4.
Un día más, un día menos en este mísero lugar.
Había sido llamado a la oficina del rey, y como uno de sus sirvientes personales, tenía que atenderlo con la máxima delicadeza.
Vestía con el uniforme habitual, una camiseta de botones de color hueso arremangada y un mantel que se abrochaba en la cintura para guardar cosas. Y para combinar, unos pantalones y zapatos negros de charol.
Las pocas personas que tenían acceso a su oficina tenían que estar perfectamente presentables, tanto que peinaba su cabello hacia atrás. En realidad no le gustaba arreglarse, aunque admitía que se veía bien. Prefería dejar su pelo rizado al aire.
No era común que el rey trabajara de noche, pero al parecer, recibió una visita no programada y tenía que apresurar el paso.
—Hay múltiples entradas a su guarida —oyó la voz del hombre invitado.
Ewald tocó la puerta y esperó la llamada. —Pasé —voceo ronco el rey.
Cuando abrió la puerta, quiso hacer una mueca.
Josef Dinter, el padre de Adlar . Sentado en una de las sillas frente al escritorio.
Era un hombre de unos cincuenta años. Por la hora, vestía con ropa elegante y un saco del clásico estilo gótico de Valtremix.
No lo conocía mucho, pero era un hombre respetable y recto, no como el cretino de Adlar.
Si tan solo pudiera decirle lo imbécil que era su hijo.
Ewald entró rápidamente en silencio y el rey lo observó con desdén durante un segundo. Él lucía su típica túnica de color carmesí, y camisa marrón. Aún podía ver destellos castaños en su cabello y en su enorme barba, pero sus arrugas delataban lo viejo que era.
—Hemos excavado algunas entradas, pero tienen un conjuro secreto que los transporta a otra parte. Del otro lado de la puerta no hay nada —contestó el padre de Adlar.
La conversación entre ellos fluía mientras que Ewald caminaba como fantasma hacia la alacena del vino.
—Tú fuiste comandante de su ejército por un tiempo, ¿jamás llegaste a ver los túneles?
Se acercó con la jarra y el rey simplemente alzó su copa sin mirarlo. La llenó con delicadeza y luego se dirigió al señor Dinter sacando una copa limpia dentro de su mantel y la sirvió con habilidad.
—Me temo que no, majestad —Dinter miró los ojos de Ewald por un segundo. —Gracias.
Él hizo una reverencia dócil y caminó unos pasos hacia atrás, sintiendo la mirada amarga del rey en todo momento.
Volvió a poner la jarra en su lugar. Siempre se reservaba de ver las mentes del rey o sus invitados, pero lo había hecho en el pasado y juró no volver a hacerlo.
Por fuera, el rey parecía una persona justa y buena, pero su mente revelaba el verdadero monstruo que forjó el reino. Lleno de despreció y pretensión.
Ewald empezó a lustrar las copas alineadas y mantuvo sus pensamientos dentro de su cabeza. No quería prestar atención alguna a esa conversación.
—¿Su padre no los conoció? —preguntó el rey.
—Si usted, majestad, no sabe de ellos, temo que él tampoco. Los túneles fueron encantados para ser impenetrables, a menos que encuentre a alguien que conozca el secreto para entrar.
—Si hay algo que debo admitir, es que sus seguidores son sumamente leales a los Valtre. Incluso cuando se arrastran por bocados de comida —el rey prolongó su voz ronca.
—Si es que aún vive alguno de ellos.
Bien, no están seguros .
¿Acaso Ewald lo pensó? ¿O se había descuidado por un momento? Siguió paseando por la habitación limpiando los objetos de las mesitas que normalmente se usaban.
—Sí, majestad, pero en estos tiempos los robos se han intensificado. Ya hemos atrapado a varios de los seguidores. Eso solo significa una cosa: hambruna. Están desesperados y harían lo que fuera por un trozo de pan.
Sintió la fría brisa del pasillo, la puerta se había abierto levemente.
—Entonces debemos interrogarlos y ver quién cae en la trampa. Les ofreceremos algo que difícilmente rechazarán.
¿Me escuchas?
Volvió a oír la misma voz, pero con más fuerza, abrió la puerta del cuarto y vio a un sirviente que se alejaba de las puertas. No hay guardias . Ewald habló sin titubear. —¿Se te ofrece algo? —sonó más a reclamo que a pregunta .
—No, yo solo venía a… traerte más toallas —el joven sirviente le extendió unas toallas del carrito que había dejado Ewald, pero su vista se distrajo con sus manos llenas de cortadas y las rechazó.
—¿Quién es? —se elevó la voz del rey desde el otro lado.
El sirviente observó a Ewald, nervioso, pero sin retirar sus ojos saltones de él.
Espera, me han descubierto . Escuchó la voz del chico moreno en su cabeza una vez más.
Ten cuidado . Otra voz apareció, esta vez femenina.
Pero no había nadie cerca. ¿Por qué podía escuchar estas voces? ¿O eran ilusiones que a su cerebro le gustaba jugarle? Todo pasó tan rápido y tenía que responder a la llamada del rey.
—Nadie, un sirviente —cerró la puerta con cuidado e ignoró al chico.
Algo andaba mal. No habría dicho nada sobre el chico o la ausencia de los guardias.
Tal vez estaban haciendo el cambio de turno .
Pensó, pero... La voz de esa mujer . Eso sí que era extraño.
Después de un rato, captó que el sirviente estaba escuchando la conversación entre el rey y el comandante Dinter a sus espaldas.
Y Ewald, sin saber por qué, se mantuvo callado.