Capítulo 58
B arnaby miró hacia abajo, más allá de la cabeza caída de Hector, hacia Saltwick Nab.
Ahí está la atracción.
—¡Barnaby!
No era Hector. Venía de detrás de él.
—No era ella.
Reconoció la voz. Era el inspector jefe de la noche anterior.
—No era Lilly.
Barnaby miró por encima del hombro al veterano detective, que ahora estaba sentado en el banco. Jadeaba en busca de aire y tenía un aspecto bastante maltrecho.
Barnaby sacudió la cabeza y volvió a mirar hacia Saltwick. El inspector jefe no estaba allí. No realmente. Era una distracción. Su mente intentaba impedir que hiciera lo inevitable.
Apretó las manos sobre la silla de ruedas. ¿Estás listo, Hector? En cierto modo, esto es una piedad para ti. Más de lo que te mereces.
—¿Barnaby?
Barnaby agitó la mano en el aire para indicarle a ese fantasma, o a esa alucinación, o a lo que fuera que demonios fuese aquello, que se marchara de una vez.
—Seguimos sin saber qué le pasó a Lilly —dijo la aparición—. ¿Me estás escuchando?
Barnaby apretó los dientes. ¡Un truco!
No lo hagas.
Sencillamente no lo hagas.
El inspector jefe Tim Brennan se filtró en su mente.
El bastardo estaba sentado frente a él en una habitación calurosa en la que se había pasado la mayor parte del día, señalándolo con un dedo al otro lado de una mesa.
—Lo hiciste tú, ¿verdad, hijo? La llevaste allí arriba, la empujaste.
Suéltalo ya. Ahórratelo. Ahorra más dolor a su familia.
—No. No. —Llevaba horas repitiendo la palabra—. No.
Pero ¿a quién había estado intentando convencer? ¿Al inspector jefe Brennan o a sí mismo?
El pensamiento hizo que Barnaby se tambaleara. Tropezó. La silla se movió. Pudo haber sido hacia delante o hacia atrás; no tenía ni idea.
—Barnaby, colega, mantén la calma. Céntrate en mi voz. No es Lilly. ¿Me oyes? Si te vas ahora, bueno, puede que nunca sepas qué pasó de verdad. Sé que no quieres eso.
Barnaby intentó reorientarse, pero ahora un pensamiento horrendo recorría su mente.
¿Qué ocurrió?
¿Llegó a alejarse ella del banco aquel día?
Soltó una de las empuñaduras para frotarse la frente. Sí. Lo recuerdo. Se alejó caminando.
Recordó habérselo dicho a Brennan por activa y por pasiva. —Se alejó… caminando… se alejó… caminando…
Por un momento el recuerdo se mantuvo. Luego mutó.
Miró por encima del hombro y se despidió con la mano…
No, no hizo eso; se marchó por el otro lado del banco…
No, eso tampoco…
El recuerdo no se quedaba quieto. Cada vez que intentaba alcanzarlo, se reordenaba: su mano derecha, la izquierda, un saludo, ningún saludo, el camino, el banco. Una imagen tan manoseada que había perdido el color.
¿Conté la mentira tantas veces que acabó devorando la verdad?
Y por debajo, la peor versión, aflorando: no se alejó caminando en absoluto.
Bajo la valla, el mar seguía respirando contra las rocas. La silla estaba tibia bajo sus manos.
Cerró los ojos e intentó buscar detalles.
Dijo que nuestro matrimonio sería un naufragio.
Se me cayó el anillo.
Caminé hacia la valla y…
Le pedí que viniera conmigo. ¿Pasó eso?
¿Le cogí la mano? ¿Saltamos esa valla?
Se golpeó la cabeza con la mano libre.
Un destello. El borde del acantilado.
Se golpeó de nuevo.
Un destello. Sus zapatos sobre la hierba más allá de la valla.
Zapatillas de lona blancas. Las veía.
¿Habían estado allí, al otro lado de la valla, o no? ¿Había pasado ella a través? ¿Lo había hecho yo?
Otra vez. Destello. Pero si lo hice… si la llevé conmigo… entonces ¿por qué sigo aquí? ¿Perdí los nervios? Imposible… lo había hecho antes, lo volvería a hacer. A menos que… ¿la empujé? No.
Otra vez. Destello. No…
Otra vez. Destello. No… yo no haría…
—Siempre fuiste un buen chico, Barnaby.
—Cállate… de una vez…
—Barnaby, escucha… —La voz del fantasma estaba más cerca ahora. Eran palabras pesadas, dolidas, llenas de agotamiento.
¿La maté yo?
—Siempre fuiste un buen chico, Barnaby.
—Cállate… —Destello.
—Deja de pegarte —dijo el inspector jefe.
—No puedo… —Destello.
—Siempre fuiste un buen chico, Barnaby.
—…Recordar. Cállate… —Destello.
—Deja de pegarte, Barnaby. Tienes que centrarte.
Quiero recordar.
—Siempre fuiste un buen chico, Barnaby.
Cerró la mano con la que se estaba golpeando alrededor del hombro huesudo del viejo. —Cállate… de una vez.
—Siempre fuiste un buen chico, Barnaby.
Apretó.
—Siempre fuiste…
—¡Cállate!
El grito salió nítido —probablemente lo más nítido que había hablado en años—; cruzó el acantilado y regresó desde la bruma hecho pedazos.
La voz lúcida de Hector. Saliendo de la silla de ruedas. Saliendo como si hubiera estado al otro lado de una puerta durante treinta y tres años y la puerta estuviera ahora abierta, y no fuera a cerrarse.
—Siempre fuiste un buen chico, Barnaby.
Nos llevaré a los dos.
—Siempre fuiste un buen chico.
Agarró la otra empuñadura de la silla y se tensó. —A los dos.
—Escúchame, Barnaby —era el detective de nuevo—.
Céntrate en estas palabras. Él no mató a Lilly.
El pelo que me diste… extrajeron el ADN y lo cotejaron con los huesos de ese muro.
No coinciden, Barnaby. Son mujeres distintas.
Hector no la mató. No sé quién está en ese muro, pero no es Lilly. El pelo, Barnaby. ¿No lo ves?
El pelo.
Sí.
Espera.
El pelo.
Se tocó el pecho. El guardapelo no estaba allí. Se lo había dado al inspector jefe.
Ella se lo había dado a él.
Se lo había puesto en la mano junto a la valla.
Lo vio.
Lo sintió.
Aquello había sido real.
Cerró los ojos.
Algo presionado entre sus palmas. —Te quiero, Barnaby, más de lo que jamás podrás creer. Siempre te he querido.
Entonces, él se apartó de la valla mientras ella retrocedía, y miró el guardapelo en su mano.
Un pequeño óvalo de plata deslustrada, no más grande que la uña de un pulgar, ligero como una moneda en su palma y gastado en los bordes.
Luego, levantó la vista hacia ella, que seguía alejándose paso a paso.
—Dentro hay pelo mío. Una parte de mí. Siempre me tendrás. Pase lo que pase, allí estoy. Pero quién sabe qué ocurre si saltas, Barnaby. ¿Quién lo sabe en realidad?
Él abrió el guardapelo y tocó el pelo.
—Entonces, puede que nunca seas capaz de volver a tocarme.
Ella se dio la vuelta y se alejó caminando.
Y no miró atrás.
Abrió los ojos y sonrió.
Eso fue lo que pasó de verdad.
Ni él la empujó, ni ella saltó.