Herederas de la magia: La obsesión de la bruja Capítulo 1
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Herederas de la magia: La obsesión de la bruja

Herederas de la magia: La obsesión de la bruja

Por Ester Vara

© inepub.com

Capítulo 1

Pequeñas disputas nunca acaban bien.

Cuando el lunes entré en clase no había hablado con ninguna de las chicas. Justo detrás de mi llegó Valeria y dejó caer a plomo unos libros encima de mi pupitre. Retiré las manos justo a tiempo y alcé la vista para mirarla.

—¿Querías algo? — Le dije con toda la pereza del mundo como si no me hubiera importado su gesto. Nada mejor que la indiferencia en casos así.

—Simplemente recoger mis ejercicios. Espero que estén para impresionar a la profesora.

—Perdona, pero no sé de qué ejercicios me estás hablando. Yo tengo los míos, no los tuyos.— Ojalá la pusieran el cero que se merecía.

—En ese caso me llevo los tuyos. Apáñatelas.— Hizo un intento de coger los libros que había dejado en mi mesa y a la vez las hojas que tenía yo debajo. Le agarré la mano con fuerza.

—Estoy harta de tus extorsiones y tus abusos. Si no quieres trabajar por conseguir pasar de curso allá tú, pero tengo claro que no te voy a regalar mi esfuerzo. Eso se acabó.

—No sabes lo que estás haciendo. Suéltame la muñeca y dame tus hojas.— Su mirada estaba envenenada, pero no me daba miedo.

—Déjame en paz. Yo que tú me sentaría, pues la gente nos está empezando a mirar.— Hice un gesto con los ojos invitándola a mirar a su alrededor. Yo estaba nerviosa, pero intenté mantener la calma para no caer de nuevo en sus garras.

Mientras hablamos la clase se había ido llenando de alumnos que cada vez estaban más callados observando lo que ocurría entre nosotras.

Valeria, al darse cuenta, se incorporó muy digna, sacudió su melena, me dirigió una sonrisa llena de falsedad y se sentó en su mesa.

Cuando al medio minuto entró la profesora, todo parecía calmado.

Yo seguía muy nerviosa por dentro. Siempre que miraba en su dirección agachaba la vista, hasta ese día, cuando dije no.

Si notaba que me rebajaba de nuevo a ella, no me dejaría nunca de socavar.

Tuve que hacer gala de mi autocontrol y de toda mi fuerza de voluntad, pues aunque tengas carácter, en esos momentos es complicado sacarlo.

Y más cuando no lo sueles hacer de normal y sigues dejándote llevar.

Al final del día, Valeria volvió a intentarlo, pero de nuevo no se lo permití.

Creo que después de varias veces Valeria desistió, pero si no podía dominarme estaba claro que me dejaría sola y apartada.

Ella creía que así me haría sufrir, que sería la venganza perfecta.

No la pensaba quitar la idea, pues a mí la soledad no me importaba demasiado.

Ese mes las que la acompañaban a todas partes como perritos falderos sufrieron parte de los abusos que hasta entonces había destinado hacia mí.

Yo las observaba desde lejos sentada en la otra parte del patio y veía como las trataba.

Para una persona que no sepa lo que es estar en ese papel, seguramente veía un grupo de chicas normales, algunas riéndose y otras más serias.

Pero, para alguien que lo sabe, ve como una abusona dirige las vidas de otras que no tienen desarrollado el carácter aún para pararla los pies.

No es tan fácil salir de ese círculo, aunque te lo he contado así, realmente llevaba dos años intentando reunir el valor para despegarme de ella.

Tras haberme alejado de Valeria, me sentía más segura de mí misma y no siempre estaba sola, habían empezado a acercarse a mi personas que antes no venían y creo que en parte era por ella.

Ya solo quedaban unos meses para acabar el curso y con ello, salir del instituto para irnos a universidades diferentes, ya que por lo que había oído, ella no iba donde me habían cogido a mí, menos mal, así no tenía que verla la cara.

Estos últimos días me reía mucho con esos amigos nuevos con los que también salíamos los fines de semana. A ella la sentía observarme de vez en cuando, pero nunca se atrevió a hacer nada más.

La semana anterior se me había acercado Elena, una de las que eran mis amigas, esas que ya no habían vuelto a dirigirme la palabra desde el incidente, vamos a llamarlo así.

—Hola, Hiedra, ¿qué tal? Oye, me gustaría no perder la amistad contigo.

Te echo de menos, todo este tiempo Valeria nos ha amenazado con llegar hasta a pegarnos si te hablábamos, con desatar algún bulo si nos acercábamos a ti, y nos tenía bastante acojonadas.

Nunca la había visto tan cabreada. Es como si fuera otra persona.

Seguramente tú desde lejos no lo notas tanto, pero se ha vuelto horrible estar a su lado.

Reconozco que antes era mala, con todas, pero sobre todo contigo.

Todas pensábamos que mientras lo pagara contigo las demás nos íbamos salvando y nos tocaba solo de vez en cuando.

Te pido perdón por eso. Pero ahora está descontrolada.

—Yo no puedo ayudarte con ella, tienes que ser tú la que le plantes cara.— Podía ser duro. Nadia mejor que yo lo sabía, pues lo había vivido y ahora era el turno de ellas.

—Lo sé. De todas maneras espero no volver a verla dentro de dos semanas. Que se largue donde quiera y no vuelva a aparecer en mi vida.

—Si quieres seguir con ella estos días tú misma, yo no te digo nada.

Tendrías que ser más valiente, pero yo estuve dos años ahí y te entiendo, con lo cual, si prefieres esperar adelante.

Me tienes para lo que necesites. Si quieres venirte con nosotras cuando acabes no tengo problema, preguntaré a las demás, pero tampoco creo que les importe.

—Gracias, Hiedra. De verdad que siento mucho todo este tema.

Siguieron pasando los días y el curso acabó.

Tuvimos la graduación con su consecuente fiesta, esta vez en un descampado con hoguera y todo, a la que fui con varias de las chicas con las que estaba al final del curso y al llegar, vi como Elena se apartaba del grupo donde estaba con Valeria y se acercaba a nosotras.

La cara de Val fue como si se hubiera tragado un bicho asqueroso mezclado con el mayor de los cabreos, algo así, no creo que podáis imaginarlo del todo.

—Elena, me alegro de verte.— Le di un pequeño abrazo.

—Y yo a ti, espero que esta noche ya nos despeguemos de esa bruja.

—Mujer, las brujas no son tan malas como ella, eso seguro.— Me reí, pero es que era verdad que esa chica era el mal personificado.—Anda, vamos a divertirnos un poco, que nos lo merecemos.

La llevé a por algo de beber y nos acercamos a la hoguera donde estaba el centro de la fiesta en si y se escuchaba mejor la música que habían llevado.

Hablamos con unos chavales que debían de estar ya en la universidad y nos reímos mucho con ellos.

Hubo un momento raro donde Almudena, que fue la única que pudo unirse a nosotras ese día, me tiró del brazo para apartarme un poco del centro y me habló muy seria.

—Tengo un pálpito extraño con Elena. No sé qué es pero no me da buena sensación. Creo que va a pasarle algo malo.

Aquí tengo que aclarar una cosa, Almu de vez en cuando siente cosas, y no me refiero a que se toma unas cervezas de más y se ponga a divagar haciendo el tonto.

Si ella dice que va a ocurrir algo, yo la creo.

En alguna ocasión ha tenido ese pálpito y luego alguna de nosotras se ha caído y se ha roto la muñeca, o le ha ocurrido algo a su padre, cosas así.

No controla cuando le pasa, pero ten por seguro que lo hará.

De momento, solo han sido cosas malas hasta cierto punto, pero también podría predecir cosas buenas, digo yo.

Almu es como la brujita del grupo, así que cuando antes he dicho que las brujas no son malas, era por ella.

Todas tenemos nuestras rarezas, yo tengo cierta tendencia a hablar con las plantas y los animales como si me pudieran entender y Manuela dice que ve direcciones en el aire, pero eso es otro tema.

—¿Cómo de malo? No me asustes, que por la cara que tienes no es como otras veces.

—No lo sé, Hiedra. Nunca he tenido una sensación tan fuerte. Estoy asustada.— Me agarró la mano, se la veía preocupada.— Debemos sacarla de aquí, en esta fiesta hay personas que no me dan buen rollo, la primera esa amiga vuestra con la que ibais a clase.

—Tienes razón. Además hoy debe de estar muy cabreada con Elena, será mejor que no la vea mucho más tiempo.

Cuando volvimos al centro no encontramos a Elena por ninguna parte.

Almu me miró con los ojos abiertos y llenos de miedo.

Recorrimos el descampado preguntando a la gente sin resultado.

Cada uno estaba a su bola, como es lógico, y no pendientes de lo que hacían los demás.

Alrededor había una pequeña arboleda y nos dirigimos hacia allí.

Sacamos los teléfonos para guiarnos con las linternas, pues la oscuridad nos impedía avanzar sin tropezarnos con alguna rama.

No tardamos mucho en encontrarla, estaba tirada en el suelo apoyada contra un árbol, tenía la cara llena de sangre y la ropa destrozada.

No parecía estar consciente. Me acerqué a ella con el corazón en un puño, rezando para que respirara.

Sentí como soltaba el aire que había estado conteniendo cuando comprobé que sí lo hacía.

—Vamos, tenemos que llamar a una ambulancia. No sé qué le habrá pasado, pero hay que sacarla de aquí enseguida.— Cogí el teléfono para pedir ayuda. Nos quedaríamos con ella hasta que llegaran.

La gente se había ido acercando y cuando nos dimos cuenta, teníamos un corrillo alrededor nuestro.

A muchos les pudo la curiosidad, otros en cambio prefirieron salvarse el culo, pues estaba claro que la ambulancia vendría con un coche de policía minutos después.

Nos iban a llover preguntas, pero creo que no íbamos a poder aclarar mucho.

—¿Te das cuenta de que Valeria no está?— Almu se acercó a mí para decírmelo en bajito, pero miraba alrededor buscándola.

—Se habrá marchado, cuando ha empezado a venir la gente sí que la he visto entre ellos, con una cara que distaba mucho de reflejar preocupación. Parecía que se alegraba, si fuera eso posible.— No podía entender como alguien llegaba a disfrutar con el dolor ajeno.

—No te extrañe que haya pensado que se lo merecía por dejarla y venirse contigo. Según es, me espero cualquier cosa.

—Mujer, no creo que llegue hasta ese punto, mira cómo está Elena. No sé quién le habrá hecho algo así, pero tenemos que encontrarlo. No se merecía esto.

—No se lo merece nadie, Hiedra. Pero ¿qué vamos a poder descubrir nosotras?

—Pues posiblemente más que la poli. De momento me quedo yo con ella, tú acércate a esos de ahí para ver si han visto algo. Pon la oreja en las conversaciones que tengan los de al lado.

Pensé que no me iba a hacer caso, pero después de subir los ojos al cielo y respirar, vi cómo se levantó y se acercó al grupo que yo le había dicho. Estuvo pululando un rato y cuando volvió lo hizo con media sonrisa.

—Vale, tenías razón en una cosa. La gente ve más de lo que cree y escuchando te enteras de más cosas que si les preguntas.

Cuando he ido al primer grupo que me dijiste, no habían visto nada, según ellos.

Pero al irme moviendo y seguir pendiente de su conversación sí que han dicho que alguno había visto a Elena ir arrastrada por alguien, pero no vieron quien porque ya estaban llegando a los árboles y les cubrió la oscuridad.

No van a querer decir nada a la policía por miedo, eso está claro, porque si ni siquiera me lo han dicho a mí, ya ves.

—Bien, pero ya sabemos que no fue por propia voluntad. Lo que si me atrevería a decir es que fue alguien que estaba en la fiesta, más que nada porque no he visto a nadie que no fuera del instituto o de la universidad. Nadie que estuviera fuera de lugar, me refiero.

—Sí, te entiendo, Hiedra. Yo tampoco he visto a nadie extraño, aunque hemos estado un rato bailando y no he prestado demasiada atención. Pero no te preocupes, lo importante ahora es que ella se recupere.

—Tienes razón, por cierto, ¿cómo lo sabías? Cada vez que tienes esa sensación ocurre algo. No falla nunca.

—Ojalá lo hiciera. No sé qué es, ni de dónde vienen, mi padre nunca me ha hablado de premoniciones ni nada así. Tampoco le he visto sentir cosas y reaccionar a ellas. Creo que tengo una conversación pendiente con él por si me ha estado ocultando algo.

—¿Te imaginas? Eres una bruja descendiente de una gran familia de mujeres con poderes y no lo sabes.— Puse cara de emoción, realmente sería la leche que fuera cierto. Ojalá yo fuese bruja.

—Sí, ya, claro. No flipes que no estamos en «Crónicas Vampíricas». Aunque por otro lado ojalá, porque Damon es uno de mis crush.

Nos reímos aunque con medida, porque todavía Elena no había vuelto en sí y me avergonzaba reírme delante de ella.

Al cabo de otros diez minutos de espera más o menos, vimos aparecer unas luces a lo lejos.

Habían llegado los sanitarios. Y detrás de ellos aparcó un coche de la policía, como era lógico.

Después de reconocerla la subieron a una camilla y se la llevaron.

Pregunté dónde iban para poder ir a verla al día siguiente.

Reconozco que no se me había ocurrido avisar a sus padres, pero ya se encargarían ellos de hacerlo.

Entretanto la policía había estado dispersando un poco a la gente para que pudieran meter la camilla pero sin dejar irse a nadie.

Nos tomaron el nombre a todos los que quedábamos allí, más bien pocos, y uno de ellos se acercó a hablar con nosotras, que éramos las que habíamos estado con ella.

Después de un rato de interrogatorio nos pidió los teléfonos y una dirección donde poder localizarnos y se marchó. No me salió decir que había llegado hasta el bosque en contra de su voluntad, así que dejé caer que ella no se habría apartado tanto sola.