Capítulo 24
E dith se quedó sentada un rato y escuchó cómo Whitby se volvía cada vez más ruidoso.
El pitido de los vehículos al dar marcha atrás.
El abrir y cerrar de las puertas de las casitas.
El traqueteo de las persianas de las tiendas al subirse a lo largo del paseo marítimo.
El motor diésel de un pesquero despertando con toses en el muelle.
La advertencia bitonal del puente levadizo, alzándose para dejar pasar a una embarcación.
A pesar del ruido, mantuvo su mente atenta al tictac del reloj, una práctica que había consolidado a lo largo de décadas para mantener sus pensamientos moviéndose a un ritmo constante.
Finalmente, después de haber reflexionado todo lo posible sobre el descubrimiento en el muro de su hermano, llevó la taza al fregadero, la lavó y luego pasó a la sala de estar, a su estantería.
Había 199 libros en aquellos estantes.
El mismo número de escalones que había desde la parte baja del casco antiguo hasta la abadía de Whitby.
Larkin. Plath. Ariel y sus cartas recopiladas en el volumen de al lado. Penelope Fitzgerald.
Sabía cuál quería. Stevie Smith.
Cuando su mano se cerró en torno a él, una pequeña contracción, casi imperceptible, recorrió sus hombros.
Algo que podría haber producido una corriente de aire.
No era una corriente, por supuesto, eran las noticias sobre los restos, pero fue capaz de evitar que la contracción fuera a más.
Se le asentaron los hombros mientras volvía a escuchar aquel tictac.
Depositó su libro de poemas favorito sobre la mesa de la cocina y pasó a su dormitorio.
Era pequeño y ordenado.
También estaba frío, ya que no calentaba el dormitorio durante el día.
Se sentó en el borde de la cama. Abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó una fotografía de una mujer de unos treinta y tantos años. Tenía el pelo oscuro con la raya a la izquierda, cayéndole suavemente sobre los hombros. Sonreía. Los bordes se habían vuelto de color sepia.
La gaviota de antes, la del pico astillado, la observaba a través de la ventana.
Edith sonrió. El ave se alejó volando.
Duerme bien, madre.
Volvió a guardar la fotografía en el cajón.
Edith visitaba a Hector todos los miércoles.
Hoy era martes.
Pero eso ya no significaba nada.
Se puso en pie. Siempre había sabido que este día llegaría.
Al fin y al cabo, no hace falta que nadie te diga que la marea va a subir si has vivido toda tu vida en la orilla.