Heladas Olvidadas (Las Víctimas Olvidadas de Whitby 7) Capítulo 19
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Capítulo 19

L os detectives compartieron un taxi y, tras dejar primero a Gerry en su casa, Frank consultó sus mensajes.

Evelyn aún no había respondido. Se le hundió el corazón al comprobar el mensaje y ver que no había sido leído.

Había, sin embargo, dos mensajes más de Helen.

Estupendo.

El primero era una respuesta al suyo anterior sobre verse al día siguiente:

Vale x

El segundo había llegado veinte minutos después, cuando la irritación por el desplante claramente había alcanzado su punto máximo:

¡Al mediodía como muy tarde, o iré a buscarte! x

Puso los ojos en blanco.

Toda esa gente metiéndole prisa… no era de extrañar que estuviera fundiendo los circuitos de su reloj Garmin.

La puerta principal rozaba el suelo al abrirla.

Frank pasó por encima de los sobres desparramados.

No se molestó en quitarse la chaqueta. Hacía un frío que pelaba. No había esperado volver tan tarde y no había programado la calefacción.

Fue al termostato y escuchó cómo la caldera se ponía en marcha.

Recogiendo algunas facturas y un menú de pizza, arrugó a regañadientes la lista de caprichos poco saludables para el corazón, deseando poder hacer lo mismo con la correspondencia que intentaba desplumarlo.

Había también un inquietante sobre marrón en el montón. Grueso, pesado, con un sello que decía: PRIVADO Y CONFIDENCIAL.

Nada bueno sale jamás de una advertencia así , pensó Frank.

Miró hacia el armario donde guardaba el whisky, pensó en el Garmin y en Helen vigilando como el Gran Hermano, y le dio la espalda.

Se sentó a la mesa y le dio la vuelta al sobre.

Había una dirección de remitente.

Un bufete de abogados en Leeds. Soltó un gemido.

Y nada bueno sale jamás de eso tampoco.

Se levantó de nuevo, se dirigió al armario y a una botella a medio beber de Bell’s…

Dos dedos de whisky después, Frank apartó la botella.

Basta.

Daban igual los números de aquel infernal reloj, ¿de verdad quería volver a provocarse esa acidez de estómago?

Abrió el sobre y se colocó las gafas.

Había una fotografía de un fajo de cartas atado con cordel. Cordel color crema, despeluchado por el paso del tiempo. Dejó aquella rareza a un lado y pasó a la carta de presentación.

La típica jerga de abogado. Prolongada. Requería varias lecturas para ver la luz entre tanta maleza.

En resumidas cuentas, el bufete era el albacea del patrimonio de Dennis Carver.

—¡Válgame Dios! —dijo Frank, moviendo la mano instintivamente hacia la botella de nuevo.

Se maldijo a sí mismo y la retiró. Sigue así, Black, y no vas a ver ni luz, ni maleza, ni nada de nada.

Leyó de nuevo.

El fajo de la fotografía estaría en posesión de Gerry en treinta días. Exactos. Correspondencia entre Dennis y la madre de Gerry y, como el bufete lo expresaba con delicadeza, pruebas relacionadas con la cuestión de quién era su padre.

Bajo la página mecanografiada había una segunda hoja. Escrita a mano.

Frank,

Me diste tu palabra de que se lo dirías. Respeté eso y confié en ti. He dicho a los abogados que pongan las cartas en sus manos en treinta días. Para que tengas tiempo de suavizar el golpe.

No es que dude de que lo harás. Sé que no le ocultarías la verdad a alguien por quien claramente te preocupas tanto. Pero sencillamente no puedo morir sabiendo que existe alguna posibilidad de que ella nunca lo sepa.

Dennis

—Bastardo —dijo Frank.

Había hecho esa promesa en la boda de Gerry, a un hombre moribundo de ojos amarillos, para que se marchara, para evitar que le arruinara el día a ella.

Parecía que Dennis no iba a dejar que una nadería como la muerte se interpusiera en su camino.

Tenía treinta días.

Otra persona metiéndome prisa con el maldito reloj.

—Bueno, te traigo noticias, Dennis —dijo Frank—. Nunca tuve intención de dejar que las cosas se quedaran como estaban.

Excepto que… ¿era eso totalmente cierto?

Al fin y al cabo, todavía no se lo había dicho a Gerry, y Frank tenía un gran talento para andarse con rodeos cuando se trataba de asuntos de naturaleza emocional…

Sacudió la cabeza y buscó la botella.

No, no acepto eso. Se lo habría dicho.

Y entonces la última frase de Dennis volvió a él, y con ella un pensamiento peor: ¿creería Gerry que él había querido decírselo o decidiría que se había visto obligado, que solo había hablado porque las cartas estaban en camino?

Antes siquiera de darse cuenta de que lo había hecho, ya se había servido otros dos dedos en el vaso.

Más tarde, a trompicones, Frank abrió el cajón de la cocina a la derecha de los fogones y tiró dentro las facturas y la carta del abogado. Iba a cerrarlo de golpe y se quedó helado.

Un recuerdo volvió a él: esconder el móvil de Maddie en este mismo cajón.

Hacía casi dos años, ella había vuelto a casa con él. La había necesitado. En pleno síndrome de abstinencia, y él la había ayudado a superarlo.

Pero había ido demasiado lejos.

Desesperado por apartarla de la gente que había ayudado a destrozarla, había escondido su teléfono y le había dicho que debía de haberlo perdido antes de llegar a casa.

Ella estaba en tal estado que era una mentira creíble.

Y cuando ella lo encontró y comprendió el engaño —un engaño que le costó la vida a una de sus amigas, porque la chica no pudo localizar a Maddie para pedir ayuda—, su hija se marchó de nuevo.

¿Es esto lo que estaba haciendo ahora? ¿Otra vez?

Esconder la verdad en un cajón. Hacer que desapareciera. Fingir que no existía.

Primero, engañas a tu hija. Luego engañas a la hija de tu corazón.

El cajón donde iban a parar los secretos de las hijas. Donde las hijas los encontraban. Donde se perdía a las hijas.

¿Es que no aprendes nunca, Frank?

Volvió a sacar la carta y fue al salón.

Se sentó en el sofá y miró a Mary en la fotografía de la repisa de la chimenea.

—Se lo diré —dijo.

Le daba vueltas la cabeza.

—Lo haré. —Respiró hondo—. Mañana. —Exhaló—. Y aceptaré lo que ella decida al respecto.

Se tumbó y cerró los ojos.

Las palabras de Dennis yacían en la oscuridad con él: Sé que no le ocultarías la verdad a alguien por quien claramente te preocupas tanto.

—Mañana.

El whisky se aseguró de que estuviera dormido en cuestión de segundos.