciente. Hay tres más de los últimos dos años, siempre cerca de La Dehesa, siempre en horario que no está en ningún registro oficial.
Tres reuniones documentadas. El tipo de patrón que no se explica por casualidad.
La estufa de leña crepitaba con su calor parejo.
Afuera, por la ventana que daba a la calle del puente, un coche que yo no había visto aparcar se puso en marcha y se alejó despacio en dirección a La Dehesa.
Nadie entre las mujeres de la mercería se había movido lo suficiente para haberlo puesto en marcha. Pero alguien sí.
Pero alguien sabía que las tres estábamos aquí.