Heredarán el silencio 25 — Malargüe
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25 — Malargüe

Malargüe

Habían salido de Mendoza la tarde anterior, cuando el sol ya bajaba hacia la cordillera.

A la hora y media de camino, el técnico levantó dos dedos del volante y señaló hacia la derecha.

Al principio Inés no los vio. Después sí: un grupo de guanacos, ocho o nueve, quietos en la ladera de un cono bajo, a unos doscientos metros de la ruta.

Casi todos con la cabeza gacha, pastando el coirón seco.

Uno no. Uno estaba erguido sobre una pequeña elevación, el cuello largo estirado hacia arriba, las orejas tiesas, inmóvil, mirando pasar el coche.

El centinela, pensó Inés, aunque nadie se lo había dicho.

Mientras los demás comían, uno vigilaba.

Era su trabajo: quedarse quieto, atento, de guardia, para que el resto pudiera bajar la cabeza y comer tranquilo.

En el grupo había una hembra con una cría pequeña pegada al flanco.

La cría también miraba el coche, sin miedo todavía, con esa manera de mirar que tienen los animales que aún no han aprendido de qué hay que tener miedo.

Inés volvió la cabeza para seguir viéndolos mientras la camioneta los dejaba atrás, hasta que el cono volcánico se los tapó.

No dijo nada. Pero apretó un poco la libreta contra el regazo, sin darse cuenta.

Llegaron a la estación al anochecer. Cenaron algo caliente en un comedor pequeño de paredes metálicas, y a Inés le dieron una habitación con una cama estrecha y una ventana por la que, cuando apagó la luz, se veían más estrellas de las que había visto en toda su vida.

Durmió cuatro horas. La despertaron a las cuatro y media de la madrugada.

6 de marzo de 2032.

Diecisiete meses después.

La estación de espacio profundo está a mil quinientos metros de altitud, en la meseta volcánica que se abre al sur de Malargüe, en la provincia de Mendoza, con los Andes al oeste y la estepa vacía en todas las demás direcciones.

A las cinco de la madrugada hora local, la meseta estaba a oscuras y helada, con esa quietud absoluta que solo existe en los desiertos de altura antes del amanecer.

No había luna. Sobre la estepa negra, el cielo ardía de estrellas de horizonte a horizonte, y hacia el oeste, por encima de la silueta apenas insinuada de los Andes, colgaba la constelación de Virgo.

El sol no saldría hasta pasadas las siete.

Para entonces, ellos ya habrían terminado.

En el edificio de control de la estación, una sala no mucho mayor que un salón pequeño, Houda Berrada estaba sentada delante de tres monitores.

A su izquierda, Catarina Saraiva de Lisboa.

A su derecha, un técnico argentino llamado Felipe Valdivia.

Y de pie, junto a la consola principal, una joven de diecisiete años y nueve meses, alta, con el pelo recogido, en chaqueta azul oscura: Inés Ahren Bühler.

Faltaban exactamente diez minutos para las cinco y veinte, hora argentina.

La fecha la había elegido Inés. El seis de marzo era el aniversario de la publicación del informe en treinta medios mundiales, seis años atrás.

La hora la había elegido también. Las cinco y veinte era la hora en que habían matado a su padre, diecisiete meses atrás, en una cafetería del Speicherstadt en Hamburgo.

Allí habían sido las cinco y veinte de la tarde.

Aquí, al otro lado del planeta, eran las cinco y veinte de la madrugada: la misma cifra en la esfera del reloj, girada media vuelta por el mundo, del final del día a su principio.

La hora en que había perdido a su padre iba a ser la hora en que ella mandaba, hacia arriba, lo que él le había dejado.

Le pareció que estaba bien que la pérdida y lo que venía después llevaran el mismo número.

Felipe Valdivia hizo un último ajuste en la consola.

—Las muestras de Cassini-II están ya en la fase final del regreso, niña.

Las cápsulas amerizarán en el Pacífico el mes que viene.

Los primeros análisis no estarán listos hasta finales de año.

Pero el equipo de Darmstadt ya nos ha avisado: las observaciones que la sonda hizo en órbita saturniana durante diez años no han detectado nada parecido a una firma biológica.

Lo más probable, niña, es que las cápsulas traigan muestras espectaculares de una luna helada y nada más.

Eso significa que tu transmisión va a ser, probablemente, la única respuesta humana al mensaje Vahn. Por mucho tiempo. Quizá para siempre.

Inés lo escuchó sin apartar los ojos de la consola.

—Inés —dijo Catarina—. Cuando quieras.

Inés asintió. Pulsó un botón en la consola.

Una pequeña luz verde se encendió. Fuera, la antena de treinta y cinco metros empezó a girar sobre su base con un zumbido grave que se sintió en el suelo de la sala, y se detuvo apuntando a una zona alta del cielo del oeste, negra y encendida de estrellas.

El sistema estelar Ross 128, en la constelación de Virgo, estaba a once años luz de distancia. La señal tardaría once años en llegar.

La transmisión empezaba.

En los monitores aparecían los paquetes de datos saliendo.

Era una señal compuesta: una secuencia que codificaba el saludo en alfabeto Vahn descifrado, después la confirmación de recepción, después el descifrado completo del mensaje original tal como lo habían hecho en Lisboa en febrero de dos mil veintiséis, después la información sobre el Mjölnvirr endógeno y la prueba experimental de que la herramienta había funcionado en la especie humana durante doscientos mil años, y después un mensaje de Inés, en español, en alemán y en una versión transcrita al alfabeto Vahn original.

La transmisión duraría cuarenta y dos minutos.

Inés se quedó de pie junto a la consola sin moverse durante todo el tiempo. Houda en una silla a su lado. Catarina detrás. Felipe Valdivia comprobaba los parámetros en silencio.

Al rato, Houda le tocó la espalda a Inés.

—¿Estás bien, niña?

—Estoy bien, Houda.

—Esto lo eligió él. Pero lo estás haciendo tú.

—Lo sé.

*  *  *

Cuando terminó la transmisión, a las seis y dos de la madrugada, hora local, con el cielo todavía cerrado de noche, Felipe Valdivia confirmó por última vez que toda la señal había salido correctamente y que las antenas se habían cerrado.

Catarina se levantó. Le dio a Inés un abrazo largo.

Después salió a hablar por teléfono con Köhler en Berlín y con un periodista del Süddeutsche que estaba esperando confirmación.

Nadie le preguntó nunca qué había escrito en su parte del mensaje.

Lo había escrito en Hamburgo, en diciembre, de una sentada, en la mesa de su cuarto, con la libreta azul de su padre abierta al lado. Catarina lo había leído una sola vez, para transcribirlo al alfabeto Vahn. Houda no lo había leído. Su madre tampoco.

No iba dirigido a Heimvar Sköll.

«No sé si hay alguien ahí. Lo más probable es que no.

Si lo hay, esto es lo que tienes que saber.

Los que vivieron antes que tú en ese sitio se llamaban los Vahn.

Se mataron entre ellos en una sola noche, hace cuatro mil millones de años, por creencias.

Antes de morir, uno de ellos lanzó al cielo doscientas siete cápsulas.

Una cayó en mi mundo, dentro de una bacteria, en agua tibia.

Y estuvo empujando a mi mundo durante cuatro mil millones de años hasta que salí yo. Estoy aquí porque él estuvo ahí.

Escribió una carta a un hijo que no había nacido. Esto es la respuesta. Llega tarde. Lo siento.

Hay una cosa más que quiero decirte, por si estás.

Lanzó sus cápsulas hacia fuera, a mundos que no conocía.

Hacia el suyo no lanzó ninguna: en el suyo ya había alguien, y ese alguien se apagó aquella misma noche.

Así que si tú estás ahí, no sé cómo has llegado.

No sé si alguien te empujó o si has hecho el camino entero tú solo, con lo que había en esa piedra.

Ninguno de nosotros lo sabe. Es lo único de esta carta que no puedo contarte, porque nadie aquí lo sabe tampoco.

No sé si eso te hace mejor que nosotros o te hace igual. Pero quería que alguien te lo dijera.

Ten cuidado con lo que creas. Eso fue lo que los mató.

Y si algún día miras hacia arriba y decides contestar, tómate el tiempo que necesites. Nosotros hemos tardado cuatro mil millones de años en decir gracias.

Aquí seguimos.

Inés Ahren Bühler. Tierra.»

Cuando Catarina terminó de transcribirlo al alfabeto Vahn, en enero, la había llamado por teléfono a Hamburgo. No le hizo ninguna corrección. Solo le dijo una cosa.

—Niña. Le estás escribiendo a un hijo que no ha nacido.

—Ya lo sé —contestó Inés.

Antes de salir, Inés abrió la mochila y sacó una bolsita de tela.

Dentro había treinta galletas cuadradas, pequeñas, con ralladura de limón.

Las había hecho en Hamburgo antes de viajar, con la receta de su abuela Carmen Ahren, y las había traído hasta allí cuidando de que no se rompieran.

Le dio una a Catarina. Otra a Houda. Otra a Felipe Valdivia.

Otra al técnico de los monitores. Otra a una chica joven que estaba apuntando algo en una libreta junto a la puerta.

La gente las cogió sin entender del todo qué eran.

Catarina la mordió y no dijo nada. Houda no la mordió: la guardó.

Felipe Valdivia dijo, con acento cuyano, que estaba muy buena.

Inés y Houda salieron de la sala de control.

Caminaron en silencio por una pasarela que conectaba el edificio principal con un mirador exterior pequeño.

El cielo de la meseta seguía cerrado de noche, ardiendo de estrellas de un horizonte al otro, con la Vía Láctea tendida como una franja blanca sobre la estepa negra.

Pero hacia el este, muy abajo, sobre la línea lejana de la llanura, había empezado a insinuarse algo: una banda de gris apenas más clara que el resto, la primera advertencia del día.

Houda se subió el cuello del abrigo.

—Inés, vamos adentro, que te vas a congelar.

—Un minuto, Houda. Solo un minuto, sola. Si no te importa.

Houda la miró un segundo, asintió y le apretó el hombro. Después se volvió y caminó despacio por la pasarela hacia el edificio principal. Inés la oyó alejarse hasta que la puerta se cerró detrás de ella.

Se quedó sola. Buscó con la vista la zona de Virgo, hacia el oeste, donde estaba Ross 128, donde en algún momento de los próximos once años una señal hecha por humanos llegaría a un lugar en el que ya no había nadie escuchando desde hacía cuatro mil millones de años.

Y quizá, en otra parte del cielo, una civilización distinta que hubiera recibido otra cápsula Hrímfar mucho tiempo atrás captaría la dirección de origen de la señal y entendería que no estaba sola.

O quizás no. Quizás nadie escucharía nunca. Quizás la señal viajaría durante millones de años sin destinatario, igual que la carta de Heimvar Sköll viajó cuatro mil millones de años sin destinatario, hasta que su padre la encontró en un meteorito antártico.

Sintió, debajo del abrigo, el sobre con los tres limones que llevaba siempre consigo.

La libreta azul de su padre estaba en su mesa de Hamburgo, ya leída tres veces, subrayada, comentada en los márgenes con su propia letra: una conversación que había continuado durante diecisiete meses con un padre que ya no contestaba pero que, dentro de la libreta, lo había dejado todo dicho.

Pensó en su padre. En su abuela Carmen. En su abuelo Wolfgang.

En Heimvar Sköll. En la mujer joven que su padre había soñado una noche y había anotado en la libreta sin saber quién era.

En Yusra Bencheikh, que había muerto en una cocina de Tánger.

En Markus Holm. En todos los que habían escrito o lanzado o construido cosas para alguien que quizá nunca llegaría a leerlas.

Pensó en sí misma, llevando dentro del cuerpo la misma variante genética de su padre, en una región concreta del cromosoma nueve, que tal vez un día se reactivara en ella o tal vez no se reactivara nunca.

Esa pregunta no había muerto con su padre. Ella la había heredado.

No le dio miedo.

Miró hacia el este. La oscuridad se estaba aclarando despacio sobre la estepa: el negro se volvía gris, el gris se volvía un azul cada vez más limpio, y las estrellas de esa parte del cielo se iban apagando una a una, como si alguien las fuera recogiendo.

Se acordó de la libreta, de la letra pequeña de su padre, de lo que le había escrito sobre las plantas: que no huyen, que crecen donde caen, que se quedan quietas y comen luz y dan fruto si pueden. Ella llevaba dentro lo mismo que él.

Lo estuvo viendo hasta que el frío se le metió en los huesos. Después se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.

Puso la mano en el pomo. Y en ese momento lo notó en la espalda: una tibieza mínima, casi nada, después de toda una noche de frío. El sol acababa de asomar por el este, a su espalda, y su primera luz le llegaba caliente a la nuca y entre los hombros.

Inés se detuvo, con la mano todavía en el pomo. Se volvió hacia él.

El sol subía por el filo de la estepa, todavía sin fuerza, rojo y limpio, y le dio de lleno en la cara.

Ella no cerró los ojos. Los dejó abiertos, llenos de esa luz baja de la mañana, y le brillaron con ella.

El calor le llegó de frente a la piel helada, a las mejillas, a los párpados, a la frente.

Una lágrima se le formó en el borde del ojo derecho, se desbordó y le bajó despacio por la mejilla, tibia. No se la secó.

Y entonces, con la cara vuelta hacia el sol que subía, sintió que el calor le daba, por fin, la fuerza para lo único que le quedaba por hacer. Muy bajo, para que no lo oyera nadie más que ella y quizá él, dijo:

—Adiós, papá.

No dijo nada más. No hacía falta. Sabía que él no iba a volver, y por primera vez no le hizo daño saberlo.

El sol se lo decía con su calor en la cara, y estaba bien, porque el calor le venía de fuera, por primera vez desde Hamburgo, y ella ya no tenía que ponerlo.

Se quedó un instante más así, dejándose calentar, comiendo luz, como él le había dicho que se hacía.

Después respiró el aire helado que ya olía a día nuevo, abrió la puerta y entró.