7.
Cualquiera pensaría menos de un príncipe, que son arrogantes, engreídos o prepotentes, y vaya que Hans conoció a la mayoría de ellos hace unos cuantos años, pero ser así no estaba en su naturaleza.
Le gustaba ayudar a la gente, preocuparse por ella y sus problemas, ser humano, en pocas palabras.
Y trataba de demostrarlo cada día, aunque fueran en actos pequeños.
Cómo ayudar a su madre cuando el Orfanato Pflege necesitaba una mano.
Alese, se encargaba de toda la administración, y de vez en cuando, atender problemas importantes. Ese día, habían llegado suplementos de comida y artículos de aseo. Hans siempre estaba dispuesto a llevar los paquetes hasta sus respectivas alacenas.
En el ala oeste del orfanato, se encontraban la cocina, el gran comedor y las alacenas donde guardaban los artículos de limpieza y los alimentos. Había una salida por el frente de esa sección y tenía que cruzar el pasillo cada vez que entregaba un paquete.
Después de varias vueltas, vio a Ewald merodeando y sus miradas se cruzaron. Más se sorprendió cuando empezó a caminar hacia él. Normalmente, la gente te saludaría con una sonrisa, pero Ewald siempre parecía enfadado o aborrecido.
—¿Dónde está tu madre? —preguntó sereno. Hans se quedó pensando en por qué preguntaba por ella. —¿La duquesa Alese ?
—Oh, perdón. Ella está fuera, ¿por qué la buscas?
—Tenemos que hablar con ella.
—¿Tenemos? —se preguntó a sí mismo.
—Amalie. Es… importante.
No tenía ni idea de qué quería decir o qué podría necesitar Amalie, pero podría ayudarlos. —Iré por ella. Pueden esperar en su oficina.
—Gracias —Ewald se volteó rápidamente y se marchó.
Hans quiso hablar con él, sobre el incidente del baño, pero no creía que le fuera a sacar mucha conversación y lo dejó marcharse.
Su madre estaba hablando con uno de los transportistas, junto a unas enormes y masivas carretas de carga, hechas de metales y madera gruesa. Esperó un momento a que terminara de hablar y se dirigió a ella.
—Madre. Evald y Amalie te esperan en tu oficina, dicen que es importante.
Alese frunció el ceño tratando de imaginarse lo que sucedía. —¿Evald? —Hans asintió y Alese suspiró con cansancio. —Bien, me hace falta un descanso. Diles que voy en seguida, cariño.
Hans sonrió y fue directamente a su oficina. Al llegar, Ewald estaba posado en el marco de la puerta y Amalie sentada esperando dentro.
—¿Está todo bien?
Amalie levantó la vista hacia él. —Estoy bien, gracias —una pequeña sonrisa tímida cruzó sus labios.
Ella parecía estar tranquila, pero su respuesta no le convenció del todo. Ewald le prestaba toda su atención como un halcón.
Alese llegó a la oficina y todos entraron. —Cierra la puerta, Hans —él obedeció y se quedó adentro. —Antes que nada, buenos días, chicos. Ahora —ella se acomodó en su silla —cuéntenme, ¿qué sucede?
Amalie y Ewald se miraron mutuamente. Él no parecía complacido con la idea. —Eh… estábamos en el bosque y…
—Alguien nos atacó. Evald dijo que ya había visto antes a ese hombre en el Castillo Feuer —Amalie fue directo al grano.
Alese volvió la cabeza hacia Ewald con cautela. —¿De verdad?
—¿No necesitas, perdón, necesitan que los vea algún sanador? —preguntó Hans preocupado.
—No, estoy bien, además… yo puedo sanarme sola —dijo amablemente mientras sonreía.
Lo había olvidado, el poder de Amalie. —Y… ¿quién era ese hombre?
Ewald lo observó. —Creo que era un sirviente —dijo dudoso.
—Podemos hablar con mi abuelo.
—Podríamos revisar a todo el personal y ver si reconocen al hombre que los atacó —sugirió su madre. A veces olvidaba lo impulsivas que podían ser sus respuestas.
—No es necesario, no creo que al rey le importe nuestros problemas… honestamente —Ewald trató de no sonar grosero, pero falló gravemente al dirigir su mirada a través de Al ese.
—Pero Ewald… él trató de secuestrarte —Amalie se giró hacia él, tomándole el brazo. —¡Casi me mata!
Alese abrió los ojos, sorprendida. —¿Secuestro? ¿Muerte? —Amalie respondió asintiendo. —No me gustaría creer que es verdad, pero no podemos permitir que corran peligro estando cerca del orfanato —dijo firmemente, con esa voz majestuosa que utilizaba cuando tenía que dar órdenes.
Su madre era demasiado paciente con la gente. Siempre se preguntaba si su padre hablaba con esa tranquilidad o era tan explosivo como su abuelo. —¿Por qué alguien trataría de secuestrarte?
Amalie volvió la vista hacia Ewald, como si él fuera el único que supiera las respuestas. Sus cejas se fruncieron como de costumbre. —Creo que no quiere que descubramos su secreto.
—¿Y cuál es? —Hans preguntó confundido.
—No lo sé —contestó Ewald con desconcierto.
Alese observó al grupo con atención, giró su muñeca para mirar la correa.
La hora apareció en las manecillas doradas de su fino reloj, pero no alcanzó a distinguir la posición de los números y alzó su mirada hacia ellos.
—Seguiremos esta conversación en otro momento.
Tienen que darse prisa, si no quieren llegar tarde a sus clases. Y no vayan solos.
Ewald fue el primero en retirarse, sin ninguna clase de despedida o reverencia. Amalie lo vio irse y luego se volvió hacia Alese, asintiendo con una sonrisa apenada.
—Hans —dijo justo antes de irse. —Mantén tus ojos abiertos, sobre todo en ellos —dijo, apuntando al lado de la puerta donde se paraba.
—Claro, madre. Les echaré un ojo —él asintió y salió de la oficina.
Los pasillos del orfanato se formaban con largos arcos abovedados que se unían con molduras toscas.
Había sido inaugurado quince años atrás.
Ahí vivían todos los que habían quedado huérfanos después de la guerra contra la rebelión que su abuelo había levantado de la nada.
Todo para desterrar a la familia Valtre y sus prácticas sádicas contra los habitantes del reino.
Aunque pensaba que ese era un mito que habían inventado desde los primeros años de Valtremix para asustar al pueblo.
Cuando los niños quedaron despojados de sus casas y sus nombres. Alese le propuso crear el orfanato Pflege para darles un hogar y esperanza. En vez de deambular por las calles, o aún peor, morir de hambre o por alguna enfermedad.
Muchos de los chicos que conocía, eran hijos de soldados que murieron. Amalie era uno de ellos, o al menos eso creía, porque como ella, varios llegaron al terminar la guerra, y muchos ni siquiera recordaban a su familia.
Sin embargo, se preguntaba por la razón de la llegada de Ewald, seis años después. Unos soldados llevaron al pequeño Ewald a la puerta del orfanato. Estaba demasiado asustado, no recordaba nada, ni quién era o algún recuerdo de su vida o su familia.
Recordaba mucho de ese día por su gran peculiaridad.
Nunca se habían topado con un caso así y no podía imaginarse lo difícil que ha sido la vida de Ewald.
Sin conocer a sus padres, o tener la más mínima idea de sus poderes descontrolados.
Su vida era todo un misterio que ni su madre o su abuelo se habían encargado de resolver. Como el resto de los huérfanos.
Tal vez Ewald tenía razón. No creo que al rey le importe nuestros problemas . Y así era, su abuelo nunca había mostrado alguna simpatía por el chico que le servía día y noche en su castillo dorado.
Hans trató de alcanzar a Ewald. No estaba seguro de si debía decir algo o dejarlo en paz, pero tendría que ganarse su confianza si quería mantenerlo a salvo, o al menos, tratar de que estuviera tranquilo y no perdiera el control nuevamente de sus poderes misteriosos.
—¡Evald! —le llamó alzando su voz desde las puertas del orfanato. Ewald se giró extrañado con su típica expresión molesta.
Demonios, aquí vamos.