Capítulo 28
Una paz necesaria.
Esa noche vino mi madre a verme en sueños.
Quería saber cómo había ido, aunque ya la habían informado y había estado observando, de eso estaba convencida.
Le estuve contando un poco la pelea, y le dirigí una duda que tenía sobre cuándo debería marchar la tía de Almu con Cernunnos, quien no me había parecido tan malo como esperaba al reclamar ese pago por su colaboración.
Me dijo que al día siguiente me despidiera de ella, pues seguramente no tardaría en partir con él.
Cuando desperté me sentía más cansada que cuando me metí en la cama, pero hice un esfuerzo por despejarme y caminar hasta casa de mi abuela, pues había acogido a los dioses y aún estaban allí.
Entré con cuidado para no despertar a nadie que pudiera seguir dormido, pero ya estaban todos en movimiento. Elena vino corriendo a abrazarme.
—¡Hiedra! ¿Cómo estás? Yo no podía dormir y he venido bastante pronto, no quería que se fuera Luján sin despedirme de ella.— Se la notaba nerviosa.
—Sí, yo tampoco. Y bueno, también aunque ayer ya le agradecimos a los dioses su implicación y eso, pero me gustaría verlos partir.— Me agarró de la mano y me llevó al jardín, donde estaban todos reunidos.
En un lateral vi a mi madre, que había salido de casa sin que yo me enterara, a mi abuela, y a la madre de Elena, hablando con alguna bruja de su aquelarre.
Detrás de ellas Artemisa estaba dando consejos a Erick sobre armas y lucha, Cernunnos esperaba en el centro del círculo improvisado y en un aparte Luján tenía a Almudena y Manuela a su lado, se las veía emocionadas, tanto que me parecía que les iba a importunar si me acercaba.
Pero Luján nos vio llegar y nos hizo señas para que nos acercáramos.
—Chicas, muchas gracias por todo.— Nos abrazó a las cuatro feliz.— En serio, si a principios de verano no hubierais aparecido para pedirme ayuda, no hubiera recordado todo lo que me estaba perdiendo. La magia es maravillosa si la utilizas con sabiduría, no dejéis de hacerlo nunca, por favor.
—Hablas como si no fuéramos a volver a verte.— Me puso nerviosa la sensación de que era una despedida definitiva y no una que implicaba un año de su ausencia.
—No lo sé, Hiedra. Él dijo un año, pero ese mundo debe de ser extraño, puede que me guste y me quede, por cambiar de aires, ya sabéis.
— Se encogió de hombros y sonrió.— No os preocupéis por mí, en serio.
Puede que en un año si me tengáis aquí de verdad, quién sabe.
Venga, alegrad esas caras y prometedme que no vais a meteros en líos mientras yo no esté.
Nos echamos a reír porque era algo que no podíamos hacer, nunca sabes con qué monstruos te puedes cruzar en el camino.
Vi cómo se acercaba al centro, se despedía con la mano de mi abuela y las demás, se colocaba al lado del dios para decirle que ya estaba lista, se despedía de nosotras de nuevo y comenzaron a desaparecer poco a poco, haciéndose cada vez más transparentes en una especie de halo que les envolvía.
Cuando ya se hubieron ido, abracé a Almu y Elena hizo lo propio con Manuela.
Erick se acercó a nosotras, las dio un achuchón a cada una y se colocó a mi lado para ver marchar a Artemisa, quién se colocó en el centro y se desvaneció de la misma manera que los dos anteriores.
—Bueno, creo que podemos celebrar que ha vuelto la tranquilidad.
— Mi abuela se dirigió adentro de la casa, y cuando volvió a salir vi que traía varias bandejas con copas para brindar.
— Por nuestra compañera caída, por la que ha demostrado valor para dar un año de su vida para obtener la ayuda de un dios, por la que aun lleva dentro el poder de otra, por nosotras.
Que a partir de ahora vivamos en paz y comunión con la magia que llevamos dentro.
¡Por nuestros aquelarres unidos!— Levantó la copa y todas las demás la seguimos.
Ese mismo día, mi madre fue reclamada por Mielikki para recuperar sus poderes. Mi abuela y yo estuvimos pendientes de su cuerpo mientras estaba fuera. No pasó demasiado tiempo antes de que regresara, pero para entonces ya era media tarde y nos dedicamos a preparar la cena, sin prisas, sin miedos.
Disfrutamos mucho de esa cena familiar, porque todas las personas que me rodeaban eran mi familia, de sangre y elegida, y estaba muy agradecida de que estuvieran a mi lado.
Unos días después habíamos preparado todo para empezar cada una el curso universitario donde le tocaba.
No nos separaríamos, pues al final todas cursaríamos carreras en la misma ciudad solo que en edificios diferentes.
El único que tenía que marchar era Erick y eso a mí me entristecía un poco por no poder verle hasta dentro de un par de meses, pero seguro que estaríamos bien.
Todo se iba colocando, volvíamos a la normalidad, solo que ahora teníamos a nuestras madres y alguna más, pendientes de nosotras.
Habían establecido el cuartel general permanente en casa de mi abuela y cuando no teníamos clases ni algo importante que hacer, nos dirigíamos allí para seguir aprendiendo.
De vez en cuando solía visitar a mi madre Adríades en su plano, me invitaba a un té y nos dábamos un paseo por su reino, que algún día sería mío, mientras me enseñaba los recovecos de su mundo y cómo manejarlo. Tenía muchísimo que aprender pues no sabía nada apenas.
Nunca hubiera esperado que mi vida fuera así de extraña, pero desde luego que no la cambiaría por una normal.
FIN