Capítulo 63
C uando Edith regresó a su casita desde Whitby Glades, pudo oír a una gaviota llamándola desde la parte trasera.
El graznido de una gaviota no era algo inusual —al fin y al cabo, les daba de comer todas las mañanas—, pero el tono de la llamada era diferente. Resultaba más insistente. Incluso angustiado.
Al abrir la puerta trasera, vio a una de sus habituales en la valla. Una que era más pesada que las demás y que siempre pecaba de llevarse más de lo que le correspondía.
Tú, jovencito, desde luego no vas a recibir nada más hoy.
Los insistentes graznidos de la gaviota egoísta continuaron, y luego bajó por la valla a saltitos a una velocidad impresionante dado su tamaño.
Entonces, por el rabillo del ojo, sobre las losas y oculto tras una vieja pala, vio algo que hizo que se llevara la mano al pecho y soltara un grito ahogado.
Cielo santo.
Era otra gaviota, tendida boca arriba.
Volvió a mirar a la gaviota del muro, que ya había dejado de graznar. La observó una vez más antes de emprender el vuelo.
Parecía que, al fin y al cabo, no estaba allí para pedir más comida.
Cruzó las losas. Todavía quedaba escarcha matinal y lo lógico habría sido que tuviera más cuidado, pero estaba impaciente por llegar hasta la gaviota por si estaba viva.
Cuando estuvo lo bastante cerca para ver que respiraba, volvió a jadear de la impresión.
Era la gaviota del pico astillado.