3 — La firma humana #3
—Tú eres distinto, Daniel. Tú no eres una geóloga aislada en Bremerhaven.
Tú eres jefe de unidad en uno de los centros de virología más prestigiosos de Europa.
Tú vas a publicar. Tú vas a hablar. Tú no vas a aceptar olvidarte.
Eso lo sé desde hace veinte años. Y por eso, precisamente por eso, contigo no van a hacer lo que hicieron con Vasseur.
Un investigador joven y aislado que se sale de una carretera cerca de Beaune no lo investiga nadie.
Un jefe de unidad de Heidelberg que aparece muerto deja un agujero que llama a periodistas, a colegas, a comisiones enteras.
Matarte no cerraría el problema: lo abriría en canal.
A los que son como tú no se los elimina, Daniel.
Se los compra. Sale más barato y hace menos ruido.
Lo sé porque es lo que hicieron conmigo, hace cuarenta años.
—¿Entonces?
—Entonces tienes dos opciones. La primera es aceptar lo que voy a ofrecerte y unirte a nosotros.
Una cátedra dotada en Heidelberg, sin docencia, con dedicación exclusiva al estudio interno del fenómeno.
Acceso a todos los datos que la red ha acumulado en cuarenta años.
Compromiso de discreción de por vida. Tu hija, tu madre, tu exmujer, tu vida entera continúan exactamente igual. Yo personalmente garantizo todo eso.
—¿Y la segunda?
Holm bebió otro trago de su copa. Uno largo.
—La segunda es que sigas adelante. Que intentes publicar. Que intentes hablar. Y que aprendas, en los próximos días o semanas, hasta qué punto la red está dispuesta a llegar para impedirlo.
Daniel se quedó pensando.
Holm también.
Pasaron varios minutos durante los cuales ninguno de los dos hombres habló. Por la ventana seguía nevando. El bloqueador de frecuencias parpadeaba con su pequeña luz roja.
Daniel habló por fin.
—Markus.
—Dime.
—¿Tú crees, sinceramente, que la humanidad no puede gestionar este conocimiento?
Holm tardó mucho en contestar. Cuando lo hizo, fue con una sola frase, dicha en voz baja, sin dramatismo:
—Llevo cuarenta años intentando creer otra cosa.
Hubo un silencio.
Daniel se levantó del sillón.
—Necesito pensarlo.
—Por supuesto.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Dos días. Pasado mañana, jueves, a las ocho de la tarde, te espero aquí mismo. Si no vienes, entenderé que has elegido la segunda opción.
—De acuerdo.
—Daniel.
—Dime.
—Pase lo que pase, te quiero como al hijo que no tuve.
Daniel asintió. No supo qué contestar.
Se dirigió hacia la puerta. Holm lo siguió. En el recibidor, mientras Daniel se ponía el abrigo, Holm le dijo, en voz mucho más baja:
—Esta noche no vuelvas a tu apartamento. Vete a un hotel. Cualquier hotel del centro. Paga en efectivo. No vuelvas a tu casa hasta que tomes la decisión.
—¿Por qué?
—Porque quien llamó al portero estaba abajo hace cuarenta minutos. Y no estaba solo.
Daniel sintió, sin querer, cómo se le apretaba el estómago.
—Markus, mi piso está a cuatro calles.
—Daniel. No es una recomendación.
—Tengo cosas allí.
—Lo que tengas, lo tienes. Lo que les preocupa son las copias. Y las copias las llevas tú.
Daniel se palpó instintivamente el bolsillo interior del abrigo. La libreta azul estaba allí, junto al disco USB cifrado con los datos del Illumina.
—Markus, ¿qué pasa si vuelvo a casa?
Holm tardó en contestar.
—No lo sé exactamente. Pero sé que no es lo que tú piensas. Nadie te va a hacer daño físico esta noche. Eso te lo garantizo. Pero la red lleva cuarenta años haciendo este trabajo. Tienen procedimientos. Y tú no quieres ver cómo se aplican en tu propio piso.
—De acuerdo.
—¿Vas a hacer caso?
—Voy a pensarlo.
Holm cerró los ojos un segundo, como si la respuesta le hubiera dolido físicamente. Después los abrió. Asintió, despacio.
—Pasado mañana a las ocho, Daniel. Aquí. Tomes la decisión que tomes.
—Aquí estaré.
* * *
Daniel volvió a su apartamento de la Bergstrasse caminando despacio.
Eran las doce y cuarenta de la madrugada.
La nieve había vuelto a caer durante el rato en que él había estado en casa de Holm, y las aceras estaban cubiertas de una capa fresca de unos dos dedos sobre la que quedaban marcadas las pisadas de Daniel, casi únicas a esa hora.
Heidelberg dormía. Solo se oía, a lo lejos, el motor de un camión municipal que limpiaba alguna calle del centro.
Caminó pensando en la advertencia de Holm. Pensó en hoteles. Pensó en cuál estaría abierto a aquella hora, en cuál se podía pagar en efectivo. Y pensó, sobre todo, en que ir a un hotel significaba aceptar que la red existía y que estaba esperándolo a cuatro calles.
No estaba dispuesto a aceptarlo todavía. No esa noche.
A medio camino, en la esquina de la Hauptstrasse con la Plöck, se paró un momento debajo de una farola.
Miró hacia atrás. La calle estaba vacía.
Sus propias pisadas en la nieve, marcadas con nitidez desde la esquina anterior.
Y, a unos cincuenta metros, otras pisadas.
Frescas. De alguien que había pasado por allí poco antes que él.
Daniel no recordaba haber visto a nadie.
Siguió andando.
Llegó al portal de su edificio. Subió en el ascensor. Abrió la puerta de su apartamento.
Lo primero que vio fue la silla de la cocina movida tres centímetros respecto a su posición habitual.
Lo segundo, una taza limpia sobre la encimera, junto a la cafetera, que él no había dejado allí esa mañana.
Lo tercero, la luz del cuarto de baño encendida, aunque él habría jurado que la había apagado al salir.
Daniel se quedó muy quieto en el umbral, con la llave aún en la mano.
Fuera, en la Bergstrasse, la nieve seguía cayendo despacio sobre Heidelberg dormida.